La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Fotografía

Velar se debe la vida de tal suerte...

"Que vida quede en la muerte."

Mis lectores más conspicuos saben de mi cementereofilia. Disfruto paseando por aquellos lugares consagrados al recuerdo de los que nos precedieron. Y disfruto porque, en la mayoría de los casos, son rincones propensos al sosiego y la paz, aunque se encuentren inmersos en lugares muy próximos a la vorágine de la vida moderna. Pasear entre cipreses con el ruido de los pajarillos primaverales dentro de la ciudad creedme que es una suerte en los tiempos que corren.

Además, vivo en Madrid, ciudad de cementerios, donde se guardan "más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)", que diría don Dámaso. Aquí, como en muchas cosas, vivimos rodeados de extremos. El cementerio más grande de Europa (la Almudena, donde reposa más población muerta que viva hay en la ciudad, unos cinco millones) con un cementerio único por estar rodeado de autopistas (el de Las Rozas). Y el cementerio con más literatos por metro cuadrado, el de San Justo. Toda una tradición enterradora que vivió sus primeras expansiones a comienzos del siglo XIX, cuando los planes de José I (y antes de Carlos III) empezaron a hacerse realidad y la ciudad vio la necesidad de sacar los muertos de sus iglesias por problemas de simple y llana salubridad. Sólo en 1811, el "año del hambre", se enterraron veinte mil personas.

Así, por razones puramente prácticas, se idearon cuatro cementerios en los cuatro puntos cardinales, cuyos proyectos convivieron con otros privados que suelen llamarse "sacramentales" por pertenecer a cofradías que compraban los terrenos para enterrar allí a sus afiliados. Algunos han llegado a nuestros días como lugares donde el tiempo se ha parado. Curiosamente, el barrio donde vivo, Carabanchel, es quizá el barrio de camposantos por excelencia, pues hay, si no me salen mal las cuentas, cinco: San Isidro, San Justo, Santa María, San Lorenzo y el llamado "Cementerio Inglés". Y sin olvidar el inmenso Cementerio Sur, o Cementerio de Carabanchel alto; y el pequeño cementerio de Carabanchel Bajo, rodeado literalmente de edificios de viviendas y una piscina. Un barrio, en fin, dedicado a la muerte.

Pero hoy me toca hablar de probablemente el cementerio más monumental de toda España, y uno de los más importantes de Europa, no por sus nombres ilustres (que también), sino por su arquitectura y su ubicación: el camposanto de la Pontificia y Real Archicofradía Sacramental de San Pedro, San Andrés, San Isidro y de la Purísima Concepción, más conocido por el Cementerio o Sacramental de San Isidro.

Si miramos desde la zona de Pirámides hacia poniente se entiende el porqué de su ubicación: un altozano, conocido como el "Cerro de las Ánimas", desde el que se divisa toda la ciudad y que puede ser contemplado desde toda la zona conocida como "Las Vistillas". Una montaña que parece estar destinada a ser lugar de descanso eterno de los madrileños, pues desde ella pueden "ver" la ciudad que les vio nacer y crecer.

San Isidro fue la primera de las sacramentales que se construyeron, a la vera de la ermita del santo patrón, san Isidro Labrador, casado con una santa, María de la Cabeza, y padre de un casi santo, san Illán (hasta para eso los madrileños somos dados a los excesos: tenemos santos a tríos, en familia); y que en estos lares hizo (si quieres creerlo) su famoso milagro del pozo. Detrás justo de la ermita y de la famosa fuente se construyó en 1811 el primero de los patios, el de San Pedro, en una distribución típica de las sacramentales. Luego se añadieron los de San Andrés y San Isidro, los cuales, por desgracia, ahora están cerrados a las visitas por estar en plena restauración.

Pero si por algo es famoso este cementerio es por su espectacular patio de la Purísima Concepción, un semicírculo en plano, visible desde las alturas y que forma ya parte de la fisonomía de satélite de la ciudad, en contraste con el estadio del Vicente Calderón, al otro lado del río (y que ya mencioné en la vieja entrada de San Justo). Y no es baladí, pues desde que manejamos habitualmente planos de satélite de ciudades hay zonas que ya son reconocibles casi más que sobre el terreno, y esa peculiar forma de San Isidro es una de ellas.

José Alejandro Álvarez ideó, con una trasfondo eminentemente romántico, un entorno alejado de la lógica racional del neoclasicismo, con un terreno de tierra sólo circundado por tres avenidas asfaltadas, las que recorren el semicírculo y una central, a modo de gran paseo. Y, en medio, un intrincado laberinto de calles repletas de espacio que poco a poco se fue llenando de fastuosos mausoleos de variopintos estilos y formas. Lo que no quita para que las paredes que bordean la tapia se completaran con hileras de nichos que, aunque parezca mentira, fueron también moda mortuoria en su momento, y en los que reposan nombres de mucha alcurnia y noble cuna (incluidos algún que otro Borbón).

San Isidro se convirtió en el cementerio "de calidad", donde querían enterrarse nobles, aristócratas, políticos, artistas y burgueses de enormes fortunas. Sus túmulos están firmados por algunos de los mejores arquitectos de la época, y sus esculturas fueron realizadas por artistas de talla internacional, fuera y dentro del territorio español. Amén de las forjas, canterías y demás artes asociadas.

Gracias a la asociación Pervive pudimos hacer una espléndida visita guiada de un par de horas de duración que nos supo a muy poco. La guía, Ana, nos narró con pasión los detalles de las vidas de un puñado de ilustres moradores del cementerio, los entresijos de algunos de los monumentos y no pocos detalles de algunos túmulos verdaderamente excepcionales.

Entre los personajes el doctor Velasco, creador del Museo Etnográfico de Madrid (y la famosa historia de la momia de su hija Concha, exumada del cementerio y llevada a su casa, donde la guardaba vestida de novia, y que ahora descansa embalsamada en su tumba); el "progresista" Enrique de Borbón, muerto tontamente en un duelo con su primo, el duque de Montepensier, lo que causó un verdadero revuelo en la realeza de la época; Consuelo Bello, la famosa Fornarina, uno de los cadáveres más llorados del camposanto; Frascuelo, el afamado estoqueador; y las idas y venidas de los miembros del panteón de hombres ilustres (que no mujeres), por el que pasó un tiempo incluso Goya, y en el que ahora está uno de nuestros ilustrados por excelencia, Moratín.

Y entre los panteones, ¡uf!, hay verdaderas maravillas. Empezando por el de Cristóbal Oudrid, con su estilo naturalista; el de Crespo, y su imponente sarcófago; el Guirao, una verdadera obra de arte demasiado castigada por el tiempo; el hermoso de Riera; el de los Denia, que ocupa el mejor lugar del cementerio (imaginamos lo que tuvo que pelear y lo que tuvo que pagar para ubicar allí tan impresionante sepulcro), y que pudimos ver por dentro, para admirar su excepcional cristo de mármol blanco y sus inquietantes esculturas con máscaras mortuorias; y quizá el más espectacular de todos, el Amboage, todo un templo neogótico en miniatura, con una imponente aguja de piedra, hierro y cerámica, y toda serie de detalles como gárgolas, forjas y adornos.

Y la curiosidad del sepulcro de los Godía, que se remata con una estructura sujetada por cadenas que deja el ataúd al aire.. ¡y puede moverse! Ved, sino, el vídeo que grabé, para haceos una idea, además, del ambiente que se respiraba.

Pero la estrella fue el panteón de los Gándara, que también pudimos ver por dentro, con sus impresionantes esculturas externas y su verdadera protagonista, la "ángela" de mármol, obra de Giulio Monteverde, a la que pudimos tocar y admirar en todo su esplendor. Os dejo algunas fotos, incluido un apretón de manos que Innes le dio, haciendo honor al lema de la visita de "dale la mano al arte".

A pesar de toda esta fastuosidad, y de estar catalogado como Bien de Interés Cultural, y de ser uno de los cementerios más interesantes de Europa, las concesiones se hacen a perpetuidad, lo que supone que los nichos y panteones son estrictamente privados. Y eso quiere decir que si la familia no quiere o puede mantenerlos literalmente se caen a trozos (como pasa con el de la familia Ortiz, que ha perdido la cúpula). Esto es dramático en casos como el de los Guirao, donde las esculturas de piedra porosa están más que deterioradas. Si a eso le sumamos los estragos de la Guerra Civil, que nos dejó bronces levantados, disparos a esculturas y demás destrozos (el cementerio fue literalmente el frente), parece milagroso que aún se mantenga en unas condiciones medianamente aceptables.

Una visita a un sitio como éste siempre produce miles de detalles e impresiones que se quedan en la memoria. Los coches, adentrándose en lugares pensados para un tiro de caballos; respiraderos abiertos que dejan entrever, como fauces abiertas, el interior de las criptas (sin dejar de recordar que son respiraderos para que se escapen los "gases" propios de la putrefacción); los paseantes que, de repente, sacan unas llaves y se adentran en un panteón, con el consiguiente pasmo de los visitantes, que nunca pueden imaginarse quiénes podrían ser los dueños; las siempre abigarradas tumbas gitanas y sus peculiares y sempiternos familiares que organizan allí bulliciosas reuniones; las más que inquietantes fosas de ladrillos abiertas, que sirven para calcular cuántos féretros pueden caber en ellas; la cantidad de apellidos nobiliarios, y sus particularidades heráldicas, según sean condes, duques o cualquier otra distinción; las almas errantes que siempre aparecen y que se apostan frente a una tumba, y pasan largos ratos frente a ella; y un sin fin de nimiedades que a los cementerioadictos nunca se nos escapan.

Tengo que volver para fotografiar muchos detalles increíbles. Mientras, os dejo el enlace a las fotos que he subido a flickr, para que admiréis algunas de las maravillas que encierra este lugar único. Un verdadero paseo por el Romanticismo madrileño, algo más que un simple cementerio, y mucho más que un simple lugar donde rendir culto a esa manía tan humana de almacenar restos, sino un rincón donde la escatología alcanza la categoría de auténtico arte.

Nota: el lema que da título al post es un famoso dicho que, entre otros, reza en el escudo de los Zorrilla, y que está esculpido en piedra en el catafalco que soporta a Ángela Gandara.

Huelva remota

No me da la vida. Y como no me da, tengo que contaros algunas cosas con semanas de retraso. No creo que cunda el pánico en las calles de Madrid por ello, pero bueno, a mí me fastidia profundamente, pero creedme si os digo que no tengo la cabeza lo suficientemente despejada para acomete según qué cosas. Lo lamento.

Hace, pues, unas semanas puse rumbo a Huelva, la tierra de los atardeceres, y tuve la suerte, la oportunidad de contrastar mis ademanes de urbanita redomado en las profundas sendas de la Huelva más rural. Eso sí, en una casa de lujo, en un paraje deslumbrante y con una temperatura perfecta. Me quedé con ganas de mucha más quietud, de mucho mayor sosiego, pero ya se sabe, uno se debe a su trabajo, ¿no es cierto?, y fue así cómo me vi metido en un tren matutino un lunes cualquiera, con tanto verde y tanta paz a mis espaldas.

Para centrarnos, diremos que la familia política de mi hermano disfruta (el pretérito casi es ya obligado por culpa de la tan mascada crisis) de una posición ciertamente acomodada, y su suegro se ha construido una verdadera joya de casa en mitad de unas tierras de su propiedad cerca del pueblo onubense de Alosno. Me di un verdadero atracón de todoterreno por una finca interminable, en la que vi hasta abubillas, rapaces y ciervos.

También conocí a algunos especímenes de la población autóctona del lugar, y me di cuenta de qué forma nuestra vida en la ciudad se sigue alejando de la vida de esa otra gente cuyo horizonte no se aleja de una escueta comarca en mitad de la nada, a decenas de kilómetros de la ciudad y a millones de kilómetros de las grandes urbes. El choque cultural, os lo aseguro, es tremendo. Y, sin embargo, también compruebas que, a poco que rasques en la piel de ambos, la suya y la mía, anidamos en este mundo con las mismas inquietudes: sobrevivir y procurar la mejor vida para nuestros cercanos, sólo que en algunos casos ese quehacer se centre en, entre otras cosas, criar animales mansamente domesticados para alquilarlos a los pudientes (y no tanto; las fiestas locales exigen muchos dispendios). En definitiva, las antípodas de mi forma de ganarme la vida.

He añadido unas fotos a mi álbum "la luz de Huelva" en Flickr que espero que os gusten. Mientras, os dejo algunas miniaturas.

Cambio y corto.

En lo menos crudo del crudo invierno

Pasó la marabunta. Las aguas vuelven a su cauce. Ya no se oye el estruendo después de la tormenta. Y sin embargo, ahora que la calma enfría los motores, algo extraño suena en la fría noche invernal. Algo que grita que ya nada volverá a ser lo mismo, que pase lo que pase, como diría san Nacho, tendremos miedo toda la puta vida, decidamos lo que decidamos. A pesar de haber sobrevivido a las Navidades. Y eso, dadas las circunstancias, no es poco. No es nimio, desde luego, porque vaya tela...

Pero empezamos con las "campanadas" de La 2, y con Amanece que no es poco, probablemente uno de los mejores comienzos de año que se puedan esperar. Y con un viaje, previa fiesta familiar trastocada por una gripe más estentórea que nunca (duró horas, y provocó un ataque de ansiedad en pleno viaje, algo ciertamente molesto), a la Girona invernal en un hotel de semilujo para el veraneo, y que siempre tiene ese aire decadente que dan las instalaciones fuera de temporada. Los habitantes del hotel parecíamos esnobs fuera de sitio y de lugar, desayunando productos ampurdaneses y zumo artificial con el mar de fondo y los pinos (esos pinos) del litoral gerundense. Todo decadencia y savoir-faire. Adoro ese "¿todo ha estado bien?" de la recepción de un hotel que en agosto cobra más de cinco veces lo que nos costó en la baja temporada invernal. Contestas que sí, que por supuesto, como si fueses una dama enjoyada y envuelta en su marabú rosa. "Claro, ha estado muy bien, gracias. Volveremos", ¡no te jode!

Y entre medias, mar...

bosques...

y piedras centenarias.

Todo esto, por supuesto, revisable y ampliable en mi página de Flickr.

Y no hacía frío, pero ahora sí, y mucho. Hemos pasado de lo menos crudo a lo más crudo del crudo invierno en apenas una semana. Y, sí, debo confesarlo, en alguna ocasión no me he atrevido a coger la moto; pero no en todas, claro. Hoplita que es uno...

Pero para confesar cosas inconfesables debo decir que he caído (con la moderación que da eso que se llama adultez, claro, y un poco también con la cordura necesaria para domar este tipo de maquinaciones del demonio) en las redes de esa máquina diabólica que es la Xbox360. Sí, amigos, lo que me faltaba para dejar de ser bohemio. Pero claro, uno se sumerge en, pongamos por caso, el claustrofóbico submundo del Bioshock, o en las cálidas tierras (como una peli, tú...) de Red Dead Redemption y, en fin, se pierde, se pierde.

Hablando en serio: sé que los videojuegos son lo que son, pero en un momento concreto de este último, cuando dejas las áridas estepas del lejano oeste americano, a lomos de tu caballo, con el ruido de los cascos sobre la tierra, después de haberte cargado a un par de decenas de bandidos mexicanos desde una balsa; cuando llegas, al fin, a México, en otra árida y solitaria estepa, despides a tu compinche y comienzas a cabalgar por la tierra todavía perteneciente a la frontera, en los altavoces resuenan estos acordes:

De veras, sin ser un "jugón", me he pasado mis buenas horas delante de un videojuego, devanándome los sesos con alguna que otra pantalla, y viviendo a veces experiencias visuales (gráficas, podría decirse) apabullantes, pero lo que sentí cuando sonó esta canción de José González, llamada "Far away", juro por el demiurgo que no lo había sentido jamás, y creo sinceramente que sólo lo he podido sentir con alguna película. Pero, ¡válgame que estamos hablando de un videojuego! Tal fue así que durante todo el tiempo que duró la canción (y puede ser mucho en el fragor de un juego) me dediqué simplemente a vagar con mi caballo sin rumbo fijo, dejándome mecer por la ligera brisa y por los paisajes que acababa de ver por primera vez. Señores, señoras, esto de los juegos va en serio, y este caso, sinceramente, no es que me haya sorprendido, es que me está resultando una experiencia única. Y el primer sorprendido soy yo, podéis comprenderlo.

Un asunto más: el último concierto. Claro. Un nuevo dinosaurio de la new wave, The Chameleons, o The Chameleons Box para los amigos. Primera impresión: que ya vamos teniendo una edad muy mala, público asistente y artistas. Estábamos casi todos, pero con veinte años más encima. Y fue entrañable, nos ha jodido mayo que fue entrañable. Ellos no sonaron mal, y nosotros suspiramos con "Second skin" y demás como era de esperar, pero quizá lo más reseñable, en este primer concierto post liga-antitabaco, no estaba en el escenario, sino un poco más abajo: que sí, que vale, que puede que sea agradable salir de un garito como tal y de un concierto como tal sin oler a colilla, pero hay tres salvedades que hacer:

  • ¡anda que no se pierde glamour!
  • ¡anda que no se tiene envidia de los músicos y sus cigarritos a los bises!
  • y, por último, pero no menos importante, sino MÁS importante, como preveíamos, el olor de tabaco aislaba del olor a chotuno que hay en una sala en mitad de un concierto. De veras, hay gente muy guarra, y huelen francamente mal.

Y para terminar este "post de-sastre", como suelen ser la mayoría de mis últimos posts, tendré que mencionar mi última experiencia culinaria: el Kabuki madrileño (gracias, JJ). El menú: ensalada de algas con sashimi y sésamo, niguiris de carabineros, sashimi de la casa (que incluía ventresca de tataki, o atún-toro), makis de atún con cebolleta, niguiri de erizo, makis de tempura de langostino con huevas de salmón y la estrella de la casa: niguiris de pez mantequilla con trufa. Un vino argentino blanco seco muy recomendable y un postre de chocolate espectacular (aunque no pegara demasiado con la comida, la verdad). En resumen: delicioso, una flipada de sabores, texturas y presentaciones. Caro, claro, pero era una ocasión muy especial, y como tal tenía que ser sorprendente; y lo fue, vaya que si lo fue. Increíble, diría yo.

Termino ya, que no he escrito en un mes, y no puedo escribir en un post lo que no he hecho en treinta días. Pronto seguiremos, jodidos, pero contentos, y al pie del cañón, aunque del cañón queden apenas unos girones de hierro maltrecho.

Belchite y los susurros

(Enlace a esta foto en flickr)

Es fácil sonar afectado, extralimitarse en los epítetos, pecar de intenso al hablar de algo tan espectral y tan real como las ruinas de Belchite Viejo. Sabiendo, además, que realmente es irreal, pues el destino de las poblaciones arrasadas a lo largo de la historia ha sido siempre o bien la destrucción o bien el olvido que sucede tras la reconstrucción. El esfuerzo de edificar ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, un pueblo próspero y ciertamente poblado es una buena metáfora de lo absurdo de la vanidad humana, cuando es el propio humano capaz de destruirlo en un abrir y cerrar de ojos con máquinas de su propia invención. Es un caso extraño, casi único (sólo sé de la existencia de un pueblo similar en Francia, Oradour-sur-Glane, o algunas ruinas aisladas en Japón o Alemania), pero no debemos olvidar tampoco el motivo por el que semejante oda al horror de la guerra permanece casi inalterable desde 1937.

(Enlace a esta foto en flickr)

Franco no quiso dejar constancia del horror de la guerra en sí, sino del horror producido por el bando perdedor, pues por perdedor no podía hacer nada para que se olvidara un episodio especialmente aciago de su participación en la contienda. El empeño, el empecinamiento del ejército de la Segunda República en tomar esa bolsa de resistencia que se había formado en los alrededores e interior (sobre todo el interior) de Belchite ocasionó la imposibilidad de tomar Zaragoza, verdadero objetivo de esa ofensiva. El generalísimo se cebó en la reconquista de la zona, y quiso que las generaciones venideras vieran cómo había quedado la población por el acoso de las hordas rojas (cuando el verdadero motivo de conservarlo era sacar pecho por haber sido capaz, a la postre, de romper el posterior cerco rojo, en una ofensiva que partió en dos la España republicana). Belchite se convirtió en un símbolo de la resistencia "nacional", y como tal fue convenientemente utilizado como parte de la propaganda del recién nacido nuevo régimen. Belchite, pues, pasó a ser no sólo "leal" y "noble" (según Alfonso I), sino "heroica" (según Franco), y como tal ha quedado para la historia en su blasón.

(Enlace a esta foto en flickr)

Pero, de cualquier modo, eso ya no importa. O al menos no debería importar. Belchite es ejemplo de muchas cosas, y no sólo de sitio de especial incidencia en psicofonías por los charlatanes de turno o especialmente apto para el rodaje de películas más o menos bélicas. Belchite es sinónimo de sufrimiento. Pasear por su trazado, conservado casi completo, a la sombra de los lienzos de los pocos edificios que quedan en pie y de montañas de escombros, produce escalofríos. Al margen de en qué bando militara su población, los combates y el dolor aún puede sentirse en sus muros repletos de metralla. No sé si las fotos, estas mías y todas las que existen del sitio, son capaces de transmitir la desolación. Al menos tuve suerte de estar allí en un día completamente despejado, sin nubes que estorbaran y con una preciosa luz de atardecer que da a las fotos una profundidad especial. En cualquier caso, eso es lo que vi, y eso es lo que os enseño.

(Enlace a esta foto en flickr)

En aquella desolación me entretuve sobre todo en fijarme en los detalles que aún quedan del pasado de la ciudad. Entre todas esas cosas cotidianas (los restos de suelos y techos, los marcos de las puertas, los balcones inquietantemente suspendidos en el vacío, los restos de decoración de los edificios religiosos) llamaba especialmente la atención el color azul de muchas de sus paredes; era evidente que era el preferido de sus moradores, y verlo resplandecer entre tanta desolación producía un efecto extraño que espero que se refleje en las pocas fotografías que he dejado en color.

(Enlace a esta foto en flickr)

Era doloroso imaginar a sus gentes caminar entre las calles, camino de la plaza o la iglesia. Las historias que sus esquinas han vivido, las familias que han visto crecer sus hijos entre esas calles ahora repletas de polvo. Las risas, los saludos, las confidencias de los amantes. Belchite poseía una historia que se remonta muy atrás, y es además una historia cruenta por su propia cercanía a la capital aragonesa. Eternas luchas medievales entre árabes y cristianos, con conquistas y reconquistas; escenario también de una cruenta contienda durante la Guerra de Independencia en 1809; y ni qué decir de la Guerra Civil, donde fue literalmente arrasada, teniendo además que soportar ver sus iglesias convertidas en improvisadas cárceles, o como en sus inmediaciones se construyera un campo de concentración para prisioneros republicanos, encargados de edificar el nuevo pueblo en las cercanías.

(Enlace a esta foto en flickr)

Una historia triste al fin, y una historia que jamás podrá olvidarse, debido precisamente a la presencia de esas ruinas. No me quiero imaginar lo que debe de ser crecer con esto, sabiendo que tu campo de juegos fue escenario de tamaño sufrimiento.  Así es lógico sentir un escalofrío recorrer la espalda ante la famosa pintada en la puerta de la iglesia de San Martín: "Pueblo viejo de Belchite / ya no te rondan zagales / ya no se oirán las jotas / que cantaban nuestros padres".

Podéis ver todas las fotos a tamaño más grande en mi página de Flickr.

Photomaratón Mahou 2010

El viernes pasado participé en el Photomaratón Mahou que se celebró en Madrid. Bueno, no fue gran cosa, una excusa como otra cualquiera para echarse a la calle a tirar unas pocas fotos y compartir un muy buen rato con unos compañeros de trabajo y sin embargo amigos. Sólo eso, porque estas cosas siempre me dan un poco de urticaria, pero bueno, de vez en cuando es bueno intentar integrarse entre gente tan participativa y controlar un poco los picores...

Alguna foto se ha podido rescatar y ya están subidas a mi página de flickr. He aquí una muestra:

Reflexiones cronopias

Suele decirse de los cronopios que son (somos) criaturas ingenuas, idealistas, desordenadas, sensibles y poco convencionales. Y suele decirse que una de las leyes de la entropía dicta que "si no se hace nada todo tiende al máximo desorden". Bien, puedo afirmar que esto último afecta al inconcluso proceso de mudanza de mi última morada, en la que ni siquiera he colgado aún los cuadros, a pesar de llevar ya más de nueve meses (algo, os lo aseguro, inaudito en mí), pero no hace también más que marcar muescas en mi fusil de cronopio (no sé si soy digno, no teniendo al cronopio mayor aquí para testificarlo, pero bueno), así que no es de extrañar que ayer huyera de las esperanzas indolentes de la feria cercana a mi nueva casa y de las famas (y esperanzas también, todo hay que decirlo) que poblaban la Gran Vía estúpidamente alfombrada con una moqueta de color azul.

Mi reino cada vez es menos de este mundo. Y podéis llamarme lo que queráis, pero me cuesta creer que todo esto esté ocurriendo. Sé que la culpa es mía, que soy yo el que me creo distinto y soy como ellos, pero qué coño, a mí no me engañan. Todo esto ha existido desde que el mundo es mundo, y ya sabemos que nada humano me es ajeno, que diría (el) Terencio (o, como dice Szymborska, nada humano me es cercano), pero debe haber otros mundos por ahí, y no demasiado lejos. Habrá que hacer caso al Punsete y centrar la felicidad en la búsqueda, pues no es de ley vivir en el permanente asombro por todo lo que nos rodea. No es bueno, justo ni necesario, sobre todo no es necesario...

En fin, ya sabéis, las manos en los bolsillos sirven para no salir huyendo ante la magnitud de la tragedia. Tened cuidado al salir a las calles, que salpican.

Mind your head

Eso es lo que yo me digo todos los días, a tenor de cómo estoy de disperso últimamente...

(Visto en un parking de Chueca.)

Rostros de una concentración

El sábado tuvieron lugar numerosas y concurridas manifestaciones de protesta contra la impunidad de los delitos del franquismo y a favor de la figura del juez Garzón. Más allá de toda implicación política (evidente, por otro lado, y patente), más allá de lo que ha podido leerse en uno y otro periódico y del baile de cifras, si algo puede afirmarse es que el sábado se vivieron momentos muy emocionantes en la calle Alcalá.

Estuvimos allí con la cámara, y pudimos palpar esa emoción. Éstos son algunos de los mejores momentos que captamos. Podéis ver la secuencia en mi página de flickr.

Aquí el abanderado más fotografiado de la jornada.