La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Lugares para perderse

Ingeniería renacentista y fenómenos paranormales

Lo bueno de los viajes, aunque sean casi domésticos, siempre son las sorpresas. No os voy a dar el coñazo con las decenas de fotos que he hecho a dos interesantísimas poblaciones, Daroca y Medinaceli (especialmente la segunda, verdadero paraíso de piedra y tranquilidad), pues no es ese el motivo de este post, sino que voy a contaros algo que es poco conocido, salvo para los de la zona, y que, aunque aparezca en la mayoría de las guías, no se ha sabido sacarle suficiente partido turístico (y de hecho está un pelín abandonada): la Mina de Daroca.

Daroca es una población con un trazado eminentemente defensivo. Tanto es así que tenía todos los contornos amurallados, como otras poblaciones cercanas de ese mismo territorio fronterizo (el mejor ejemplo puede ser la maravillosa Albarracín). No soy experto en el tema, pero por lo que sé, el original baluarte romano que cuidaba el paso de la vía Laminium, y que fue el verdadero germen de la población, se quedó "corto" en cuanto que la ciudad creció en época árabe, y más aún en la medieval, cuando la población obtuvo el fuero por parte de Ramón Berenguer IV para convertirse en la capital de la famosa Comunidad de Daroca (hoy conocida como Campo de Daroca, una comarca de gran importancia histórica). Vamos, que Daroca ha sido una población constantemente deseada, tanto en época romana como en la árabe y en la cristiana, y también disputada en los enfrentamientos entre aragoneses y castellanos, pues no en vano Daroca estaba en pleno camino real entre Castilla y Cataluña.

Sin embargo, Daroca está "en mal sitio". Entendedme bien: no es un lugar para colocar una población de estas características, pues las precipitaciones, inclementes en épocas otoñales y supongo que primaverales, azotan con fuerza y anegan los alrededores de ese "hoyo" en el que se encuentra la ciudad. Esa es la razón de la inusitada anchura que tiene la imponente Puerta Baja, impropia de una población de ese tamaño, comparada con otros grandes portalones, como los de Burgos. Y la razón es, simple y llanamente, dejar pasar el agua, que baja como un torrente en las peores épocas. De hecho, se exhibe una piedra de molino que, en una de esas riadas, y cuando era imposible abrir las puertas por la presión, las rompió de un gran golpe cuando se dirigía hacia ellas arrastrada por la corriente (y no me quiero ni imaginar cómo debía ser la corriente para arrastrar semejante pedrusco). Leyenda o no, la rambla que es la calle mayor se convierte en un sumidero. Y ahí empieza la historia de la Mina de Daroca.

Podéis tirar de Wikipedia para enteraros de los detalles, pero lo básico es lo siguiente: ¿cómo solucionar el problema que ocasionan las riadas en Daroca? Pues ahí viene la increíble obra de ingeniería de La Mina, un túnel horadado en plena montaña de seiscientos metros de longitud, seis metros de anchura y diez metros de altura. ¡Y fue construida entre 1550 y 1560! La sensación que se tiene dentro de ella es alucinante. Imaginaos lo que tuvo que ser semejante trabajo de precisión, con dos cuadrillas de operarios que se encontraron cinco años después de excavar "a ciegas". Imaginad lo que tuvo que ser el momento del encuentro...

Bueno, pues allá van unas fotos de La Mina.

Pero... ¿qué es esa luz que asoma en mitad de la mina? ¿Un fantasma? Ampliémoslo:

No es un truco. Imagino que será un efecto óptico de la luz al pasar por el objetivo de la cámara, pero... a que acojona, ¿eh?

No sé, quizá se lo pregunte a Iker... Aunque seguro que alguien sabe explicarlo mejor.

En cualquier caso, es una lástima que La Mina esté tan abandonada.

Os dejo también con una foto de la maravillosa iglesia románica de San Miguel.

¡Ay!, esos fines de semana...

Madrid, El Retiro y el atardecer

No tengo mucho que contaros, pero de una cosa sí que me he cerciorado hoy... ¡qué hermosa es la luz de Madrid, y que bonito está El Retiro a la luz del atardecer!




Son fotos tomadas de forma apresurada en el estanque en un descanso del aluvión de fotos que he hecho a mis sobrinos. ¡Con esa luz lucían bonitas hasta las letras de las entradas!


Espero ir un día con más tiempo y echar unas cuantas más.

Este sitio es muy bonito... pero no se lo digas a nadie

Hay lugares en la ciudad donde uno acostumbra a perderse de vez en cuando. Ya sabéis, panorámicas abrumadoras de una ciudad tendida a tus pies, tanto que parece que puedas tocarla con los dedos. No sé si sabéis lo que os digo, pero podréis entenderlo mejor con una imagen como ésta:

Los perfiles de los edificios demarcan la vanidad arquitectónica que ha corrido pareja con la febril modernidad y con la ágil demanda de nuevos referentes visuales. Cuando se toma suficiente distancia, enormes edificios se confunden con modestas construcciones, y alardes de alturas fascinantes para algunas épocas se confunden con los edificios habituales de otras, más cuando la altura de esos árboles no impide ver el bosque de edificios.

Las nuevas tecnologías te permiten, además, expandir la vista más allá de lo imaginable, y hacer que tu cámara sea capaz de mostrar de un sólo vistazo todas aquellas cosas que no pueden verse a simple vista. Basta con tener un poco de pulso y el software adecuado para demostrar que el mundo no es siempre tan costreñido como nos imaginamos...

También los contornos articiales de los parques de nuevo cuño se prestan a peculiares juegos de perspectivas, en donde una sola figura puede parecer tan grande e imponente como el "Pirulí" madrileño allá donde el horizonte se redondea y zigzagea con la ciudad de fondo.

Y no digamos cuando la noche cae y las luces se encienden. Los juegos lumínicos dan al horizonte un aspecto extraño, y la luz de Madrid, esa luz única, presta a la vista unos matices cromáticos sorprendentes, enigmáticos, pero tremendamente mágicos. Sentarse en la hierba y disfrutar de la vista y del murmullo de la ciudad es una buena manera de congratularse con la urbe rugiente del día a día.

El gracejo popular ha hecho que el "Parque del Cerro del Tío Pío" sea conocido como el "Parque de las Tetas", debido a la peculiar forma de sus lomas artificiales. Ya ha sido utilizado por cineastas y publicistas, pero para los vallecanos es un motivo de orgullo y una de las primeras cosas que mostramos de nuestra ciudad, de nuestro barrio a los foráneos. Incluso el último Premio Velázquez, nuestro insigne Antonio López, ha querido inmortalizar la vista desde aquí en uno de sus emocionantes, impresionantes y arrebatadores cuadros, titulado precisamente Madrid desde Vallecas. Por algo será.

Pero eso sí, no se lo digáis a nadie. Cosas como ésta cuanta menos gente lo sepa mejor...

Un sueño preilustrado al este de Madrid: Nuevo Baztán

A veces te topas con que alguna población cercana a tu ciudad tiene un curioso pasado, muy curioso. No es la única historia parecida en un siglo XVIII muy proclive a ellas (conozco casos parecidos en Extremadura y Andalucía, tanto en ese siglo como en épocas posteriores), pero normalmente la aparición de una nueva ciudad tenía como único fin albergar a los trabajadores que iban a explotar los alrededores, pero nunca con esta monumentalidad.

Todo se lo debemos a un personaje peculiar, un tipo que se equivocó de época e intentó llevar a cabo un proyecto demasiado ambicioso para una España en plena crisis de cambio de monarquía. Juan de Goyeneche y Gastón fue un navarro de buena familia que llegó a ser administrador de Carlos II, consejero de tres reinas y de milicias, editor de la Gaceta de Madrid (un antecedente del BOE), armador, industrial, por supuesto comerciante y en sus ratos libres historiador. Un tipo como él no veía con buenos ojos la apatía industrial de los primeros años del siglo, y dado su apoyo en la Guerra de Sucesión a la monarquía entrante, consiguió algunos privilegios de la nueva Corte que hicieron que se convirtiera en un influyente financiero. Se hizo con varios asientos para el abastecimiento del ejército y otras prebendas que le llevaron a emular a su admirado Jean-Baptiste Colbert, un estadista galo del que se declaraba entusiasta seguidor.

Al calamitoso estado de la industria española se unía una desfavorable balanza de pagos. Es decir, se importaba demasiado y se exportaba demasiado poco. Así que el bueno de Goyeneche decidió invertir una considerable cantidad de dinero y esfuerzo en levantar sobre unos campos yermos al sur de Alcalá de Henares nada menos que una urbe fabril en la que el admirado escultor y arquitecto José Benito Churriguera (sí, hombre, el del estilo churrigueresco) invirtiese todo su buen hacer creador para idear el que fuera su proyecto más ambicioso.

En 1709 se iniciaron las obras, que duraron cuatro años. Primero se hizo la fábrica de paños de la vecina Olmeda de la Cebolla (hoy Olmeda de las Fuentes), y luego el poblado de Nuevo Baztán, en el que se incluyó una iglesia, un palacio, viviendas para administradores de la hacienda y obreros, una fábrica, oficinas y un horno para la industria de vidrio. En la nueva ciudad llegaron a vivir medio millar de personas, se instalaron maestros llegados de Italia, se explotaron un gran número de campos de los alrededores con olivos y viñedos, y se creó toda una maquinaria fabril que pretendía ser modélica en la España borbónica. En palabras del arzobispo de Toledo en 1722:

"[...] Don Juan de Goyeneche, Señor de la Villa de Olmeda de este Arzobispado, ha fundado a sus propias expensas un Lugar en un despoblado en el término y jurisdicción de la referida Villa de Olmeda, llamado Nuevo Baztán, que tendrá ochenta casas, y más de quinientas personas, donde ha puesto fábricas de Cristales, Sombreros, Pieles y Telares de seda y lana, conduciendo Maestros Estrangeros, que enseñen a los Naturales, con notable utilidad de aquella tierra, y con crecidas expensas suyas, plantando en sus cercanías Olivas y Viñas, y haziendo frustuoso el campo, que antes era inútil."

Nuevo Baztán se convirtió en un ejemplo de concepción muy temprano de lo que serían las ideas urbanísticas ilustradas. La arquitectura es muy sobria, y recuerda al estilo herreriano. La traza general es geométrica, con plazas y manzanas regulares, y con un sentido bastante clasista (propio de la época), en el que las mejores familias (los administradores) tenían acceso directo a la parte más bonita de la población, la Plaza de la Iglesia (por la que pasa demasiado cerca la carretera, pero me imagino que sería el trazado del antiguo camino), y tenían mejores edificios, mientras que "la plebe" se arremolinaba alrededor. El conjunto tiene otras dos plazas, la del Comercio (llamado de El Secreto) y la de Fiestas, curiosas como todas en su concepción. Goyeneche y Churriguera, muy "ilustradamente", pensaron en el pueblo, para el que construyeron una plaza donde poder colocar cómodamente sus mercaderías y tener acceso al camino que conducía a Olmeda; y una plaza con graderíos donde pudieran darse espectáculos, como corridas de toros, para que estuvieran todos contentos.

En fin, allá me fui ayer, con mi moto (es curioso; se tardaba en llegar antiguamente media jornada de camino, y yo me planté en algo más de media hora). La impresión es rara. Como dice Andrés Campos en excursionesysenderismo, nos encontramos con un extraño pueblo cuadriculado, muy antiguo y a la vez muy moderno, dónde precisamente las piedras nobles están más ajadas que las casas de alrededor, en las que hoy vive la población de esta curiosa ciudad, que tiene más de maravillosa maqueta que de villa histórica. Algunas partes están en franco deterioro (sobre todo la Plaza de Fiestas), pero parece que se está actuando sobre todo el conjunto. Un paseo por el Centro de Interpretación nos puede dar una idea muy buena de la historia del pueblo, pero acrecienta aún más la impresión de que estamos antes una enorme maqueta de algo que desapareció, por desgracia, hace demasiado tiempo.


Precisamente, la historia no fue muy benevolente con Goyeneche. Su fábrica de cristal, en la que más ilusión había puesto, sólo duró ocho años. Llegó a ser incluso proveedor de la Corona, pero la competencia era demasiado fuerte. De las demás, las cosas no funcionaron demasiado bien, e incluso la gente comenzó a abandonar el pueblo. Eugenio Larruga en Memorias políticas y económicas sobre los frutos, comercio, fábricas y minas de España (1791), comentaba:

"Bien fuese por el descrédito en que se hallaban aquellas fábricas, bien por haberse olvidado su buena calidad, bien por haberse establecido otras, bien porque los naturales, que tenían medios, se inclinaban más al uso de géneros extranjeros, ó por otros motivos [...] se deterioraron tanto, que [...] ya no se mantenían en 1759 sino seis telares de paño, ocho de medias, dos batanes y la fábrica de sombreros".

Goyeneche, viudo, vio el comienzo del declive, amargo trago que le acompañó hasta su muerte en 1735. Su hijo Francisco se hizo cargo de las fábricas, pero murió pronto, en 1748. Su hermano Francisco Miguel intentó reactivar la actividad, y en eso estuvo hasta que falleció en 1762. En 1767 cesaron las exenciones fiscales, y comenzó el lento deterioro de todo el conjunto, que acabó definitivamente en 1778, cuando cerraron las fábricas de sombreros, papel y aguardiente.

Un sueño que duró casi ochenta años, y que fue ejemplo para las futuras reales fábricas, que tanta importancia tuvieron. Hoy día nos queda la población y el fabuloso legado arquitectónico, y una sensación agridulce de estar contemplando algo que arrancó en mal momento, pero que se merecía haber sido algo mucho más hermoso y duradero. Sobre todo cuando, ironías del destino, muy cerca se extiende una enorme masa de casas unifamiliares (Eurovillas) que han tenido más éxito en su conquista del terreno de lo que nunca tuvieron los planes churriguerescos...

[Tenéis fotos de Nuevo Baztán en mi página habitual.]

La Sacramental de San Justo

En esta captura de google earth puede verse una imagen de satélite de la zona aledaña al estadio del Atleti de Madrid, el Vicente Calderón. El terreno que ocupa, algo más de una hectárea, ha sido testigo de muchas días de ocio y deporte, y en él decenas de miles de personas acuden cada poco tiempo para disfrutar de su deporte favorito, o de algunos de los mejores conciertos en directo que han pasado por la capital.

Pero si echamos un poco la vista hacia el oeste, observamos un área similar que no está repleta de ocio y diversión, sino de los restos de miles de madrileños que han ido poblando, con el correr de los años, uno de los camposantos más tradicionales y antiguos de Madrid: la Sacramental de San Justo, aledaña al castizo cementerio de San Isidro. Toda una metáfora de la vida y la muerte: a unos pocos cientos de metros de un cuidado césped donde veintidós deportistas se afanan en hacer rodar un esférico de cuero, muchos restos humanos duermen el sueño de los justos en un apacible y tranquilo rincón cercano, rodeado por una vieja y vetusta tapia de ladrillo, y donde el suelo está horadado por cientos y cientos de nichos y fosas. Todo es vanidad.

La Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz es el clásico ejemplo de cementerio urbano del siglo XIX. Hasta el comienzo de ese siglo los enterramientos, en Madrid y en casi todas las ciudades europeas, tenían lugar en las cientos de iglesias que poblaban los cascos urbanos. Como el suelo escaseaba, y el interior no daba precisamente mucho de sí, los gobernantes comenzaron a idear camposantos fuera del casco urbano, y aunque se sabe que incluso en el reinado de Carlos III ya se intentara dotar a Madrid de algunos de ellos, no sería hasta el reinado de José Bonaparte (Pepe Botella para los amigos) cuando se construyeran los dos primeros: el Cementerio General de Norte (1809) y del Sur (1810). Sin embargo, las archicofradías y sacramentales de la ciudad, asociaciones amparadas por la Iglesia, empezaron a construir paulatinamente sus propios cementerios para enterrar en ellos a sus afiliados. Así nació, entre otros, la Sacramental de San Justo, construida en 1847 sobre el llamado cerro de las Ánimas, en torno a la actual Vía Carpetana, y separada por una pared de otro cementerio, la Sacramental de San Isidro, San Pedro y San Andrés, que había sido construida en 1811.

La Sacramental tiene muy ilustres “huéspedes”, entre ellos Adelardo López de Ayala, la actriz Rosario Pino, el marqués de Viana, los hermanos Álvarez Quintero o el compositor Federico Chueca, o más modernos, como el doctor Marañón; pero es especialmente conocido por albergar el panteón de la Asociación de Escritores y Artistas, que reunió a algunos de los nombres más famosos del arte de la época y los colocó juntos en un curioso semicírculo de piedra. Espronceda, Núñez de Arce, Bretón de los Herreros, Gómez de la Serna y, sobre todo, el suicida Larra (al que dedicó unos ripios el plasta de Zorrilla, por cierto, pero en su enterramiento primigenio, en el cementerio de San Nicolás) comparten lugar de descanso eterno.

Vaya por delante algo que ya supongo que habréis adivinado: me gustan los cementerios. Son lugares tranquilos, solitarios, donde puedes aislarte del ruido de la ciudad y donde muchos de los que te precedieron te observan curiosos, para conocer cómo nos las gastamos hoy día. Bueno, no penséis que ya me he vuelto del todo majara; sé que son lugares tétricos y tristes, y no me considero precisamente un tipo al que le atraigan los cultos al más allá. Pero lo que sí es cierto es que de siempre me ha despertado mucha curiosidad el modo en el que la humanidad trata a la muerte, el afán por guardar nuestros restos, sea debajo de un árbol, en una urna de barro, en una pirámide de piedra o en un mausoleo, para la supuesta eternidad. También me fascina la necesidad de la apariencia incluso después de la muerte. Los ricos viven sus riquezas, y guardan sus restos en impresionantes mausoleos que con el paso del tiempo se llenan de musgo y óxido, y adquieren ese característico aspecto descuidado de las tumbas viejas. Paseando por uno de estos lugares imaginas las circunstancias de los sepelios, las miles de personas que han pasado por estos angostos pasillos, las lágrimas y los llantos que se han vertido y las demostraciones del lujo mortuorio que, a buen seguro, han sido encargadas a ilustres arquitectos de la época. Porque en la Sacramental hay túmulos espectaculares, enormes, de bellísima factura, que imponen cuando caminas por esa tétrica y hermosa gran hectárea, repleta de cipreses centenarios.

Pasear por la Sacramental es pasear por la historia, por el corazón de la ciudad de hace dos siglos, por sus costumbres y su encorsetado modo de proceder. A los grandes sepulcros se unen discretas tumbas, baratos nichos, enterramientos multitudinarios en el suelo y, lo que es más aterrador, cientos de pequeños nichos dedicados a todas las bajas de la terrible mortandad infantil de la época.

A todo ello se unen los modernos enterramientos que, como si fueran un remero de la carestía de suelo contemporánea, aprovechan los recovecos de la antigua arquitectura para completar un paisaje repleto de tétricas aglomeraciones. Algunos de los epitafios son curiosos, como suele ocurrir en todos los cementerios, pero hay uno que los sobrepasa a todos y que, por necesidades de guion (y que me perdonen los deudos), me atrevo a reproducir aquí: “no comment”.

Pero otra cosa que llama muchísimo la atención, como si fuera un recordatorio de que estás pisando un trozo de historia, es lo que te encuentras al salir del recinto: un inmenso y horroroso hangar donde se agolpan los nichos más modernos. Cuando lo ves piensas que es un garaje, pero cuando descubres su “contenido” te viene a la cabeza un símil facilón pero terrible: los cuerpos, en este caso, están “aparcados” de aquí a la eternidad.

Visitar la Sacramental es fascinante, quieras o no tener presente el suelo que estás pisando. Los cientos de ángeles y figuras orantes que pueblan los rincones parecen despertarse a tu paso y cobrar vida para recordarte que eres un mísero mortal. Da reparo fotografiarles, a pesar de que sabes que no son sino piedra moldeada. Sin embargo, al menos en mi caso, San Justo me aporto serenidad y sosiego, y una prueba más, sólida y refutable, de que el hombre es un ser extraño, capaz de crear bellos y hermosos parajes para dedicarlos a algo tan inútil y desasosegante como es el crear un jardín escatológico.

[Para ver éstas y otras muchas imágenes de San Justo podéis visitar esta colección que he creado en webshots.]

Jugando a ser Mallory


Bueno, casi podríamos decir que soy un "montañero de domingo", pero gracias a este finde de semana atípico, y a este medio al que tanto debemos (sic), os presento tres fotos de "alta montaña".

Supongo que para los que acostumbráis a moveros por la montaña os parecerán pecata minuta, pero para otros que somos más discretos, lo que nos deparó Peñalara este miércoles festivo fue encantador.

Pues eso, nieve casi virgen y casi sin gente. A veces pensabas en Mallory, y tantos otros (nuestra Edurne, por ejemplo) y sus gestas, y te das cuenta de lo maravillosamente locos que están. Apenas si había en algunas zonas medio metro de nieve, pero casi me cuelo en un agujero por cabezón (no lo comprobé antes).

Una buena excursión, en definitiva, y apta para todos los públicos si no os salís del sendero. Y mientras, para que todos lo disfrutéis, van estas tres fotos, para que os hagáis una idea de lo bonito que estaba.

Y si queréis ver más y más ampliadas, echad un vistazo a esta página, donde he subido unas cuantas.

P.D.: Gracias, Ampy, la primera foto es tuya, y es la mejor de ellas, sin duda.

La luz de Huelva

Por razones familiares tengo que desplazarme de vez en cuando a Huelva. Bien, esto no pretende ser un folleto turístico, ni voy a contaros las beldades de una provincia para muchos desconocida, ni mucho menos. Además, ya está ahí el Rocío para llevar a un millón de personas todos los años de romería. Sólo os quiero recalcar algo que da nombre a su costa, y que para mí supone algo difícil de encontrar, y que hace de esta zona algo muy especial: la luz.

De veras, no encontraréis atardeceres iguales. Parece que el Sol se suspende y no quiere abandonar el firmamento. Y durante el día, la luz es tan intensa que da a los edificios y las calles una dimensión especial. Ahora no dispongo del tiempo suficiente para poder describirlo cómo merece, pero os mando un para de fotos para que entendáis de qué estoy hablando.

Las falúas indolentes de El Capricho


La duquesa de Osuna, vestida "a la francesa", luce brillante y casi altiva en el famoso cuadro de Goya. Doña María Josefa de la Soledad cumplía dos premisas de una buena aristócrata de la época (aparte de su gusto por los trapitos): llegar a ser una mecenas de las artes y haberse construido un cortijito en las afueras de la capital con palacete incluido. Pues bien, gracias a la recuperación que el Ayuntamiento de Madrid ha hecho del lugar (al César lo que es del César, y cuando las cosas se hacen bien, bien hechas quedan), hoy podemos contemplar casi como estaba en la época su "Retiro" particular. Y digo casi no porque la actuación arqueológica no haya sido la correcta, sino porque dentro de las catorce hectáreas del solar también puede "admirarse" otras obras arquitectónicas que si bien no son fruto de tan aristócrata interés, si tienen otro "interés" histórico innegable: los bunkers que mandó construir el general Miaja durante la tristemente célebre batalla de Madrid.

El paseo por la finca "El Capricho" nos sumerge en la atmósfera galante, coqueta y, por qué no decirlo, decadente (en el peor sentido de la palabra) de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Dentro del parque (porque parque es hoy día... ¡y público!) podemos admirar un palacete firmado por López Aguado (el diseñador de, entre otros, el parque de El Retiro), un cenador espectacular, un laberinto, un templete circular clásico dedicado a Baco (no podía ser de otra manera), un embarcadero, un castillito, un pequeño fuerte (no me quiero imaginar para qué lo usarían), una ermita, un curiosísimo abejero (sí, abejero, es decir, un lugar donde las abejas fabricaban miel, y se podía observar cómodamente, a través de unos cristales, su paciente labor), una imitación de una vivienda campesina (sic) con huerta y todo, un lago con isla, un ambarcadero, un puente de hierro y un espléndido y coqueto salón de baile. ¿Habéis contado cuántas cosas? Unas cuantas, ¿verdad?

El paraje (bucólico pastoril, permitidme la osadía) es toda una lección de habilidad arquitectónica ilustrada, con la salvedad, además, de que encierra no pocos "trucos", finamente llamados trampantojos con los que engañar a los ojos del visitante para que parezcan construcciones elaboradas con materiales nobles, cuando realmente es un dechado de yesos, estucos, escayolas y demás "cutre" adminículos que adornan paredes, columnas y techos. Además, en varios rincones de la finca, sobre todo en la ermita y el embarcadero, pueden admirarse pinturas sobre las paredes que simulan hornacinas, ventanas y, en el colmo del delirio, paredes de ladrillos y ventanas abiertas a un paisaje inexistente. La sublimación puede también observarse en el curioso abejero, en el que, según fuentes de la época, hubo de aplicarse prontas obras de reformas por su inmediato deterioro.

El parque, además, incluye toda una amalgama de plantas, flores, arbustos y enormes árboles que han crecido fuertes y altos, los cuales convierten al lugar en un "parque temático" de floresta dominada por la concienzuda cabeza de los jardineros de la época. La duquesa era, además, una apasionada de la floricultura, y gracias a su afición pueden admirarse todavía hoy lilas y otras flores cuidadosamente cuidadas. Entre las especies de árboles podéis ver pinos, cipreses, falsos plátanos, robles, etc.

Pero lo que más me llamó la atención fue una curiosísima red de canales que, desde el embarcadero, van discurriendo por gran parte de la finca pasando por el famoso fuerte, un pequeño laguito, el gran lago con isla y puente, y terminan en el salón de baile (con jabalí incluido) donde los invitados de las (imaginamos) decadentes, pícaras y panatagruélicas fiestas allí celebradas, podían, como reza el cartel explicativo, navegar indolentemente en pequeñas falúas entregados al dolce fare niente.

En fin, visita inexcusable. Pero antes varias advertencias: es un parque público, sí, pero tiene un horario restringido (creo que sólo abren los fines de semana). Además, está cuidado con esmero, así que sed cuidadosos con todo, porque me consta que ha supuesto un verdadero esfuerzo de rehabilitación. En fin, llevad a quien se lo merezca y sepa admirarlo. Y si vais en otoño, el espectáculo puede ser orgiástico.

Acabo de subir algunas fotos a una cuenta nueva de webshots. Podéis verlas aquí.