La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Cabeceras

Cabecera de primavera. Nuevos senderos

Más que un invierno, esta estación ha sido una travesía del desierto. No sólo por lo meteorológico, también por lo político, social y, en mi caso, anímico. Me ha costado mucho sobrellevar esta ausencia de lluvia y esta ausencia de sentido. Pero hasta aquí hemos llegado, aunque nadie puede decir que ha sido fácil atravesar este invierno con pinta de primavera.

Pero tengo buen pálpito. No sé, quizá sea que el horizonte está ahora un poco más lejos, y siento más aire que poder respirar.

Quizá me esté dejando llevar por un entusiasmo inaudito, a destiempo. No sé, siento que esto al final tendrá arreglo. Al menos aún quedan cosas, gentes que hacen que este viaje merezca la pena.

No sé. Será que por primera vez en muchas semanas he olido el ozono, y ha sido estupendo.

Despidamos, pues, el invierno con mi buen amigo Friedrich y su Paisaje invernal. Sí, ya lo sé, ni él ni yo nos rompimos demasiado la cabeza.

Mira tú por dónde hay aquí una vereda fresca, tranquila, que incita a pasear. Ya os contaré qué me encuentro por ahí.

De cabeceras y despedidas de año (de nuevo)

El año se termina, y podéis creedlo o no, pero me ha salido, sin querer, exactamente el mismo título de post que me salió hace ahora un año, y el presente no se puede decir que haya sido mucho mejor que el anterior; menos trágico, pero nada que pudiera parecerse a amable.  Sólo algún viaje ha salvado un erial digno de una buena travesía del desierto. Y muy especialmente Escocia, ese manto verde que colorea tanto negritud, tanto gris en el recuerdo.

El caso es que tenía el blog muy abandonado. Qué novedad. Exactamente lo mismo que hace un año. Y una vez más me estaba dejando arrastrar por la melancolía. Qué novedad. Así que por esta vez voy a contener mis caballos desbocados y voy a intentar ser menos pesimista. Y eso sí que resulta novedoso, qué queréis que os diga.

El año ha sido pródigo en acontecimientos, en pérdidas, en cambios, e incluso en esperanzas. Cuando pienso en lo que podría imaginar de esta fecha hace años, ese 2012 tan redondo y hasta hace poco tan distante, me entra vértigo. El caso es que aquí estamos, a punto de girar de nuevo la rueda, atisbando el horizonte desde la cima del acantilado y observando los nubarrones a poniente. Son tiempos duros, terribles incluso, y ahora más que nunca faltan epítetos para describir lo que se observa desde esta atalaya. Tengo la cabeza atiborrada de pensamientos, y me es difícil ordenarlos, así que debo pedir disculpas por esta falta de concreción, por este titubeo infame.

Termino este año como empezó, encerrado en casa, inusualmente solo y observando el mundo desde esa ventana ya tan acostumbrada a la que damos el nombre de internet. Al otro lado hay seres de todo pelaje que remolonean delante de la pantalla, observados desde el otro extremo del mundo, en un juego fascinante de voyeurs distantes y cruzados. Este mundo digital de tweets, estados y confidencias cibernéticas (qué viejuno queda ya eso de cibernético) en el que ahora estamos sumidos desde la fascinación y la incredulidad nunca deja de sorprendernos, aunque sea ya también nuestro mundo. Escribo estas líneas para que las leáis vosotros, y no deja de ser algo extrañamente cercano y terriblemente lejano a un tiempo.

En fin, sólo me queda desear lo mejor para todos vosotros para esta nueva vuelta de la Tierra alrededor del Sol, y dejar constancia de la última cabecera de mi viejo amigo Friedrich, como de costumbre. En este caso se trata de Der Watzmann, que se encuentra en el Alte Nationalgalerie de Berlín.

Y no descartéis que mañana escriba algo más. Estoy así de imprevisible.

Error fatal en la cabecera de verano

Señoras y señores, entono el mea culpa: claro que no encontraba el cuadro de la estación estival porque no era de Friedrich, sino de Carl Rottmann, un paisajista alemán de la época. Es lo que tiene la catalogación, el despiste y las prisas. Se trata de un Paisaje de (c.a.) 1850, y luce así, en el Hermitage de San Petesburgo...

Bueno, estamos ante un hecho inaudito: es la primera vez que preside una obra que no sea de Friedrich en este espacio. Espero que no se abran los cielos y me fulmine un rayo, pero qué queréis que os diga, no me ha sentado demasiado bien la confusión.

En fin, a otra cosa mariposa. Y perdonen ustedes el despiste. Estoy abochornado.

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La nueva cabecera y Malick

Ando aún aturdido por la visión de la nueva y flamante obra de Terrence Malick, El árbol de la vida. También fascinado porque sea una cinta que se esté pasando en cines convencionales (y con éxito de taquilla) en horarios y salas que poblarán los fines de semana no seres solitarios y raritos como éramos los que hemos podido verla entre semana y en horario vespertino, sino adorables "famas" que se meterán en la sala sin tener ni puta idea de lo que van a ver, arrastrados por el reclamo de Brad Pitt (como aquellos que iban a ver Los puentes de Madison para ver a Eastwood pegándose unos tiros, y casi vomitan), y que a buen seguro saldrán con menos puta idea cuando acabe esta densa, difícil y larga película. Ya me ocurrió con El nuevo mundo, en el que hubo gente que se levantó a mitad de metraje, abandonando la sala entre juramentos. Pero hay que aprovechar que a esas horas esos centros están vacíos, y encima de que se puede ver y escuchar la película con una calidad asombrosa, también puedes disfrutar de la versión original, que era de ley en este caso.

¿Soy un pedante porque me gusta Malick? Hace ya tiempo, en esta misma página, os hablé de él en varias ocasiones (si tenéis interés haced una búsqueda con "malick" en la casilla a tal efecto), advirtiendo sobre todo de que para mí (y mira tú por dónde, también para Boyero) su cine es simple y llanamente poesía en pantalla grande. Pues bien, El árbol de la vida es pura y simplemente una vuelta de tuerca más en ese modo de entender el cine tan particular del bueno de Terrence.

Sobre el tapete, al margen de una suerte de falso documental (visualmente apabullante) sobre el origen de nuestro planeta y de los seres que lo habitan (dinosaurios incluidos), la trama es poca cosa: evitando spoilers, la vida de una familia de cinco miembros (más perro y gato) en los Estados Unidos del tercer cuarto del siglo XX. Un padre honesto pero autoritario, una madre comprensiva y cariñosa, y tres hijos que viven su adolescencia como otros cientos miles de chicos de la época. Poco más. Bueno, sí, un prácticamente mudo Sean Penn que vive esos recuerdos desde el presente y que lucha por recordar y rememorar las vivencias que tuvo con su hermano menor, con el que mantenía una relación muy estrecha. Y ya está. Prou. Sin embargo...

Sin embargo la atención, el mimo, el cuidado con que está hecho cada plano, sonido, secuencia, movimiento de cámara, expresión de los rostros y, en general, cada momento narrado en la película es tal que apabulla. A decir verdad, la trama no existe como tal; lo que realmente ocurre es que uno se mete literalmente en la cabeza, en la vida, en el pensamiento de los protagonistas. Así, al salir de la sala, admitiendo que es inevitable pensar que, así, en general, no puedes decir que no te ha gustado, descubres que al madurarla poco a poco, teniendo en cuenta que esto no es cine (si entendemos una manera ortodoxa de narrar una historia en una pantalla, con su tempo y su lenguaje cinematográfico), llegas a la conclusión de que es más que eso, es una nueva forma de enfrentarte a las imágenes que ves en la pantalla, es un espectáculo para el que el término cinematografía se queda corto, pero que, sin embargo, no es "vanguardista", avant garde, moderno y, sobre todo, postmoderno, sino que es el puto cine de toda la santa vida depurado, refinado, puro, que te mira desafiante desde sus más de dos horas y media de duración.

¿Queréis que lo explique de otro modo? ¿Podéis pensar en un buen documental, de esos que te hacen convivir con la persona que se documenta, talmente como si fueras tú el director de esa orquesta y estuvieras presente en cada plano, en cada toma? Pues es eso, un enorme documental de ficción hecho con un exquisito gusto y saber hacer, que a ratos conmueve como pocas cosas me han conmovido en una sala de cine. Y no sólo por motivos evidentes, dado mi periplo vital de los últimos meses (he llorado con algunas escenas, porque he echado de menos a mis hijos que nunca lo fueron), sino porque lo que me estaban contando me lo estaban contando de una manera tan bella que dolía. Así es.

Pero por favor, si sois de los que os levantáis a mitad del visionado, no os acordéis de mí. Pensad que Polidori, al fin y al cabo, es un tipo blando que llora como una nenaza y se emociona hasta con las pelis de Pixar. Pobre animalico...

Y sí, hemos cambiado la cabecera, pero me vais a perdonar que no encuentre el cuadro que corresponde con el de la estación pasada, así que os dejo al menos el detalle que nos ha acompañado todo el verano hasta que descubra (ahora estoy exhausto) su nombre y os lo enseñe completo. En cualquier caso, y como siempre, ya sabéis que se trata de una pintura de mi buen amigo Friedrich.

El otoño ya está aquí, y nadie sabe como ha sido. A ver qué depara, que promete.

Cabecera de verano

Los veranos son sinónimo de muchas cosas. Es más fácil medir la vida en veranos: ¿qué hiciste el verano de aquel año?, ¿a dónde viajé en el verano aquel? Hoy comienza un nuevo verano, recién estrenado, y la vida refulge como recién pintada.

Y aquí siempre que cambiamos de estación nos tocan las despedidas. En este caso, decimos adiós a Der Mitagg, del bueno de Friedrich, como siempre.

Habría tantas cosas que decir que mejor lo dejamos para otro momento. Si uno quiere recopilar motivos para creer que el sentido común es el menos común de los sentidos y que entre el barro con el que fuimos creados parece que había alguna que otra materia insana, probablemente abandone temprano la cordura. Ya se sabe, lo de siempre, el asombro cotidiano. La honestidad sigue siendo un bien tan preciado como escaso; casi diría que inexistente.

Cuidaos, amigos míos. Ahí fuera están que muerden.

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Cabecera de primavera

Lawrence creo que lo sabía muy bien, aunque su destino fuera muy trágico: no hay nada como enfundarse los guantes y ajustarse las gafas para disfrutar de la primavera a lomos de tu montura. Este sábado hice una previa de la estación recién estrenada dándome una vuelta en solitario por la carretera de los pantanos, con la suerte de ir a contracorriente (es mi sino), evitando así el pertinaz atasco. Por eso, no pude por menos que pensar en el famoso inicio de la peli, y en la cara de satisfacción del piloto antes del fatal desenlace (es lo que tiene ir sin casco, que te abres la cabeza como un melón):

Lawrence of Arabia por Ibn-Khaldun

Ya es primavera. Ahora sí. Llegan tantas cosas buenas y tantas cosas vulgares. No iremos con flores a María, pero sí que hemos aprovechado bien los primeros rayos del sol primaveral, con verdadera ansia y glotonería.

Y, como siempre, toca despedir la tradicional cabecera de la estación anterior de parte de nuestro viejo amigo Friedrich; Morgennebel im Gebirge, en este caso, que se encuentra en el Museum Schloß Heidecksburg, de Rudolstadt.

Feliz primavera, y adiós invierno. Te has portado sólo regular, la verdad sea dicha.

De cabeceras y despedidas de año

Resulta apropiado escribir un resumen de este año en el día de los inocentes. Como Herodes, que supuestamente desató esa mítica matanza, a nosotros el año que agoniza nos ha soltado varias bofetadas que nos han dejado una perpleja sonrisa de inocente pintada en la cara. Y todo indica que nos va a durar mucho tiempo.

Estas fechas navideñas están siendo devastadoras, y aún así entrañables. Incluso esplendorosamente consumistas, pues así lo ha permitido la que ha sido la última treta del destino: después de ser casi padre, casi viudo, me ha tocado ser casi millonario; sí, pues llevaba en la cartera un número menos que el del "Gordo", ni más ni menos. ¿Se puede esperar una mayor ironía del hado? Buen colofón para un año que va a ser, definitivamente, inolvidable, en el más estricto sentido de la palabra.

El año, en suma, ha deparado sorpresas hasta el mismo final; no esperábamos menos de él, tal y como se ha mostrado en cada uno de sus doce meses, tan veleidoso en sus acontecimientos, tan fútil en sus designios.

Este blog se ha resentido, y se resentirá por los acontecimientos. Demasiadas emociones, demasiadas vivencias. Ahora más que nunca necesito desandar unos pasos para elevar la vista al horizonte. Y no sé qué camino tomar, una vez más. Hay rutas asfaltadas, demasiado rápidas y cómodas. Y hay caminos de tierra, tortuosos, inquietantes y profundamente estimulantes. Desde ambos será difícil echar la vista atrás, ahora que nada volverá a ser lo mismo.

Como despedida, pues no creo que haya nada nuevo en este espacio nuestro hasta bien entrado enero, recordaremos la estampa que nos acompañó este maldito otoño (y lo dice quien ama los otoños por encima de toda estación). Como siempre, mi viejo amigo Caspar nos ha servido de ilustrador, con su Atardecer sobre el océano (Mondaufgang am Meer, Alte Nationalgalerie de Berlín).

Muera, pues, 2010. Que se vaya y se pierda y se olvide de sí mismo. Los malos años, como nos recordaba hace unos días Erlich, cuanto antes se paseen y se alejen de nosotros mejor.

Que viva el 2011, año raro en su cifra. No sabemos qué nos traerá esta nueva travesía orbital solar. No tenemos prisa por saberlo, pero apostamos a que le pediremos mucho más que a su antecesor.

Hasta pronto, pues, mis queridos lectores.

Cabecera de otoño

Al fin ha entrado el otoño. Al fin hay hojas en la calle y cierta inestabilidad climática. Y, claro, es hora de cambiar la cabecera por otra más "otoñal". Digamos, pues, adiós a Neubrandenburg im Morgennebel, que se encuentra en Stiftung Pommern y que nos ha acompañado durante el verano:

Otoño de serenidad y esperanzas, mientras parece que el mundo colisiona por todas partes. Hoy no hay mucho que contar, y muchas historias en retortero. Pero será otro día.

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