En lo menos crudo del crudo invierno
Pasó la marabunta. Las aguas vuelven a su cauce. Ya no se oye el estruendo después de la tormenta. Y sin embargo, ahora que la calma enfría los motores, algo extraño suena en la fría noche invernal. Algo que grita que ya nada volverá a ser lo mismo, que pase lo que pase, como diría san Nacho, tendremos miedo toda la puta vida, decidamos lo que decidamos. A pesar de haber sobrevivido a las Navidades. Y eso, dadas las circunstancias, no es poco. No es nimio, desde luego, porque vaya tela...
Pero empezamos con las "campanadas" de La 2, y con Amanece que no es poco, probablemente uno de los mejores comienzos de año que se puedan esperar. Y con un viaje, previa fiesta familiar trastocada por una gripe más estentórea que nunca (duró horas, y provocó un ataque de ansiedad en pleno viaje, algo ciertamente molesto), a la Girona invernal en un hotel de semilujo para el veraneo, y que siempre tiene ese aire decadente que dan las instalaciones fuera de temporada. Los habitantes del hotel parecíamos esnobs fuera de sitio y de lugar, desayunando productos ampurdaneses y zumo artificial con el mar de fondo y los pinos (esos pinos) del litoral gerundense. Todo decadencia y savoir-faire. Adoro ese "¿todo ha estado bien?" de la recepción de un hotel que en agosto cobra más de cinco veces lo que nos costó en la baja temporada invernal. Contestas que sí, que por supuesto, como si fueses una dama enjoyada y envuelta en su marabú rosa. "Claro, ha estado muy bien, gracias. Volveremos", ¡no te jode!
Y entre medias, mar...

bosques...


y piedras centenarias.

Todo esto, por supuesto, revisable y ampliable en mi página de Flickr.
Y no hacía frío, pero ahora sí, y mucho. Hemos pasado de lo menos crudo a lo más crudo del crudo invierno en apenas una semana. Y, sí, debo confesarlo, en alguna ocasión no me he atrevido a coger la moto; pero no en todas, claro. Hoplita que es uno...
Pero para confesar cosas inconfesables debo decir que he caído (con la moderación que da eso que se llama adultez, claro, y un poco también con la cordura necesaria para domar este tipo de maquinaciones del demonio) en las redes de esa máquina diabólica que es la Xbox360. Sí, amigos, lo que me faltaba para dejar de ser bohemio. Pero claro, uno se sumerge en, pongamos por caso, el claustrofóbico submundo del Bioshock, o en las cálidas tierras (como una peli, tú...) de Red Dead Redemption y, en fin, se pierde, se pierde.
Hablando en serio: sé que los videojuegos son lo que son, pero en un momento concreto de este último, cuando dejas las áridas estepas del lejano oeste americano, a lomos de tu caballo, con el ruido de los cascos sobre la tierra, después de haberte cargado a un par de decenas de bandidos mexicanos desde una balsa; cuando llegas, al fin, a México, en otra árida y solitaria estepa, despides a tu compinche y comienzas a cabalgar por la tierra todavía perteneciente a la frontera, en los altavoces resuenan estos acordes:
De veras, sin ser un "jugón", me he pasado mis buenas horas delante de un videojuego, devanándome los sesos con alguna que otra pantalla, y viviendo a veces experiencias visuales (gráficas, podría decirse) apabullantes, pero lo que sentí cuando sonó esta canción de José González, llamada "Far away", juro por el demiurgo que no lo había sentido jamás, y creo sinceramente que sólo lo he podido sentir con alguna película. Pero, ¡válgame que estamos hablando de un videojuego! Tal fue así que durante todo el tiempo que duró la canción (y puede ser mucho en el fragor de un juego) me dediqué simplemente a vagar con mi caballo sin rumbo fijo, dejándome mecer por la ligera brisa y por los paisajes que acababa de ver por primera vez. Señores, señoras, esto de los juegos va en serio, y este caso, sinceramente, no es que me haya sorprendido, es que me está resultando una experiencia única. Y el primer sorprendido soy yo, podéis comprenderlo.
Un asunto más: el último concierto. Claro. Un nuevo dinosaurio de la new wave, The Chameleons, o The Chameleons Box para los amigos. Primera impresión: que ya vamos teniendo una edad muy mala, público asistente y artistas. Estábamos casi todos, pero con veinte años más encima. Y fue entrañable, nos ha jodido mayo que fue entrañable. Ellos no sonaron mal, y nosotros suspiramos con "Second skin" y demás como era de esperar, pero quizá lo más reseñable, en este primer concierto post liga-antitabaco, no estaba en el escenario, sino un poco más abajo: que sí, que vale, que puede que sea agradable salir de un garito como tal y de un concierto como tal sin oler a colilla, pero hay tres salvedades que hacer:
- ¡anda que no se pierde glamour!
- ¡anda que no se tiene envidia de los músicos y sus cigarritos a los bises!
- y, por último, pero no menos importante, sino MÁS importante, como preveíamos, el olor de tabaco aislaba del olor a chotuno que hay en una sala en mitad de un concierto. De veras, hay gente muy guarra, y huelen francamente mal.
Y para terminar este "post de-sastre", como suelen ser la mayoría de mis últimos posts, tendré que mencionar mi última experiencia culinaria: el Kabuki madrileño (gracias, JJ). El menú: ensalada de algas con sashimi y sésamo, niguiris de carabineros, sashimi de la casa (que incluía ventresca de tataki, o atún-toro), makis de atún con cebolleta, niguiri de erizo, makis de tempura de langostino con huevas de salmón y la estrella de la casa: niguiris de pez mantequilla con trufa. Un vino argentino blanco seco muy recomendable y un postre de chocolate espectacular (aunque no pegara demasiado con la comida, la verdad). En resumen: delicioso, una flipada de sabores, texturas y presentaciones. Caro, claro, pero era una ocasión muy especial, y como tal tenía que ser sorprendente; y lo fue, vaya que si lo fue. Increíble, diría yo.
Termino ya, que no he escrito en un mes, y no puedo escribir en un post lo que no he hecho en treinta días. Pronto seguiremos, jodidos, pero contentos, y al pie del cañón, aunque del cañón queden apenas unos girones de hierro maltrecho.
Vamos a no ponernos nerviosos... Imaginaos que tenéis la oportunidad de mandar un cd al espacio grabado con las mejores canciones que ha sido capaz de grabar el ser humano en su historia. Hablo de LAS MEJORES, de aquellas históricas que no sólo sean famosísimas, sin que sean hermosas y dejen un buen sabor de boca a los alienígenas cuando las encuentren. Canciones únicas, especiales, las que se pueden escuchar cientos y cientos de veces, y que ocupan una parte importante de la memoria colectiva de todos nosotros, seamos de donde seamos y nos guste lo que nos guste. Valen canciones alegres, o tristes, o melancólicas, o del tipo que sean, incluso piezas clásicas o de jazz (si me indicáis bien la versión, por favor), pero que estén meditadas, que sean, de verdad, dignas de ser mandadas al espacio para que representen lo mejor de nuestros sonidos.
Bueno, era obvio que más tarde o más temprano me tuviera que acordar de ellas, aunque esta vez ha sido por aclamación popular (de nada, Innes). Venga, va, canciones para bailar, pero estableciendo unas mínimas reglas: nada de obviedades, nada de chunda-chunda, nada de cosas demasiado raras (quiero decir, un mínimo de compás de baile) y, en la medida de lo posible, nada "demasiado comercial" ni demasiado (con perdón) hortera. Esas canciones en las que, sin darte cuenta, sientes que se mueven los pies. Con esto quiero decir que no son canciones "de baile", sino canciones para levantarse de la silla y ponerse a dar vueltas en la habitación sin poder parar los pies.
Pendiente de recopilar todo el universo de canciones que estoy manejando para la anteriores
Un día de primavera, con buena temperatura, nada mejor que hacer, música en tu reproductor y un largo día para pasear sin hacer nada. Sólo fijarte en la gente anónima que pasa delante de ti, sin otra cosa en que pensar en decidirte por qué calle vas a tirar cuando llegues a la siguiente esquina.
Dada la magnífica respuesta obtenida a mis anteriores convocatorias (¡gracias, gracias, gracias, gracias!; estoy abrumado), llegó la hora de recopilar datos y hacer el primer recuento. Hay mucho material, y entre todos hemos hecho un impresionante recorrido por la música popular de las últimas décadas que va desde el lejano 1947 de "La vie en rose" de la Piaf hasta la Madonna del 2005 o el Josh Rouse de 2006. Un magnífico periplo por todos los estilos, formaciones y experiencias sonoras que ahora me toca a mí labor de recopilar, ajustar, medir y colocar para hacer realidad esos discos de "canciones para..." que todos estamos esperando. Vamos a hacer recuento. Ahí van los resultados por ahora de CANCIONES PARA:
Y ahora os pido lo mismo: alejémonos de obviedades, porque, como decía el protagonista de Alta fidelidad, el pop y el rock están repletos de canciones de desamor, así que habrá que hilar fino para hacer una lista potable de canciones sobre el tema originales y, a ser posible, no demasiado blandengues.
¡Eh, eh! No nos pongamos nerviosos... En esta categoría quiero que afinéis, no deis pávulo a horteradas, obviedades y canciones demasiado fáciles. Quiero que escudriñéis en vuestros recuerdos musicales y penséis en canciones de amor especiales, originales, fuera de lo común. Más que canciones para arrimar cebolleta o estar en posición recostada y cómoda con vuestro amante (ambas categorías no os extrañe que aparezcan tarde o temprano), quiero canciones de esas que se piensan cuando estás enchido, pleno, embobado, enchochado/a (léase también "empollado/a") y miras la vida pasar con ese insólito y estúpido rictus que se les queda a los enamorados.

