In memoriam: Constantino Romero
Hay una muchacha en una de esas páginas de Facebook de la que sin remisión terminas formando parte que se dedica a visitar cementerios históricos en Estados Unidos. Hace unas fotos interesantes. Demasiado góticas para mi gusto, porque un cementerio no tiene por qué ser siempre un escenario de Lovecraft, pero reconozco que son especiales. Y ha publicado una foto en la que, esta vez, aparece ella de carne y hueso ante todos nosotros. Yo no soy precisamente un fan, pero me pica la curiosidad, como a cualquier habitante del otro lado de la pantalla. Lo normal en estos tiempos que corren, habituados como estamos a conocer cada vez más gente a través de las redes. Impersonal, dicen, pero el género epistolar era más "impersonal", y grandes momentos nos ha dado en literatura. Esta muchacha, extremadamente delgada, extremadamente lánguida, extremadamente gótica, con una especie de corsé, o algo del estilo, posa en una postura que ya es estándar, mirando con demasiada fijeza a la pequeña cámara de su iMac. Medio sonriente, medio interesada, aparentando más inteligencia de la que suponemos tendrá. Con esa pequeña distorsión que ofrece el diminuto objetivo, casi un ojo de pez, bajo esa luz aterciopelada y vidriosa de las cibercámaras, expuesta desde su lejana atalaya, pero aparentemente más cerca de lo que se supone tendría que estar a través de una foto tan anodina, que realmente parece una extraña invitación para el visitante. Desde esa intimidad tan peculiar del reducido espacio delante de la pantalla, la silla con ruedas donde ha posado sus nalgas durante horas y horas, como todos hacemos. Algo ya tan cotidiano como los retratos con flash de magnesio, que dejaban ese rictus de sorpresa en todos los retratados en los principios de la fotografía.
Como podéis comprobar, tanto silencio para tamaña divagación. Pero así somos nosotros delante de todas y cada una de las pantallas que no conectan a lo largo y ancho del mundo. Desde donde os cuento cosas como ésta, como lo cruel que puede ser el mundo cuando eres distinto en esa imperceptible irrealidad que ofrece la realidad distinta. Yo soy ya como aquel monstruo del vídeo de Einstürzende Neubauten que es tan distinto pero tan igual como para pasar desapercibido, y sin embargo languidece por el tiempo perdido que pasa intentando ser como los demás.
Esta semana he visto a un buen amigo que comparte años conmigo castigado por un cáncer hijoputa. Lleva ya mucho tiempo pegándose de hostias con ese enemigo casi invisible que vive dentro de él. Antes fue una persona robusta, pero ahora es débil, y sus manos parecen las de una persona mayor. Se parecen a las que tenía mi padre. Si supiese todavía rezar pediría a los dioses algo de justicia, y que vuelva a ser el que era, un enorme tipo con manos firmes con las que asir un balón de baloncesto, una de sus grandes aficiones. Que vuelva a cultivar su deslumbrante inteligencia y se sacuda esta buena mierda que le ha caído encima. Lo logrará, pero este infierno ya lo lleva dentro.
Y parece que al fin llegó la primavera. Las muchachas llevan chanclas. Empiezo a dudar si ponerme también yo mis sandalias. Y mañana me marcho de viaje relámpago a Extremadura. Y ahora cambio y corto, mientras huyo a otros mundos por no escuchar la inapelable verbena que comienza a adueñarse de los alrededores de la pradera de San Isidro, convertida en una pequeña Sucre. Dicen que se divierten. Yo sólo espero que no despierten a mis queridos muertos de tantos y tantos hermosos cementerios cercanos. Pero no, yo no soy tan gótico como esa muchacha del Facebook. O quizá sí. Qué dilema.
Mucho camino recorrido ya para volver a repetir lo de siempre: que el arte nos salva de estar en el punto de mira de esa civilización superior que nos mira desde el otro lado del espacio y no sabe muy bien qué hacer con nosotros. Y que no nos convierte en polvo estelar porque se aburre y no le apetece apretar el botoncito.
Y de nuevo dar vueltas sobre lo mismo. Da igual lo que cuentes, pero debes saber contarlo, y debes darle una profundidad que hasta las películas de palomitas deben poseer. Si no... ¡a la hoguera!
Searching for Sugar Man. Es una historia tan hermosa que no importa que se preste a querer atar los cabos sueltos. "Si non è vero è ben trovato". Y no puedo entrar en muchos detalles, porque corro el peligro de soltar un spoiler del tamaño de la mezquita de Córdoba. Malik Bendjelloul teje un documental tan lúcidamente hilvanado de ese músico marginal del helado Detroit al que nadie prestó atención y del que se cuentan terribles historias de trágico final (como cantó Nacho Vegas, "todo el mundo fantasea con una muerte dramática"), y que fue más famoso que Elvis en el otro confín del mundo, en una Sudáfrica inmersa en el Apartheid y que tomó su música como un ariete con el que luchar por unos principios devastados, que asusta. Es la historia más hermosa y más terrible que pueda contarse del siempre injusto y peculiar mundo de sueños rotos de la música. Y me sujeto los dedos en las teclas para no contar más cosas de la ya mítica figura de Rodriguez, así que haced lo que tenéis que hacer: id a verla lo antes posible. Pero advierto que corréis el peligro de que salgáis del cine como hice yo, como buen cuatro que soy, soltando unas lágrimas como puños.
In the flesh. Uf. Estamos hablando de palabras mayores. Cuando Innes y yo terminamos de ver el tercer y último episodio (no sabíamos que era una miniserie, acostumbrados como estamos a mendigar capítulos de series de seis o más temporadas) respiramos tranquilos, porque no se puede mejorar lo inmejorable. Pero, ¿de una serie de zombis? ¿Qué coño era eso de zombis que renacen y a los que se les da una terrible segunda oportunidad? El marchamo de la BBC supusimos que era una garantía de calidad, pero lo que hemos presenciado en esos tres episodios de sesenta minutos ha sido tan inmenso, tan brutal, tan terrible que nos ha dejado muy tocados. El guion es tan perfecto, los actores son tan excepcionales que asusta, de veras. Estamos hablando de algo más que dar una vuelta de tuerca al género y pensar en qué harían aquellos que se levantan de sus tumbas si se les volviera a activar el cerebro para intentar arreglar lo que no tiene arreglo. Lo más trivial, como comer, relacionarse o aparentar que no se está muerto se mezcla con lo más oscuro del ser humano, la lucha entre el fanatismo y la fatalidad. Y todo tan prodigiosamente contado, con ese gris terrible de un pueblo olvidado de lo más recondito de la campiña inglesa que no quiero calificarlo de una simple serie de la pequeña pantalla. Estamos hablando de séptimo arte en mayúsculas. De la magia del cine.
Y, claro, el fin de semana empezó con Oblivion, que aúna la ciencia ficción con el tema postapocalíptico, al que como sabéis profeso una especial querencia. Y, bueno, compararlo con los dos títulos anteriores es hasta obsceno, pero no lo pasamos mal con esa historia de aguerridos guerreros que salvan chicas al filo del fin de la humanidad entre seres oprimidos y sobrevolar en hermosas naves con forma de libélula. Hubo un momento en que ambos dijimos en alto "menos hablar y más navecitas". Una película de palomitas que se salva de esa quema porque, salvo su horripilante final, es una buena forma de imaginarse un no tan lejano final si esos seres superiores de los que hablamos antes les da por fijarse en nuestra mierdecilla de planeta.
Y cierro este post arrebatado con un videojuego (sí, un videojuego) de una saga que ya me ha dado muy buenos momentos: Bioshock Infinite. Esa inaudita mezcla de belle epoque con, de nuevo, el Apocalipsis y el abrirse camino a tiros en un mundo ahora no tan decadente como en los episodios anteriores, pero sí igual de opresivo (y eso que esta vez es en el aire) me deja siempre atónito. El talento invertido en estas joyas de las consolas dice mucho de dónde está ahora el buen hacer en eso de redactar guiones, aunque sea para el mando del salón.
Y me despido preocupado, porque a ver si resulta que ahora me va a gustar el folk... Pero claro, después de escuchar a Sixto Rodriguez y, sobre todo, a esa pequeña maravilla recién descubierta gracias a In the flesh, Keaton Henson, que suena sin parar en mis reproductores, estoy planteándome decir aquella frase que me dijera un mánager de heavy que venía al bar donde trabajaba, mientras pinchaba lo más granado del pop de la época: "eres un cabrón, has conseguido que me guste esta mierda, con lo rockero que yo era". Uno de los mejores piropos que jamás me han regalado.
Y aquí os dejo, que hay que dormir para mañana recibir la consabida bofetada de realidad de los lunes. Dánosla, hoy y por siempre, Señor.
Admitámoslo: no hay nada como un test de personalidad para entretener un largo viaje en coche. A todos nos encanta jugar a entendernos mejor, a dar respuesta a nuestros enigmas más profundos, a conocer por qué carajo somos como somos. Aunque eso a veces suponga tener que reconocer que, científicamente, eres un punto histriónico y evitador, con trazas de paranoide, esquizofrénico, narcisista, límite y obsesivo compulsivo. Y lo que es peor: nada, cero, antisocial, algo preocupante para un supuesto misántropo como yo. Y cero dependiente, lo cual, así, ya en frío, es quizá lo único en lo que me sienta cómodo. Si queréis pasar un rato divertido riéndoos de vosotros mismos os recomiendo el libro ¿Quién eres?, del animador divulgativo Enrique Rojas.
Pero si queréis no parar de reír, un jajá continuo, probad a entrar en la web del test de eneagrama, esa cosa tan inverosímil perpetrada por Claudio Naranjo. Ahí sí que pasaréis un estupendo viaje imaginando qué diantre de eneatipo eres, a saber:
1 perfeccionista (cansino) - 2 servicial (ayudador) - 3 eficiente (logrador) - 4 romántico (artista) - 5 observador (reflexivo) - 6 leal (cabal, correcto, trabajador, o sea, "comemierda") - 7 epicúreo (optimista, entusiasta) - 8 líder (seguro, firme) - 9 conciliador (armónico, pacifista, happyflower)
Una amiga de Innes le comentó que ella era una siete que quiere ser una cuatro, así que iniciamos el test con miedo de no ser cuatros, claro, porque eso de ser cuatro tenía que molar. Y resulta que yo sí soy un cuatro de pura cepa, pero Innes es una cinco (con el consiguiente choteo de considerarla una "cinco de mierda").
Tras las risas iniciales, y alguna que otra discusión banal, uno empieza a leer más despacio eso del enatipo, y aunque se le da la credibilidad debida, escasa, cuando se comprueba que no sólo las virtudes (activos, autosuficientes, auténticos, amantes de lo exquisito y lo bello, creativos, imaginativos, elitistas, originales), sino también los defectos (dramáticos, excesivos, obsesivos, trágicos, lamentosos, recelosos) casan como un guante, la cosa comienza a ser casi de mal gusto. Y no por la repentina creencia en lo esotérico, sino porque resulta que alguien ha tenido la desfachatez de describir tus defectos, y encima clasificarlos como un entomólogo clasifica los insectos.
¿Y si fuera verdad? Porque ser un cuatro mola, no eres un tipo gris, sino todo lo contrario. Exquisito, degustador de lo bueno de la vida, especial, creativo... Sí, pero cuando miras dentro de tus angustias, de tu desazón continua, de tu victivismo, de tu facilidad para enamorarte y la dificultad para deshacerlo, de tu entrega y tu insatisfacción, de tu visceralidad... ¡qué coño, ya no tiene la más mínima gracia!
Entonces te agarras a que también tienes mucho de cinco, de uno, de nueve. Y entonces recuerdas que esto es una patraña, que es como los videntes, que a fuerza de meandros e insustancialidades te llevan al huerto, sobre todo si quieres creer en ello. Y entonces dices, va, esto no es científico, a la mierda. Pero...
Te das cuenta de que últimamente sufres de despersonalización, casi de ataques de pánico. Y te dices, "a ver si va a ser verdad, qué trabajitos nos da ser un cuatro". Y entonces te vas a tu rincón, a leer poesía, o a llorar con una película, y te acuerdas de todos los ancestros del Naranjo ése y piensas que podía haberse dedicado a otra cosa. Pardiez.
Nota: el maravilloso dibujo que ilustra este post es de Innes. Dedicado expresamente a un puto cuatro como yo.
Es curioso, mis queridos lectores. De las chanzas sobrevenidas por la antigua edición de Quién quiere casarse con mi hijo (no me lo reprochéis: cada uno tiene su forma de observar la siempre sorprendente realidad de los humanos) me ha quedado una frase cuya profundidad, a la par que simplicidad, está a la altura de cualquier filósofo al uso, a pesar de haber sido pronunciada por un ilustre espécimen del "canismo" llamado "Isi":
La vida no es lineal.
Hemos dicho adiós a uno de los inviernos más difíciles y extraños que este bloguero recuerda. Y ahora me siento como recién apalizado, desorientado, anestesiado por los golpes. Mis espaldas pueden ser anchas, pero últimamente el mundo se empeña en buscar sus límites, y esto no tiene demasiada buena pinta. Y sabéis lo peor: que las cosas no van mal. De hecho casi podría decirse que van más que razonablemente bien, pero uno tiene la sensación de haber recorrido miles de kilómetros sin apenas haber puesto un pie en las aceras. Las cosas son multiformes, intensas a la vez que ligeramente distorsionadas. En definitiva, no precisamente lineales.
Pero aquí estamos, como siempre, impasibles ante el espectáculo, con otra estampa invernal dejada atrás por mi buen amigo Friedrich, uno de los muchos intentos de captar una de sus obsesiones, las viejas ruinas de Eldena (que también podéis ver en la cabecera actual).

Sigo mi camino, sin dejar de nuevo de agradecer al señor Bowie, al señor Cave, a la señora Campbell y al señor Lanegan, a los señores que se hacen llamar Low, Suede y My Bloody Valentine, y también a Purity Ring y Veronica Falls por hacerme el camino mucho más llevadero, sin ninguna duda.
La memoria me falla cuando intento recordar cuánto hace que imagino universos paralelos para conciliar el sueño cuando me acuesto.
En tiempos me metía en la cama con auriculares, y me quedaba dormido escuchando un disco, concentrando los últimos vestigios de la vigilia con algún paisaje musical; pero pronto comprendí que, como todas las drogas, ésa era difícil dejar, y hube de pasar el mono para no convertirlo en una peligrosa terapia para conseguir dormir.
Poco a poco abandoné los cascos para echar mano sólo de la imaginación. En los peores días, cuando la realidad escuece y la conciencia se intranquiliza, suele visitarme mi amigo el insomnio. Con él apenas me atrevo a echar unas partidas al juego de la pequeña muerte que es el sueño. He conocido casos de valientes jugadores que se han enfrentado a él en interminables jornadas de vigilia y han perdido la batalla de la razón, haciendo que la vida más pareciera un mal sueño, cuando no una terrible pesadilla. Ilustres insomnes han dado su vida en esa batalla, cuando las fuerzas se agotan, como Heath Ledger. Un buen amigo nos contaba su particular lucha, y su récord de ocho Valium para dormir apenas una horas, y los monstruos de fuego que se asomaban al umbral de su puerta cuando el miedo comenzaba a ser insoportable.
Por eso entiendo tan bien a Kafka en su El deseo de ser piel roja. Yo, que ya he superado en edad al genio praguense, pienso en su vida de enfermo, de sanatorio en sanatorio, en sus noches también de insomnio y comprendo muy bien su deseo de ser otro, de volar con la imaginación a lugares lejos de la opresiva realidad de su Praga después de la Gran Guerra y su crónica enfermedad. Como Léolo, "porque sueño yo no lo estoy", porque me entrego a ese mundo extraño que es el sueño no me vuelvo loco, como ellos, insignes insomnes.
Para traspasar la linde entre el sueño y la vigilia muchas veces debo echar mano de otras vidas soñadas. De forma recurrente me imagino no como un piel roja, sino como un caballero con media armadura, montado en un hermoso caballo en campos con densa bruma e imponente paisaje de lejanos y húmedos horizontes. Ahora, que ya he tenido la suerte de conocer las Highlands, creo que es justo ahí donde dirijo mi caballo, a las altas cumbres verdes, y oteo el horizonte donde antes hubo una cruenta batalla, y el aire aún huele a heroico penar.
Pero es también habitual que me imagine pilotando una pequeña nave, sobrevolando esos mismos campos acariciando los cortes de las montañas. Incluso mi mente inventa mundos extraños en los que se unen el acero medieval con los vuelos más sofisticados. Y el caballo siempre presente, lo que supone una hermosa contradicción.
Y puede que mi mente me lleve más lejos, allá en los más inalcanzables confines de esta y de otras galaxias. Puede que ataque naves en llamas más allá de Orión, o contemplar como los rayos C brillan en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Por eso, querido Roi, tus recuerdos no se van a perder, como lágrimas bajo la lluvia, en el tiempo. Yo los rememoro poco antes de abandonar la vigilia, cuando la realidad se desvanece lentamente, y mi cuerpo se vence al abrazo de ese encantador cabrón que tiene como nombre Morfeo.

El sábado pasado participé en una actividad que ha dejado profunda huella en mi retina, en mi ánimo. Tuve la suerte, agridulce suerte, de acompañar a los slammers del Poetry Slam Madrid a una edición muy especial del concurso de poesía que realizan todos los meses, y que en esta ocasión, de la mano de la ONG Solidarios para el Desarrollo, visitaron por segunda vez la cárcel de Navalcarnero.
Hasta aquí los datos fríos, pero todo lo que rodeó a esa soleada mañana de marzo no puede describirse con palabras, aunque quiera aquí intentarlo. La mayor parte de la población tiene la suerte de evitar adentrarse tras los altos muros de una cárcel, pero cuando lo haces, y más aún, cuando dejas atrás la última puerta mecánica que se cierra tras de ti ya nada puede ser igual. El ser humano es el único animal capaz de privar de libertad a sus congéneres, y aunque uno es muy consciente cuando se adentra en un recinto así de que los que están dentro tienen, o deben tener motivos para quedar así encerrados, la sensación que recorre tus venas es tan intensa que hace que se tambaleen todas tus convicciones ciudadanas. Una vez que te has identificado ante los funcionarios, que comprueban que deseas adentrarte en ese mundo apartado del mundo, cuando te cuelgas el cartel de visitante y te adentras ahí sientes el terrible desasosiego que impera entre sus muros.
Pero antes lo primero que ves son los familiares que vienen de visita. Notas la tensión, el preguntarse quién diantres eres tú, qué haces ahí. Y esquivas las miradas para no enfrentarte a ellas, pues sabes qué supone para ellos ese gran patio de entrada, la visión de los muros aún lejanos, la presencia de vehículos de la Guardia Civil, y lo que es más importante: la continua sensación de sentirte observado, de estar en un lugar donde el dolor y la rabia campan a sus anchas. Y esos enormes muros sembrados de alambradas, como ves en las películas, pero que adquieren ahora una realidad con mayúsculas. Y el desasosiego cuando el funcionario te hace cruzar una pesada puerta de barrotes que se cierra a tus espaldas, para abrirse otra, que asimismo se cierra, y entonces, sólo entonces, sientes que esto va de veras, que ese interminable pasillo de vivos colores con el techo de uralita es el único cielo que ven los presos cuando salen de sus celdas.
Las voluntarias, inevitablemente, te van poniendo sobre aviso de las estrictas normas, de aquello que se aleja del sentido común para adentrarse en el terreno de lo más crudo de un sitio como éste, del trato que debes dispensar a los internos, de lo que puedes y lo que no puedes hacer. Nada puede salir de dentro, ni un papel. Nada puedes dar, salvo un apretón de manos. Y mientras la primera mirada furtiva se detiene en la enfermería, donde se les dispensa metadona, según nos cuentan, los funcionarios vienen y van. Se advierte un terrible vacío a lo largo de ese inmenso pasillo que circunda un pedregoso campo de fútbol que rodeamos para salvar una nueva puerta de barrotes hasta un patio en el que, ya sí, vemos a los primeros internos formar corrillos y mirarnos curiosos a nuestro paso.
Casi todos ellos visten con ropa deportiva. Hay muchas nacionalidades. Algunos rostros dejan entrever el quebranto de una vida entre rejas. Los más parecen tranquilos, como si tal cosa, ajenos a esa realidad como sólo la fuerza de la costumbre es capaz de aislar. Otros son distantes, huidizos. Y nosotros, al albur de las voluntarias, formamos nuestro propio corrillo esperando que la lenta procesión de presos nos dejen paso libre para acceder al piso superior del edificio, entre una cancha deportiva y un gimnasio. Otra funcionaria, parapetada en una garita, con un libro electrónico sobre la mesa con el que pasar, suponemos, largos ratos de tedio, hace la última comprobación y nos indica el camino que pasa por otra inmensa verja con barrotes a la que se accede a las aulas. Esa verja es quizá la más paradójica, pues aísla las aulas como si fuesen un lugar prohibido . Y en una de ellas esperamos la venida del grupo que va a asistir a la "actividad", mientras apilamos las mesas en las paredes para que los presos se sienten en grupos. Esperamos, pues, que todo pase.
Y de repente se oyen voces, movimiento en los pasillos, y los primeros internos llegan con buen ánimo a nuestro encuentro. Sabemos que son un grupo especial, de aquellos que demuestran buena conducta, a pesar de los crímenes que llevan a cuestas, y incluso muy a cuestas, pues los rostros no dejan espacio a las dudas. Algunos se abalanzan hacia nosotros para estrecharnos las manos, besar las mejillas de las mujeres del grupo. Parecen relajados, contentos. Nos damos cuenta de que somos un alivio a su rutina, un soplo de aire fresco en el ambiente viciado que nos rodea. Otros se escurren para pasar desapercibidos, pero es evidente la distensión, el hecho de que están "relajados", bromeando sin parar, observándonos como quien observa las evoluciones de un pez de colores en una pecera.
La actividad transcurre sin sobresaltos. Los rostros demuestran respeto, mucho más de lo esperado. Si la magia del Poetry es el silencio, en este caso es sepulcral. Ni siquiera cuando sale uno "de los suyos" las broman pueden con la seriedad. Y, mientras, los que estamos del otro lado observamos, con admiración, esos rostros embelesados, arrobados, como niños ante un mago, o adultos que han recuperado la inocencia, tan rara de encontrar en un sitio como éste como un virtuoso en un burdel. Los internos, sentados por grupos, siguen atentos las evoluciones de los poetas, aplauden a rabiar cuando terminan, se afanan por atinar en la puntuación, se interesan por las cuentas, por el resultado, y aplauden las decisiones. Algún chiste, alguna broma rompe el denso fluir, pero muchas menos de lo esperado. Es un público entregado, exigente, entusiasta. Es un buen público.
Innes me llama la atención sobre un interno que no para de escribir en una hoja. Cuando algún poeta termina, discute con seriedad qué nota poner con el compañero de al lado, para luego mirar a través de un único cristal de unas gafas rotas, a modo de monóculo, las evoluciones de la puntuación. Pero cuando ésta se cierra definitivamente, tras el último poeta, es la propia Innes la que le anima a salir a recitar su texto. Entonces se niega, y quiere ceder los trastos a ese compañero que le acompaña. Y éste accede. Pero, al decir su nombre, algunos creemos no haber escuchado bien. Ha dicho Susana. Y recita con donaire un texto más que digno sobre "la mañana fría". Al acabar, los presos no discuten su nombre, no hacen chanzas con su condición. Y aquel del monóculo me sorprende diciendo que él "es el negro", que ella es la autora del poema. Sólo cuando descubrimos la lucha de esa interna por que se respete su condición de mujer, su deseo de cambiar de sexo, de operarse si pudiera, ya no podemos salir de nuestro asombro. ¿No eran éstos seres al margen, desechos de la sociedad? ¿Quién es aquí el civilizado?
Cuando todo acaba, y desandamos el camino, tras recibir parabienes, más apretones de mano, felicitaciones y agradecimientos, cuando, al fin, nos encaminamos de nuevo a ese inmenso pasillo, cuando nos devuelven nuestra identidad, nuestros credenciales, cuando devolvemos nosotros ese cartel de visitante, cuando atravesamos la enésima puerta mecánica y, nerviosos, encendemos un cigarrillo, respirando despacio, el mundo ha cambiado. Pero sigue siendo el mismo. Atrás quedaron muchas cosas, muchas emociones, muchas preguntas, muchos enigmas sin respuesta. Sobre todo no estar seguro de saber qué separa a los de dentro de los de fuera, y no es precisamente un muro.
Y al volver a la ciudad, al encontrarse con los amigos, sentarse en una vieja taberna, tomarse una cerveza, comer un buen trozo de carne en su jugoso punto, beber un buen vino, disfrutar de una amena charla entiendes, por primera vez en tu vida, la verdadera dimensión de la libertad. E intentas pensar que sólo una vez que te has lavado las manos, concienzudamente, una vez que te has limpiado la cara con jabón, y te la has secado, crees sentirte limpio, pero sabes que eso no basta.
Son ya muchos meses en los que he ejercido, con mucho gusto, de fotógrafo para la edición del Poetry Slam Madrid. Bueno, de fotógrafo antes, de cameraman ahora, pero en esta segunda actividad no me siento tan cómodo, porque yo de vídeo sé lo justito. Pero con las fotos, y más con los retratos, sí que me encuentro en mi salsa. Y así, he retratado a algunos de los más conspicuos slammers de esta ciudad, entre ellos Silvia Nieva, Yanito, Ángela Angulo, Pablo Cortina, Diego Mattarucco, Julio Qué Más Da, El Cable Azul, La Chica Metáfora, el gran Dani Orviz (reciente ganador del Slam Europeo) o Tulia Guisado. Podéis ver a la mayoría en su salsa en la página del Youtube del Poetry Slam (algunos de los vídeos son míos).
Y ya que hemos llegado hasta aquí os animo a que asistáis a alguna de las ediciones que todos los meses se organizan en Palma de Mallorca, Madrid, Ciudad Real, Barcelona, Toledo o Jaén. En el caso de Madrid ahora se celebra los primeros miércoles de mes en el bar El Intruso, en Malasaña.
Os dejo unas cuantas fotos, así como el enlace de siempre a mi página de Flickr. Espero que os gusten.







Las manos en los bolsillos
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El emblema de los hombres tranquilos: las manos en los bolsillos que impiden salir corriendo cuando lo único que importa es admirar el paisaje.
