Hay, básicamente, tres formas de enfrentarte a tu artista favorito encima de un escenario: como un fan irredento, intentando ser crítico o dejándote arrastrar por el amor que le procesas. Ayer decidí que en los primeros compases del concierto de Tindersticks sabría qué opción elegir, y en el segundo bis supe que no me había equivocado habiendo optado por la tercera.
Pensaréis, y con razón, que me dejo arrastrar por la pasión, pero hay algo más. A los de Nottingham se les ha colgado el sanbenito de grupo de "pop de cámara", que al margen de su significado literal contiene una cierta connotación cultureta que a mí, lejos de molestarme, me parece más que adecuada. Sin llevarnos a engaños, hay grupos a los que vas a ver con ánimo desinhibido, y otros a los que te enfrentas con más respeto porque son más (comillas, comillas) "serios". Si, además, vas a verlos a un teatro, en primera fila, desde un contrapicado, con unas luces amarillas poco favorecedoras y una tela negra como único aderezo, comprenderéis que deba sentir, al menos, predisposición al respeto. ¿O no?

Pero, pero... ¡qué respeto, qué cuidado, qué esmero, que forma de bajar al detalle! Después de veinte años, y siendo conscientes todos de que se les ha dado por muertos varias veces, presentar un nuevo disco y acompañarlo de canciones secundarias, nada de coger single tras single hasta el final, con ese mimo es digno de elogio. Hasta dos veces pararon una canción porque, ora por un acople, ora porque no sonaba el órgano como debía, se vieron obligados a ello. Es fácil el símil, pero todo era muy teatral, de ese teatro íntimo que no necesita pegar gritos ni grandilocuentes puestas en escena, sino buenos actores, buenas historias y mucho cariño a la hora de contarlas.
Con Tindersticks me pasa que me siento como en casa. Hasta los instrumentos me parecen usados, domados, no recién sacados de fábrica (y por las apariencias, me temo que algo de cierto había en ellos). Sé que la anécdota está tan lejos de ellos como si la contara de Motorhead, pero me viene a la memoria la escena de Granujas a todo ritmo en la que Ray Charles, supuesto dueño de una tienda de instrumentos de segunda mano, demuestra la buena salud de la que goza un viejo teclado cascándose una canción "de las suyas" en él. Pues con ellos me pasa algo parecido, pues parece inverosímil que un bajo, una guitarra, unas campanitas, un huevo de esos rellenos, una pandereta o un órgano desvencijado suene tan rematadamente bien.
Son conciertos que se paladean, no se beben a grandes sorbos. Sí, sé que no estoy muy original, pero es el mejor símil que se me ocurre. Un buen amigo dijo de ellos que son "como un pincel", más refiriéndose a su siempre impoluto aspecto; y que su música era demasiada limpia y elegante para él. Y no le falta razón, pero cuando les veo tengo la misma sensación que en las pocas ocasiones en las que ahora me pongo chaqueta: no me la quito porque no hay nada más horrible que una corbata en mangas de camisa. Y no hay nada que pueda ser mayor desperdicio que dejar que las notas de las canciones de estos malditos genios se escapen sin que no las aproveches hasta el último sorbo.
¿Qué decía de dejarme arrastrar por la pasión? Bueno, revisar esta vieja entrada del blog para entenderlo.
Y eso que vimos con preocupación la pinta de Stuart, visiblemente desmejorado (con lo que ha sido), pero es que nos vamos acercando a la cincuentena, y ahora encima son músicos "maduros", signifique eso lo que signifique.
En fin, se podrá discutir si sus discos del principio son o no los mejores, como con casi todos los grupos. Se podrá criticar lo que se quiera, pero este humilde servidor sigue creyendo que nos encontramos ante una de las mejores cosas que ha dado la música moderna de las últimas décadas.
Y poco más voy a decir.