La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: El artista y su obra

Shame y el amor al cine

Ayer mencioné Shame, junto a Drive, dos películas que me sirven de apoyo para mantenerme a flote en el mar de inmundicia que supone la gran pantalla de nuestros tiempos.

Drive me asombró por su factura, pero Shame me conmovió por su hondura. No es fácil encontrar ejemplos de tipos que sepan describir la melancolía, el desarraigo, la misantropía sin caer en los tópicos. Brandon, dependiente del sexo e incapaz de amar, entraña en sí todas las miserias del éxito de nuestro mundo. Y aún así conmueve.

Steve McQueen (que no, no es precisamente una reencarnación) se apoya en un personaje construido con cincel, modelado con mimo. Su fuerza es atroz, gracias no sólo a la composición magnífica de Michael Fasbender, sino a la maestría con la que McQueen le hace desenvolverse en ese mundo opresivo allá donde no tendría que haber opresión. Todo debería ser perfecto, pero... ¿por qué nos asomamos al precipicio?

Semejante alegoría de lo peor de la vida moderna, de los peligros de la cultura del ocio y de la tiranía del éxito está adjetivada por una banda sonora perfilada con escoplo milimétrico. Acordarse de Malick es tan obvio que hasta la hermosa pieza de la banda sonora, "Brandon", parece mucho más que un homenaje a la memorable "Journies to the line" de Zimmer. Ignoro si es incluso un plagio o una simple inspiración. Juzgad vosotros mismos.

En cualquier caso, ¡es tan agradecido acabar una película y dejarte arrastrar por lo que sugiere ese final abierto, esa densa historia! Una recuerda por qué ama el cine por encima de tantas y tantas cosas.

Dominique y la coherencia

En esto de la música hay gustos, tendencias, modas, géneros y olas, todos ellos buenos y malos. Hay artistas serios, desenfadados, divertidos, profundos e incluso aburridos. Y hay artistas coherentes y otros que no lo son. Y luego está Dominique A.

Son ya muchos años desde aquella vez que le viera por primera vez en un FIB (creo que fue en el 98) y me sigue dejando tan pasmado como siempre cuando saca un nuevo disco. Con él casan palabras tan inadecuadas para unirse como tensión, pulsión, ortodoxia, heterodoxia, sensibilidad y fuerza. Y esa maldita y maravillosa forma de entender el modo de cantar, tan directo, tan silabado, tan puro y metódico. Y esa forma de atacar el ruido y el silencio, el trallazo de la guitarra con la sutileza del viento y las cuerdas, y la hermosura de los medios y lentos tiempos, como el trémulo "Loin du soleil" de su último trabajo, Vers les Lueurs (aquí en directo):

Ahora me arrepiento de no haberle abordado en alguna de esas ocasiones en las que le he visto deambular por los festivales, atento a todo lo que se mueve, siempre con su sempiterna camisa negra y ese porte de buen tipo, para decirle que le debo muchos de esos buenos momentos de melancolía contenida en días como éste, cuando el sol huele a esperanza.

No sé si me entendéis...

Tindersticks en contrapicado

Hay, básicamente, tres formas de enfrentarte a tu artista favorito encima de un escenario: como un fan irredento, intentando ser crítico o dejándote arrastrar por el amor que le procesas. Ayer decidí que en los primeros compases del concierto de Tindersticks sabría qué opción elegir, y en el segundo bis supe que no me había equivocado habiendo optado por la tercera.

Pensaréis, y con razón, que me dejo arrastrar por la pasión, pero hay algo más. A los de Nottingham se les ha colgado el sanbenito de grupo de "pop de cámara", que al margen de su significado literal contiene una cierta connotación cultureta que a mí, lejos de molestarme, me parece más que adecuada. Sin llevarnos a engaños, hay grupos a los que vas a ver con ánimo desinhibido, y otros a los que te enfrentas con más respeto porque son más (comillas, comillas) "serios". Si, además, vas a verlos a un teatro, en primera fila, desde un contrapicado, con unas luces amarillas poco favorecedoras y una tela negra como único aderezo, comprenderéis que deba sentir, al menos, predisposición al respeto. ¿O no?

Pero, pero... ¡qué respeto, qué cuidado, qué esmero, que forma de bajar al detalle! Después de veinte años, y siendo conscientes todos de que se les ha dado por muertos varias veces, presentar un nuevo disco y acompañarlo de canciones secundarias, nada de coger single tras single hasta el final, con ese mimo es digno de elogio. Hasta dos veces pararon una canción porque, ora por un acople, ora porque no sonaba el órgano como debía, se vieron obligados a ello. Es fácil el símil, pero todo era muy teatral, de ese teatro íntimo que no necesita pegar gritos ni grandilocuentes puestas en escena, sino buenos actores, buenas historias y mucho cariño a la hora de contarlas.

Con Tindersticks me pasa que me siento como en casa. Hasta los instrumentos me parecen usados, domados, no recién sacados de fábrica (y por las apariencias, me temo que algo de cierto había en ellos). Sé que la anécdota está tan lejos de ellos como si la contara de Motorhead, pero me viene a la memoria la escena de Granujas a todo ritmo en la que Ray Charles, supuesto dueño de una tienda de instrumentos de segunda mano, demuestra la buena salud de la que goza un viejo teclado cascándose una canción "de las suyas" en él. Pues con ellos me pasa algo parecido, pues parece inverosímil que un bajo, una guitarra, unas campanitas, un huevo de esos rellenos, una pandereta o un órgano desvencijado suene tan rematadamente bien.

Son conciertos que se paladean, no se beben a grandes sorbos. Sí, sé que no estoy muy original, pero es el mejor símil que se me ocurre. Un buen amigo dijo de ellos que son "como un pincel", más refiriéndose a su siempre impoluto aspecto; y que su música era demasiada limpia y elegante para él. Y no le falta razón, pero cuando les veo tengo la misma sensación que en las pocas ocasiones en las que ahora me pongo chaqueta: no me la quito porque no hay nada más horrible que una corbata en mangas de camisa. Y no hay nada que pueda ser mayor desperdicio que dejar que las notas de las canciones de estos malditos genios se escapen sin que no las aproveches hasta el último sorbo.

¿Qué decía de dejarme arrastrar por la pasión? Bueno, revisar esta vieja entrada del blog para entenderlo.

Y eso que vimos con preocupación la pinta de Stuart, visiblemente desmejorado (con lo que ha sido), pero es que nos vamos acercando a la cincuentena, y ahora encima son músicos "maduros", signifique eso lo que signifique.

En fin, se podrá discutir si sus discos del principio son o no los mejores, como con casi todos los grupos. Se podrá criticar lo que se quiera, pero este humilde servidor sigue creyendo que nos encontramos ante una de las mejores cosas que ha dado la música moderna de las últimas décadas.

Y poco más voy a decir.

Summer Camp salvando la desmotivación

Estoy blog-desmotivado. Nada nuevo bajo el sol. Estoy realmente mundo-desmotivado, así que tampoco hay que extrañarse demasiado. Sí, la vida, la política, el dinero, el cansancio, el estrés de mi nuevo rol en el trabajo, las miserias cotidianas y el agotamiento de un mundo raro. Lo normal.

Y quería escribir sobre algo más serio, pero este post al final tiene tan sólo un protagonista, un motivo. Ayer, casi a rastras, me dejé llevar a la Joy Eslava y me dejé sorprender, lo que, dadas las circunstancias, era mucho más de lo que cabría esperar. Antecedentes: un grupo al que no conocía, que medio escuché una vez y al que iba con no demasiada esperanza. Iba más a estar con los amigos, esos que la puta vida no te deja ver todo lo que quisieras, y a los que debes poner al día de toda tu vida de las últimas semanas, incluso meses en diez minutos, para dejar luego pasar a esas pequeñas y impagables tontadas que hacen que una amistad perdure a lo largo de los años. Ya sabéis, nuestro particular tributo al dios de las pequeñas cosas, nuestra forma de honrar a eso que se llama verdadera amistad que te hace sentirte tan viejo como afortunado.

Pero un viejo teclado Korg, un batería relamido, un chaval con barba desaliñada y camisa imposible, y una chica entre desapercibida y encantadora subieron al escenario y comenzaron un concierto flojo en sus primeros compases, pero que fue tomando poco a poco calidez según iba avanzando (mucha culpa tenía, como habrán adivinado los más perspicaces, ese viejo teclado Korg, capaz de sacar sonidos que ya querrían para sí los mejores Human League de principios de los ochenta).

Además, oh sorpresa, en un momento de la actuación el dúo dueño del cotarro, Elizabeth SankeyJeremy Warmsley, tomaron guitarra y presencia (y voz) y comenzaron a tocar... ¡a pelo! Bueno, uno lleva en esto muchos años, y la verdad es que es difícil que le sorprendan, pero que un par de jovencitos se atrevan a dejar todos los enchufes encima del escenario y bajen al suelo de una sala como Joy Eslava y paseen, nunca mejor dicho, su música entre el público fue para mí inaudito (venga, alguno habrá visto a no sé quién en no sé dónde hacer lo mismo, pero yo no, en casi treinta años de conciertos) y una más que agradable sorpresa. Sobre todo porque Elizabeth tiene una hermosa y poderosa voz. Y que además sea su hit el que se atrevan a descarnar de esa manera me pareció, nos pareció no sólo sorprendente, sino tremendamente valiente y, por ello, más que valioso. ¡Gran momento!

¡Ah, su nombre! Summer Camp.

Dejo nada menos que tres de sus vídeos para que los disfrutéis. Primero, su single:

Luego su versión acústica, parecida a la que tocaron ayer.

Y por último un vídeo grabado por mí mismo del final, el bis, nada menos que con un cover... ¡de Fleetwood Mac! No tengo nada más que decir. Que los escuchéis.

Así que rompo mi silencio. Pero que sepáis que sigo tan blog-desmotivado como al principio...

El silencio y el estruendo

La vida y sus contrastes...

Debería hablar de un concierto, y quizá lo haga al final de este post. Pero antes debo dar paso al silencio.

En la segunda década del siglo XXI mi manera de enfrentarme a la religión, la "de mis padres", es ceñuda, crítica y sin esperanza. La jerarquía eclesiástica está tan lejos de mí como el cielo y el infierno de mi agnosticismo. Pero algo sí tuve claro desde que racionalizo mis recuerdos: la contemplación, la que se ha hecho en monasterios y recónditas ermitas durante siglos, me parece digna de admiración. Alejarse de todo, y de todos, y dedicar tu vida al recogimiento, especialmente cuando lo haces desde joven, me parece un acto de suprema valentía.

Alejarse del mundo siempre habrá sido igual de difícil, intuyo, pero hacerlo desde el mundo que me ha tocado vivir se me antoja aún más lejano. Los adelantos de nuestro mundo, nuestras comodidades, parecen imposibles de renunciar cuando se han conocido. La calefacción, la televisión, internet, los coches, los locales de ocio, los cines, los teatros, todo lo que hoy conforma nuestra vida social tiene demasiado peso en mi mente. ¿Y si fuera capaz de renunciar a todo ello?, ¿si se acabara mi vida moderna, y  nunca jamás encendiera una televisión, un aire acondicionado, una calefacción, un microondas, escribiese en un blog? ¿Cómo sería vivir en un monasterio alejado del mundo?

Philip Groning se planteó la misma pregunta que yo. Y la historia es ya de sobra conocida: en 1984 se puso en contacto con la Orden de los Cartujos, quizá la orden que más valora el silencio, y les propuso rodar un documental sobre la vida dentro de un monasterio. Los superiores de la orden le dijeron que era demasiado pronto, y que quizás más adelante. Y dieciséis años más tarde recibió una llamada que le decía que había llegado la hora...

El estreno de El gran silencio despertó mucho revuelo, pero yo no me enteré. Me enteré tarde de su existencia. Demasiada procrastrinación. Al cine, el pobre, le llego siempre de refilón, y tarde. Así que me he plantado ante esta pasmosa película con casi siete años de retraso, siete años que en este caso no tienen la más mínima importancia.

Es abrumador enfrentarse a una cosa así. Sin querer, al abandonar el sofá desde el que me asomé a ese monasterio cartujo de los Alpes, se ralentizaron mis movimientos. El monje cartujo es un hombre pobre que basa su existencia en el silencio y en la oración, y algo así, que es fácil de decir, se convierte en pasmoso cuando acompañas a los monjes durante más de dos horas y media en su peculiar sentido del paso del tiempo en La Gran Cartuja de Saint Pierre de Chartreuse, observando cómo se suceden las estaciones y los distintos tipos de silencios. Aprendes, entonces, el significado de términos como sencillez, quietud, sosiego, contemplación y, ante todo, silencio.

Sé que esto es una salvedad en la furia de nuestro tiempo. Y es una salvedad en el entramado de nuestra sociedad, e incluso en el entramado eclesial, donde la humildad, que debería ser básica, es tan difícil de encontrar. Os dejo al bendito youtube para que repaséis esta maravilla con toda la calma que os sea posible:

Ahora estoy viendo la gala de los Goya, y eso me impide seguir contando cosas. Y cosas muy alejadas de esta película, pero tenía que hablar de ella, y así lo he hecho. Así que perdonadme. Vuelvo enseguida.

In memoriam: Wislawa

Ha fallecido Szymborska. A los ochenta y ocho años, y según parece tranquila, en su cama, mientras dormía.

A veces se mueren los malos, pero cuando se mueren los buenos siempre nos queda un resquemor amargo que llena ese hueco en la boca del estómago que se hace patente en estos momentos de dolor. Sí, dolor, porque hay seres que, a miles de kilómetros de distancia, desde su Cracovia natal y vital, dejan profunda huella en ti. Los versos de Wislawa me han hecho sonreír, llorar y que se hiciera un nudo en mi garganta. Wislawa nos ha hablado de amor con humor, de realidad con ironía, del terror con sobrecogimiento.

A Wislawa Szymborska no la conocía en persona, lógicamente. Hasta me cuesta, como buen castellano, pronunciar su nombre, y sé que lo hago muy mal. Como sé que nunca podré leer sus poemas en su polaco materno porque nunca dominaré esa lengua (ni ninguna otra) como para entenderlos en toda su magnitud.

En esta Torre de Babel dependemos de los sufridos y mal pagados traductores y editores, que nos ponen las palabras de otros en bandeja de plata, para que no nos molestemos. Y con Wislawa me consta que han hecho un buen trabajo.

La red está plagada de sus poemas, de sus palabras. Como muestra, dejo un par de ejemplos que ya aparecieron en este blog hace mucho tiempo. Aquí uno y aquí otro. Y de sus palabras, qué mejor que esta maravillosa entrevista aparecida en El País hace ya también un tiempo.

Wislawa era, ya no es, y eso siempre cuesta. La muerte está presente, pues los seres que nos son contemporáneos muchos dejarán de serlo, como nosotros dejaremos de ser contemporáneos para aquellos que vengan detrás de nosotros. Si existe mundo, y existe tierra para entonces. A Wislawa le gustaba hablar de sus contemporáneos, de sus alegrías y de sus miserias. De las pequeñas historias cotidianas que rodean al amor, a la existencia misma y a la muerte. Pero sobre todo al amor, mezclado con el paso del tiempo, con los recuerdos, con la vida. Con la vida que ya le ha abandonado, dejando tras de sí el cadáver de alguien que vio el mundo con sensibilidad, y que como diría Nacho Vegas, no siempre se mostró capaz de disfrutarlo como lo hacen los demás. Por eso sus gustos sencillos, su coñac, su café y su cigarrillo empapado de viejos recuerdos serán su seña de identidad, su carta de presentación eterna.

Descansa en paz, querida Wislawa, que eso es lo que se dice. Nosotros nos agitaremos con la cotidianidad, que era lo que más apreciabas. Y te leeremos, no lo dudes. Eso ahora y siempre.

Bowie se jubila

Sí, ha cumplido sesenta y cinco tacos, y creo que aún no le pilla la jubilación a los sesenta y siete...

Y allá va probablemente mi canción favorita y su vídeo muy, muy viejuno...

(Si tenéis curiosidad, aquí tenéis una traducción un poco chusca de la letra. Ya se sabe, aquellos discos "conceptuales" y el coñazo que dio con el "mayor Tom".)

Tyrion Lannister en un vídeo viejuno

Las vueltas que da la vida, tú...

Estábamos haciendo hueco en el sofá con una peli, bueno, interesante, Contagio, de Soderbergh (ya se sabe, tenemos querencia por los apocalipsis, y éste es uno que Innes y yo calificamos como muy plausible: que el mundo "humano" se acabe por una infección) cuando una de las protagonistas (no, no voy a hacer ningún spoiler) conecta su iPhone para escuchar un tema, que mira tú por dónde era "All I want is you", de aquellos U2 a los que el viaje a Estados Unidos se les había quedado a medio digerir y estaban que si se volvían un grupo de músicos de esos que animan las reuniones fanático-cristianas o se dejaban las venas largas (menos mal que fueron a Berlín, lo que les dio un poco de oxígeno que les duró una década, más o menos). Y, claro, mi mecanismo de redes musico-culturales se acordó del tema en cuestión, y del vídeo, que era muy aparente y muy de aquellos acordes al gusto de la época, en el que se contaba una historia con su argumento y su canesú. Refresquemos memoria, no os preocupéis:


U2 - All I Want Is You por Angkor

Y, claro, esa cara, esa cara... ¿a quién me recuerda?, ¿de qué me suena?

Pues de esto...

Joder, nada menos que Peter Dinklage, el inmenso actor que protagonizara Vías cruzadas y que luego dio vida a Tyrion Lannister, el "gnomo" de Juego de Tronos. Uno de los mejores actores, para mí, de los últimos tiempos que, fíjate, comparte año de nacimiento conmigo. O sea, que en el vídeo de U2 contaba con diecinueve años, más o menos, lo que se le nota, vaya que si se le nota.

Las cosas que se descubren un sábado por la tarde...