La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Monográficos

Summercase vs. FIbercoisa: jornada primera

Lo de los festivales veraniegos se está convirtiendo en una costumbre no siempre sana. Divagamos entre las emociones incontenidas propias del mundo viejuno (y que los joveznos no siempre entienden, claro) y la sensación de acordarnos con demasiada frecuencia de los sabios versos de “The compaign for real rock” que cantara Edwyn Collins:

Yes yes yes it's the summer festival
The truly detestable
Summer festival

Bien, pues las palabras de este primer post festivalero se refieren más bien a la segunda opción. La jornada vivida en Boadilla del Monte este viernes fue casi casi de suicidio colectivo, y no siempre por las opciones musicales. Además, creo que es la primera vez que prácticamente no pisé el puñetero pedregal del escenario grande, pues la oferta “de primera” me interesaba más bien poco. A The Breeders ya las vi en su momento en una sala pequeña de Madrid y las disfruté como dudo que pudiera disfrutarlas en ese “marco incomparable”. A los Kaiser Chiefs los encuadro dentro de la etiqueta de sempiterna “gran promesa del rock británico” que me suenan a lo mismo de hace veinte años. Y, en fin, de los Kings of Leon no tenía sino vagas referencias, lo cual no era demasiado como para integrarme en la masa que estaba viéndolos. Pero de eso hablaré un pelín más tarde. Antes hablaremos del verdadero protagonista, un año más: el puto pedregal.

Sí, el puto pedregal, a pesar de una supuesta compactación que iba a dejar el suelo niquelao. Pero no, esas piedras se iban clavando en las plantas de los pies más y más según se iba terminando la jornada. A los de Sinnamon les importó un año más bien poco tratarnos como borregos, obligándonos este año además a tener que utilizar un vaso para beber que desde luego era "ecológico" (ese epíteto para un vaso de plástico duro da mucha grima utilizarlo, la verdad), pero tenía dos problemas intrínsecos: su opacidad, que impedía saber la consistencia y la textura de la cerveza "tirada" (en el peor sentido de la palabra) en él y que en muchas ocasiones sólo llegaba a la mitad sin espuma del vaso, a pesar de los tres euros que costaba cada vez que lo llenabas; y la imposibilidad de poder limpiarlo, pues el agua, a no ser que fuera embotellada (y caldosa al final de la noche, a pesar de los 2,5 euros que costaba), brillaba por su absoluta ausencia. Así que, al final de la jornada notabas que en las paredes del susodicho recipiente la cosa estaba francamente mal, pero como buen borrego abrevabas lo que te echaran, sin rechistar.

Muchos diréis que por qué coño iba entonces a un festival como éste. Pues bien, debo decir que este año tuvo más que ver el hecho de que mis amigos me convencieran. Y no es que vaya a decir, por supuesto, que la culpa pudiese ser suya, ni mucho menos. No me arrepiento porque siempre sacas algo de tu asistencia a este tipo de eventos, aunque dado lo que vivimos a todos nos asaltó la duda de si merecía la pena volver al año siguiente, ante tales circunstancias. Quizá también porque este año se notó aún más la masificación y aborregamiento que en otros años. Uno ya está curtido en festivales veraniegos, y ni en Benicassim, flor de la masa indie por excelencia, he visto lo que vi el sábado: hordas de energúmenos a los que la música les importaba bien poco, y que sólo acuden por el "buenrrollismo" imperante. Y qué queréis que os diga, uno está mayor para aguantar según qué cosas. Así que, fui, a regañadientes, pero fui, y algo saqué en limpio, como ya veréis, pero saqué también muchas dudas de si merece la pena asistir. Dicho queda. Y dicho queda que algunos vamos a ver cómo está el panorama musical, e incluso a disfrutar con algunos grupos de nuestra cuerda; y lo digo porque parece que somos una excepción, visto lo visto. Hay que joderse.

Nada más entrar nos enfrentamos con Los Campesinos!, típico ejemplo de grupo de la pérfida Albión que forman algo parecido a la Kelly Family pero con rollito indie-rock, muy al estilo Arcade Fire, de los que siempre pienso que repartir la pasta entre tantos no debe ser fácil. La verdad es que no les había prestado mucha atención antes, y bueno, no es que sepa que me van a encantar, pero prometo seguirles la pista.

Y tras ello, vino el primer aluvión de mundo viejuno para nuestros ojos y oídos. Nada menos que The Stranglers, vivitos y coleando. Casi se me caen las lágrimas pensando en poder escuchar por primera vez en mi vida "Golden Brown". Y, bueno, la verdad es que estuvieron correctos y no rozaron para nada el ridículo en ningún momento. Pudo ser, claro, porque, como suele ocurrir en estos casos, los líderes se apoyan en una sólida banda formada por jovencitos deseosos de tocar ante el respetable como si fueran metrónomos. Lo dicho, no demasiada brillantez, pero sí la necesaria contundencia para que un directo suene bastante bien. En fin, el primer brindis para el recuerdo.

Después de zascandilear un buen rato, hicimos tiempo para uno de los platos fuertes de la noche en mi particular periplo: Mogwai. ¿Qué por qué? Básicamente porque nunca los había visto en directo, y tenía bastantes expectativas que, la verdad, se vieron satisfechas: delicadeza mezclada a parte iguales con una crudeza y una intensidad sonora fascinante. Mi amigo J lo definió como "una tormenta" que viene y que va, lo cual me pareció muy acertado. El trasiego perfecto entre la serenidad y la tensión, entre las que mediaban apenas un instante. El público estaba satisfecho, aunque ya a aquellas alturas de la noche me estaba dando la impresión de que navegaba a contracorriente. Y lo confirmé con el gentío que abarrotaba la carpa donde tocaban Facto de la fe y las flores azules, inusitada mezcla de rapeo y música blanda cual manteca a la que los "fanes" aclamaban como toreros en las grandes tardes. Bueno, estaban en su derecho, como la impresionante marea humana que asistió al espectáculo de unos The Sex Pistols resucitados "por la pasta", como les gusta reconocer, a los que verles en esa tesitura era más bien una curiosidad que un ejercicio de nostalgia. Rotten parecía el hermano teñido de Salvatore de El nombre de la rosa, gordo y gesticulante. Me vino a mi memoria el famoso (¿mítico?) concierto del 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester que, según Tony Wilson, abrió una nueva era, pero de aquello a eso que sonaba mediaba tanta distancia que sólo pudimos aguantar unos minutos, encogernos de hombros y pensar que, al fin y al cabo, alguna vez les vimos en directo.


A The Raveonettes se les notaba demasiado el mal rollo que había entre ellos, y me parecieron un grupo definitivamente de segunda demasiado imitadores de Jesus and Mary chain (que ya quisieran ellos) al que una de esas canciones que todos estos grupos quieren tener les ha dado un éxito desmesurado para sus méritos. Por su parte, CSS creo que estaban más fuera de lugar que otra cosa, pero es lo que tiene traspasar las fronteras brasileñas con una música demasiado hedonista para encajarla en un festival de esas características. Ni el estilismo extremo de sus componentes (en especial esa cantante y sus mallas imposibles) ni la pose de la guitarrista dieron para mucho más que alguna que otra risa y la promesa de que si pasan por Madrid habría que ir a verles porque prometen mucho más.

Y a las 00.50 era el turno de Leila. ¿Seguro? "Pues aquí no hay ni Dios", exclamamos cuando, apoyados en las vallas protectoras vimos atónitos como las columnas de sonido comenzaron a emitir una tsunami de watios que nos hizo apartarnos y ver el espectáculo un poco más lejos. La iraní, acompañada de su hermana y de sus vocalistas habituales (entre ellos Luca Santucci), dio un verdadero conciertazo al que apenas acudimos cien personas. Y no es por dármelas de listo, pero es que los que estábamos flipamos con ese torrente electrónico que salía de los dedos de una tipa menuda, a la que apenas conseguimos verle el pelo y que se mostró hostil en todo momento. Eso sí, flipamos con lo que fue capaz de hacer. El mejor momento de la noche, sin duda.

Y después de eso algo de Foals y de Neon Neon que me interesaron prácticamente nada, así como la enésima vez que tengo que reconocer la grandeza de Los Planetas en directo y lo cortito que se queda J siempre, a pesar de la actitud rockera. Eso sí, verme rodeado de fans entonadores de todas sus canciones siempre me desconcierta, y mi ánimo va del reconocimiento por ser uno de los grandes del rock patrio y el asombro de que esto haya podido suceder. Los Planetas son un muy buen grupo, pero no deja de ser increíble que lleguen a un público tan amplio. ¿Son cosas de las sequía de grandes bandas que asola el panorama español? Seguro que tiene mucho que ver: son un oasis dentro de la terrible mediocridad reinante (con el permiso de san Nacho Vegas y alguna que otra honrosa excepción).


Conclusión después de esta única jornada: Sinnamon ha perdido la batalla por cutre frente al FIB. Fue una lástima no haber podido ver a Nick Cave, pero lo que me esperaba el sábado era ineludible, como os contaré en muy breve.

Eso sí, las piedras del puto pedregal se las metería una a una a los responsables por el orto. Una a una.

Hillary y Mallory, y el Everest de fondo

Ha muerto Edmund Percival Hillary, uno de los grandes nombres del alpinismo mundial, encumbrado hasta el paroxismo por haber conseguido, tras fracasar en un intento anterior, coronar en 1953 la cima del Everest, el monte más alto del mundo y por el que se suspiró durante décadas por ser uno de los grandes retos pendientes de la historia de la humanidad. Aquí le vemos junto al sherpa Tenzing Norgay poco después de la gesta.

Hillary era una leyenda en vida en su país natal, Nueva Zelanda, donde nació en 1919. Para muchos, para la mayoría de la población, no deja de ser el primer tipo que puso los pies en la cima del Everest, lo que no es poca cosa, pero son (somos) muchos los que ponen otros rostros y otros nombres al pensar en esos escaladores indómitos, capaces de realizar hazañas cercanas a la simple locura. En definitiva, a mí, que nunca he tenido la suerte de haber podido escalar (una de esas cosas a las que me hubiese gustado dedicar mi vida) me pesa tanto la figura de George Mallory que hace que no tenga demasiados motivos para considerar a Hillary como un héroe tan indiscutible. Evidentemente, como a cualquier alpinista que se atreva a escalar una montaña de semejantes proporciones (aunque todo el mundo sabe que el Everest no es el ocho mil más difícil de ascender, comparada con el K2, “la montaña salvaje”; o el Nanga Parbat), a Hillary se le tiene (le tengo) un gran respeto y admiración, pero, qué queréis que os diga, no es lo mismo.

El romanticismo del Everest no pasa por sus doscientos tres fallecidos (hasta la fecha), ni por supuesto por haberse convertido casi en un parque temático, pues en las últimas cinco décadas se ha intentado alcanzar su cima en (cágate lorito) diez mil ocasiones; incluso ni siquiera pasa por el éxito de las 2.062 personas que, hasta el momento, han ascendido hasta la cumbre, ni por todos los intentos que desde 1865, fecha en el que se le puso nombre, se hicieron para alcanzar la montaña más alta de la Tierra. La leyenda de Mallory y el Everest tiene ese tinte épico y misterioso que atrae con fuerza y que nos os voy a narrar ahora, pues sería demasiado largo y tedioso para aquellos que no les atraiga el tema (y por ser lo más sencillo, dejo esa tarea incluso a la wiki). Sólo voy a mencionar los puntos más candentes que hacen de esta una fascinante historia.

Aún no se ha podido demostrar que Mallory y el también británico Andrew Irvine no hayan sido los primeros hombres en coronar el Everest. Hay muchas incógnitas que parecen inclinar la balanza en uno u otro sentido. La famosísima Kodak Vest Pocket que tendría que haber acompañado la llegada a la cima del Mallory e Irvine no ha aparecido. Pero estamos hablando de buscar algo oculto en el hielo a más de ocho mil metros de altura, en la llamada "zona de la muerte". Además, el código ético de la escalada impide trasladar un cadáver desde la cima (por la sencilla razón de que supondría un riesgo demasiado alto para el rescatador), y además tampoco se tiene certeza de que la cámara y el carrete se encuentren en buen estado.

Terco y carismático, y dotado de una técnica refinada y una gran fuerza, hay quien cree con seguridad que Mallory holló el Everest. Puede que también Irvine, joven y atlético, pudiese incluso ascender a la cima solo, ya que se encontró una de las piernas de Mallory completamente fracturada, pero el cadáver de Irvine no ha aparecido. Así las cosas, el único y romántico vestigio que se tiene del posible éxito de la ascensión fue que Mallory dejó muy claro que lo primero que haría al coronar sería dejar un retrato de su esposa, Ruth Turner, en la nieve, y ese retrato no estaba entre sus ropas. En cualquier caso, ésta es la famosa foto del cadáver de Mallory, así como sus botas. A mí me siguen dando escalofríos cuando las veo.

Hillary, al ser cuestionado sobre la posible gesta de Mallory, tuvo las narices de decir que para considerarse un "buen escalador" es necesario bajar. Las palabras exactas creo que son éstas:

“Si escalas una montaña por primera vez y mueres en el descenso, ¿es realmente el primer ascenso completo a la montaña? Yo personalmente me inclino a pensar que tal vez es igualmente importante el descenso. Y la escalada completa de una montaña supone llegar a la cima y volver abajo sano y salvo”

Veamos: Mallory lo intentó en dos ocasiones anteriores, en 1921 y 1922, así que no era la primera vez que ascendía. Además, decir esto de Mallory, que fue, junto a dos compañeros (Somorvell y Norton), el primer ser humano en ascender a los ocho mil metros, y el que trazara la ruta norte de ascenso al Everest, me parece menospreciar su memoria, y las de aquellos hombres que perdieron su vida en el intento de llegar a ésta y a otras grandes cimas del mundo. Además, hay que pensar que Mallory, que ni siquiera era muy partidario de la escalada con oxígeno, llevaba un equipo de lana provisto con bombonas que pesaban más de quince kilos. En esa altitud, con un tercio de oxígeno en los pulmones y remontando riscos como los cercanos a la cumbre, ni me imagino lo duro qué tendría que ser. No quiero decir que para Hillary todo fuera fácil a finales de la década de los cincuenta, y más comparado con las tecnología actual, pero realizar escaladas en esa época y en esa altura, y tener además las narices de intentar subir a la cima del mundo me parece fastuoso. Mallory estaba allí, subiendo al Everest "porque está ahí", convirtiéndose en leyenda, y cerrando una incógnita que aún no ha sido desvelada.

Cuando Hillary intentó por segunda vez conquistar el Everest, veintinueve años después del malogrado intento de Mallory, el uso del oxígeno estaba ya más que avanzado. Hasta que Reinhold Messner, otra bestia parda del alpinismo, no lograra años más tarde (en 1978, junto a Peter Habeler, aunque luego lo hizo completamente solo y sin ayuda) subir a la cima sin oxígeno, el uso de éste era más que habitual. Esto no debería quitar importancia al hecho de que fuera Hillary el primero que lo consiguiera, pero qué queréis que os diga, cuando pienso en esos locos egregios que son capaces de calzarse las botas para ascender a esas cimas pienso en Mallory, en Messner, hasta en Juanito Oiarzabal (a pesar de su paso por la tele, pues sigue siendo el hombre con el récord de ochomiles, nada menos que veintiuno), pero no pienso en Hillary.

Con todo, la figura de Hillary tiene otros componentes admirables, como su preocupación por la situación de los sherpas, por lo que luchó durante gran parte de su vida. Honremos su memoria, pues así debemos, pero echemos un vistazo a esa cumbre, pensando en qué pasaría por la mente del bueno de George si hubiese visto los honores con los que se ha enterrado a Hillary. Quizá piense que, al fin y al cabo, el tiene mejor lecho desde donde mirar a la eternidad.

Summercase 2007: vibraciones en el puto pedregal. Jornada segunda

El sábado pudimos ir algo más temprano, después de haber dormido en casa (es lo bueno que tiene tener el festival cerca) y descansado convenientemente. Así que pudimos llegar a tiempo de ver a uno de los grupos de la tarde a los que teníamos más ganas, Editors. Antes de hablar de ellos, vaya una foto de día del puto pedregal, para que os hagáis una idea de la tortura a la que estábamos sometidos.

A poco que comenzaron los primeros acordes, parecía que un sobrino de Ian Curtis se hubiera subido al escenario con unos colegas y estuviese dando un repasito musical a los frustrantes Interpol, a los que sufrí en directo tiempo atrás en La Riviera madrileña. Editors sonaban como sonarían en su tiempo mis añorados The Chameleons, con riffs de guitarras que recuerdan mucho a Big Country, y que recuerdan a veces también a los iniciadores de todo esto, Joy Division. El único problema que el buen sonido y las mejores intenciones no siempre bastan para suplir la falta de carisma, y aunque dieron un concierto digno (teniendo en cuenta lo temprano de la hora y el handicap que siempre supone tocar de día), a la cuarta o quinta canción las buenas vibraciones se fueron apagando y dejaron un simple buen sabor de boca. Para comenzar no estaba nada mal, después del fiasco del final del día anterior. Allá van el testimonio gráfico, tomado muy de lejos (lo sé), pero así captáis mejor el ambiente.

De la supuesta nueva sensación británica Lilly Allen, sólo puedo decir que no me interesó nada. Si me hubiese pillado en 1988, cuando la onda jazzy campeaba a sus anchas a lo mejor le hubiese hecho algo más de caso, pero esa mezcla de soul a medio gas, reggae manidito y buenrollismo vespertino no me pareció lo más adecuado para pasar el rato, así que me acerqué, hice alguna fotos y me fui. Y el personaje principal de ellas fue una tipa vestida de novia que, gracias al Ep3 (o no) me he enterado de su nombre (Loren), de su nacionalidad (británica) y de su historia (con lo poco que me interesaba, la verdad), pues era innegable que resultaba curioso ver a una tipa en mitad del pedregal de esa guisa... Bueno, allá va una foto, bolsito incluido, para que la veáis vosotros mismos y comprobéis lo que se puede ser capaz de hacer para llamar la atención.

Lo cierto es que, antes del concierto de laputaama no teníamos gran cosa que hacer, así que nos pasamos un rato para ver al rey de los ingenieros enrollaos, el Sr. Chinarro, para comprobar cómo puede tocarse rock dentro de un bonito Lacoste. Lo siento por los fans, pero no es precisamente un artista muy apreciado por éste que os escribe, básicamente porque no me gustan los perdonavidas encima de un escenario, a no ser que tengan tal calidad que realmente te perdonen la vida desde allá arriba. Y eso que era una de las escasas aportaciones hispanas al festival, pero el caso es que aprovechamos para dar una vuelta por la zona de las tiendas, recoger utilísima (sic) información sobre las drogas y comprar una camiseta graciosa a la par que "elegante" que me trajo a la memoria a cierto grupo efímero y cachondo, llamado Chicks on Speed, que fue el protagonista de nuestro grito de guerra del Primavera Sound barcelonés de 2004: ¡We don't play guitars!

Bueno, requiebros aparte, se iba acercando la hora de verLA y nos fuimos acercando a la carpa para intentar ir cogiendo sitio. En ese momento no sabíamos qué hacer, porque el calor era asfixiante y la carpa estaba comenzando a llenarse de gente. Y de hecho, no me extraña que en Barna tuvieran problemas de espacio, porque la gente prefirió tomar el camino migratorio y volar hacia las carpas y dejar a los Phoenix me imagino que bastantes solo porque la mismísima Polly Jean estaba a punto e aparecer en un escenario eminentemente intimista y que anticipaba el espectáculo que estábamos a punto de contemplar.

Mirad, sé que se me ve el plumero con esta mujer, pero, después de verla tres veces creo que estoy en situación de poder afirmar que, hoy día, nadie sabe mejor que ella llenar un escenario y quedarse con el público en el bolsillo. Pero es que esta vez estaba ella sola, y embutida en un vestido de dudoso empaque (y que una asistente definió como atrezzo perfecto para cantar La verbena de la Paloma). Pero cuando la cosa comenzó, una vez que los jaleos de los incondicionales (¡presentes!) dejaron que la putaama comenzara su actuación, P.J. Harvey comenzó a deleitarnos con un buen puñado de canciones de aquellas que, o bien no suelen aparecer en los conciertos "enchufados" o bien tuvieron un giro peculiar que, por ejemplo, en el caso de "Send his love to me" o "Angelene", fueron especialmente emocionantes. Los problemas de sonido y el gentío excesivo hizo que lamentáramos no poder haber visto el espectáculo en una sala mejor acondicionada, pero estaba claro que el Summer Case 2007 ya tenía un hueco en nuestra memoria y en nuestro corazón, después de habernos deleitado con una artista que, sólo con una guitarra, un piano o un pedal distorsionador fue capaz de mantenernos en vilo durante una hora aullando, por momentos, de placer. Y no estamos hablando precisamente de un concierto acústico, ni de un puñetero umplagged, sino de un intenso concierto que, por momentos, resultó ciertamente atronador. Creo que va a pasar bastante tiempo para que vea algo parecido. Y siento no poder ofreceros una foto mejor. Sólo conseguí una en condiciones, ésta:

Tiraremos, pues, de otras fuentes, en este caso de Informativos Tele5.

Una vez pasada la euforia... ¡qué hacer! A los Flaming Lips ya los he visto en otros festivales, así que preferí ir a ver que hacía una de las bandas que más ganas le tenía, los noruegos The Whitest Boy Alive, banda paralela a Kings of Convenience y liderara por el "feo" del grupo, el simpático y pelín histriónico Erlend Øye, que con su nueva banda nos hizo pasar un buen rato con el buen hacer de los grupos de estos lares y un pop fresquito y bailongo, que hizo las delicias de todos los que estábamos en la carpa pequeña.

Tras esto, no era mal momento para reponer fuerzas y ver mientras como Astrud volvía a dar una buena lección a aquellos que ven en ellos un simple grupo "gamberro" y flojito; lo cierto es que volvieron a dar un buen y contundente espectáculo, pero no difería demasiado del que dieron el año anterior, por lo que sólo les vi un rato, pero suficiente para poder dejaos una nueva foto.

Al poco me dispuse (al final solo, por el típico despiste festivalero con el resto de acompañantes) a ver a otro de los grupos al que tenía bastante ganas, Arcade Fire. Bien, veamos; posiblemente los canadienses tenían demasiado que demostrar, como ya os conté en el post que escribí sobre su segundo disco, y además tienen el problema de que sus canciones, en general, son verdaderos himnos que en directo adquieren aún mayor condición de tales, por lo que no era de extrañar que el "grupo del año" pasado hiciera que el puto pedregal se llenara de gente expectante y que éstos corearan uno a uno todos los temas al grito de "ohh ohh, ohh", lo cual no es precisamente demasiado glamuroso. Pero, en fin, creo que es justo decir que estuvieron muy bien, dieron un concierto más que correcto, cumplieron las expectativas y nos hicieron pasar un buen rato con sus canciones y las evoluciones de un grupo de los clasificados como "piara", por la cantidad de músicos que hay en escena (creo que conté doce); ved sino la foto, un poco lejana pero elocuente de cómo lucía el escenario.

Y vayamos al segundo gran momento de la noche y del festival. Pero grande, grande. Desde aquí puedo ya decir que ¡viva la madre que le parió!, la madre que parió al más grande vampiro musical de los últimos tiempos, el señor James Murphy, líder de la banda más contundente, vibrante, apasionante y divertida en directo de los últimos tiempos, y que dejaron por los suelos a los esperados !!!, los magníficos e increíbles LCD Soundsystem. He dicho.

Ya los disfruté hace unos años en Madrid, pero la noche del sábado dieron un espectáculo magnífico que nos hizo botar, saltar, gritar y quitarnos unos cuantos años de encima. Y todo ello a pesar del antiglamour de un grupo que no necesita grandes puestas en escena ni parafernalia, sino un puñado de impresionantes músicos, una teclista nipona más que solvente y la cabeza espléndidamente amueblada de un Murphy en estado de gracia que sabe meter en la coctelera lo mejor de todos los grupos que llevamos escuchando durante décadas y presentarlos ante el espectador con un apetitoso y nutritivo aspecto. En concreto, hubo un momento en el transcurso de "All my friends" que sonaron como a New Order siempre le hubiese gustado sonar, y a algunos se nos dibujó una enorme sonrisa de agradecimiento en nuestras caras. No me extraña que tipos como Mark Smith, líder de los añejos The Fall, le tilden directamente de gilipollas, porque debe joder, y mucho, que un tipo como éste, al que se la pela el aspecto externo y el formato de su música saque, en los tiempos que corren, lo mejorcito de cada casa y con un directo estremecedor. En fin, junto con laputaama, los vencedores, sin paliativos y por goleada, del festival. Palabrita de Niño Jesús. Y si no, os recomiendo que volváis a escuchar esa joyita que es su último disco, The sound of silver. Me lo agradeceréis.

Y ahora, sique sique, qué más. Estábamos con la misma sensación que tuvimos cuando salimos del tan recordado concierto (quizá el mejor de mi vida, y eso es mucho decir) de Kraftwerk de hace unos años. Pues sólo pudimos gastar nuestro último ticquet de bebida, comprobar cómo estaba el percal a esas horas ya de la madrugada, echar un vistazo al concierto de Scissor Sisters que a ratos parecían una versión cutre de Fleetwood Mac y a ratos eran hasta divertidos, agradecer que J no había bebido y me iba a llevar a casa y desandar el camino con el bueno de Murphy sonando en el equipo camino del hogar con una sonrisa en los labios y la sensación de que, a pesar de los pesares, a pesar de que pesan más los años que los kilos y de la marabunta agotadora, el Summer Case 2007 había terminado muy bien. Había terminado de puta madre.

En fin, como reza esta sección, recuerdo la máxima Morriseyana de "remember the songs that save your life" y os recuerdo que la música es lo único que, en muchas ocasiones, nos salva.

Bueno, y unas buenas vacaciones, y las duchas estentóreas, y tu piel. Pero eso es otra historia. Y la del festival termina aquí.

Espero que la hayáis disfrutado.

Summercase 2007: vibraciones en el puto pedregal. Jornada primera

Un año más. Pero parece que éste va a ser el último en el que el verdadero, el principal protagonista vaya a ser éste:

¡El puto pedregal!

Todo parece indicar que los vecinos (y no me extraña) han conseguido que se lo lleven a otro lado (dicen que a la Ciudad Financiera del Santander, ya veremos cómo). En cualquier caso, el Summer Case 2007 ya es historia, tanto en Barna como en Madrid. Y parece que en Barna el principal problema ha sido el tamaño de las carpas, pero aquí a pesar de lo que ha mejorado la organización (zonas para comer sentados, como Dios manda; una zona incluso con aire acondicionado; grifos con agua, escasos pero eficientes; y en general rapidez, tanto a la hora de acceder al recinto y acreditarse -en tiempo récord- como en la de servirte la comida y la bebida, a pesar de su escasa calidad), el problema ha sido una vez más el puñetero pedregal. Para los que no habéis estado allí, imaginaos lo que supone estar permanentemente andando sobre chinas del tamaño de una pelota de golf, y lo que significa eso de indignidad a la hora de caminar. En fin, había que estar allí para verlo. Cuando sales del recinto vuelves a recuperar tu andar normal, y es como si dejaras atrás una tortura.

Bueno, vayamos al grano (o a la china, mejor dicho en este caso). En el aspecto musical, para mí este Summer Case ha significado un continuo viaje a las carpas "menores", puesto que, salvo contadas y honrosas excepciones, no me han interesado nada los artistas que en las grandes había. Y a juzgar por lo que he visto, la mayoría de la gente con inquietudes musicales no se han prodigado mucho por los grandes escenarios, llamados "terminales" O y E (oeste y este, claro), sino que se han (nos hemos) tirado todo el tiempo yendo de norte a sur, en una continua excursión que más parecía una alegórica representación de las migraciones de las aves que de las manadas de mamíferos politoxicómanos que no paraban de cruzar el Serengueti (en este caso la barra de bebida que había entre los dos grandes escenarios) de este a oeste y viceversa. En fin, es la vieja historia de siempre; no critico que la gente vaya a los festivales a correrse una buena juerga, metiéndose todo lo que lleven, pero a los festivales algunos vamos (también) a escuchar música y ver buenas actuaciones en directo. Y es por eso que la "masa" superguay que cruza por tu camino como caballos desbocados no es que no tengan derecho a hacerlo (faltaría más), pero resultan ciertamente molestos cuando pretendes seguir las evoluciones de tu artista favorito en directo. Así es, y así son estos encuentros, y nada lo va a cambiar, y es algo con lo que tienes que contar, pero a veces jode salir de un espectáculo como el que brindó Jarvis Cocker o P.J. Harvey y encontrarte en medio de un macrobotellón ciertamente hostil.

A lo mejor es que simplemente me estoy volviendo viejo.

El viernes comenzamos algo tarde, porque eso de combinar una jornada laboral con una jornada de gymcana festivalera no es siempre fácil. Y, bueno, eso tiene como precio evidente perderse alguna cosa que podría parecer interesante, como James o Badly Drawn Boy, pero a todo no se puede llegar. Así que una vez adquirida la primera bebida en el control de avituallamiento (a tres euritos la cerveza mal tirada), nos metimos de lleno en el concierto, ya comenzado, del bueno de Jarvis Cocker.

Qué decir. Es un puñetero animal de escenario. Con una banda solidísima y un repertorio más que adecuado, sus contoneos, incitaciones al baile y buen hacer nos divirtieron a la par que nos satisfacieron en el más estricto aspecto musical. El sonido ha mejorado bastante con respecto al año anterior, y en la carpa el sonido era razonablemente bueno. Así que, sin incluso echar de menos a los añorados Pulp, entonamos, felices, ese estribillo que dice que los gilipollas siguen gobernando el mundo. Aquí os dejo un par de fotos ilustrativas.


Ignoro cuál es la razón por la que Dj Shadow tocó tan pronto. Sus espectaculares evoluciones con los platos en escena quedaban un poco frías y desangeladas en una hora tan temprana, pero lo cierto es que estuvo francamente bien, al menos el rato que estuvimos viéndole y que nos permitió el bueno de Jarvis. Van las fotos de rigor, para que comprobéis cómo se le veía desde una distancia prudencial.

Y desde algo más cerca.

La cita con los viejos tiempos tuvo su primera ración a las 23.15. Puntuales, los viejos esquivos y cascarrabias hermanos escoces aparecieron sobre el escenario para disponerse a dar cuerpo a un nuevo concierto en nuestra vida de los Jesus & Mary Chain. Como nunca sabes cómo se van a comportar, con los hermanitos Reid en escena puedes esperarte cualquier cosa, como aquel espectáculo desganado y distante que pudo verse en el épico FIB del 98. Pero esta vez, a pesar de vérseles algo mayorcitos, dieron un correctísimo concierto en el que, como bien dice JJ, pusieron en marcha la vieja máquina del raca-raca noise atronador y se pasaron por la piedra al respetable, que disfrutó de lo lindo e incluso se atrevió a entonar, cual himno eucarístico, el favodelaCoppola, "Just like honey". Estaban un pelín lejos, pero esta era la pinta que traían...

con los inevitables estragos del tiempo en sus caritas.

De la supuesta nueva sensación trendy, The Gossip, que estaba creando tanta tendencia pasamos bastante, la verdad. Y de los gabachos Air, que parecían la reencarnación de Supertramp pero pasados de tripis, pues tampoco hicimos demasiado caso, la verdad. Para ver devaneos amanerados y posturitas pseudo-oníricas ya tenemos bastante con los Mercury Rev, la verdad, y unos tipos que se creen a medio camino de éstos y los Bee Gees, y que tienen al vocoder como mejor animal de compañía, pues eso, que se vayan a engañar a sus familiares. Pero bueno, una foto algo lejana sí que os dejo.

Y qué decir del patético espectáculo dado por uno de los grupos con peor directo de la historia de la música electrónica, OMD. Que sí, coño, que a todos nos caen simpáticos, y que quién no ha tarareado y requeteescuchado el himno generacional "Enola Gay", pero coño, cuando ves que en directo Andy McCluskey sigue moviéndose en escena como Franco Battiato y cantando tan mal, una vez que se acaban los himnos generacionales, abandonas el recinto y te vas a reponer fuerzas, que es lo que tocaba en ese momento. Pero bueno, también estuvimos allí, y esta es la prueba.

Y llegó la gran decepción de la noche. Eran tal las ganas que teníamos de ver a !!! que no fueron buenas consejeras. La carpa estaba terriblemente llena y hacía un tremendo calor, pero allí estábamos ante la que pensábamos que iba a ser una de las grandes revelaciones del festival, y acabó ser una de las mayores decepciones musicales que recuerdo. A pesar de lo bien que suena su último disco, y de que tiene tres temas seguidos insuperables, en directo sonaron monótonos, apelmazados, gratuitamente estruendosos y, lo peor, liderados por un personaje deleznable: un tipo vestido con unos pantalones cortos de deporte con un bulto extraño en uno de sus bolsillos (que sospechamos que era la cartera, lo más cutre que puede llevar encima un artista a un escenario) y haciendo ridículos bailecitos acompañado de una que más parecía ser una cajera de supermercado (con todos mis respetos) que gran cantante de rock. Tras ejecutar las cuatro primeras canciones del disco exactamente en el mismo orden, y estar hartitos de tanto lujo de detalles (J lo calíficó genialmente de horror vacui musical), dimos por concluido el concierto, con gran frustración. Allá va una foto ilustrativa.

Y otra más.

Y una tercera para que veáis qué aspecto tenía la carpa.

Decepcionados, pues, y bastante cansados, dimos un testimonial paseo por el escenario donde Santiago Segura y su hermano, esto es, los festivaleros por antonomasia The Chemical Brothers, daban su enésimo (y exacto) concierto en el que, a buen seguro, y como dictan los cánones y las críticas de los sesudos críticos, brilló con luz propia su enésima interpretación de "Hey boy, hey girl". Acoqui.

En fin, la primera jornada empezó bien y acabó bastante mal. No tengo la menor idea de cómo estuvieron los Kaiser Chiefs, pero, como diría el Cagable, francamente, me importa un bledo.

Nos fuimos, confiando en que la segunda jornada fuese tan intensa y especial como esperábamos. Y, aviso a navegantes, así lo fue. Así que no os perdáis el siguiente capítulo.

David Sylvian: el último romántico. Versión 3ª: el camino a Graceland

Toda vez que la anterior etapa de la carrera de Sylvian se hubiera cerrado esa manera tan brillante, los seguidores de su música aguardábamos con impaciencia cualquier noticia suya. Yo por esos años era un jovencito de veinte años que había entrado de lleno en la Sylvianmanía, e incluso dediqué, no sin esfuerzo, una buena cantidad de pasta en comprarme una joyita que se editó allá por 1989 y que tenía por título Weatherbox, una hermosa caja de cinco compactos con toda la discografía en solitario de Sylvian con los discos (agarraos) ¡serigrafiados! Me costó quince mil pesetas (para los que ya sólo piensan en euros, fueron unos noventa), y tuve que encargarla de importación a una tienda que todavía existe en Chueca y que se llama CD-King (y a la que mis amigos, con sorna, llamábamos “CD-Queen”, por el amaneramiento de su dueño). La conservo como un tesoro, no sólo por lo que contiene musicalmente hablando, sino porque es una maravilla (claro, que lo malo es que es sólo cartón y plástico; la era de los flexidisc y otras zarandajas aún no había llegado).

Supongo que por despiste o porque todavía había cosas que, si no estabas atento a todas las posibles noticias que podías leer en revistas y otras publicaciones (¿Internet?, no hijo, no, esas cosas todavía no existían, aunque parezca mentira, no había ni móviles), los siguientes trabajos de Sylvian se me pasaron completamente desapercibidos. Antes incluso de la aparición de esa Weatherbox, Sylvian publicó dos trabajos que fueron sendas colaboraciones con el músico polaco Holger Czukay, el que fuera bajista del grupo Can y del que ya os hablé en la anterior entrega. Describirlas no es fácil. Czukay y Sylvian realizaron dos elepés que, con los nombres de Plight & Premonition (1988) y Flux & Mutability (1989), fueron dos largos manifiestos de sonidos oníricos, delicados y, si me lo permitís, “atmosféricos” que incluían, como en los viejos tiempos sinfónicos, una pieza por cada cara que duraban entre dieciséis y veinte minutos. El sonido era muy similar al segundo disco que se incluía en Gone to earth, y de las cuatro piezas, alguna puede ser algo más pesada, pero sobre todo destaca para mi gusto “Mutability”, un hermoso canto que dura nada menos que veintiún minutos y que bien podría sonar a banda sonora del día después de un holocausto. En cualquier caso, nunca le perdonaré que en esta especie de “menosprecio de corte y alabanza de aldea” incluya en la parte interior del disco nada menos que ¡una foto de un pastor, con rebaño y todo! En fin, está claro que en esta época Sylvian estaba un pelín blandito.

Poco después, en 1991, tuvo lugar el regreso de Japan, camuflado bajo el nombre de Rain Tree Crow, disco al que sólo pude acceder mucho más tarde, cuando me compre el cd-single de la canción “Blackwater”. Lo cierto es que el tema es bueno, pero mejor lo escucháis vosotros mismos.


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Más tarde incluso tomé contacto con otro tema que si me parece espléndido, y que no he podido incluirlo en esta sección, pero que os lo recomiendo si podéis escucharlo. Se llama “Every colour you are”, y yo lo escuché por primera vez en directo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Poco después, en 1992, el sempiterno compañero de fatigas de Sylvian, Sakamoto, editó un disco muy especial llamado Heartbeat cuyo tema central estaba interpretado por el propio Sylvian y… ¿de quién era esa voz femenina tan peculiar? Pues por esa época nos enteramos también de que Sylvian ya no estaba solo… ¡se había casado! Y fue con una cantante brasileña llamada Ingrid Chaves, con la que comenzó a colaborar (evidentemente) con asiduidad y a la que os presento en este vídeo del bendito youtube, que da título al elepé y por el que confieso haber tenido una querencia enfermiza durante un buen número de años. Tengo recuerdos de ese año en los que me parecía una verdadera delicia recorrer la ciudad de noche con esta canción a todo lo que daba el equipo. Eran buenos tiempos...; sí, lo eran.

Poco después, en 1993, sin embargo, salió a la luz un nuevo Sylvian que nada tenía que ver con el de su etapa anterior. Bueno, nada, nada no, porque se hacía acompañar por otro ilustre músico, Robert Fripp, que ya había colaborado con él en Gone to earth. La verdad es que una primera escucha (porque esta vez sí que lo pillé a tiempo, y pude paladearlo a gusto) de The first day resultó demasiado árida, apabullante, pero desde luego podría decirse que las canciones, además de contundentes, sonaban tremendamente originales, y definitivamente distintas a lo que David nos tenía acostumbrados. Uno ya tiene años, pero no los suficientes como para haber escuchado a King Crimson en su momento, pero cuando descubres que su sonido tiene que ver mucho con lo que pueda escucharse en The first day comprendes hasta qué punto la “mano” de Fripp era patente. A todo ello había que sumar un denso entramado de percusión, bajo y otros instrumentos indescriptibles tocados por Trey Gunn y que se acompañaban de los personalísimos sonidos de la guitarra de Fripp.

Para que oa hagáis una idea os enlazo a esta gran canción llamada "Jean the birdman" que resume muy bien la filosofía de esta nueva etapa de Sylvian.


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Y con esta otra, titulada "20th century dreaming" os podéis hacer una idea de la potencia que podían llegar a tener ambos músicos cuando se empeñaban.


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Con toda esta información algún amigo mío me había reconocido que no le gustaba nada el “nuevo Sylvian”. Lo cierto es que yo tenía la cabeza dividida, porque era cierto que era demasiado “duro” para lo que nos tenía acostumbrados, pero también era verdad que el disco me atraía cada vez más, hasta el punto de convertirse en adictivo. Supongo que estaba madurando algo, musicalmente hablando.

El hecho era que por esta época una buena amiga mía estaba viviendo en Londres, y casualmente se enteró de una gran noticia: Sylvian y Fripp iban a tocar en el Royal Albert Hall. ¡El Royal Albert Hall! Eso es como ir a ver un partido de los Knicks al Madison Square Garden, supongo. El hecho es que esta amiga me comentó que por qué no me animaba y me cogía un avión. Y eso es lo que hice, mi novia de entonces y yo, ni cortos ni perezosos, nos plantamos en la capital de la Commonwealth dispuestos a, aparte de hacer algo de turismo, ir a ver al bueno de Sylvian a semejante auditorio. Aquí os dejo mi entrada...

Como todo no podía ser de color de rosa, a pesar de que le había rogado a mi amiga que no escatimara con las entradas, y comprara las mejores, lo cierto es que comprobé con horror que estábamos muy, muy arriba, casi en el gallinero. Me cabreé mucho, pero cuando la música comenzó a sonar se me quitaron todos los males. El sonido en el Royal Albert Hall es simplemente perfecto, y recuerdo el concierto con deleite, con un sonido contundente, limpio y magnífico. La noche fue, como era de esperar, mágica, y yo aproveché para comprarme un par de camisetas y el programa de mano, en el que me enteré que Ingrid y David esperaban una niña… ¡Cómo había cambiado el cuento!

Algún tiempo después mi gran amigo Torombolo me hizo un regalo que jamás olvidaré. Yo no sabía que Sylvian y Fripp habían sacado una edición en directo de la gira que yo acababa de ver, pero lo que más me sorprendió y me dejó perplejo fue que el disco, que acababan de poner en mi mano, era nada más y nada menos que la grabación que yo había escuchado en directo aquella noche, y que vosotros podéis disfrutar, con su espléndido sonido, si compráis (bueno, o lo buscáis, porque me imagino que ya estará descatalogado) Damage. En él se incluye esta pequeña maravilla homónima:


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Por cierto, la gira, como alguno ya habrá intuido por el nombre de este post, se llamó “The road to Graceland tour”.

Y hasta aquí esta nueva etapa. Dentro de poco más. Eso sí, os dejo con un par de vídeos del bendito de nuevo youtube, de “Jean the birdman” y un par de canciones de la gira. Que los disfrutéis.

Actualización del 26/1: Olvidé mencionar que en ese viaje a Londres, amén de los discos con Czukay que al principio mencioné, y alguna que otra joyita de, por ejemplo, Peter Murphy en alguna tienda de segunda mano, me compré tres cd-singles de Sylvian / Fripp de The first day, en concreto dos versiones de “Jean the birdman” (con algunas sorpresas acústicas magníficas) y el que por aquel estaba de “rabiosa actualidad”, “Darshan”, un tema que ya de por sí en el disco tiene cierto aire “bailable”, pero que en el cd-single adquiere un aire definitivamente discotequero gracias a la remezcla de (¡tachán!) un viejo conocido de la música electrónica, Dave Ball (sí, el teclista ipertérrito y bigotudo de Soft Cell) y su The Grid, ese grupo alternativo que tan curiosos discos ha dado. Si os interesa, pues supongo que no lo encontraréis en ningún sitio (ni siquiera en la mula), os ponéis en contacto conmigo. Desde luego, merece la pena.

David Sylvian: el último romántico. Versión 2ª: exorcizando fantasmas

[Esta historia es continuación de esta otra.]

Después de su aventura con Japan, Sylvian y el resto del grupo, una vez que anunciaron su separación, comenzaron a pensar en otros proyectos. Lo cierto es que, si bien el éxito cosechado por Japan había hecho que hubiese caído en mis manos algún álbum (sobre todo Oil on canvas) del grupo, de los primeros pasos en solitario, tanto de Sylvian como de Mick Karn, hubo de pasar mucho tiempo para que conociera su existencia. De hecho, mi reencuentro con David fue en 1987, pero de eso os hablaré más tarde.

Karn se reunió con uno de los gurús de eso que vino algo más tarde en llamarse "música gótica", Peter Murphy, líder de Bauhaus, y juntos montaron un peculiar grupo con un más que peculiar nombre, Dali's Car. Sí, "el coche de Dalí", imagino que inspirados en el famoso coche que el de Figueras ideara y que preside la sala central del museo de su ciudad natal. El proyecto fue efímero, desconozco si por desavenencias o porque no resultó lo esperado. Lo cierto es que tanto Murphy como Karn continuaron sus respectivas carreras en solitario, y nunca más se volvieron a juntar.

En cuanto a Sylvian, en 1984 sacó su primer elepé en solitario, después de su primera colaboración con Sakamoto. El disco se llamó Brillian Trees, y fue en cierto sentido un deseo de alargar el viejo sonido de los Japan, pero "exorcizando" los viejos fantasmas. En él participaron colaboradores muy especiales, como el propio Sakamoto, Kenny Wheeler o Holger Czukay (con quien algo más tarde sacaría otros discos de música etérea, alejada del resto de producciones de Sylvian), además de la producción de Brian Eno (ex de Roxy Music y uno de los productores más prestigiosos de los ochenta). Lo cierto es que la imagen de un Sylvian, más comedido e introspectivo, asomado a un bosque con un traje de chaqueta cruzado se alejó bastante del glamour artificioso de Japan, e iniciaba una andadura en la que sigue inmerso, y a la que muchos hemos seguido con pasión (aunque, como ya os he comentado, por esta época le había perdido la pista). Y, para que no os creáis que la cosa pasó desapercibida, llegó al número cuatro de las listas de álbumes del Reino Unido.

Si escuchas el tema que abre el disco, "Pulling punches", sí que puedes decir que no hay nada nuevo bajo el sol: bases entrecortadas, una batería (imagino que del propio Jansen) potente y machacona, un bajo punzante y juguetón, una guitarra estridente que acompasa el conjunto, teclados de fondo (imagino que del bueno de Riuichi) y la voz continuista de Sylvian. Pero a partir de la siguiente, "The ink in the well", o "Nostalgia", empiezan a intuirse las líneas maestras del nuevo Sylvian. Ambientación onírica, suavidad en las líneas melódicas, introspectividad y cierto aire precisamente nostálgico, aderezado con temas más rítmicos que supongo que pretendían ser más comerciales, como pueda ser el caso de "Red guitar", el único "éxito" que podemos calificar como tal en los primeros años de su andadura en solitario. Pero mejor lo escucháis:


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En cualquier caso, Brilliant trees, y a pesar del éxito de "Red guitar", es para mí un disco menor comparado con lo que vendría después, pero es un magnífico modo de enlazar la anterior carrera de Sylvian con Japan y su carrera en solitario. Os dejo este vídeo de "Red guitar" para que comprobéis cómo se veían estas cosas en aquella época (y os recuerdo que debéis tener presente que corría el año del señor de 1984).

Lo cierto es que Sylvian comenzó a demostrar que sus inquietudes artísticas no sólo iban por esos derroteros. Se sentía con ganas de experimentar, como demostró muy poco después en unas sesiones grabadas en Tokyo con prácticamente los mismos músicos del disco anterior, y que fueron recogidas en un disco titulado Alchemy - An index of possibilities. También fue el primer contacto directo de Sylvian con la música instrumental (que no quiero llamar "ambiental", porque pienso en el chill-out y me da urticaria...). Más tarde hablaremos de sus discos con Czukay.

Pero en 1986 Sylvian dio un paso más adelante, un paso de gigante, me atrevería a decir. Es difícil definir con exactitud el estilo de Sylvian, pero si en algún momento puede decirse que comenzó a definirlo fue en este momento, cuando editó Gone to earth, un ambicioso doble disco en el que incluyó siete grandes canciones en el primer vinilo y otras diez instrumentales en el segundo. Antes de seguir narrándolo, mejor escucháis como empezaba, para abrir boca. He aquí "Taking the veil".


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Para la ocasión contó, como no, con Jansen y Wheeler, además de Bille Nelson, pero sobre todo es importante porque fue la primera vez que colaboró con Robert Fripp, ex de King Crimson y una de las guitarras más prestigiosas y personales de los setenta y primeros ochenta. Su colaboración sería mucho más estrecha andando los años, pero fue en esta época cuando comenzara a tomar un protagonismo especial la guitarra de Fripp, con la que crearon temas ya clásicos en la discografía de Sylvian, como este "Wave".


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Otra pequeña joya, muy breve, es este "Laughter and forgetting". No es por nada, pero la voz de Sylvian en estos temas siempre me pone los pelos como escarpias (pero para gustos los colores, claro).


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El álbum se cierra con una maravillosa canción titulada "Silver Moon" que se suponía que iba a ser una nueva "Red guitar", pero que no llegó a vender tanto. El vídeo tenía su aquel, así que aquí os lo presento. Como podéis comprobar, Sylvian se había bajado a la Tierra definitivamente desde su glamurosa torre de marfil. De los pelos, la chica y la manera de rodar, sólo puedo recordaros el año: 1986.

Pero para todo esto que os estoy contando hay que tener otra cosa en cuenta: yo aún no había encontrado de nuevo la pista de Sylvian desde que dejara Japan. Fue precisamente en esta época, en una reseña de aquella maravillosa revista llamada Sur expres, donde tuviera noticias suyas. Y fue para anuciar la inminente salida de su nuevo disco: Secrets of the beehive.

Allá por el otoño de 1987 yo contaba con dieciocho años recientitos. Acababa de entrar en la facultad, y atravesaba una época muy importante en mi vida, pues acababa de "salir del cascarón", cuando me pegué de bruces con este álbum introspectivo, prácticamente acústico, e indescriptible. Y lo primero que escuché fue esto: "September".


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Automáticamente caí enamorado de él. ¡Eso sí que era onírico, ensoñador, y si me apuras nostálgico! Justo lo que me pedía el cuerpo. Pero no os estoy hablando de algo blando porque sí, no es "pop" en el peor sentido de la palabra, ni esa estupidez que se inventaron en los setenta para denominar a la música hecha "para adultos", sino poesía hecha canción. Al menos a mí me lo parecía. El corte dos era éste, "The boy with the gun". Juzgad vosotros mismos:


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El single del álbum fue otra maravilla, llamada "Orpheus", que también os reproduzco. En este caso el piano de Sakamoto toma un protagonismo muy especial, como podréis comprobar.


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Imagino que ahora entenderéis por qué lo incluí en mis Canciones para la serenidad. Además, creo que el vídeo captó perfectamente la filosofía del tema, y fue el detonante de esta maravillosa visión terrosa que fue filmada, os recuerdo, en 1987. Con él os dejo en esta segunda entrega, que sé que me ha quedado un poco larga, pero no he tenido más remedio de que así fuera.

David Sylvian: el último romántico. Versión 1ª: aquellos postpunks

La música está tan metida en nosotros, en algunos de nosotros, como la propia sangre de nuestras venas. Infinidad de canciones me traen a la memoria infinidad de sensaciones y recuerdos, y hay músicas, y músicos, que me han acompañado desde casi mi niñez, tanto más desde mi adolescencia.

Este periplo que ahora empieza por la trayectoria vital y artística de uno de los músicos que más me han influido desde siempre, tiene necesariamente que pasar por algunas épocas que pueden parecer irrisorias para aquellos que se acerquen a éstas desde un punto de vista actual. La música, en muchas ocasiones, no tiene por qué ir acompañada de la visión, de la "pinta" que los músicos puedan tener para nosotros en la actualidad; es decir, que parece mentira que los cánones de "belleza" y "elegancia" hayan cambiado tanto en tan poco tiempo. El ejemplo que mejor me viene a la memoria es el de David Bowie. Si pensamos en la época de Ziggy Stardust, de esos tacones y esos ojos pintados, podríamos no dar crédito a una música excelente, más aún cuando el músico londinense está considerado como una leyenda viviente. Es por ello que pido algo de paciencia (y clemencia) para aquellos que no vean nada más atrás del año 95.

Por otro lado, aviso para navegantes: es éste un periplo personal sobre la vida de un músico que no tiene por qué gustar a todo el mundo. Puede resultar blando, pusilánime y lánguido por momentos (no todos, os lo aseguro), pero puede parecer también elegante, intenso, trascendental y pleno de matices para otros. Pero lo que nadie puede negarme (a no ser que quiera someterse a un careo eterno) es que nos encontramos ante una de las voces con más personalidad que pueda haber existido en el universo mundo de la música occidental actual. Y yo añadiría que una de las más bellas.

En resumidas cuentas, estamos hablando de David Sylvian, cantante, músico y compositor al que profeso una inabarcable admiración y una inquebrantable adhesión. Un músico por el que fui capaz de viajar, por única vez en mi vida por este motivo, al extranjero (ya os contaré en capítulos siguientes en qué momento) y por el que he sido capaz de gastarme mucho dinero en adquirir sus discos con tal de tenerlos en la mejor versión.

Avisados quedáis, pues. Y ya sabéis que, además, este es mi blog y me lo follo cuando quiero (Adastra dixit).

Sylvian nació once años antes que yo, en febrero de 1958, en Beckenham (localidad del condado de Kent), y su nombre de bautizado fue David Alan Batt. No sé nada de su infancia, y me imagino que no sería precisamente un niño pobre, pero tampoco es un tema que me preocupe demasiado. No se atisba en su música, precisamente, un componente reivindicativo de opresión, ni nada parecido. Más bien podemos decir que desde muy niño, fascinado por lo que veía hacer a los grandes músicos de la época, inmersos como estaban en el panorama musical del glam rock, al ya nombrado Bowie o a los New York Dolls, quiso ver en la música una vía de escape a su imaginación, y quiso convertirse en eso, en una estrellaza glamourosa que vistiera esos atuendos y tocara tan bien como ellos. Así, me imagino que después de dar la paliza a sus padres hasta límites insospechados, él y su hermano (Stephen Batt, que luego sería conocido como Steve Jansen), consiguieron un regalo muy especial: una batería y una guitarra, respectivamente.

Extremadamente jóvenes, pues las fechas de formación oficial del grupo fue 1974, ambos hermanos entraron en contacto con otros tres músicos igual de imberbes, Mick Karn (sobrenombre de Anthony Michelides, bajista), Richard Barbieri (teclados) y Rob Dean (guitarra), y crearon una de las bandas míticas de lo que vino en llamarse "nuevos románticos", aunque si preferís podéis etiquetarlos como "postglam-rock", "post-punk", "pop de sintetizadores", "tecno-pop", "rock postprogresivo" o si me apuráis "new wave" (sic) o, incluso "adult music". Ya veis, en esto del rock si hay algo que les guste a los críticos es poner etiquetas.

Lo cierto es que el quinteto, a poco que empezaron a ponerse de acuerdo, llegaron a dos conclusiones: estaban fascinados por el glam y adoraban la cultura japonesa. Así que formaron, claro está, Japan, y comenzaron un periplo cuya culminación, miren ustedes por dónde, fue una serie de conciertos que celebraron en tierras niponas. Pero antes comenzaron a ser reconocidos por canciones como "Communist China" o "Adolescent sex", ambas de su primer elepé homónimo, de 1978.

El grupo fue progresivamente tomando conciencia de que eran bastante "raritos" en eso de sus gustos, y sin duda alguna su influencia oriental se fue haciendo pasmosamente visible no sólo en su música, sino en la temática de sus canciones. Karn, por ejemplo, le dio un toque de biwa a su bajo, y fue subiendo el instrumento -me refiero al bajo, claro-, hasta colocarse muy alto, cerca del sobaco, lo que hacía que prácticamente pinzara las cuerdas, más que las tocara; además, acompañó sus movimientos con pasitos cortos, como si fuera una geisha. En los nombres de las canciones también puede apreciarse esa temática, como en "Quiet life" (en alusión al ritmo de vida oriental), "Gentlmen take polaroids" (en alusión a la tan manida costumbre de fotografiar todo de los nipones), "Still life in mobile homes" (sobre las famosas casas flotantes), "Visions of China" (sin comentarios) o "Cantonese boy" (también sin comentarios).

Lo cierto es que Japan obtuvieron bastante éxito sobre todo por un par de canciones, "All tomorrow's parties" de la Velvet y (sobre todo) "The art of parties" (ésta de su último disco en estudio, Tim Drum, de 1981), y que incluso llegaron a oídos de éste que os escribe a pesar de la escasa edad que tenía. A éstas hay que sumar dos baladas (si pueden llamarse así), "Ghosts" y "Nightporter", para completar el puñado de canciones más famosas del grupo. Todas ellas, junto a otras de nueva factura, fueron incluidas en el disco de despedida de la banda, Oil on canvas, grabado más o menos en directo en 1983. Y digo más o menos porque en ningún caso consta dónde fueron grabadas, e incluso se sospecha que algunas de ellas lo fueron en un estudio. Eso sí, cuando yo era aún un adolescente, conté con este disco como uno de los de cabecera, lo que os da una idea del tiempo que hace que le sigo, y sobre todo... ¡el tiempo que llevo escuchando música!

Para haceros una idea de cómo eran Japan, y no sólo en fotos, creo que lo mejor es que os adjunte un par de vídeos del bendito youtube. El primero de ellos, de la primera época, os dará una idea de las pintas que me llevaban en los primeros tiempos; y en el segundo podéis verlos en su apogeo, en la época final, donde más divos eran y donde más éxitos cosechaban. Y sí, lo sé, así no se debería coger un micrófono, pero os aseguro que ese sonido, ese modo de hacer música y esa estética (a la del Oil on canvas me refiero) para mí resultaban hipnóticos en aquellos años.

Para terminar con este primer capítulo, debo mencionar una amistad que ha trascendido los años y que en los primeros tiempos parecía algo más que una amistad: la suya con Riuichi Sakamoto. No es el momento de hablar de la sexualidad de David Batt; al fin y al cabo no nos importa, pero resulta curioso que a Bowie también se le emparentara "bíblicamente" con el compositor y músico japonés (lo mismo que le ocurriría algo después con Mick Jagger, acaramelados en su famoso vídeo "Dancing in the street"). Pues eso, no es relevante, pero sí que es cierto que parece ser que la amistad con el integrante de la Yelow Magic Orchestra se fue consolidando con el tiempo, y ha durado hasta el momento presente, como ya veréis un poco más tarde.

La primera de las canciones que os adjunto será precisamente la usada en el filme que unió a los tres, Feliz Navidad, Mr. Lawrence, donde Sylvian interpreta una canción compuesta por Sakamoto, que a su vez actuaba en la película junto a Bowie. Todo queda en casa.

Una cosa sí que es evidente: esta canción, a la que precedió "Bamboo music", inauguró una fructífera tendencia a la colaboración entre ambos, así como de Sylvian con otros músicos, algo que nos ha dado grandes satisfacciones a los fans de Sylvian.


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Acaba aquí el primer capítulo. Espero haber despertado vuestro interés, porque esto es sólo un pequeño aperitivo.

Pronto más.

Radiohead y el 11-S. Cuarta parte (y última): la vida sigue (o casi una conclusión)

El tiempo pasa, y alguna cosa queda. Muchos males vinieron después, muchos se asentaron, y con muchos convivimos. El 11-S supuso la pérdida de la nueva inocencia adquirida por Occidente; palabra que sin venir a significar nada (¿el occidente dónde está?, depende del cristal con que lo mires), significa demasiado. Demasiado dinero, demasiada desigualdad, demasiada prepotencia, demasiada imbecilidad, demasiado poder y demasiado mal repartido. Un tipo como Georges Bush terminó siendo el amo del mundo, por muchos Michael Moore que se pusieran en su camino. Y en España una mala foto trajo consigo cientos de muertes. Sí, habíamos perdido la inocencia; incluso en España, que llevábamos años sin ella, volvimos a perderla. Es el nuevo signo de los tiempos, y no sabemos cuándo acabará.

Yorke mientras continuó sacando discos, probablemente ajeno a toda esta historia de Nostradamus. Kid A, como apuntaba El País (en boca de Iñigo López Palacios), fue (se suponía) un aparente suicidio comercial. Pero… volvió a arrasar. Y ya me jode admitirlo, pero le doy la razón al crítico: nosotros, que nos consideramos fans a mucha honra, como ya os dije, aceptamos los pasos de Radiohead como inevitables y, aunque al principio los discos nos parecen ásperos, no pensamos que la banda no haya sabido explicarse, sino que nosotros no nos hemos aplicado lo suficiente.

Eso ocurrió, desde luego, con Kid A, y algo menos con Amnesiac (creo que a Yorke aquí se le fue un poco la mano). Pero sí que fue lo ocurrido con Heal to the Thief, disco que, con mesurada escucha debe admitirse que es más flojo que los anteriores, pero que en su conjunto pasa el corte con holgura. Temas, todos desasosegantes, como “2+2= 5”, “Sit down, stand up”, “Listen now” o el pasmoso “Myxomatosis” bregan con algunos de esperanza (casi optimismo) contenida como “Backdrifts”, “Go to sleep”, “There there”. Pero si tengo que destacar alguno deben ser dos de muy distinto cuño: “A punching at a wedding” y, sobre todo, “Where I end and you begin”, una de esas canciones que repites con insistencia y la tienes en la cabeza cuando vas en transporte público, en transporte privado, andando o cabeceando como Yorke delante del ordenador.

Cerrando el círculo vicioso de Kid A, debemos recordar dos colaboraciones con dos de las artistas más importantes del panorama musical de aquellos tiempos: una Björk recién sacada del infierno de la Selma de Von Trier (pero que se hizo tan famosa que terminó en los Oscar con un cisne en el vestido) y la exitosísima (para lo que es la música casi independiente) P.J. Harvey del 2000, con su Stories from the City, Stories from the Sea. Incluso hubo una actuación conjunta de ambas divas cantando el "Satisfaction" de The Rolling Stones, pero su amistad de choque de trenes fue tan efímera como extraña.

Con la primera hizo esa maravilla que se llama “I’ve seen it all”que se encuentra dentro de la banda sonora de Bailar en la oscuridad (llamada Selmasongs) y que a punto estuvo de ser oscarizada. Una canción que menciona el Empire State Building, el actual techo de Nueva York, por cierto. Os dejo aquí el trozo de peli donde sale la canción, en este caso acompañada del actor que da vida a Jeff, el bueno de Peter Stormare que, bueno, no canta tan bien como Yorke, pero hace lo que puede y le pone mucho empeño.

Con la segunda hizo otra maravilla llamada “The miss we’re in” en la que la Harvey susurra al oído de Yorke contándole los "líos" en los que están metidos… ¡mira tú por dónde!, con Nueva York de fondo. Todo un alarde se sentimientos encontrados e intensidad musical.

Ahora Yorke ha sacado un nuevo disco, esta vez en solitario: The eraser. Bueno, se puede decir que la sombra de Radiohead es alargada, pero es un disco muy interesante que aún estoy digiriendo. Al fin y al cabo la vida sigue… ¿no es cierto?

[Aquí podéis ver a Yorke fotografiado por Greg Williams para una campaña contra el hambre de Intermon-Oxfman]