Velar se debe la vida de tal suerte...
"Que vida quede en la muerte."

Mis lectores más conspicuos saben de mi cementereofilia. Disfruto paseando por aquellos lugares consagrados al recuerdo de los que nos precedieron. Y disfruto porque, en la mayoría de los casos, son rincones propensos al sosiego y la paz, aunque se encuentren inmersos en lugares muy próximos a la vorágine de la vida moderna. Pasear entre cipreses con el ruido de los pajarillos primaverales dentro de la ciudad creedme que es una suerte en los tiempos que corren.
Además, vivo en Madrid, ciudad de cementerios, donde se guardan "más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)", que diría don Dámaso. Aquí, como en muchas cosas, vivimos rodeados de extremos. El cementerio más grande de Europa (la Almudena, donde reposa más población muerta que viva hay en la ciudad, unos cinco millones) con un cementerio único por estar rodeado de autopistas (el de Las Rozas). Y el cementerio con más literatos por metro cuadrado, el de San Justo. Toda una tradición enterradora que vivió sus primeras expansiones a comienzos del siglo XIX, cuando los planes de José I (y antes de Carlos III) empezaron a hacerse realidad y la ciudad vio la necesidad de sacar los muertos de sus iglesias por problemas de simple y llana salubridad. Sólo en 1811, el "año del hambre", se enterraron veinte mil personas.
Así, por razones puramente prácticas, se idearon cuatro cementerios en los cuatro puntos cardinales, cuyos proyectos convivieron con otros privados que suelen llamarse "sacramentales" por pertenecer a cofradías que compraban los terrenos para enterrar allí a sus afiliados. Algunos han llegado a nuestros días como lugares donde el tiempo se ha parado. Curiosamente, el barrio donde vivo, Carabanchel, es quizá el barrio de camposantos por excelencia, pues hay, si no me salen mal las cuentas, cinco: San Isidro, San Justo, Santa María, San Lorenzo y el llamado "Cementerio Inglés". Y sin olvidar el inmenso Cementerio Sur, o Cementerio de Carabanchel alto; y el pequeño cementerio de Carabanchel Bajo, rodeado literalmente de edificios de viviendas y una piscina. Un barrio, en fin, dedicado a la muerte.
Pero hoy me toca hablar de probablemente el cementerio más monumental de toda España, y uno de los más importantes de Europa, no por sus nombres ilustres (que también), sino por su arquitectura y su ubicación: el camposanto de la Pontificia y Real Archicofradía Sacramental de San Pedro, San Andrés, San Isidro y de la Purísima Concepción, más conocido por el Cementerio o Sacramental de San Isidro.

Si miramos desde la zona de Pirámides hacia poniente se entiende el porqué de su ubicación: un altozano, conocido como el "Cerro de las Ánimas", desde el que se divisa toda la ciudad y que puede ser contemplado desde toda la zona conocida como "Las Vistillas". Una montaña que parece estar destinada a ser lugar de descanso eterno de los madrileños, pues desde ella pueden "ver" la ciudad que les vio nacer y crecer.
San Isidro fue la primera de las sacramentales que se construyeron, a la vera de la ermita del santo patrón, san Isidro Labrador, casado con una santa, María de la Cabeza, y padre de un casi santo, san Illán (hasta para eso los madrileños somos dados a los excesos: tenemos santos a tríos, en familia); y que en estos lares hizo (si quieres creerlo) su famoso milagro del pozo. Detrás justo de la ermita y de la famosa fuente se construyó en 1811 el primero de los patios, el de San Pedro, en una distribución típica de las sacramentales. Luego se añadieron los de San Andrés y San Isidro, los cuales, por desgracia, ahora están cerrados a las visitas por estar en plena restauración.
Pero si por algo es famoso este cementerio es por su espectacular patio de la Purísima Concepción, un semicírculo en plano, visible desde las alturas y que forma ya parte de la fisonomía de satélite de la ciudad, en contraste con el estadio del Vicente Calderón, al otro lado del río (y que ya mencioné en la vieja entrada de San Justo). Y no es baladí, pues desde que manejamos habitualmente planos de satélite de ciudades hay zonas que ya son reconocibles casi más que sobre el terreno, y esa peculiar forma de San Isidro es una de ellas.

José Alejandro Álvarez ideó, con una trasfondo eminentemente romántico, un entorno alejado de la lógica racional del neoclasicismo, con un terreno de tierra sólo circundado por tres avenidas asfaltadas, las que recorren el semicírculo y una central, a modo de gran paseo. Y, en medio, un intrincado laberinto de calles repletas de espacio que poco a poco se fue llenando de fastuosos mausoleos de variopintos estilos y formas. Lo que no quita para que las paredes que bordean la tapia se completaran con hileras de nichos que, aunque parezca mentira, fueron también moda mortuoria en su momento, y en los que reposan nombres de mucha alcurnia y noble cuna (incluidos algún que otro Borbón).
San Isidro se convirtió en el cementerio "de calidad", donde querían enterrarse nobles, aristócratas, políticos, artistas y burgueses de enormes fortunas. Sus túmulos están firmados por algunos de los mejores arquitectos de la época, y sus esculturas fueron realizadas por artistas de talla internacional, fuera y dentro del territorio español. Amén de las forjas, canterías y demás artes asociadas.


Gracias a la asociación Pervive pudimos hacer una espléndida visita guiada de un par de horas de duración que nos supo a muy poco. La guía, Ana, nos narró con pasión los detalles de las vidas de un puñado de ilustres moradores del cementerio, los entresijos de algunos de los monumentos y no pocos detalles de algunos túmulos verdaderamente excepcionales.
Entre los personajes el doctor Velasco, creador del Museo Etnográfico de Madrid (y la famosa historia de la momia de su hija Concha, exumada del cementerio y llevada a su casa, donde la guardaba vestida de novia, y que ahora descansa embalsamada en su tumba); el "progresista" Enrique de Borbón, muerto tontamente en un duelo con su primo, el duque de Montepensier, lo que causó un verdadero revuelo en la realeza de la época; Consuelo Bello, la famosa Fornarina, uno de los cadáveres más llorados del camposanto; Frascuelo, el afamado estoqueador; y las idas y venidas de los miembros del panteón de hombres ilustres (que no mujeres), por el que pasó un tiempo incluso Goya, y en el que ahora está uno de nuestros ilustrados por excelencia, Moratín.

Y entre los panteones, ¡uf!, hay verdaderas maravillas. Empezando por el de Cristóbal Oudrid, con su estilo naturalista; el de Crespo, y su imponente sarcófago; el Guirao, una verdadera obra de arte demasiado castigada por el tiempo; el hermoso de Riera; el de los Denia, que ocupa el mejor lugar del cementerio (imaginamos lo que tuvo que pelear y lo que tuvo que pagar para ubicar allí tan impresionante sepulcro), y que pudimos ver por dentro, para admirar su excepcional cristo de mármol blanco y sus inquietantes esculturas con máscaras mortuorias; y quizá el más espectacular de todos, el Amboage, todo un templo neogótico en miniatura, con una imponente aguja de piedra, hierro y cerámica, y toda serie de detalles como gárgolas, forjas y adornos.



Y la curiosidad del sepulcro de los Godía, que se remata con una estructura sujetada por cadenas que deja el ataúd al aire.. ¡y puede moverse! Ved, sino, el vídeo que grabé, para haceos una idea, además, del ambiente que se respiraba.
Pero la estrella fue el panteón de los Gándara, que también pudimos ver por dentro, con sus impresionantes esculturas externas y su verdadera protagonista, la "ángela" de mármol, obra de Giulio Monteverde, a la que pudimos tocar y admirar en todo su esplendor. Os dejo algunas fotos, incluido un apretón de manos que Innes le dio, haciendo honor al lema de la visita de "dale la mano al arte".



A pesar de toda esta fastuosidad, y de estar catalogado como Bien de Interés Cultural, y de ser uno de los cementerios más interesantes de Europa, las concesiones se hacen a perpetuidad, lo que supone que los nichos y panteones son estrictamente privados. Y eso quiere decir que si la familia no quiere o puede mantenerlos literalmente se caen a trozos (como pasa con el de la familia Ortiz, que ha perdido la cúpula). Esto es dramático en casos como el de los Guirao, donde las esculturas de piedra porosa están más que deterioradas. Si a eso le sumamos los estragos de la Guerra Civil, que nos dejó bronces levantados, disparos a esculturas y demás destrozos (el cementerio fue literalmente el frente), parece milagroso que aún se mantenga en unas condiciones medianamente aceptables.

Una visita a un sitio como éste siempre produce miles de detalles e impresiones que se quedan en la memoria. Los coches, adentrándose en lugares pensados para un tiro de caballos; respiraderos abiertos que dejan entrever, como fauces abiertas, el interior de las criptas (sin dejar de recordar que son respiraderos para que se escapen los "gases" propios de la putrefacción); los paseantes que, de repente, sacan unas llaves y se adentran en un panteón, con el consiguiente pasmo de los visitantes, que nunca pueden imaginarse quiénes podrían ser los dueños; las siempre abigarradas tumbas gitanas y sus peculiares y sempiternos familiares que organizan allí bulliciosas reuniones; las más que inquietantes fosas de ladrillos abiertas, que sirven para calcular cuántos féretros pueden caber en ellas; la cantidad de apellidos nobiliarios, y sus particularidades heráldicas, según sean condes, duques o cualquier otra distinción; las almas errantes que siempre aparecen y que se apostan frente a una tumba, y pasan largos ratos frente a ella; y un sin fin de nimiedades que a los cementerioadictos nunca se nos escapan.

Tengo que volver para fotografiar muchos detalles increíbles. Mientras, os dejo el enlace a las fotos que he subido a flickr, para que admiréis algunas de las maravillas que encierra este lugar único. Un verdadero paseo por el Romanticismo madrileño, algo más que un simple cementerio, y mucho más que un simple lugar donde rendir culto a esa manía tan humana de almacenar restos, sino un rincón donde la escatología alcanza la categoría de auténtico arte.

Nota: el lema que da título al post es un famoso dicho que, entre otros, reza en el escudo de los Zorrilla, y que está esculpido en piedra en el catafalco que soporta a Ángela Gandara.
























