La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Lugares para perderse

Velar se debe la vida de tal suerte...

"Que vida quede en la muerte."

Mis lectores más conspicuos saben de mi cementereofilia. Disfruto paseando por aquellos lugares consagrados al recuerdo de los que nos precedieron. Y disfruto porque, en la mayoría de los casos, son rincones propensos al sosiego y la paz, aunque se encuentren inmersos en lugares muy próximos a la vorágine de la vida moderna. Pasear entre cipreses con el ruido de los pajarillos primaverales dentro de la ciudad creedme que es una suerte en los tiempos que corren.

Además, vivo en Madrid, ciudad de cementerios, donde se guardan "más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)", que diría don Dámaso. Aquí, como en muchas cosas, vivimos rodeados de extremos. El cementerio más grande de Europa (la Almudena, donde reposa más población muerta que viva hay en la ciudad, unos cinco millones) con un cementerio único por estar rodeado de autopistas (el de Las Rozas). Y el cementerio con más literatos por metro cuadrado, el de San Justo. Toda una tradición enterradora que vivió sus primeras expansiones a comienzos del siglo XIX, cuando los planes de José I (y antes de Carlos III) empezaron a hacerse realidad y la ciudad vio la necesidad de sacar los muertos de sus iglesias por problemas de simple y llana salubridad. Sólo en 1811, el "año del hambre", se enterraron veinte mil personas.

Así, por razones puramente prácticas, se idearon cuatro cementerios en los cuatro puntos cardinales, cuyos proyectos convivieron con otros privados que suelen llamarse "sacramentales" por pertenecer a cofradías que compraban los terrenos para enterrar allí a sus afiliados. Algunos han llegado a nuestros días como lugares donde el tiempo se ha parado. Curiosamente, el barrio donde vivo, Carabanchel, es quizá el barrio de camposantos por excelencia, pues hay, si no me salen mal las cuentas, cinco: San Isidro, San Justo, Santa María, San Lorenzo y el llamado "Cementerio Inglés". Y sin olvidar el inmenso Cementerio Sur, o Cementerio de Carabanchel alto; y el pequeño cementerio de Carabanchel Bajo, rodeado literalmente de edificios de viviendas y una piscina. Un barrio, en fin, dedicado a la muerte.

Pero hoy me toca hablar de probablemente el cementerio más monumental de toda España, y uno de los más importantes de Europa, no por sus nombres ilustres (que también), sino por su arquitectura y su ubicación: el camposanto de la Pontificia y Real Archicofradía Sacramental de San Pedro, San Andrés, San Isidro y de la Purísima Concepción, más conocido por el Cementerio o Sacramental de San Isidro.

Si miramos desde la zona de Pirámides hacia poniente se entiende el porqué de su ubicación: un altozano, conocido como el "Cerro de las Ánimas", desde el que se divisa toda la ciudad y que puede ser contemplado desde toda la zona conocida como "Las Vistillas". Una montaña que parece estar destinada a ser lugar de descanso eterno de los madrileños, pues desde ella pueden "ver" la ciudad que les vio nacer y crecer.

San Isidro fue la primera de las sacramentales que se construyeron, a la vera de la ermita del santo patrón, san Isidro Labrador, casado con una santa, María de la Cabeza, y padre de un casi santo, san Illán (hasta para eso los madrileños somos dados a los excesos: tenemos santos a tríos, en familia); y que en estos lares hizo (si quieres creerlo) su famoso milagro del pozo. Detrás justo de la ermita y de la famosa fuente se construyó en 1811 el primero de los patios, el de San Pedro, en una distribución típica de las sacramentales. Luego se añadieron los de San Andrés y San Isidro, los cuales, por desgracia, ahora están cerrados a las visitas por estar en plena restauración.

Pero si por algo es famoso este cementerio es por su espectacular patio de la Purísima Concepción, un semicírculo en plano, visible desde las alturas y que forma ya parte de la fisonomía de satélite de la ciudad, en contraste con el estadio del Vicente Calderón, al otro lado del río (y que ya mencioné en la vieja entrada de San Justo). Y no es baladí, pues desde que manejamos habitualmente planos de satélite de ciudades hay zonas que ya son reconocibles casi más que sobre el terreno, y esa peculiar forma de San Isidro es una de ellas.

José Alejandro Álvarez ideó, con una trasfondo eminentemente romántico, un entorno alejado de la lógica racional del neoclasicismo, con un terreno de tierra sólo circundado por tres avenidas asfaltadas, las que recorren el semicírculo y una central, a modo de gran paseo. Y, en medio, un intrincado laberinto de calles repletas de espacio que poco a poco se fue llenando de fastuosos mausoleos de variopintos estilos y formas. Lo que no quita para que las paredes que bordean la tapia se completaran con hileras de nichos que, aunque parezca mentira, fueron también moda mortuoria en su momento, y en los que reposan nombres de mucha alcurnia y noble cuna (incluidos algún que otro Borbón).

San Isidro se convirtió en el cementerio "de calidad", donde querían enterrarse nobles, aristócratas, políticos, artistas y burgueses de enormes fortunas. Sus túmulos están firmados por algunos de los mejores arquitectos de la época, y sus esculturas fueron realizadas por artistas de talla internacional, fuera y dentro del territorio español. Amén de las forjas, canterías y demás artes asociadas.

Gracias a la asociación Pervive pudimos hacer una espléndida visita guiada de un par de horas de duración que nos supo a muy poco. La guía, Ana, nos narró con pasión los detalles de las vidas de un puñado de ilustres moradores del cementerio, los entresijos de algunos de los monumentos y no pocos detalles de algunos túmulos verdaderamente excepcionales.

Entre los personajes el doctor Velasco, creador del Museo Etnográfico de Madrid (y la famosa historia de la momia de su hija Concha, exumada del cementerio y llevada a su casa, donde la guardaba vestida de novia, y que ahora descansa embalsamada en su tumba); el "progresista" Enrique de Borbón, muerto tontamente en un duelo con su primo, el duque de Montepensier, lo que causó un verdadero revuelo en la realeza de la época; Consuelo Bello, la famosa Fornarina, uno de los cadáveres más llorados del camposanto; Frascuelo, el afamado estoqueador; y las idas y venidas de los miembros del panteón de hombres ilustres (que no mujeres), por el que pasó un tiempo incluso Goya, y en el que ahora está uno de nuestros ilustrados por excelencia, Moratín.

Y entre los panteones, ¡uf!, hay verdaderas maravillas. Empezando por el de Cristóbal Oudrid, con su estilo naturalista; el de Crespo, y su imponente sarcófago; el Guirao, una verdadera obra de arte demasiado castigada por el tiempo; el hermoso de Riera; el de los Denia, que ocupa el mejor lugar del cementerio (imaginamos lo que tuvo que pelear y lo que tuvo que pagar para ubicar allí tan impresionante sepulcro), y que pudimos ver por dentro, para admirar su excepcional cristo de mármol blanco y sus inquietantes esculturas con máscaras mortuorias; y quizá el más espectacular de todos, el Amboage, todo un templo neogótico en miniatura, con una imponente aguja de piedra, hierro y cerámica, y toda serie de detalles como gárgolas, forjas y adornos.

Y la curiosidad del sepulcro de los Godía, que se remata con una estructura sujetada por cadenas que deja el ataúd al aire.. ¡y puede moverse! Ved, sino, el vídeo que grabé, para haceos una idea, además, del ambiente que se respiraba.

Pero la estrella fue el panteón de los Gándara, que también pudimos ver por dentro, con sus impresionantes esculturas externas y su verdadera protagonista, la "ángela" de mármol, obra de Giulio Monteverde, a la que pudimos tocar y admirar en todo su esplendor. Os dejo algunas fotos, incluido un apretón de manos que Innes le dio, haciendo honor al lema de la visita de "dale la mano al arte".

A pesar de toda esta fastuosidad, y de estar catalogado como Bien de Interés Cultural, y de ser uno de los cementerios más interesantes de Europa, las concesiones se hacen a perpetuidad, lo que supone que los nichos y panteones son estrictamente privados. Y eso quiere decir que si la familia no quiere o puede mantenerlos literalmente se caen a trozos (como pasa con el de la familia Ortiz, que ha perdido la cúpula). Esto es dramático en casos como el de los Guirao, donde las esculturas de piedra porosa están más que deterioradas. Si a eso le sumamos los estragos de la Guerra Civil, que nos dejó bronces levantados, disparos a esculturas y demás destrozos (el cementerio fue literalmente el frente), parece milagroso que aún se mantenga en unas condiciones medianamente aceptables.

Una visita a un sitio como éste siempre produce miles de detalles e impresiones que se quedan en la memoria. Los coches, adentrándose en lugares pensados para un tiro de caballos; respiraderos abiertos que dejan entrever, como fauces abiertas, el interior de las criptas (sin dejar de recordar que son respiraderos para que se escapen los "gases" propios de la putrefacción); los paseantes que, de repente, sacan unas llaves y se adentran en un panteón, con el consiguiente pasmo de los visitantes, que nunca pueden imaginarse quiénes podrían ser los dueños; las siempre abigarradas tumbas gitanas y sus peculiares y sempiternos familiares que organizan allí bulliciosas reuniones; las más que inquietantes fosas de ladrillos abiertas, que sirven para calcular cuántos féretros pueden caber en ellas; la cantidad de apellidos nobiliarios, y sus particularidades heráldicas, según sean condes, duques o cualquier otra distinción; las almas errantes que siempre aparecen y que se apostan frente a una tumba, y pasan largos ratos frente a ella; y un sin fin de nimiedades que a los cementerioadictos nunca se nos escapan.

Tengo que volver para fotografiar muchos detalles increíbles. Mientras, os dejo el enlace a las fotos que he subido a flickr, para que admiréis algunas de las maravillas que encierra este lugar único. Un verdadero paseo por el Romanticismo madrileño, algo más que un simple cementerio, y mucho más que un simple lugar donde rendir culto a esa manía tan humana de almacenar restos, sino un rincón donde la escatología alcanza la categoría de auténtico arte.

Nota: el lema que da título al post es un famoso dicho que, entre otros, reza en el escudo de los Zorrilla, y que está esculpido en piedra en el catafalco que soporta a Ángela Gandara.

Los cementerios de Escocia

La vida es el período de tiempo que pasamos en este mundo fabricando recuerdos. Algunos hermosos, y otros dolorosos. Y los recuerdos en muchas ocasiones están asociados a nuestros viajes, y es natural: durante los viajes abandonamos la rutina del entorno conocido para adentrarnos en un espacio en el que apenas vamos a vivir un puñado de días, en muchos casos para conocer sitios que visitan diariamente miles de personas. Pero en los viajes también se da a veces la magia de conocer lugares apartados en los que, a pasar de contar el tiempo que pasas en ellos por minutos, los recuerdos y las vivencias que acumulas hacen que se conviertan en lugares a los que vas a volver toda tu vida, como si ese rincón del planeta fuese un rincón mil veces visitado, donde decidiste pasar días enteros disfrutando de tu soledad, y consolándote del tremendo pesar que te produce tener que abandonarlos. En Escocia, por encima de todos, hubo dos espacios como esos: la orilla solitaria del Mar del Norte y la quietud del cementerio de Stirling.

Sé que en el mundo anglosajón, y en general en los países de tradición celta, los cementerios tienden a ser un lugar de recogimiento y culto a los antepasados con una evidente carga romántica, pero creedme que para un españolito crecido en la cultura latina estos cementerios sin la protección de una alta muralla, con las tumbas centenarias en la plena hierba y sin ningún síntoma de vandalismo en sus cuidadas veredas son definitivamente sobrecogedores.

Conocéis la querencia de este vuestro blogger por los camposantos, pero lo que vio en Escocia es harina de otro costal. Cementerios al borde del mar; emboscados en mitad de una ciudad, pero con veredas proclives al sosiego y la meditación, como el de Aberdeen; y congelados en el tiempo, como la ruinosa iglesia que los cobijó en mágicos parajes como Elgin. Incluso improvisados campos de juego donde los niños sentían más la belleza del lugar que el sobrecogimiento típico de estos lares.

De todo ello hay una nueva galería en mi página de Flickr que os invito a visitar.

Muchos recuerdos, pues, se agolpan de las tierras escocesas. Ya nos queda poco camino por recorrer.

Escocia ancestral

A poco que te interese un poco la historia, y más la historia de la arquitectura (sin ser yo nada de eso; experto, digo), pronto llegas a una terrible e innegable verdad: casi nada de lo que queda tiene nada que ver con lo que había. En la mayoría de los casos o lo que queda es un escaso y parco remedo de lo pasado por lo exiguo del vestigio que puedes admirar (que es el efecto llamado "quita de ahí esas piedras, que me vienen muy bien para el muro de mi casa"); o lo que hay está tan adulterado que nada o poco tiene que ver con lo que era (o efecto "Exin Castillos", muy de modo en el siglo XIX). En definitiva, es terriblemente difícil encontrar una ruina o una pieza arquitectónica más o menos pura, y tenemos que enfrentarnos cuando viajamos a paisajes que más que hacer volar la imaginación obligan a hacer un ejercicio de esfuerzo imaginativo para intentar hacerse una ligera idea de cómo debía ser aquello.

Pero, claro, lo que mola es saber que en ese mismo lugar en el que estás hace cien, doscientos, quinientos, dos mil años, hubo tipos como tú que hacían cosas parecidas a las que tú haces, pero en un sitio que para ellos sería muy cotidiano, pero que para ti, si pudieras viajar al pasado, te dejaría con la boca abierta.

Así, en Escocia hemos visto simples ruinas de un pasado esplendor (algunas doblemente milenarias, como el Carn Liath); esplendor vivo y colorido, como siempre asociado hasta hace bien poco a la más rancia aristocracia; cadáveres de imponentes edificios preservados como símbolos de la estulticia humana (por aquello de dejarlos caer); y recreaciones del pasado tan hermosas que quitaban la respiración cuando las contemplabas.

No quiero extenderme más con las palabras. Quiero dejar paso a las imágenes. Sé que no serán tan espectaculares como las de Escocia "al natural", quizá porque lo verdaderamente imponente es Escocia sea la naturaleza que enmarca estas joyas arquitectónicas, pero realmente uno no puede dejar de fotografiar y fotografiar el Eilean Donan Castle porque, qué demonios, es tan hermoso o más que como nos lo habíamos imaginado.

Y con esto cierro esta entrega. Tranquilos, sólo me quedan dos, una también con poco texto, dedicada a los cementerios; y otra quizá más larga para hablar de mis impresiones de un país como Escocia, que tanta huella me ha dejado.

Como siempre, os emplazo a visitar mi cuenta de flickr, donde podéis ver todas estas fotos en un tamaño más decente.

Hasta pronto.

Escocia al natural... o no

Si se cumple un sueño presente desde la adolescencia se tiene el peligro de quedar fácilmente defraudado. Cuando uno se imagina un paisaje, o un lugar concreto, se lo suele imaginar más grande, o más hermoso, o qué se yo, más único e inigualable. Y, claro, suele ocurrir que ni es tan grande, ni tan hermoso, ni tan único. Uno piensa en las Highlands, en el Lago Ness, en el Mar del Norte en su costa escocesa y se imagina enormes extensiones de tierra verde e indómita, lagos de agua oscura y misteriosas orillas, o un mar fantasmagórico e impenetrable en su engañosa quietud. Y sabéis una cosa: eso es exactamente lo que uno se encuentra:

Escocia no defrauda, sino que asombra, embelesa. Un país que mira a la naturaleza porque, literalmente, la naturaleza se lo come. Por tierra, mar y aire. Sé que suena exagerado, pero es lo que vieron mis ojos, sintió mi piel y respiró mi nariz. Por eso esta vez unas cuantas fotos valen tanto como las palabras, así que, por favor, no dejéis de visitar la siguiente entrega (estoy monográfico, lo siento) de imágenes de nuestro viaje a Escocia. En ellas encontraréis jardines dignos de un pueblo donde la horticultura y la jardinería son religión; entornos de castillos en los que te asombra que no se asomen personajes de Charlotte BrontëJane Austen; aguas quietas como muertas y lagos con más oleaje que un mar abierto; cielos infinitos de una gama cromática mágica; campos donde la mies se pierde en un azul marino lejano; solitarios patos recortados en la superficie argentea del agua al atardecer; y detalles, al fin, de una arquitectura que aún no os muestro porque espero hacerlo en una tercera entrega de un monográfico sobre una tierra que ya llevo en el corazón y que me acompañará hasta el fin de mis días.

En fin, os dejo, pues, con todas esas fotos que, si seguís este enlace, podéis ver en mejor tamaño.

Hasta la siguiente.

Edimburgo en una memorable jornada

Desde el escritorio de tu casa los viajes suenan lejanos, con un recuerdo casi hiriente. Hace nada, un par de semanas escasas, aterrizábamos en Edimburgo ya atardecido, y ahora, en paños menores por el calor, suena tan distante como si hubiesen pasados años de esa lluviosa tarde de agosto en el aeropuerto edimburgués. Los recuerdos se agolpan en la mente, y ni las propias fotos (cientos: viva la era digital) consiguen paliar las distancias.

Pero estar allí, y recoger el coche de alquiler, supuso mucho para nosotros, después del annus horribilis. Por fin iniciábamos un viaje "de verdad", y casi no podíamos creerlo. De hecho, nos fuimos con el ánimo por los suelos, pues Pitu nos dio un buen susto (que no pasó hasta tres días más tarde). Pero me voy a centrar ahora en lo que debo centrarme en esta entrada, describir mis sensaciones en Edimburgo, ciudad tantas veces soñada.

Escocia es un lugar único, y eso se nota nada más salir del aeropuerto. El número de "has visto eso" subió exponencialmente en el corto trayecto hasta el hotel. Bien es cierto que la culpa la tenían casas, iglesias y espacios tan típicos del paisaje escocés que un par de días más tarde ya no nos llamaban la atención, pero que en esos primeros momentos nos parecían simplemente mágicos, iniciando un síndrome de Stendhal que nos persiguió todo el viaje. Sin embargo, el verdadero contacto con la ciudad llegaría al día siguiente, en una especie de viaje iniciático que nos llevó desde la zona portuaria hasta la propia plaza del castillo.

Ese viaje iniciático empezó en las calles arrabaleras que desembocan en Leith Walk, un largo y ancho paseo que nos iba poco a poco introduciendo en el centro de la ciudad. Y, bueno, salvo las lógicas diferencias, no es precisamente una avenida hermosa, sino comercial y funcional, como la de tantas otras ciudades. Pero de agradecer fue que, en su último recodo, tuviese la virtud de dejar escondido el espectáculo de Princess Street (aka Princesa), verdadero tontódromo donde ríos de gentes iban de tiendas o simplemente descansaba en el parque que, de forma armoniosa, se extiende por los márgenes del río. El hotel Balmoral y el monumento a Scott son dos de sus puntos de referencia, especialmente el segundo, donde se arremolinan cientos de paseantes que aprovechan los muchos bancos para charlar o simplemente estar.

Pero lo verdaderamente apasionante, y en eso sí tuvimos verdadera suerte, fue coincidir con el Festival de Teatro. No pudimos disfrutar de ninguno de los espectáculos por evidentes motivos de tiempo, pero sí que vivimos con toda intensidad el ambiente que ardía en las calles del casco viejo. Me inflé a hacer fotos a la concurrencia, como podéis ver en la galería que he subido a Flickr. La Royal MIlle ardía en un delicioso y colorido bullicio plurilingüe y estrafalario. Y alrededor hermosas y viejas tiendas, encantadores pubs, iglesias desacraliazadas (algo que vimos repetidamente y que nos llamó mucho la atención) convertidas en locales de moda, pasajes angostos, plazas recónditas de espléndida arquitectura y un sin fin de rincones que obligaban a fijar la vista en una y otra dirección.

No me voy a extender más, que bastante me he extendido ya, y me queda mucho por contar. Sólo os animo a que echéis un vistazo a las fotos. Lo que puedo decir es que Edimburgo es una ciudad hermosa, paseable, amable y acogedora. Turística, claro, y más con el Festival y el Military Tattoo, que tenía los alrededores del castillo hirviendo de policías y figurantes (aún me tiembla todo el cuerpo del paso de los aviones a reacción en vuelo bajo por la ciudad), pero no desmerecía en nada una ciudad de porosidad histórica, vibrante presente y prometedor futuro. Un día evidentemente no basta para conocerla, pero sirvió para hacer la lógica promesa de volver en cuanto sea posible.

Pronto otra entrega. Y perdonad el monólogo, pero la ocasión lo merece. Ya veréis.

Intermedio: Escocia en la retina

Aún sobrecogido por imágenes como ésta...

donde me he sentido como un personaje tantas veces leído, visto y soñado...

y teniendo que haber superado duras pruebas que demuestran que lo bello cuesta, y que el viaje a Ítaca merece la pena como viaje, aunque Ítaca sea también recompensa, me despido otra vez de vosotros para un corto período al sol de la Costa Brava. A la vuelta muchos detalles, anécdotas, triunfos de conductor disléxico y fotos, espero, hermosas.

Hasta pronto.

Huelva remota

No me da la vida. Y como no me da, tengo que contaros algunas cosas con semanas de retraso. No creo que cunda el pánico en las calles de Madrid por ello, pero bueno, a mí me fastidia profundamente, pero creedme si os digo que no tengo la cabeza lo suficientemente despejada para acomete según qué cosas. Lo lamento.

Hace, pues, unas semanas puse rumbo a Huelva, la tierra de los atardeceres, y tuve la suerte, la oportunidad de contrastar mis ademanes de urbanita redomado en las profundas sendas de la Huelva más rural. Eso sí, en una casa de lujo, en un paraje deslumbrante y con una temperatura perfecta. Me quedé con ganas de mucha más quietud, de mucho mayor sosiego, pero ya se sabe, uno se debe a su trabajo, ¿no es cierto?, y fue así cómo me vi metido en un tren matutino un lunes cualquiera, con tanto verde y tanta paz a mis espaldas.

Para centrarnos, diremos que la familia política de mi hermano disfruta (el pretérito casi es ya obligado por culpa de la tan mascada crisis) de una posición ciertamente acomodada, y su suegro se ha construido una verdadera joya de casa en mitad de unas tierras de su propiedad cerca del pueblo onubense de Alosno. Me di un verdadero atracón de todoterreno por una finca interminable, en la que vi hasta abubillas, rapaces y ciervos.

También conocí a algunos especímenes de la población autóctona del lugar, y me di cuenta de qué forma nuestra vida en la ciudad se sigue alejando de la vida de esa otra gente cuyo horizonte no se aleja de una escueta comarca en mitad de la nada, a decenas de kilómetros de la ciudad y a millones de kilómetros de las grandes urbes. El choque cultural, os lo aseguro, es tremendo. Y, sin embargo, también compruebas que, a poco que rasques en la piel de ambos, la suya y la mía, anidamos en este mundo con las mismas inquietudes: sobrevivir y procurar la mejor vida para nuestros cercanos, sólo que en algunos casos ese quehacer se centre en, entre otras cosas, criar animales mansamente domesticados para alquilarlos a los pudientes (y no tanto; las fiestas locales exigen muchos dispendios). En definitiva, las antípodas de mi forma de ganarme la vida.

He añadido unas fotos a mi álbum "la luz de Huelva" en Flickr que espero que os gusten. Mientras, os dejo algunas miniaturas.

Cambio y corto.

En lo menos crudo del crudo invierno

Pasó la marabunta. Las aguas vuelven a su cauce. Ya no se oye el estruendo después de la tormenta. Y sin embargo, ahora que la calma enfría los motores, algo extraño suena en la fría noche invernal. Algo que grita que ya nada volverá a ser lo mismo, que pase lo que pase, como diría san Nacho, tendremos miedo toda la puta vida, decidamos lo que decidamos. A pesar de haber sobrevivido a las Navidades. Y eso, dadas las circunstancias, no es poco. No es nimio, desde luego, porque vaya tela...

Pero empezamos con las "campanadas" de La 2, y con Amanece que no es poco, probablemente uno de los mejores comienzos de año que se puedan esperar. Y con un viaje, previa fiesta familiar trastocada por una gripe más estentórea que nunca (duró horas, y provocó un ataque de ansiedad en pleno viaje, algo ciertamente molesto), a la Girona invernal en un hotel de semilujo para el veraneo, y que siempre tiene ese aire decadente que dan las instalaciones fuera de temporada. Los habitantes del hotel parecíamos esnobs fuera de sitio y de lugar, desayunando productos ampurdaneses y zumo artificial con el mar de fondo y los pinos (esos pinos) del litoral gerundense. Todo decadencia y savoir-faire. Adoro ese "¿todo ha estado bien?" de la recepción de un hotel que en agosto cobra más de cinco veces lo que nos costó en la baja temporada invernal. Contestas que sí, que por supuesto, como si fueses una dama enjoyada y envuelta en su marabú rosa. "Claro, ha estado muy bien, gracias. Volveremos", ¡no te jode!

Y entre medias, mar...

bosques...

y piedras centenarias.

Todo esto, por supuesto, revisable y ampliable en mi página de Flickr.

Y no hacía frío, pero ahora sí, y mucho. Hemos pasado de lo menos crudo a lo más crudo del crudo invierno en apenas una semana. Y, sí, debo confesarlo, en alguna ocasión no me he atrevido a coger la moto; pero no en todas, claro. Hoplita que es uno...

Pero para confesar cosas inconfesables debo decir que he caído (con la moderación que da eso que se llama adultez, claro, y un poco también con la cordura necesaria para domar este tipo de maquinaciones del demonio) en las redes de esa máquina diabólica que es la Xbox360. Sí, amigos, lo que me faltaba para dejar de ser bohemio. Pero claro, uno se sumerge en, pongamos por caso, el claustrofóbico submundo del Bioshock, o en las cálidas tierras (como una peli, tú...) de Red Dead Redemption y, en fin, se pierde, se pierde.

Hablando en serio: sé que los videojuegos son lo que son, pero en un momento concreto de este último, cuando dejas las áridas estepas del lejano oeste americano, a lomos de tu caballo, con el ruido de los cascos sobre la tierra, después de haberte cargado a un par de decenas de bandidos mexicanos desde una balsa; cuando llegas, al fin, a México, en otra árida y solitaria estepa, despides a tu compinche y comienzas a cabalgar por la tierra todavía perteneciente a la frontera, en los altavoces resuenan estos acordes:

De veras, sin ser un "jugón", me he pasado mis buenas horas delante de un videojuego, devanándome los sesos con alguna que otra pantalla, y viviendo a veces experiencias visuales (gráficas, podría decirse) apabullantes, pero lo que sentí cuando sonó esta canción de José González, llamada "Far away", juro por el demiurgo que no lo había sentido jamás, y creo sinceramente que sólo lo he podido sentir con alguna película. Pero, ¡válgame que estamos hablando de un videojuego! Tal fue así que durante todo el tiempo que duró la canción (y puede ser mucho en el fragor de un juego) me dediqué simplemente a vagar con mi caballo sin rumbo fijo, dejándome mecer por la ligera brisa y por los paisajes que acababa de ver por primera vez. Señores, señoras, esto de los juegos va en serio, y este caso, sinceramente, no es que me haya sorprendido, es que me está resultando una experiencia única. Y el primer sorprendido soy yo, podéis comprenderlo.

Un asunto más: el último concierto. Claro. Un nuevo dinosaurio de la new wave, The Chameleons, o The Chameleons Box para los amigos. Primera impresión: que ya vamos teniendo una edad muy mala, público asistente y artistas. Estábamos casi todos, pero con veinte años más encima. Y fue entrañable, nos ha jodido mayo que fue entrañable. Ellos no sonaron mal, y nosotros suspiramos con "Second skin" y demás como era de esperar, pero quizá lo más reseñable, en este primer concierto post liga-antitabaco, no estaba en el escenario, sino un poco más abajo: que sí, que vale, que puede que sea agradable salir de un garito como tal y de un concierto como tal sin oler a colilla, pero hay tres salvedades que hacer:

  • ¡anda que no se pierde glamour!
  • ¡anda que no se tiene envidia de los músicos y sus cigarritos a los bises!
  • y, por último, pero no menos importante, sino MÁS importante, como preveíamos, el olor de tabaco aislaba del olor a chotuno que hay en una sala en mitad de un concierto. De veras, hay gente muy guarra, y huelen francamente mal.

Y para terminar este "post de-sastre", como suelen ser la mayoría de mis últimos posts, tendré que mencionar mi última experiencia culinaria: el Kabuki madrileño (gracias, JJ). El menú: ensalada de algas con sashimi y sésamo, niguiris de carabineros, sashimi de la casa (que incluía ventresca de tataki, o atún-toro), makis de atún con cebolleta, niguiri de erizo, makis de tempura de langostino con huevas de salmón y la estrella de la casa: niguiris de pez mantequilla con trufa. Un vino argentino blanco seco muy recomendable y un postre de chocolate espectacular (aunque no pegara demasiado con la comida, la verdad). En resumen: delicioso, una flipada de sabores, texturas y presentaciones. Caro, claro, pero era una ocasión muy especial, y como tal tenía que ser sorprendente; y lo fue, vaya que si lo fue. Increíble, diría yo.

Termino ya, que no he escrito en un mes, y no puedo escribir en un post lo que no he hecho en treinta días. Pronto seguiremos, jodidos, pero contentos, y al pie del cañón, aunque del cañón queden apenas unos girones de hierro maltrecho.