La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Apuntes de transeúnte

Pequeñas tragedias

La vida a veces se vuelve un mar cabreado que golpea con fuerza tu playa tranquila de todos los días. Y tú, ufano, una tarde te dices que no pasa nada, que por qué no probar a jugar con las olas. Y éstas te pegan un viaje que te deja aturdido y roto en la orilla, preguntándote qué ha pasado realmente mientras tus músculos duelen cuando recuperan su elasticidad, y los huesos parece mentira que no se hayan roto.

Me gustaría contároslo, pero es algo tan prosaico como la literatura, algo tan infame como dolerse porque alguien haya hecho ya lo que tanto empeño estás poniendo en hacer. Meses de trabajo y de repente un tipo te lo presenta en forma de libro, no muy bueno, pero tampoco malo, de portada infame y título poco afortunado. Algo distinto, sí, pero ya no eres tú el único que lo ha escrito, y eso rompe por completo tus esquemas. Y entonces, entonces... ¿qué haces?

Y es que además ése, el innombrable, es un niño de papá, un sopaboba al que seguro se le abrió de par en par la edición. Y para más ironías del destino, el editor de esa colección fue a la única persona a la que hablé de mi proyecto profesionalmente, a la que estreché la mano con un "envíame el original cuando lo tengas terminado".

No sé si comprendéis la burla. Y no os culpo. Una historia se puede escribir de miles de formas, y yo tendré la mía, pero la originalidad era una de las bazas que jugaba, y ese factor sorpresa se ha ido por el desagüe. Así, de repente. Y escuece, y te hace replantearte cosas. Y te hace pensar en si no sabías que eso iba a ocurrir. Realmente te preguntas si eso no era necesario que ocurriera.

¿Cuántas veces me ha tocado renacer? A muchos el motivo presente les sonará nimio, hasta ingenuo. Y tampoco les culpo, pero uno sueña con su obra como si fuera inapelable, única, imperecedera, y ahora la cosa es tan burlona que te mira en forma de edición barata desde la mesita de noche. Tentaciones de quemarlo me dan, pero... ¿tendría que quemar toda una edición, poner una bomba a la distribuidora, matar al mensajero, al autor, al mánager, al editor? No, a fe mía. Miraré para otro lado en su caseta de El Retiro, con aire de suficiencia y un ademán de desprecio impostado cuando descubra entre la multitud su rostro.

Así estoy, queridos míos, recomponiéndome después de la paliza. Asentando mi estómago después de la náusea. Levantándome otra vez, y tengo ya las rodillas marcadas de rojo, como las de un niño pequeño.

Ya llegó el verano

La vida corre siempre más de lo que podemos esperar, y a veces soportar. Y como hay etapas de relativa calma, hay asimismo etapas de actividad que se vuelve frenética para aquel que ha elegido hace tiempo encaminar sus pasos más hacia la contemplación que al desenfreno. Sí, sé que exagero, pero literalmente ando en las últimas semanas a la búsqueda del asueto porque no me dejan estar quieto. Mal asunto para un misántropo...

No voy a ahondar más en mi tanatofilia, porque algunos se pensarán que definitivamente estoy perdiendo la cabeza, pero sí puedo reafirmar aquella máxima que hace ya años un buen amigo rubricó: "si te sientes raro, en internet encontrarás muchos que son infinitamente más raros que tú", y así ha sido en este tema. Que sepáis que ahora soy fan (o amigo, o lo que sea) de los grupos de Facebook "Me gusta ir a pasear a los cementerios. Y qué" y "Apoyamos la ruta europea de cementerios". Y tengo un nuevo objetivo en mi vida: Staglieno. Llamadme rebelde, pero no quiero llegar al ídem sin ver cosas como ésta (foto de Ilconte; más cosas fas-ci-nan-tes en este enlace)...

Películas, series, libros, teatro, conciertos. ¿Conciertos? Mis lectores saben, aplicados ellos, que llevo muchos años de experiencia en esto de la música en directo, pero lo que viví ayer es lo más bochornoso que me ha ocurrido nunca. Al margen de que hubiera dos teloneros que hicieron que un grupo que iba a empezar a las 9.30 empezara a las 11.00, lo que perpretaron ayer The Telescopes, la enésima banda que ha vuelto a los escenarios después de muchos años. A poco que repases su carrera encontrarás temas de clásico shoegazing, rememorando bandas como Jesus & Mary Chain o My Bloody Valentine. Bien, hasta ahí la cosa no pasaba de otros casos más que apuntar a la lista de grupos a los que agradeces mucho ver, máxime cuando no pudiste hacerlo en su momento (en la memoria enormes conciertos como los dados por The Wire, o The Chameleons, y no hablemos de Kraftwerk). Pero hay que tener muy poca vergüenza para presentarse en una sala (medio vacía, la verdad; ciertos equipos rojiblancos tuvieron la "culpa") y ocupar el ochenta por ciento de tu set (algo más de cuarenta y cinco minutos) a una única secuencia de acoples más o menos atmosféricos ejecutados con dos de los miembros del grupo escondidos en el suelo del escenario. Tres cuartos de hora de ruido. Y lo dice alguien que ha visto a Mogway, a los citados My Bloody o a Leila. O qué coño, a Esplendor Geométrico, pero lo vivido ayer fue hasta peligroso. En otros tiempos hubieran terminado todos con la cabeza abierta por una botella de cerveza. Fue sonrojante, de una falta de respeto por los fans (yo no lo era, pero me imaginaba lo que sentirían los que lo fueran) apabullante.

No hay mal que por bien no venga: ayer fue el primero de esos conciertos que un buen amigo y yo hemos prometido ver juntos, después de que en todas las reuniones en las que coincidimos no dejamos de hablar de grupos, canciones, estilos y épocas. Magnífico ilustrador, por cierto, como podéis comprobar en los trabajos que hace para la más que recomendable Entradas agotadas, página de actualidad musical. Fue una de esas noches inolvidables, como no hacíamos nada más que repetir, porque una vez que vives algo tan horrible como eso ya todo sólo puede ir a mejor. El principio de una gran amistad, y de una gran amistad musical

Además, ese equipo rojiblanco que acababa de ganar en Europa a un equipo casi homónimo había dejado la ciudad patas arriba, y fue maravilloso volver a casa tocando el claxon de la moto en cada semáforo. Pena por mis queridos bilbaínos, pero fue espléndido vivir esa catarsis en la Gran Vía.

Mientras, este calor temprano que nos ha dejado con cara de idiotas. Y ahora, on repeat, la incombustible Madonna que, como suele ser costumbre, viene aquí a dejar las cosas claras contra patanas del calibre de una tal Gaga y sus advenedizas, y se casca un tema llamado "Gang Bang" (sí, con su doble sentido evidente), nada más y nada menos, que es excelente. No pilléis una pista con él, que la fundís. Acoqui:

Mucho para un verano tan inesperado. Menuda forma de empezar a pasar calor. Creo que se me nota disperso, ¿no es cierto?

Cuerno quemado

Hay algo insano en las fotos de los cazadores o pescadores orgullosos junto a sus piezas. Algo desfasado, casposo, fuera de lugar, propio de otros tiempos y otras pautas. Exhibir la pieza que has conseguido con un disparo de escopeta de lujo, a muchos, cientos de metros de distancia, no te convierte en un ser superior ni más racional, sino en una especie de depravado más cercano a la psicopatía (por el ansia de acabar con algo vivo) que al comportamiento de un ser razonable capaz de pensar más allá de la supervivencia.

Pero, cuando la pieza es grotescamente grande, como un elefante, un antílope o un rinoceronte, la cosa ya es hiriente, vergonzosa. Las fotos que estos días están apareciendo en los periódicos de millonarios de cuclillas, rifle en ristre y pieza abatida en posturas obscenas me están revolviendo las tripas. La caza es ancestral y tribal, y no puede ser ostentosa. Los aficionados que atrapan plateados peces y luego los sueltan se despiden de ellos con una sonrisa y un deseo de buena suerte para el futuro, como si fueran a reencontrarse. Pero esos cazadores de tierras extrañas, ataviados de manera esperpéntica, que lucen arma y miran satisfechos a cámara me resultan tan repugnantes que me espantan. Igual que ese olor a cuerno quemado del viejo dicho, que pocos hemos olido en este tiempo pero que nuestros ancestros conocían tan bien.

Los argumentos que defienden la caza me los conozco. Soy omnívoro, comprendo el sistema de eliminación de animales viejos o enfermos para sustentar las tribus cercanas (algo muy discutible, porque la pasta ya sabemos quien se la lleva al final, y no son los indígenas), y hasta puedo comprender la inyección de adrenalina. Pero no quiero saber qué se les pasa por la cabeza a los cazadores cuando matan a un espécimen de esa manera.

No puedo por menos que recordar al maravilloso personaje de Holling Vincoeur en Doctor en Alaska. Un cazador de pro que cambia su rifle por una cámara réflex, y su cara de satisfacción cuando atrapa a un raro pajarillo con su objetivo. Pero pensar en la tensión del gatillo, el retroceso del arma, el impacto en el cuerpo, los berridos de dolor, la agonía, el charco de sangre, ese bamboleo tétrico del cuerpo inerme, la infame colocación para la instantánea y la cara de satisfacción del autor hace que me entran ganas de vomitar.

Y no se preocupe, alteza, no le voy a recordar que me dio usted motivos para la sonrisa el día de la República. Eso ya me lo llevo puesto. Pero gracias, que al César lo que es del César.

Cabecera de primavera. Nuevos senderos

Más que un invierno, esta estación ha sido una travesía del desierto. No sólo por lo meteorológico, también por lo político, social y, en mi caso, anímico. Me ha costado mucho sobrellevar esta ausencia de lluvia y esta ausencia de sentido. Pero hasta aquí hemos llegado, aunque nadie puede decir que ha sido fácil atravesar este invierno con pinta de primavera.

Pero tengo buen pálpito. No sé, quizá sea que el horizonte está ahora un poco más lejos, y siento más aire que poder respirar.

Quizá me esté dejando llevar por un entusiasmo inaudito, a destiempo. No sé, siento que esto al final tendrá arreglo. Al menos aún quedan cosas, gentes que hacen que este viaje merezca la pena.

No sé. Será que por primera vez en muchas semanas he olido el ozono, y ha sido estupendo.

Despidamos, pues, el invierno con mi buen amigo Friedrich y su Paisaje invernal. Sí, ya lo sé, ni él ni yo nos rompimos demasiado la cabeza.

Mira tú por dónde hay aquí una vereda fresca, tranquila, que incita a pasear. Ya os contaré qué me encuentro por ahí.

Un año segundo a segundo

Microsiervos suele ser fuente de procrastinación, ésa es ya una verdad universal de la red hispana. Y todos pasamos por su web de una forma o de otra de manera más que habitual. Y es que a veces, a veces nos acercan cosas asombrosas.

Como ésta. Un tipo se ha pasado un año grabando (seleccionando) un segundo diario de su vida cada día. Cada puñetero día (menos uno, todo hay que decirlo) y ha confeccionado un vídeo con esos trescientos sesenta y cinco segundos. Y el resultado es, es... ¿hipnótico? Vida, muerte, enfermedad, diversión, relax, deporte, estudio, procrastinación (también), familia, amigos, hospitales, viajes, excursiones, videojuegos, comidas, comilonas, paisajes, conducciones, bicicletas, verano, invierno, gatos, perros, ardillas, bisontes, alboradas, noches, sonrisas, burlas, payasadas y sufrimiento. Todo segundo a segundo. Segundo a segundo.

1 Second Everyday - Age 30 from Cesar Kuriyama on Vimeo.

Yo no sé vosotros, pero para mí es como quedarse embobado delante de una pecera. Es como ver el pez que podemos ser cada uno de nosotros por cada persona que nos observa.

No sé... ¿apabullante?

Rodeos (fúnebres) de Año Nuevo

Hay muchos modos de pasear por encima de las fiestas "más entrañables", pero este año ha sido, con diferencia, el más extraño de los últimos que recuerdo. El principal motivo de ello ha sido la repentina enfermedad y el más repentino fallecimiento del suegro de mi hermano, una de esas personas que concentran en sí misma mucho más que la figura de un padre, de un patrono y de un cabeza de gran familia; y que ha estado, desde que le conozco, revestido siempre de un áurea de vitalidad e intensidad como pocas de las personas con las que he compartido camino.

Lo cierto es que, por un motivo tan luctuoso, he tenido que "doblar el mapa", como decía mi padre. En poco días he pasado de las frías umbrías del Vallés Oriental a la cálida Tierra Llana onubense, con los lógicos contrastes humanos y paisajísticos. Y en medio, esos extraños días de trabajo entre fiestas en una gran empresa, donde todo funciona a medio gas con ese perceptible halo de provisionalidad. En definitiva, unas Navidades intensas, extrañas, dolorosamente inolvidables.

Cruzarse la Península con escasos o nulos coches en tu camino te permite disfrutar de esa conducción de anuncio de BMW en versión coreana. Solo y acompañado, he visto amanecer y atardecer, la noche previa a la alborada y la madrugada más absoluta. He visto torres de complejos fabriles refulgir como faro de Alejandría en la nada más absoluta del mediodía cordobés; "montes serrados" en la comarca del Baix Llobregat recortados, casi mordidos, en la luz rojiza del atardecer; espectros que buscaban la noche en los frondosos bosques del Monfragüe; paisanos endomingados (abrigo de pieles incluido para ellas) el día de Reyes en los inhóspitos paseos de la entrada de Huelva; el rasgar escarlata del alba haciendo bella la poco agraciada salida autopística hacia el sur de Madrid; el nunca ponderado, por lo inaudito de su horterez, arco luminoso recién iluminado que marca el paso del Meridiano de Grendwich cerca de Candasnos; y cerca de allí, bandadas de estorninos retorciéndose en peligrosos bailes al caer la noche de las frías tierras mañas. Y todos esos recuerdos se perderán como lágrimas bajo la lluvia, como los recuerdos de Antonio, con quien compartí tardes de animada charla sobre política y paso del tiempo. Somos nada, una mierda de brizna verde al viento de invierno, preparados para agostarnos como presa abatida hasta helarnos en cualquier cuneta pintada de blanco. Ya me entendéis.

Los entierros en los pueblos, y más en los pueblos del sur, adquieren una inusitada intensidad a la que estamos poco acostumbrados los seres de ciudad. El mero hecho de acompañar andando al féretro por las calles que dirigen la salida al camposanto, o escuchar el repique de difuntos hacen que acompañar al finado tenga otra dimensión desacostumbrada en los entierros a prisa de las grandes ciudades. Antonio era una "fuerza viva" del pueblo, y por ello cientos de personas se agolpaban en el interior (dominado por las mujeres) y en el exterior (dominado por los hombres) de la encalada fachada de la iglesia mayor para dar el pésame de manera más o menos afectada. Había incluso un par de personajes públicos foco de muchas miradas. Y acompañar al difunto hasta el mismo lecho mortuorio, con esa precariedad que da el frío ladrillo, el mármol adusto, el ciprés helado en la tarde invernal, el trajín patoso de los operarios, el ir y venir de coronas, el ruido sordo y quejumbroso del ataúd al colarse en el hueco final, los ayes quebrados de la viuda a la que apenas le sostienen las piernas, el sollozo de todos los presentes ante la oración comunal y la terrible soledad en la que se quedan los muertos cuando todo termina ("qué solos se quedan los muertos").

Nada es lo mismo cuando una persona querida y cercana se va. La rutina no ayuda para responder la pregunta de las preguntas, el que parezca mentira que se haya marchado tan de repente, la incredulidad de saber que nunca más me llevará a dar la vuelta por su finca temerariamente a lomos de un todoterreno, su altiva mirada de aquel que se ha hecho a sí mismo, que ha apurado la vida con grandes sorbos, exprimiendo todo lo que se puede hacer en la Tierra amando su terruño más que nada en el mundo. Ya nadie defenderá como él la vida en el campo, la generosa tierra onubense, el cochino autóctono que tan buena matanza da, los colores del campo cuando se pone el sol, la sensación omnipresente de que una forma de vida se está perdiendo, la de los hombres de antaño, los señores que aman las encinas, los pequeños lagos, los ciervos en la loma de las colinas, las borregas recién paridas que balan alarmadas con su recua de retoños, la presencia de esa mano amiga que conoce cada una de las reses, cada rincón de la finca.

La generosidad de un hombre de mundo, de un hombre recio, curioso y celoso de lo suyo. Un hombre al que, medio en broma, medio en serio, le ofrecí "mis servicios" para escribir su vida, sus comienzos a lomos de una vespa, sus idas y venidas de pequeño negociante que a pocos amasa una fortuna, ve crecer los hijos, los nietos y se convierte en patrón, en terrateniente, en orgulloso espécimen de una raza que desaparece y a la que los libros no harán justicia. Una raza extinta a la que ninguno ya pertenecemos. Así era Antonio.

El final de año presagiaba algo extraño. Me crucé con un coche fúnebre en la M-30, y la cabecera de Friedrich incluyó, sin querer, la figura de un crucificado. No sabía que sería por Antonio, así que descanse en paz, en esa nada que algunos tememos o en ese tortuoso camino hacia la gloria que otros vaticinan. Una vuelta más a la espiral existencial en la que vive el hombre.

Y yo aquí sigo, intentando que esta nueva lección de vida y muerte sirva para amar las pequeñas cosas, los sonidos y los colores que me ha sido otorgado admirar, la vida amada que crece despacio en los ojos de mis sobrinos, de los hijos de mis amigos, ojalá en los míos propios; en las sonrisas a destiempo, en los abrazos de los amigos, en los besos de mis hermanos, en las confidencias de mis compañeros, en la risa de la persona a la que más quiero, en los suspiros callados de los amantes, en el espectáculo que se llama vida, que se llama Tierra y que gira conmigo a una velocidad constante de unos ciento siete mil kilómetros por hora alrededor de la enana blanca que nos da luz y calor.

Nosotros enseñamos vida, señor

Un paréntesis antes de volver con vosotros. Tenía que enlazar esto aquí, por motivos obvios.

Aquí más info sobre Rafeef Ziadah, y su página de Facebook.

Un "ya está bien" sobre lo que leemos y escuchamos

Salgo de mi atolladero diario, que me tiene realmente anulado (un mixtura perfecta entre nudos y madejas en el trabajo con eventos sociales y personales que me tienen frito y sin tiempo ni para respirar) para enlazaros un impepinable artículo de los chicos de Malaprensa, nunca suficientemente ponderados, para que nos demos cuenta de la estulticia en cadena que hace que hasta los más renombrados comunicadores den pábulo a noticias absurdas y no sólo no contrastadas, sino completamente falsas. A mí me parece realmente asombroso.

Leer noticias se está convirtiendo en una verdadera gymcana.

A ver si puedo retomar este espacio, que está el pobre muy descuidado.