Ingeniería renacentista y fenómenos paranormales
Lo bueno de los viajes, aunque sean casi domésticos, siempre son las sorpresas. No os voy a dar el coñazo con las decenas de fotos que he hecho a dos interesantísimas poblaciones, Daroca y Medinaceli (especialmente la segunda, verdadero paraíso de piedra y tranquilidad), pues no es ese el motivo de este post, sino que voy a contaros algo que es poco conocido, salvo para los de la zona, y que, aunque aparezca en la mayoría de las guías, no se ha sabido sacarle suficiente partido turístico (y de hecho está un pelín abandonada): la Mina de Daroca.
Daroca es una población con un trazado eminentemente defensivo. Tanto es así que tenía todos los contornos amurallados, como otras poblaciones cercanas de ese mismo territorio fronterizo (el mejor ejemplo puede ser la maravillosa Albarracín). No soy experto en el tema, pero por lo que sé, el original baluarte romano que cuidaba el paso de la vía Laminium, y que fue el verdadero germen de la población, se quedó "corto" en cuanto que la ciudad creció en época árabe, y más aún en la medieval, cuando la población obtuvo el fuero por parte de Ramón Berenguer IV para convertirse en la capital de la famosa Comunidad de Daroca (hoy conocida como Campo de Daroca, una comarca de gran importancia histórica). Vamos, que Daroca ha sido una población constantemente deseada, tanto en época romana como en la árabe y en la cristiana, y también disputada en los enfrentamientos entre aragoneses y castellanos, pues no en vano Daroca estaba en pleno camino real entre Castilla y Cataluña.

Sin embargo, Daroca está "en mal sitio". Entendedme bien: no es un lugar para colocar una población de estas características, pues las precipitaciones, inclementes en épocas otoñales y supongo que primaverales, azotan con fuerza y anegan los alrededores de ese "hoyo" en el que se encuentra la ciudad. Esa es la razón de la inusitada anchura que tiene la imponente Puerta Baja, impropia de una población de ese tamaño, comparada con otros grandes portalones, como los de Burgos. Y la razón es, simple y llanamente, dejar pasar el agua, que baja como un torrente en las peores épocas. De hecho, se exhibe una piedra de molino que, en una de esas riadas, y cuando era imposible abrir las puertas por la presión, las rompió de un gran golpe cuando se dirigía hacia ellas arrastrada por la corriente (y no me quiero ni imaginar cómo debía ser la corriente para arrastrar semejante pedrusco). Leyenda o no, la rambla que es la calle mayor se convierte en un sumidero. Y ahí empieza la historia de la Mina de Daroca.

Podéis tirar de Wikipedia para enteraros de los detalles, pero lo básico es lo siguiente: ¿cómo solucionar el problema que ocasionan las riadas en Daroca? Pues ahí viene la increíble obra de ingeniería de La Mina, un túnel horadado en plena montaña de seiscientos metros de longitud, seis metros de anchura y diez metros de altura. ¡Y fue construida entre 1550 y 1560! La sensación que se tiene dentro de ella es alucinante. Imaginaos lo que tuvo que ser semejante trabajo de precisión, con dos cuadrillas de operarios que se encontraron cinco años después de excavar "a ciegas". Imaginad lo que tuvo que ser el momento del encuentro...
Bueno, pues allá van unas fotos de La Mina.




Pero... ¿qué es esa luz que asoma en mitad de la mina? ¿Un fantasma? Ampliémoslo:


No es un truco. Imagino que será un efecto óptico de la luz al pasar por el objetivo de la cámara, pero... a que acojona, ¿eh?

No sé, quizá se lo pregunte a Iker... Aunque seguro que alguien sabe explicarlo mejor.
En cualquier caso, es una lástima que La Mina esté tan abandonada.
Os dejo también con una foto de la maravillosa iglesia románica de San Miguel.

¡Ay!, esos fines de semana...




















La Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz es el clásico ejemplo de cementerio urbano del siglo XIX. Hasta el comienzo de ese siglo los enterramientos, en Madrid y en casi todas las ciudades europeas, tenían lugar en las cientos de iglesias que poblaban los cascos urbanos. Como el suelo escaseaba, y el interior no daba precisamente mucho de sí, los gobernantes comenzaron a idear camposantos fuera del casco urbano, y aunque se sabe que incluso en el reinado de Carlos III ya se intentara dotar a Madrid de algunos de ellos, no sería hasta el reinado de José Bonaparte (Pepe Botella para los amigos) cuando se construyeran los dos primeros: el Cementerio General de Norte (1809) y del Sur (1810). Sin embargo, las archicofradías y sacramentales de la ciudad, asociaciones amparadas por la Iglesia, empezaron a construir paulatinamente sus propios cementerios para enterrar en ellos a sus afiliados. Así nació, entre otros, la Sacramental de San Justo, construida en 1847 sobre el llamado cerro de las Ánimas, en torno a la actual Vía Carpetana, y separada por una pared de otro cementerio, la Sacramental de San Isidro, San Pedro y San Andrés, que había sido construida en 1811.






Por razones familiares tengo que desplazarme de vez en cuando a Huelva. Bien, esto no pretende ser un folleto turístico, ni voy a contaros las beldades de una provincia para muchos desconocida, ni mucho menos. Además, ya está ahí el Rocío para llevar a un millón de personas todos los años de romería. Sólo os quiero recalcar algo que da nombre a su costa, y que para mí supone algo difícil de encontrar, y que hace de esta zona algo muy especial: la luz.

El paseo por la finca "El Capricho" nos sumerge en la atmósfera galante, coqueta y, por qué no decirlo, decadente (en el peor sentido de la palabra) de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Dentro del parque (porque parque es hoy día... ¡y público!) podemos admirar un palacete firmado por López Aguado (el diseñador de, entre otros, el parque de El Retiro), un cenador espectacular, un laberinto, un templete circular clásico dedicado a Baco (no podía ser de otra manera), un embarcadero, un castillito, un pequeño fuerte (no me quiero imaginar para qué lo usarían), una ermita, un curiosísimo abejero (sí, abejero, es decir, un lugar donde las abejas fabricaban miel, y se podía observar cómodamente, a través de unos cristales, su paciente labor), una imitación de una vivienda campesina (sic) con huerta y todo, un lago con isla, un ambarcadero, un puente de hierro y un espléndido y coqueto salón de baile. ¿Habéis contado cuántas cosas? Unas cuantas, ¿verdad?



