La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: El artista y su obra

Ayala

El toque del arte consiste en herir a la Naturaleza en su talón de Aquiles, en ese punto vulnerable, sensible, cuyo contacto -así también en la mujer; así en la caja de caudales- basta para lograr la apertura de su entraña estética.

Lucidez. Hasta en el último suspiro. Se nos fue. También.

¿Dónde tengo que firmar?

Empieza mal este mes de noviembre.

Larra y el Museo Romántico

Hoy lo he escuchado en la radio, y lo cierto es que resulta curioso que no lo mencionara en estas páginas a su debido momento, pero en fin, así son las cosas. Quizá fuera que los idus de marzo hicieran de nuevo de las suyas, pero se me pasó recordar una fecha clave en el imaginario madrileño: el duocentésimo aniversario del nacimiento de uno de sus hijos predilectos por muchas razones, don Mariano José de Larra.

Pues bien, como oportunamente me han recordado esta mañana, los próceres a los que compete el asunto pusieron al más alto por testigo de que este año, este año sí, se iba a volver a abrir al público, con motivo de ese aniversario, uno de mis museos más queridos, el Romántico de Madrid, sito en la calle San Mateo 13, y que lleva cerrado luengo tiempo, más concretamente desde 2003, con esa excusa eufemísitica de que se están llevando a cabo "obras de acondicionamiento" de un edificio que ya ha sido "acondicionado" tantas veces desde su inauguración como museo, allá por 1924, que resulta irrisorio recordarlo.

A pesar de que los expertos en museística imagino que se llevaban las manos a la cabeza entre sus muros, yo recuerdo su atmósfera, su crujiente suelo, sus vitrinas, su aire de salón de baile decimonónico, el ligero olor al rancio de las cosas congeladas en el tiempo, sus cuadros (con especial recuerdo, y ya han pasado por aquí alguna vez, a la Sátira del suicidio romántico y la Sátira del suicidio por amor, ambos de Leonardo Alenza) y su pistola con la que se suicidó Larra (¡tan pequeña!). Pero todo eso son recuerdos, y mucho me temo que más me pueda el miedo de ver cómo lo han dejado cuando lo reabran que las ganas de verlo reinaugurado. Tanto me sé el cartel que reza esas obras de reacondicionamiento de la puerta que no me creo que algún día se vuelva a reabrir. En cualquier caso, al Ministerio, que es al fin y al cabo a quien compete, le quedan sólo cuatro meses para lograr aprovechar la oportunidad, ya que no fueron capaces en su momento, pero mucho me temo que les traiga sin cuidado.

En este Madrid nuestro, que, por mucha modernidad con la que se le quiera vestir, sigue siendo de charanga, pandereta y zarzuela (Dios nos la dé todos los vera-nos de la Villa, amén), no queda sitio para las cosas añejas que no den dinero. O al menos no corren demasiada prisa.

Os dejo con las palabras del maestro:

Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe pertenecer a la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo a las muy superiores, o a las muy estúpidas, les es dado no admirarse de nada.

Theroux y la acritud

Hace un año escribí este post sobre los viajes digitales, y la cosa no ha cambiado mucho desde entonces, cuando no se ha dado una vuelta de tuerca más. Este año la moda es Oriente, ya sea Japón o China (porque está baratísimo, dicen, aunque yo no lo veo). Yo, como de costumbre, no puedo pasar de los Pirineos. Pero la culpa es mía, por "manirroto habitual", según algunos; yo sólo lo llamo vivir, pero bueno, "try walking in my shoes".

Al hilo, pues, de lo que decía el año pasado, ya advertí que la envidia por el mero hecho de viajar, aunque sean viajes "de placer", no despista mi interés por viajar como se viajaba antes, a la antigua usanza. Y ocurre que a la postre no sé si quiera si esos viajes me llenarían. La Tierra, sin conocerla, se me ha quedado pequeña, básicamente porque no soy capaz (por muchas razones, pero sobre todo por bemoles y posibilidad de dejar todo atrás) de viajar como lo ha hecho, por ejemplo, Paul Theroux toda la vida, el gran gurú de esto del viaje iniciático: en tren, y sin prisas, saliendo de Londres para llegar a Tokyo a base de vagones de ferrocarril y (supongo, claro) algún que otro barco. Es famoso su libro El gran bazar del ferrocarril, donde describe uno de esos periplos (el primero, porque, que yo sepa, ha hecho al menos dos completos). Esa forma de viaje, respetando casi todo el resto de formas de viajar, es la que más me atrae, pero ni siquiera he sido capaz de hacer el camino introspectivo hispano por antonomasia, el de Santiago, como para poder soñar con una aventura semejante. Pero esas cosas ya no se hacen. No está de moda, simplemente, y los que lo hacen son locos, o quieren llegar a serlo.

Toda esta historia surgió en mi cabeza a raíz de ver esta magnífica foto de Daniel Mordzinski, publicada en El País hace ya un tiempo.

Nada más verla me quedé fascinado. No sé muy bien por qué (aunque creo que sí atisbo con certeza la razón, pero ahora no viene al caso), pero de un tiempo a esta parte siento cada vez más empatía por esos personajes huraños y refunfuñadores que la magnífica Gran Torino ha sabido tan bien retratar (con el jodío de Eastwood reservándose él mismo ese personaje para él, en la que dicen será su última interpretación; hasta los que saben envejecer tan bien como él se agostan). Ahora (aún no la he visto, pero me temo que por ahí irán los tiros) está también en cartel Up, donde el personaje principal es un "vivo" retrato del enorme cascarrabias que era Spencer Tracy. En definitiva todo es lo mismo.

La foto tiene ya unos años, como se puede comprobar en el viejo portátil, pero todo en ella es magnífico: la soledad del tren que sólo conocen los que hacen muchos viajes de ese tipo; la actitud de la niña, ensimismada leyendo un libro infantil (desconozco si tiene algún parentesco con él); y  el gesto del bueno de Theroux, supongo, por lo que puede verse, harto de esa máquina del demonio...

Absolutamente maravillosa.

Tito Andrónico en Mérida: dos mil años nos contemplan

Hay muchos sueños ciertamente difíciles de cumplir, y sin embargo hay otros no tan imposibles pero que, a fuerza de imprevistos y complicaciones, se vuelven arduos. Uno de ellos, y muy preciado, era asistir a una representación en el teatro romano de Mérida, y este sábado vi cumplido mi sueño. Y además un plus: vi a una buena y vieja amiga sobre el escenario. Pero vamos por partes.

Como cabría esperar, la cosa no quedó ahí, pues Polidori no podía simplemente sentarse en el teatro, en los asientos de piedra, y dejarse llevar por el espectáculo. Desde el primer momento en el que decidimos, de manera completamente improvisada (realmente fue a la voz de "a que no hay") hacer el viaje a Mérida, sabía que no podría quitarme una idea de la cabeza: iba a sentar mis posaderas en el mismo lugar en el que, hace casi veinte siglos, hasta cinco mil personas se reunían para ver espectáculos dramáticos. El teatro de Mérida tiene algo mágico, y aunque sé que no es el único de estas características en la península, ni en la cuenca mediterránea, que sea uno de los pocos que se mantiene “en activo” le confiere una pátina especial, muy especial.

Así que, bien entrada la noche, las luces se apagaron y los miembros de Animalario comenzaron a llenar el proscenio en una puesta en escena espectacular por su sencillez. Una plataforma giratoria, que abría como si fueran las fauces de una fiera su parte central cada vez que se cometía algún asesinato, confería a la acción de una dimensión ciertamente inquietante, lo que venía acompañado de una composición gestual trepidante e intensa, tan propia de esta agrupación (y lo sé por referencias, y ya lo siento, pues nunca había asistido a uno de sus espectáculos, pero lo que vi el sábado me sirvió para hacerme una idea muy clara de ello). El juego lumínico, los escasos pero acertados efectos sonoros y, sobre todo, la música en directo de una trompeta y un chelo, que se adaptaban con maestría a todo tipo de situaciones, servían de excelente acompañamiento a una solvente adaptación del texto de Shakespeare. En definitiva, un hermoso y pasmoso espectáculo que, como bien supimos, había sido recortado en el tiempo, pues a nuestros ojos postmodernos, acostumbrados a los tempos cinematográficos, cuatro horas de dramón son demasiadas, y más teniendo en cuenta que Tito Andrónico es uno de los dramas de juventud del británico, y no es tan redondo en su trama como otros más conocidos y admirados por el gran público.

No me voy a extender más en el análisis de la obra, pues ni soy crítico teatral ni maldita la gana que tengo de serlo, pero sí puedo atestiguar un par de temas que, me temo, suelen pasar desapercibidos por mor de que a los actores, cuanto más famosos sean, más suelen ser tapados sus defectos. Alberto San Juan, por ejemplo, a pesar de que por momentos estuvo brillante, mantuvo un tono en su actuación del anciano general a veces irrisorio, y cuanto menos fuera de lugar, hasta el punto de que hacía ralentizar la actuación del resto de compañeros (amén de algunos problemas con el micro ciertamente desagradables); ni siquiera vi en su famoso desnudo integral nada pasmoso, por mucho que le alabe el atrevimiento, pero resultaba confuso, cuando no, insisto, irrisorio, su afán por alargar el timbre, más pareciendo un borracho que un anciano. Pero no os preocupéis: gente que sabe mucho de teatro lo alabarán sin pudor. Igual que harán con el trabajo de Nathalie Poza, a la que jamás perdonaremos que desaprovechara un personaje como ese para no comerse al público, compañeros y escenario cada vez que abría la boca, y sin embargo parecía más bien una madre blanda y compasiva (salvo en la intensa escena con Lavinia, donde sí estuvo a la altura); unamos, además, su pocas tablas (nunca mejor dicho) en cuanto a dicción teatral se habla, pues la mitad del público no se enteró ni de la mitad de lo que decía, con lo que la cosa quedaba desdibujada, muy desdibujada. Enric Benavent, Fernando Cayo y Javier Gutiérrez estuvieron muy solventes, dignos y por momentos brillantes, y en general el resto de la compañía estuvo muy bien. Y capítulo aparte, por ser mi amiga y por estar cada vez más grande, es el de Elisabeth Gelabert, mi querida Eli, a la que el papel le quedaba ciertamente pequeño, y que hizo un trabajo inmenso, y feo está que yo lo diga; su Lavinia fue espectacular, y si tenéis oportunidad no dejéis de ver la obra en Almagro o en el Matadero de Madrid, porque no os arrepentiréis.

Lo cierto es que el sueño se cumplió. Aquí queda este vídeo de algo irrepetible y muy emocionante. No me quiero ni imaginar lo que tiene que suponer para un actor salir a ese lugar, y sentir la energía que desprenden sus piedras.

Lo dicho, una noche mágica e irrepetible.

La T es el martillo del abecedario

Controvertido, genial. Rocambolesco, absurdo y, a la postre niño pijo, pero también divertido, chispeante. Leer sus greguerías es siempre sorber poemas en versos muy cortos, antes de que nadie hablara de micropoemas, haikus y demás zarandajas (nota: un tal Losantos acaba de publicar un libro de haikus; aviso para navegantes).

Ramón fue contemporáneo de don Ramón, el Nobel, pero éste era más histriónico, y para nada encorsetado y remilgado como el segundo. Se reía hasta de sí mismo, pero al final no supo reírse de quien más debiera, apoyando con pasta para armas y un doblar de rodillas al golpista que luego se tomó muy en serio eso de que su apodo terminaba en "ísimo", y así estuvo cuarenta años.

Hoy hubiese cumplido ciento veintiún años. 121. Sobre la cifra, así escrita, según lo viera, hubiese dicho que son dos soldados, muy firmes, que custodian a una serpiente. Lo curioso del caso es que ¡cómo podía imaginar el bueno de Ramón que a todos nos ha recordado su cumpleaños una cosa llamada Google! Le hubiese dado un vértigo.

Vayan sólo diez greguerías escogidas. Buscad más, que no os arrepentiréis.

  • Aburrirse es besar a la muerte.
  • La noche que acaba de pasar se va al mismo sitio en que está la noche más antigua del mundo.
  • El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
  • A las doce las manillas del reloj presentan armas.
  • Cuando la mujer se quita una media parece que va a mirarse una herida.
  • Carterista: caballero de la mano en el pecho... de otro.
  • Los presos a través de la reja ven la libertad a la parrilla.
  • El Pensador de Rodin es un ajedrecista al que le han quitado la mesa.
  • La Y es la copa de champaña del alfabeto.
  • Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan.

Ya no remaremos juntos en el lago

No he podido evitarlo... Fue entrar en La Casa del Libro y le vi allí, como si me estuviera esperando. Nada menos que El vampiro del bueno de Polidori en la editorial La Otra Orilla. O séase, ineludible.

Desde hace ya meses y meses guardaba una entrada en borradores que pretendía ser uno de esos “monográficos” propios de este blog. Iba a hablar de aquel verano de 1816, cuando un inusual torrencial verano (como si el tiempo se hubiese puesto de acuerdo para ello; y quizá así fuera) hizo que en la famosa ya desde aquella época Villa Diodati, a orillas del lago con tan literario nombre de Ginebra, se diesen cita al menos, y por distinto motivo, cuatro de los grandes nombres del romanticismo inglés, Mary Wollstonecraft Godwin, Percy Bysshe Shelley, lord Byron y el propio Polidori. Y ahora, al fin, con el libro en la mano, retomo esta historia

Sin embargo, no voy a extenderme demasiado. El hecho es ya demasiado conocido y ha hecho correr ríos y ríos de tinta. Más me quedo con una sensación. Es legendaria la altivez de Byron, y se le supone a Shelley la egolatría propia de los grandes divos del Romanticismo, pero... ¿fueron de algún modo conscientes de la importancia que tuvo para la historia de la literatura aquellos días de verano tormentosos? Las conversaciones entre dos buenos amigos de Boscán y Garcilaso; la tormentosa relación entre Verlaine y Rimbaud; las tardes de tertulia entre Borges y Bioy Casares; o por qué no, los paseos castellanos y carpetovetónicos de Panero y Rosales, por poner algunos ejemplos, ese trato íntimo y personal entre celebridades... ¿se huele a futurible, se siente reseñable en los libros, o simplemente deban a su pretendida intrascendencia la huella que dejaron en las generaciones futuras? De hecho, la Villa Diodati era mítica para Byron y compañía por haber sido lugar de reunión de Milton, Rousseau y Voltaire. Esas paredes parecían destilar inspiración, pero ¿pudieron haberse sentido parte de la historia mientras jugaban a contarse historias de miedo entre relámpagos y truenos?

Mary contaba con tan sólo diecinueve años en el "verano sin verano" de 1816, cuando gran parte de Europa y Norteamérica sufrieron un extraño empeoramiento del tiempo que trajo el invierno al estío. Polidori, joven doctor también de tan sólo veinte años; Byron (también joven, de tan sólo veintiocho) y Shelley de veinticuatro se reunían cada noche junto a la hermanastra de Mary, Claire Clairmont en el gran salón de la mansión... ¿No eran simplemente unos puñeteros críos, malcriados y snobs, que gastaban sus reales como se los gastan los pijos de hoy día en Aspen o los Alpes suizos? ¿Puede alguien con esa edad sentirse (como aseguraba Byron) tan engreídamente importante? Por lo que sabemos sí; se sentían importantes, pero podría pensarse que precisamente se convirtieron en leyenda por ser tan rematadamente jóvenes. Yo puedo asegurar que cuando estaba iniciando la carrera me sentía el ombligo del mundo, y jamás he vuelto a componer versos como lo hice en aquella época. Ahora me temo que no es precisamente a esa parte de la anatomía humana a la que me siento unido...

De aquel gélido verano nacieron dos de las piezas fundamentales de la novela de terror: el primer vampiro aristócrata y el monstruo por antonomasia de las historias de miedo. Lord Ruthven y Frankenstein, el germen de Lestar y Drácula y el pavor de la carne revivida más famoso de la historia. ¿Os imagináis colaros en ese salón donde tales piezas se reunían a beber láudano (según la wikipedia, opio y otros narcóticos diluidos en vino blanco con azafrán, canela y clavo) y contar historias de miedo? La leyenda habla de una horrible pesadilla de Mary, y de un relato inconcluso de Byron que aprovechó Polidori para crear a su chupasangres. Qué más da. Ahora que sería un viejo para estos jóvenes literatos (en toda la honda y ancestral extensión de esa palabra) brindo por esas copas llenas y esos efluvios que inspiraron historias que siguen asombrando al mundo.

Y hasta aquí puedo leer.

Ian Curtis, al fin

¿Cómo explicarlo?

Andando el tiempo me he convertido en un tipo completamente alejado de la mitomanía en cualquiera de sus vertientes, variantes y posibilidades. Los señores Alejandro el Magno, Dante, Nietzche, Friedrich, John Ford o Man Ray, y las señoras Nefertiti, Mari de Francia, Anguissola, sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Arco o Lempicka, por citar muy pocos casos y de muy distintas épocas, y con perdón de las almas impresionables, cagaban y meaban exactamente igual que yo (bueno, dependiendo de la capacidad y el buen hacer de su aparato excretor, se entiende), así que no puedo adorarles por el mero hecho de haber sido personajes influyentes, almas sensibles o seres decisivos en el devenir de la Humanidad, pues todos ellos, precisamente, comparten conmigo lo esencial: fueron humanos, y habitaron, exactamente igual que yo, la misma tierra que me ha visto nacer y que me verá morir (para mi desgracia, pobre carne mortal).

Bien, dicho esto debe inferirse que no tengo “ídolos” a los que alabar, fuera de personajes que, de una forma o de otra, admiro por sus obras, sin tener ni idea de cómo serán en la vida real (toda vez que en la mayoría de los casos los prohombres –y “promujeres”- que he conocido me han solido decepcionar). En todo caso, puedo admirar las virtudes de algunos especímenes que por su sabiduría, capacidad artística o simple bondad merecen ser admiraros, pero en cualquier caso no los quiero considerar mitos, sino más bien un simple (que no es poco) ejemplo a seguir.

En definitiva, no siento tal desordenada admiración por alguien como para que se me acelere el pulso por el mero hecho de tenerle cerca, y ni siquiera he conservado ningún mito de adolescencia (no sé, como puede ocurrir, por ejemplo, con aquellos que pierden el sentido al acercarse, pongamos por caso, a Michael Jackson o –evidentemente peor- Paris Hilton). Pero sí hay quizá una figura que puedo considerar, del modo más literal de la palabra, un mito por las connotaciones que ha tenido su existencia en mi biografía, y ése no es otro que Ian Curtis.

¿Cuáles son las razones? Bueno, puedo aducir, a vuela pluma, unas cuantas. La primera es que su figura está rodeada de ese halo misterioso que infiere el ser un joven suicida, a lo que debemos adjuntar la impresión que puede causar un alma atormentada y supuestamente solitaria en un adolescente definitivamente dado a la melancolía como era yo rondando los dieciséis (momento en el que, si no me confundo, entró Curtis a formar parte de mi vida). Durante mucho tiempo era incapaz de escuchar Closer, su disco más aclamado, sin dominar un fulminante ataque de melancolía que si no alejaba me sumía en una profunda desazón rayana con la más absoluta de las depresiones (como sólo pueden sentir las depresiones los adolescentes).

El siguiente motivo, claro está, es que en esas edades uno tiende a buscar referentes con los que decorar su carpeta, y si además ese referente casi es un desconocido para el común de los mortales que te rodean tienes el mito perfecto. Yo era el loco y único preuniversitario al que sus amigos regalaban discos y demás material aledaño de Joy Division, incluido un extraño single italiano que aún conservo con cortes de unos todavía principiantes Warshaw. Estaba, pues, obnubilado por la figura de ese joven capaz de crear tamañas claustrofóbicas y existencialistas atmósferas.

Según fui creciendo, y ganando en criterio musical, admiré aún más si cabe las melodías de un grupo que se ha demostrado tremendamente influyente en el panorama musical de las últimas décadas. Y, claro, me hice también y consecuentemente admirador de su continuidad musical, New Order, a los que profesé (y profeso) una admiración sin límites (obviando, como ya he dicho otras veces en este blog, su decepcionante directo).

Así estaban las cosas, y así continuaban cuando vi en la pantalla grande 24 hours party people de Michael Winterbottom. En ella aparecía un Curtis que bien podía parecerse al Curtis que yo siempre imaginé, aunque con un halo psicópata demasiado acusado. Así, las escenas, tremendas, de su suicidio y de todo lo que le rodeó me resultaron impactantes, culminadas además por ese canto vitalista de “la vida sigue” que tan bien supo retratar el director británico. Daba igual que el retrato de Tony Wilson y del resto de personajes “reales” fuese incluso esperpéntico, porque el resultado final daba una idea que creo muy aproximada de lo que pudo ser (para alguien que vivió esto desde la Península) el “Madchester” de finales de los setenta y de la década de los ochenta y noventa, una especie de la Florencia del Renacimiento encarnada en lo más granado de la música indie de la época, de la que aún continúan bebiendo muchos de los grupos actuales.

Y ahora llega Control, el filme de Anton Corbijn que ha pretendido acercarse de manera dramática a la vida de esa fiera calma que fue Ian Curtis. Además, el tardío estreno en España no ha hecho que pasara desapercibido el documental (enésimo) que sobre Joy Division filmara Grant Gee de manera simultánea. En definitiva, que inesperadamente Curtis ha vuelto a la palestra en forma de reediciones, críticas fílmicas en los periódicos, carteles en las marquesinas (quién lo iba a decir) e incluso campañas publicitarias, como la de la firma Converse. Ver para creer.

Y aquí estamos. La peli de Corbijn, desde un punto de vista fílmico, es de soberbia factura (no en vano es un maestro de la fotografía, y sobre todo del blanco y negro), hasta el punto de que hace tremendamente cercanos a los protagonistas de la historia, todos basados en la semblanza biográfica que hiciera la esposa del finado, Deborah Curtis, quien ha relatado (dicen que con no demasiada gracia literaria, pues yo aún no lo he leído, ni sé si quiero hacerlo) su vida en el libro Touching for a distance, del que ha tomado Corbijn la esencia para realizar el filme.

Llegados a este punto entronco con lo que dije en el lejano principio de este post: nunca he sido mitómano, pero si alguien puede ser un mito para mí, ése fue Curtis. Descubrir ahora los detalles más íntimos de su vida, sus delirios de grandeza adolescente, su rutinaria vida de currito y esposo prematuro, sus graves problemas de salud y su miedo atroz a la muerte, su indiferencia como padre, sus problemas con las incipiente fama, su infidelidad traumática (con una desconocida para mí Annik Honoré) y, cómo no, sus nimias inquietudes de ciudadano de una pequeña y hasta paleta ciudad industrial de Inglaterra; no dejan de ser una píldora difícil de tragar para un servidor. Cuanto más me acerco a los datos más descarnados de su biografía más me alejo de ese ídolo juvenil que fue para mí Ian Curtis, pero extrañamente más enardece mi admiración por su figura. Sí, por todo lo dicho anteriormente, y sobre todo por lo que supone su trágico final, pero también porque su valor como músico hace que uno no pueda por menos que preguntarse qué hubiese sido de Curtis si no hubiese terminado como terminó. Su existencialismo y miedo ante el final casi demuestran que su lógico fin tendría que ser ese, pero esa “normalidad” retratada en la peli, además de estar por lógica completamente alejada de aquello que pueda esperarse de un mito, es demasiado cruel para un admirador.

Todo pasa, y Control también pasará, a pesar de las críticas más que favorables. Para muchos, como he podido leer en posts y artículos de prensa, la peli ha supuesto el acercamiento a una personalidad completamente desconocida, pero sólo ha quedado en eso y en una fulgurante (por lo breve) aparición de los discos y demás material de los Joy en los anaqueles de “actualidad” de centros como la Fnac. Pero para algunos toda esta vorágine ha quedado en una especie de catarsis que sirve de culminación a uno de los más brillantes episodios musicales de la historia del rock. Y eso, pase lo que pase, caiga quien caiga, quedará para siempre grabado en nuestros sensibles corazones.

Os dejo, como conclusión, uno de los muchos materiales que circulan por la red de Joy Division, ese momento mágico en que los cuatro insignes imberbes acometen en directo la inigualable "Dead Souls". Ahí queda, y sólo queda despedirse, sabiendo que el deber ha sido cumplido. Loado sea Ian Curtis, desde la eterna distancia.

La erótica del suicidio, o el suicidio ilustrado

Pertenece ya a la mística de la historia de la literatura, y del arte en general, la asociación inevitable entre artista y suicidio. En el magnífico número 3 de Vacaciones en Polonia, dedicada al "Suicidio y literaturas", se incluyeron los 355 casos "más destacados" (que no totales) de insignes suicidas que en el mundo de las letras han sido, incluyendo a mi viejo amigo Polidori. Los malogrados pueden clasificarse por todo tipo de categorías, léase por edad, tipo de suicidio, sexo, premeditación y alevosía, su fama, lo intrincado del caso o su originalidad, incluyendo aquellos que de puro fracaso o terrible insistencia pueden resultar irónicos, si no fuera porque al final consiguieron su objetivo.

Sería largo contar los más destacados, pero a vuela pluma puedo recordar a John Barryman, quien en 1972 saltó al Misisipi, pero no cayó al agua y murió asfixiado en el fango; Carlos Correas, que indeciso de si valdría sólo con sus venas recién cortadas, decidió saltar de un noveno piso en diciembre de 2000; el mexicano Jorge Cuesta, que completamente trastornado intenta castrarse, arrancarse los ojos, y murió al fin ahorcado en su celda de manicomio en 1942, después de haber permanecido con los brazos en cruz durante varios días; el turco Besir Fuad, que se aplicó anestesia local en el brazo izquierdo y en el cuello, se cortó las arterias y la carótida y anotó sus sensaciones sobre ese instante final, no sin haberse asegurado antes de haber donado su cuerpo para la ciencia; James Harden-Hickey, quien después de describir ochenta y ocho tipos de veneno y cincuenta y un instrumentos para el suicidio, utilizó la vulgar morfina en 1898; Nikos Poulantzas, quien en 1979 se arrojó del vigésimo segundo piso de la Torre Montparnasse de París abrazado a sus queridos libros; o, ya por terminar, Kostas Karyotakis, quien después de lanzarse al mar es devuelto, a pesar de su empeño, por la marea a la orilla sano y salvo, y que antes de pegarse un tiro en el corazón dejó escrito: "aconsejo a cuantos sepan nadar no intenten jamás suicidarse tirándose al mar".

Y por supuesto los más famosos, como Jack London, Primo Levi, John Kennedy Toole, Ernest Hemingway, Guy de Maupassant, Cesare Pavese, Yukio Mishima (y su espectacular seppuku), Horacio Quiroga... Y Larra, claro, y Larra. Y Leopoldo Lugones, a quien el hijoputa del droguero (nunca mejor dicho) le vendió una dosis de matarratas menor de la prevista y le hizo pasar una terrible y lenta agonía.

Evidentemente, el tema da para tan largo que no me voy a extender aquí, pues el motivo de este post es otro. Pero eso sí, antes debo recomendar la lectura de tres libros que son casi impepinables para ahondar en este tema: Mi suicidio, de Henri Roorda, o cómo narrar tu propio final con un libro que, al fin y al cabo, no deja de ser un canto a la vida, pero a la verdadera, la que es tan difícil de hallar que aboca al escritor a terminarla por sí mismo; Amarillo, de Félix Romeo, uno de esos libros que más allá del sentido literario intenta explicar lo inexplicable cuando un buen amigo, que quiso ser escritor, y lo fue, pero desde la más honda frustración, decide tirarse por la ventana; y El dios salvaje de Al Alvarez, coprotagonista también muy a su pesar de este post, que dejó un tremendo ensayo sobre el gran misterio del suicidio.

¿Y por qué digo que Al Álvarez es protagonista, muy a su pesar, de este post? Pues por ser amigo de una de las protagonistas más destacadas de la mística del suicidio en la literatura femenina del último siglo, la bostoniana Sylvia Plath, no sólo por su modo de abandonar este mundo, sino porque desató una "fiebra suicida" a su alrededor que se llevó por delante a la amante de su marido (Asia Wevill, quien a su vez se llevó por delante a la hija de ambos) y, como saltó hace poco a las rotativas, a su hijo, Nicholas Hughes, científico atormentado y alfarero (en sus últimos días) aficionado, que ha terminado sus días, como suele decirse de "eufemístico" modo, de forma trágica.

Y es que la Plath es quizá la más destacada de la lista de literatas suicidas que curiosamente ha dado el siglo XX, junto a Marina Tsvetáieva, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik o Alfonsina Storni. ¿Y cuál es el motivo de estas muertes? Preguntárselo es lo mismo que preguntarse por el motivo de cualquier suicidio. Hay mucha literatura sobre ello, sobre las causas que llevan a una persona a decidir abandonar el mundo por sí misma, pero es especialmente relevante que sean los artistas, y más en concreto los escritores, los más suicidas dentro de los suicidas, y que coincidan muchas muertes de destacadas literatas fallecidas por el mismo motivo (y con cierta obsesión con el ahogamiento o la inhalación de gas). ¿Qué causa está detrás de ello?, ¿la frustración de la escritora en un mundo machista, la imposibilidad de ver reconocido su trabajo, el impulso precoz de acabar con una vida lejos de este mundo desde la propia adolescencia, o el mero hecho de no ser capaz de soportar los avatares propios de la existencia misma humana? Por supuesto, por mucho que conjeturemos nunca llegaremos a una conclusión firme, pero el suicidio es tan descorcentante como apasionante su estudio, y no os extrañe que vuelva a aparecer (y pronto) de nuevo en este vuestro blog, sobre todo porque por fin voy a hablar de Ian Curtis, a propósito del estreno más que tardío de Control. Sí, lo reconozco, el suicidio es erótico, y más si es tan "ilustrado" como en estos casos.

Un breve apunte más: Nicholas Hughes era hijo de suicida, e hijastro de suicida. Con su propio suicidio ha completado una espiral nefasta. Quizá, o mejor dicho seguramente, heredó la angustia vital de su madre (ambos en la foto de arriba), o no pudo soportar el reconocimiento oficial que a su padre le hicieran en 1984 de "poeta oficial de la reina" (creo que es algo por lo que objetivamente puedes desear el suicidio) o, como cuentan las necrológicas, su especialidad en algo tan "exótico" como las ciencias oceánicas no satisficiera su impulso vital. El caso es que algo se gestó alrededor de la Plath que arrastró a todos a esa visión amarga de la vida. O quizá simplemente todo sea una irónica casualidad del destino, pero, a estas alturas... ¿quién cree en las casualidades?