La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Monográficos

Los cementerios de Escocia

La vida es el período de tiempo que pasamos en este mundo fabricando recuerdos. Algunos hermosos, y otros dolorosos. Y los recuerdos en muchas ocasiones están asociados a nuestros viajes, y es natural: durante los viajes abandonamos la rutina del entorno conocido para adentrarnos en un espacio en el que apenas vamos a vivir un puñado de días, en muchos casos para conocer sitios que visitan diariamente miles de personas. Pero en los viajes también se da a veces la magia de conocer lugares apartados en los que, a pasar de contar el tiempo que pasas en ellos por minutos, los recuerdos y las vivencias que acumulas hacen que se conviertan en lugares a los que vas a volver toda tu vida, como si ese rincón del planeta fuese un rincón mil veces visitado, donde decidiste pasar días enteros disfrutando de tu soledad, y consolándote del tremendo pesar que te produce tener que abandonarlos. En Escocia, por encima de todos, hubo dos espacios como esos: la orilla solitaria del Mar del Norte y la quietud del cementerio de Stirling.

Sé que en el mundo anglosajón, y en general en los países de tradición celta, los cementerios tienden a ser un lugar de recogimiento y culto a los antepasados con una evidente carga romántica, pero creedme que para un españolito crecido en la cultura latina estos cementerios sin la protección de una alta muralla, con las tumbas centenarias en la plena hierba y sin ningún síntoma de vandalismo en sus cuidadas veredas son definitivamente sobrecogedores.

Conocéis la querencia de este vuestro blogger por los camposantos, pero lo que vio en Escocia es harina de otro costal. Cementerios al borde del mar; emboscados en mitad de una ciudad, pero con veredas proclives al sosiego y la meditación, como el de Aberdeen; y congelados en el tiempo, como la ruinosa iglesia que los cobijó en mágicos parajes como Elgin. Incluso improvisados campos de juego donde los niños sentían más la belleza del lugar que el sobrecogimiento típico de estos lares.

De todo ello hay una nueva galería en mi página de Flickr que os invito a visitar.

Muchos recuerdos, pues, se agolpan de las tierras escocesas. Ya nos queda poco camino por recorrer.

Escocia ancestral

A poco que te interese un poco la historia, y más la historia de la arquitectura (sin ser yo nada de eso; experto, digo), pronto llegas a una terrible e innegable verdad: casi nada de lo que queda tiene nada que ver con lo que había. En la mayoría de los casos o lo que queda es un escaso y parco remedo de lo pasado por lo exiguo del vestigio que puedes admirar (que es el efecto llamado "quita de ahí esas piedras, que me vienen muy bien para el muro de mi casa"); o lo que hay está tan adulterado que nada o poco tiene que ver con lo que era (o efecto "Exin Castillos", muy de modo en el siglo XIX). En definitiva, es terriblemente difícil encontrar una ruina o una pieza arquitectónica más o menos pura, y tenemos que enfrentarnos cuando viajamos a paisajes que más que hacer volar la imaginación obligan a hacer un ejercicio de esfuerzo imaginativo para intentar hacerse una ligera idea de cómo debía ser aquello.

Pero, claro, lo que mola es saber que en ese mismo lugar en el que estás hace cien, doscientos, quinientos, dos mil años, hubo tipos como tú que hacían cosas parecidas a las que tú haces, pero en un sitio que para ellos sería muy cotidiano, pero que para ti, si pudieras viajar al pasado, te dejaría con la boca abierta.

Así, en Escocia hemos visto simples ruinas de un pasado esplendor (algunas doblemente milenarias, como el Carn Liath); esplendor vivo y colorido, como siempre asociado hasta hace bien poco a la más rancia aristocracia; cadáveres de imponentes edificios preservados como símbolos de la estulticia humana (por aquello de dejarlos caer); y recreaciones del pasado tan hermosas que quitaban la respiración cuando las contemplabas.

No quiero extenderme más con las palabras. Quiero dejar paso a las imágenes. Sé que no serán tan espectaculares como las de Escocia "al natural", quizá porque lo verdaderamente imponente es Escocia sea la naturaleza que enmarca estas joyas arquitectónicas, pero realmente uno no puede dejar de fotografiar y fotografiar el Eilean Donan Castle porque, qué demonios, es tan hermoso o más que como nos lo habíamos imaginado.

Y con esto cierro esta entrega. Tranquilos, sólo me quedan dos, una también con poco texto, dedicada a los cementerios; y otra quizá más larga para hablar de mis impresiones de un país como Escocia, que tanta huella me ha dejado.

Como siempre, os emplazo a visitar mi cuenta de flickr, donde podéis ver todas estas fotos en un tamaño más decente.

Hasta pronto.

Escocia al natural... o no

Si se cumple un sueño presente desde la adolescencia se tiene el peligro de quedar fácilmente defraudado. Cuando uno se imagina un paisaje, o un lugar concreto, se lo suele imaginar más grande, o más hermoso, o qué se yo, más único e inigualable. Y, claro, suele ocurrir que ni es tan grande, ni tan hermoso, ni tan único. Uno piensa en las Highlands, en el Lago Ness, en el Mar del Norte en su costa escocesa y se imagina enormes extensiones de tierra verde e indómita, lagos de agua oscura y misteriosas orillas, o un mar fantasmagórico e impenetrable en su engañosa quietud. Y sabéis una cosa: eso es exactamente lo que uno se encuentra:

Escocia no defrauda, sino que asombra, embelesa. Un país que mira a la naturaleza porque, literalmente, la naturaleza se lo come. Por tierra, mar y aire. Sé que suena exagerado, pero es lo que vieron mis ojos, sintió mi piel y respiró mi nariz. Por eso esta vez unas cuantas fotos valen tanto como las palabras, así que, por favor, no dejéis de visitar la siguiente entrega (estoy monográfico, lo siento) de imágenes de nuestro viaje a Escocia. En ellas encontraréis jardines dignos de un pueblo donde la horticultura y la jardinería son religión; entornos de castillos en los que te asombra que no se asomen personajes de Charlotte BrontëJane Austen; aguas quietas como muertas y lagos con más oleaje que un mar abierto; cielos infinitos de una gama cromática mágica; campos donde la mies se pierde en un azul marino lejano; solitarios patos recortados en la superficie argentea del agua al atardecer; y detalles, al fin, de una arquitectura que aún no os muestro porque espero hacerlo en una tercera entrega de un monográfico sobre una tierra que ya llevo en el corazón y que me acompañará hasta el fin de mis días.

En fin, os dejo, pues, con todas esas fotos que, si seguís este enlace, podéis ver en mejor tamaño.

Hasta la siguiente.

Belchite y los susurros

(Enlace a esta foto en flickr)

Es fácil sonar afectado, extralimitarse en los epítetos, pecar de intenso al hablar de algo tan espectral y tan real como las ruinas de Belchite Viejo. Sabiendo, además, que realmente es irreal, pues el destino de las poblaciones arrasadas a lo largo de la historia ha sido siempre o bien la destrucción o bien el olvido que sucede tras la reconstrucción. El esfuerzo de edificar ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, un pueblo próspero y ciertamente poblado es una buena metáfora de lo absurdo de la vanidad humana, cuando es el propio humano capaz de destruirlo en un abrir y cerrar de ojos con máquinas de su propia invención. Es un caso extraño, casi único (sólo sé de la existencia de un pueblo similar en Francia, Oradour-sur-Glane, o algunas ruinas aisladas en Japón o Alemania), pero no debemos olvidar tampoco el motivo por el que semejante oda al horror de la guerra permanece casi inalterable desde 1937.

(Enlace a esta foto en flickr)

Franco no quiso dejar constancia del horror de la guerra en sí, sino del horror producido por el bando perdedor, pues por perdedor no podía hacer nada para que se olvidara un episodio especialmente aciago de su participación en la contienda. El empeño, el empecinamiento del ejército de la Segunda República en tomar esa bolsa de resistencia que se había formado en los alrededores e interior (sobre todo el interior) de Belchite ocasionó la imposibilidad de tomar Zaragoza, verdadero objetivo de esa ofensiva. El generalísimo se cebó en la reconquista de la zona, y quiso que las generaciones venideras vieran cómo había quedado la población por el acoso de las hordas rojas (cuando el verdadero motivo de conservarlo era sacar pecho por haber sido capaz, a la postre, de romper el posterior cerco rojo, en una ofensiva que partió en dos la España republicana). Belchite se convirtió en un símbolo de la resistencia "nacional", y como tal fue convenientemente utilizado como parte de la propaganda del recién nacido nuevo régimen. Belchite, pues, pasó a ser no sólo "leal" y "noble" (según Alfonso I), sino "heroica" (según Franco), y como tal ha quedado para la historia en su blasón.

(Enlace a esta foto en flickr)

Pero, de cualquier modo, eso ya no importa. O al menos no debería importar. Belchite es ejemplo de muchas cosas, y no sólo de sitio de especial incidencia en psicofonías por los charlatanes de turno o especialmente apto para el rodaje de películas más o menos bélicas. Belchite es sinónimo de sufrimiento. Pasear por su trazado, conservado casi completo, a la sombra de los lienzos de los pocos edificios que quedan en pie y de montañas de escombros, produce escalofríos. Al margen de en qué bando militara su población, los combates y el dolor aún puede sentirse en sus muros repletos de metralla. No sé si las fotos, estas mías y todas las que existen del sitio, son capaces de transmitir la desolación. Al menos tuve suerte de estar allí en un día completamente despejado, sin nubes que estorbaran y con una preciosa luz de atardecer que da a las fotos una profundidad especial. En cualquier caso, eso es lo que vi, y eso es lo que os enseño.

(Enlace a esta foto en flickr)

En aquella desolación me entretuve sobre todo en fijarme en los detalles que aún quedan del pasado de la ciudad. Entre todas esas cosas cotidianas (los restos de suelos y techos, los marcos de las puertas, los balcones inquietantemente suspendidos en el vacío, los restos de decoración de los edificios religiosos) llamaba especialmente la atención el color azul de muchas de sus paredes; era evidente que era el preferido de sus moradores, y verlo resplandecer entre tanta desolación producía un efecto extraño que espero que se refleje en las pocas fotografías que he dejado en color.

(Enlace a esta foto en flickr)

Era doloroso imaginar a sus gentes caminar entre las calles, camino de la plaza o la iglesia. Las historias que sus esquinas han vivido, las familias que han visto crecer sus hijos entre esas calles ahora repletas de polvo. Las risas, los saludos, las confidencias de los amantes. Belchite poseía una historia que se remonta muy atrás, y es además una historia cruenta por su propia cercanía a la capital aragonesa. Eternas luchas medievales entre árabes y cristianos, con conquistas y reconquistas; escenario también de una cruenta contienda durante la Guerra de Independencia en 1809; y ni qué decir de la Guerra Civil, donde fue literalmente arrasada, teniendo además que soportar ver sus iglesias convertidas en improvisadas cárceles, o como en sus inmediaciones se construyera un campo de concentración para prisioneros republicanos, encargados de edificar el nuevo pueblo en las cercanías.

(Enlace a esta foto en flickr)

Una historia triste al fin, y una historia que jamás podrá olvidarse, debido precisamente a la presencia de esas ruinas. No me quiero imaginar lo que debe de ser crecer con esto, sabiendo que tu campo de juegos fue escenario de tamaño sufrimiento.  Así es lógico sentir un escalofrío recorrer la espalda ante la famosa pintada en la puerta de la iglesia de San Martín: "Pueblo viejo de Belchite / ya no te rondan zagales / ya no se oirán las jotas / que cantaban nuestros padres".

Podéis ver todas las fotos a tamaño más grande en mi página de Flickr.

Summercase vs. FIbercoisa: jornada primera

Lo de los festivales veraniegos se está convirtiendo en una costumbre no siempre sana. Divagamos entre las emociones incontenidas propias del mundo viejuno (y que los joveznos no siempre entienden, claro) y la sensación de acordarnos con demasiada frecuencia de los sabios versos de “The compaign for real rock” que cantara Edwyn Collins:

Yes yes yes it's the summer festival
The truly detestable
Summer festival

Bien, pues las palabras de este primer post festivalero se refieren más bien a la segunda opción. La jornada vivida en Boadilla del Monte este viernes fue casi casi de suicidio colectivo, y no siempre por las opciones musicales. Además, creo que es la primera vez que prácticamente no pisé el puñetero pedregal del escenario grande, pues la oferta “de primera” me interesaba más bien poco. A The Breeders ya las vi en su momento en una sala pequeña de Madrid y las disfruté como dudo que pudiera disfrutarlas en ese “marco incomparable”. A los Kaiser Chiefs los encuadro dentro de la etiqueta de sempiterna “gran promesa del rock británico” que me suenan a lo mismo de hace veinte años. Y, en fin, de los Kings of Leon no tenía sino vagas referencias, lo cual no era demasiado como para integrarme en la masa que estaba viéndolos. Pero de eso hablaré un pelín más tarde. Antes hablaremos del verdadero protagonista, un año más: el puto pedregal.

Sí, el puto pedregal, a pesar de una supuesta compactación que iba a dejar el suelo niquelao. Pero no, esas piedras se iban clavando en las plantas de los pies más y más según se iba terminando la jornada. A los de Sinnamon les importó un año más bien poco tratarnos como borregos, obligándonos este año además a tener que utilizar un vaso para beber que desde luego era "ecológico" (ese epíteto para un vaso de plástico duro da mucha grima utilizarlo, la verdad), pero tenía dos problemas intrínsecos: su opacidad, que impedía saber la consistencia y la textura de la cerveza "tirada" (en el peor sentido de la palabra) en él y que en muchas ocasiones sólo llegaba a la mitad sin espuma del vaso, a pesar de los tres euros que costaba cada vez que lo llenabas; y la imposibilidad de poder limpiarlo, pues el agua, a no ser que fuera embotellada (y caldosa al final de la noche, a pesar de los 2,5 euros que costaba), brillaba por su absoluta ausencia. Así que, al final de la jornada notabas que en las paredes del susodicho recipiente la cosa estaba francamente mal, pero como buen borrego abrevabas lo que te echaran, sin rechistar.

Muchos diréis que por qué coño iba entonces a un festival como éste. Pues bien, debo decir que este año tuvo más que ver el hecho de que mis amigos me convencieran. Y no es que vaya a decir, por supuesto, que la culpa pudiese ser suya, ni mucho menos. No me arrepiento porque siempre sacas algo de tu asistencia a este tipo de eventos, aunque dado lo que vivimos a todos nos asaltó la duda de si merecía la pena volver al año siguiente, ante tales circunstancias. Quizá también porque este año se notó aún más la masificación y aborregamiento que en otros años. Uno ya está curtido en festivales veraniegos, y ni en Benicassim, flor de la masa indie por excelencia, he visto lo que vi el sábado: hordas de energúmenos a los que la música les importaba bien poco, y que sólo acuden por el "buenrrollismo" imperante. Y qué queréis que os diga, uno está mayor para aguantar según qué cosas. Así que, fui, a regañadientes, pero fui, y algo saqué en limpio, como ya veréis, pero saqué también muchas dudas de si merece la pena asistir. Dicho queda. Y dicho queda que algunos vamos a ver cómo está el panorama musical, e incluso a disfrutar con algunos grupos de nuestra cuerda; y lo digo porque parece que somos una excepción, visto lo visto. Hay que joderse.

Nada más entrar nos enfrentamos con Los Campesinos!, típico ejemplo de grupo de la pérfida Albión que forman algo parecido a la Kelly Family pero con rollito indie-rock, muy al estilo Arcade Fire, de los que siempre pienso que repartir la pasta entre tantos no debe ser fácil. La verdad es que no les había prestado mucha atención antes, y bueno, no es que sepa que me van a encantar, pero prometo seguirles la pista.

Y tras ello, vino el primer aluvión de mundo viejuno para nuestros ojos y oídos. Nada menos que The Stranglers, vivitos y coleando. Casi se me caen las lágrimas pensando en poder escuchar por primera vez en mi vida "Golden Brown". Y, bueno, la verdad es que estuvieron correctos y no rozaron para nada el ridículo en ningún momento. Pudo ser, claro, porque, como suele ocurrir en estos casos, los líderes se apoyan en una sólida banda formada por jovencitos deseosos de tocar ante el respetable como si fueran metrónomos. Lo dicho, no demasiada brillantez, pero sí la necesaria contundencia para que un directo suene bastante bien. En fin, el primer brindis para el recuerdo.

Después de zascandilear un buen rato, hicimos tiempo para uno de los platos fuertes de la noche en mi particular periplo: Mogwai. ¿Qué por qué? Básicamente porque nunca los había visto en directo, y tenía bastantes expectativas que, la verdad, se vieron satisfechas: delicadeza mezclada a parte iguales con una crudeza y una intensidad sonora fascinante. Mi amigo J lo definió como "una tormenta" que viene y que va, lo cual me pareció muy acertado. El trasiego perfecto entre la serenidad y la tensión, entre las que mediaban apenas un instante. El público estaba satisfecho, aunque ya a aquellas alturas de la noche me estaba dando la impresión de que navegaba a contracorriente. Y lo confirmé con el gentío que abarrotaba la carpa donde tocaban Facto de la fe y las flores azules, inusitada mezcla de rapeo y música blanda cual manteca a la que los "fanes" aclamaban como toreros en las grandes tardes. Bueno, estaban en su derecho, como la impresionante marea humana que asistió al espectáculo de unos The Sex Pistols resucitados "por la pasta", como les gusta reconocer, a los que verles en esa tesitura era más bien una curiosidad que un ejercicio de nostalgia. Rotten parecía el hermano teñido de Salvatore de El nombre de la rosa, gordo y gesticulante. Me vino a mi memoria el famoso (¿mítico?) concierto del 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester que, según Tony Wilson, abrió una nueva era, pero de aquello a eso que sonaba mediaba tanta distancia que sólo pudimos aguantar unos minutos, encogernos de hombros y pensar que, al fin y al cabo, alguna vez les vimos en directo.


A The Raveonettes se les notaba demasiado el mal rollo que había entre ellos, y me parecieron un grupo definitivamente de segunda demasiado imitadores de Jesus and Mary chain (que ya quisieran ellos) al que una de esas canciones que todos estos grupos quieren tener les ha dado un éxito desmesurado para sus méritos. Por su parte, CSS creo que estaban más fuera de lugar que otra cosa, pero es lo que tiene traspasar las fronteras brasileñas con una música demasiado hedonista para encajarla en un festival de esas características. Ni el estilismo extremo de sus componentes (en especial esa cantante y sus mallas imposibles) ni la pose de la guitarrista dieron para mucho más que alguna que otra risa y la promesa de que si pasan por Madrid habría que ir a verles porque prometen mucho más.

Y a las 00.50 era el turno de Leila. ¿Seguro? "Pues aquí no hay ni Dios", exclamamos cuando, apoyados en las vallas protectoras vimos atónitos como las columnas de sonido comenzaron a emitir una tsunami de watios que nos hizo apartarnos y ver el espectáculo un poco más lejos. La iraní, acompañada de su hermana y de sus vocalistas habituales (entre ellos Luca Santucci), dio un verdadero conciertazo al que apenas acudimos cien personas. Y no es por dármelas de listo, pero es que los que estábamos flipamos con ese torrente electrónico que salía de los dedos de una tipa menuda, a la que apenas conseguimos verle el pelo y que se mostró hostil en todo momento. Eso sí, flipamos con lo que fue capaz de hacer. El mejor momento de la noche, sin duda.

Y después de eso algo de Foals y de Neon Neon que me interesaron prácticamente nada, así como la enésima vez que tengo que reconocer la grandeza de Los Planetas en directo y lo cortito que se queda J siempre, a pesar de la actitud rockera. Eso sí, verme rodeado de fans entonadores de todas sus canciones siempre me desconcierta, y mi ánimo va del reconocimiento por ser uno de los grandes del rock patrio y el asombro de que esto haya podido suceder. Los Planetas son un muy buen grupo, pero no deja de ser increíble que lleguen a un público tan amplio. ¿Son cosas de las sequía de grandes bandas que asola el panorama español? Seguro que tiene mucho que ver: son un oasis dentro de la terrible mediocridad reinante (con el permiso de san Nacho Vegas y alguna que otra honrosa excepción).


Conclusión después de esta única jornada: Sinnamon ha perdido la batalla por cutre frente al FIB. Fue una lástima no haber podido ver a Nick Cave, pero lo que me esperaba el sábado era ineludible, como os contaré en muy breve.

Eso sí, las piedras del puto pedregal se las metería una a una a los responsables por el orto. Una a una.

Hillary y Mallory, y el Everest de fondo

Ha muerto Edmund Percival Hillary, uno de los grandes nombres del alpinismo mundial, encumbrado hasta el paroxismo por haber conseguido, tras fracasar en un intento anterior, coronar en 1953 la cima del Everest, el monte más alto del mundo y por el que se suspiró durante décadas por ser uno de los grandes retos pendientes de la historia de la humanidad. Aquí le vemos junto al sherpa Tenzing Norgay poco después de la gesta.

Hillary era una leyenda en vida en su país natal, Nueva Zelanda, donde nació en 1919. Para muchos, para la mayoría de la población, no deja de ser el primer tipo que puso los pies en la cima del Everest, lo que no es poca cosa, pero son (somos) muchos los que ponen otros rostros y otros nombres al pensar en esos escaladores indómitos, capaces de realizar hazañas cercanas a la simple locura. En definitiva, a mí, que nunca he tenido la suerte de haber podido escalar (una de esas cosas a las que me hubiese gustado dedicar mi vida) me pesa tanto la figura de George Mallory que hace que no tenga demasiados motivos para considerar a Hillary como un héroe tan indiscutible. Evidentemente, como a cualquier alpinista que se atreva a escalar una montaña de semejantes proporciones (aunque todo el mundo sabe que el Everest no es el ocho mil más difícil de ascender, comparada con el K2, “la montaña salvaje”; o el Nanga Parbat), a Hillary se le tiene (le tengo) un gran respeto y admiración, pero, qué queréis que os diga, no es lo mismo.

El romanticismo del Everest no pasa por sus doscientos tres fallecidos (hasta la fecha), ni por supuesto por haberse convertido casi en un parque temático, pues en las últimas cinco décadas se ha intentado alcanzar su cima en (cágate lorito) diez mil ocasiones; incluso ni siquiera pasa por el éxito de las 2.062 personas que, hasta el momento, han ascendido hasta la cumbre, ni por todos los intentos que desde 1865, fecha en el que se le puso nombre, se hicieron para alcanzar la montaña más alta de la Tierra. La leyenda de Mallory y el Everest tiene ese tinte épico y misterioso que atrae con fuerza y que nos os voy a narrar ahora, pues sería demasiado largo y tedioso para aquellos que no les atraiga el tema (y por ser lo más sencillo, dejo esa tarea incluso a la wiki). Sólo voy a mencionar los puntos más candentes que hacen de esta una fascinante historia.

Aún no se ha podido demostrar que Mallory y el también británico Andrew Irvine no hayan sido los primeros hombres en coronar el Everest. Hay muchas incógnitas que parecen inclinar la balanza en uno u otro sentido. La famosísima Kodak Vest Pocket que tendría que haber acompañado la llegada a la cima del Mallory e Irvine no ha aparecido. Pero estamos hablando de buscar algo oculto en el hielo a más de ocho mil metros de altura, en la llamada "zona de la muerte". Además, el código ético de la escalada impide trasladar un cadáver desde la cima (por la sencilla razón de que supondría un riesgo demasiado alto para el rescatador), y además tampoco se tiene certeza de que la cámara y el carrete se encuentren en buen estado.

Terco y carismático, y dotado de una técnica refinada y una gran fuerza, hay quien cree con seguridad que Mallory holló el Everest. Puede que también Irvine, joven y atlético, pudiese incluso ascender a la cima solo, ya que se encontró una de las piernas de Mallory completamente fracturada, pero el cadáver de Irvine no ha aparecido. Así las cosas, el único y romántico vestigio que se tiene del posible éxito de la ascensión fue que Mallory dejó muy claro que lo primero que haría al coronar sería dejar un retrato de su esposa, Ruth Turner, en la nieve, y ese retrato no estaba entre sus ropas. En cualquier caso, ésta es la famosa foto del cadáver de Mallory, así como sus botas. A mí me siguen dando escalofríos cuando las veo.

Hillary, al ser cuestionado sobre la posible gesta de Mallory, tuvo las narices de decir que para considerarse un "buen escalador" es necesario bajar. Las palabras exactas creo que son éstas:

“Si escalas una montaña por primera vez y mueres en el descenso, ¿es realmente el primer ascenso completo a la montaña? Yo personalmente me inclino a pensar que tal vez es igualmente importante el descenso. Y la escalada completa de una montaña supone llegar a la cima y volver abajo sano y salvo”

Veamos: Mallory lo intentó en dos ocasiones anteriores, en 1921 y 1922, así que no era la primera vez que ascendía. Además, decir esto de Mallory, que fue, junto a dos compañeros (Somorvell y Norton), el primer ser humano en ascender a los ocho mil metros, y el que trazara la ruta norte de ascenso al Everest, me parece menospreciar su memoria, y las de aquellos hombres que perdieron su vida en el intento de llegar a ésta y a otras grandes cimas del mundo. Además, hay que pensar que Mallory, que ni siquiera era muy partidario de la escalada con oxígeno, llevaba un equipo de lana provisto con bombonas que pesaban más de quince kilos. En esa altitud, con un tercio de oxígeno en los pulmones y remontando riscos como los cercanos a la cumbre, ni me imagino lo duro qué tendría que ser. No quiero decir que para Hillary todo fuera fácil a finales de la década de los cincuenta, y más comparado con las tecnología actual, pero realizar escaladas en esa época y en esa altura, y tener además las narices de intentar subir a la cima del mundo me parece fastuoso. Mallory estaba allí, subiendo al Everest "porque está ahí", convirtiéndose en leyenda, y cerrando una incógnita que aún no ha sido desvelada.

Cuando Hillary intentó por segunda vez conquistar el Everest, veintinueve años después del malogrado intento de Mallory, el uso del oxígeno estaba ya más que avanzado. Hasta que Reinhold Messner, otra bestia parda del alpinismo, no lograra años más tarde (en 1978, junto a Peter Habeler, aunque luego lo hizo completamente solo y sin ayuda) subir a la cima sin oxígeno, el uso de éste era más que habitual. Esto no debería quitar importancia al hecho de que fuera Hillary el primero que lo consiguiera, pero qué queréis que os diga, cuando pienso en esos locos egregios que son capaces de calzarse las botas para ascender a esas cimas pienso en Mallory, en Messner, hasta en Juanito Oiarzabal (a pesar de su paso por la tele, pues sigue siendo el hombre con el récord de ochomiles, nada menos que veintiuno), pero no pienso en Hillary.

Con todo, la figura de Hillary tiene otros componentes admirables, como su preocupación por la situación de los sherpas, por lo que luchó durante gran parte de su vida. Honremos su memoria, pues así debemos, pero echemos un vistazo a esa cumbre, pensando en qué pasaría por la mente del bueno de George si hubiese visto los honores con los que se ha enterrado a Hillary. Quizá piense que, al fin y al cabo, el tiene mejor lecho desde donde mirar a la eternidad.

Summercase 2007: vibraciones en el puto pedregal. Jornada segunda

El sábado pudimos ir algo más temprano, después de haber dormido en casa (es lo bueno que tiene tener el festival cerca) y descansado convenientemente. Así que pudimos llegar a tiempo de ver a uno de los grupos de la tarde a los que teníamos más ganas, Editors. Antes de hablar de ellos, vaya una foto de día del puto pedregal, para que os hagáis una idea de la tortura a la que estábamos sometidos.

A poco que comenzaron los primeros acordes, parecía que un sobrino de Ian Curtis se hubiera subido al escenario con unos colegas y estuviese dando un repasito musical a los frustrantes Interpol, a los que sufrí en directo tiempo atrás en La Riviera madrileña. Editors sonaban como sonarían en su tiempo mis añorados The Chameleons, con riffs de guitarras que recuerdan mucho a Big Country, y que recuerdan a veces también a los iniciadores de todo esto, Joy Division. El único problema que el buen sonido y las mejores intenciones no siempre bastan para suplir la falta de carisma, y aunque dieron un concierto digno (teniendo en cuenta lo temprano de la hora y el handicap que siempre supone tocar de día), a la cuarta o quinta canción las buenas vibraciones se fueron apagando y dejaron un simple buen sabor de boca. Para comenzar no estaba nada mal, después del fiasco del final del día anterior. Allá van el testimonio gráfico, tomado muy de lejos (lo sé), pero así captáis mejor el ambiente.

De la supuesta nueva sensación británica Lilly Allen, sólo puedo decir que no me interesó nada. Si me hubiese pillado en 1988, cuando la onda jazzy campeaba a sus anchas a lo mejor le hubiese hecho algo más de caso, pero esa mezcla de soul a medio gas, reggae manidito y buenrollismo vespertino no me pareció lo más adecuado para pasar el rato, así que me acerqué, hice alguna fotos y me fui. Y el personaje principal de ellas fue una tipa vestida de novia que, gracias al Ep3 (o no) me he enterado de su nombre (Loren), de su nacionalidad (británica) y de su historia (con lo poco que me interesaba, la verdad), pues era innegable que resultaba curioso ver a una tipa en mitad del pedregal de esa guisa... Bueno, allá va una foto, bolsito incluido, para que la veáis vosotros mismos y comprobéis lo que se puede ser capaz de hacer para llamar la atención.

Lo cierto es que, antes del concierto de laputaama no teníamos gran cosa que hacer, así que nos pasamos un rato para ver al rey de los ingenieros enrollaos, el Sr. Chinarro, para comprobar cómo puede tocarse rock dentro de un bonito Lacoste. Lo siento por los fans, pero no es precisamente un artista muy apreciado por éste que os escribe, básicamente porque no me gustan los perdonavidas encima de un escenario, a no ser que tengan tal calidad que realmente te perdonen la vida desde allá arriba. Y eso que era una de las escasas aportaciones hispanas al festival, pero el caso es que aprovechamos para dar una vuelta por la zona de las tiendas, recoger utilísima (sic) información sobre las drogas y comprar una camiseta graciosa a la par que "elegante" que me trajo a la memoria a cierto grupo efímero y cachondo, llamado Chicks on Speed, que fue el protagonista de nuestro grito de guerra del Primavera Sound barcelonés de 2004: ¡We don't play guitars!

Bueno, requiebros aparte, se iba acercando la hora de verLA y nos fuimos acercando a la carpa para intentar ir cogiendo sitio. En ese momento no sabíamos qué hacer, porque el calor era asfixiante y la carpa estaba comenzando a llenarse de gente. Y de hecho, no me extraña que en Barna tuvieran problemas de espacio, porque la gente prefirió tomar el camino migratorio y volar hacia las carpas y dejar a los Phoenix me imagino que bastantes solo porque la mismísima Polly Jean estaba a punto e aparecer en un escenario eminentemente intimista y que anticipaba el espectáculo que estábamos a punto de contemplar.

Mirad, sé que se me ve el plumero con esta mujer, pero, después de verla tres veces creo que estoy en situación de poder afirmar que, hoy día, nadie sabe mejor que ella llenar un escenario y quedarse con el público en el bolsillo. Pero es que esta vez estaba ella sola, y embutida en un vestido de dudoso empaque (y que una asistente definió como atrezzo perfecto para cantar La verbena de la Paloma). Pero cuando la cosa comenzó, una vez que los jaleos de los incondicionales (¡presentes!) dejaron que la putaama comenzara su actuación, P.J. Harvey comenzó a deleitarnos con un buen puñado de canciones de aquellas que, o bien no suelen aparecer en los conciertos "enchufados" o bien tuvieron un giro peculiar que, por ejemplo, en el caso de "Send his love to me" o "Angelene", fueron especialmente emocionantes. Los problemas de sonido y el gentío excesivo hizo que lamentáramos no poder haber visto el espectáculo en una sala mejor acondicionada, pero estaba claro que el Summer Case 2007 ya tenía un hueco en nuestra memoria y en nuestro corazón, después de habernos deleitado con una artista que, sólo con una guitarra, un piano o un pedal distorsionador fue capaz de mantenernos en vilo durante una hora aullando, por momentos, de placer. Y no estamos hablando precisamente de un concierto acústico, ni de un puñetero umplagged, sino de un intenso concierto que, por momentos, resultó ciertamente atronador. Creo que va a pasar bastante tiempo para que vea algo parecido. Y siento no poder ofreceros una foto mejor. Sólo conseguí una en condiciones, ésta:

Tiraremos, pues, de otras fuentes, en este caso de Informativos Tele5.

Una vez pasada la euforia... ¡qué hacer! A los Flaming Lips ya los he visto en otros festivales, así que preferí ir a ver que hacía una de las bandas que más ganas le tenía, los noruegos The Whitest Boy Alive, banda paralela a Kings of Convenience y liderara por el "feo" del grupo, el simpático y pelín histriónico Erlend Øye, que con su nueva banda nos hizo pasar un buen rato con el buen hacer de los grupos de estos lares y un pop fresquito y bailongo, que hizo las delicias de todos los que estábamos en la carpa pequeña.

Tras esto, no era mal momento para reponer fuerzas y ver mientras como Astrud volvía a dar una buena lección a aquellos que ven en ellos un simple grupo "gamberro" y flojito; lo cierto es que volvieron a dar un buen y contundente espectáculo, pero no difería demasiado del que dieron el año anterior, por lo que sólo les vi un rato, pero suficiente para poder dejaos una nueva foto.

Al poco me dispuse (al final solo, por el típico despiste festivalero con el resto de acompañantes) a ver a otro de los grupos al que tenía bastante ganas, Arcade Fire. Bien, veamos; posiblemente los canadienses tenían demasiado que demostrar, como ya os conté en el post que escribí sobre su segundo disco, y además tienen el problema de que sus canciones, en general, son verdaderos himnos que en directo adquieren aún mayor condición de tales, por lo que no era de extrañar que el "grupo del año" pasado hiciera que el puto pedregal se llenara de gente expectante y que éstos corearan uno a uno todos los temas al grito de "ohh ohh, ohh", lo cual no es precisamente demasiado glamuroso. Pero, en fin, creo que es justo decir que estuvieron muy bien, dieron un concierto más que correcto, cumplieron las expectativas y nos hicieron pasar un buen rato con sus canciones y las evoluciones de un grupo de los clasificados como "piara", por la cantidad de músicos que hay en escena (creo que conté doce); ved sino la foto, un poco lejana pero elocuente de cómo lucía el escenario.

Y vayamos al segundo gran momento de la noche y del festival. Pero grande, grande. Desde aquí puedo ya decir que ¡viva la madre que le parió!, la madre que parió al más grande vampiro musical de los últimos tiempos, el señor James Murphy, líder de la banda más contundente, vibrante, apasionante y divertida en directo de los últimos tiempos, y que dejaron por los suelos a los esperados !!!, los magníficos e increíbles LCD Soundsystem. He dicho.

Ya los disfruté hace unos años en Madrid, pero la noche del sábado dieron un espectáculo magnífico que nos hizo botar, saltar, gritar y quitarnos unos cuantos años de encima. Y todo ello a pesar del antiglamour de un grupo que no necesita grandes puestas en escena ni parafernalia, sino un puñado de impresionantes músicos, una teclista nipona más que solvente y la cabeza espléndidamente amueblada de un Murphy en estado de gracia que sabe meter en la coctelera lo mejor de todos los grupos que llevamos escuchando durante décadas y presentarlos ante el espectador con un apetitoso y nutritivo aspecto. En concreto, hubo un momento en el transcurso de "All my friends" que sonaron como a New Order siempre le hubiese gustado sonar, y a algunos se nos dibujó una enorme sonrisa de agradecimiento en nuestras caras. No me extraña que tipos como Mark Smith, líder de los añejos The Fall, le tilden directamente de gilipollas, porque debe joder, y mucho, que un tipo como éste, al que se la pela el aspecto externo y el formato de su música saque, en los tiempos que corren, lo mejorcito de cada casa y con un directo estremecedor. En fin, junto con laputaama, los vencedores, sin paliativos y por goleada, del festival. Palabrita de Niño Jesús. Y si no, os recomiendo que volváis a escuchar esa joyita que es su último disco, The sound of silver. Me lo agradeceréis.

Y ahora, sique sique, qué más. Estábamos con la misma sensación que tuvimos cuando salimos del tan recordado concierto (quizá el mejor de mi vida, y eso es mucho decir) de Kraftwerk de hace unos años. Pues sólo pudimos gastar nuestro último ticquet de bebida, comprobar cómo estaba el percal a esas horas ya de la madrugada, echar un vistazo al concierto de Scissor Sisters que a ratos parecían una versión cutre de Fleetwood Mac y a ratos eran hasta divertidos, agradecer que J no había bebido y me iba a llevar a casa y desandar el camino con el bueno de Murphy sonando en el equipo camino del hogar con una sonrisa en los labios y la sensación de que, a pesar de los pesares, a pesar de que pesan más los años que los kilos y de la marabunta agotadora, el Summer Case 2007 había terminado muy bien. Había terminado de puta madre.

En fin, como reza esta sección, recuerdo la máxima Morriseyana de "remember the songs that save your life" y os recuerdo que la música es lo único que, en muchas ocasiones, nos salva.

Bueno, y unas buenas vacaciones, y las duchas estentóreas, y tu piel. Pero eso es otra historia. Y la del festival termina aquí.

Espero que la hayáis disfrutado.

Summercase 2007: vibraciones en el puto pedregal. Jornada primera

Un año más. Pero parece que éste va a ser el último en el que el verdadero, el principal protagonista vaya a ser éste:

¡El puto pedregal!

Todo parece indicar que los vecinos (y no me extraña) han conseguido que se lo lleven a otro lado (dicen que a la Ciudad Financiera del Santander, ya veremos cómo). En cualquier caso, el Summer Case 2007 ya es historia, tanto en Barna como en Madrid. Y parece que en Barna el principal problema ha sido el tamaño de las carpas, pero aquí a pesar de lo que ha mejorado la organización (zonas para comer sentados, como Dios manda; una zona incluso con aire acondicionado; grifos con agua, escasos pero eficientes; y en general rapidez, tanto a la hora de acceder al recinto y acreditarse -en tiempo récord- como en la de servirte la comida y la bebida, a pesar de su escasa calidad), el problema ha sido una vez más el puñetero pedregal. Para los que no habéis estado allí, imaginaos lo que supone estar permanentemente andando sobre chinas del tamaño de una pelota de golf, y lo que significa eso de indignidad a la hora de caminar. En fin, había que estar allí para verlo. Cuando sales del recinto vuelves a recuperar tu andar normal, y es como si dejaras atrás una tortura.

Bueno, vayamos al grano (o a la china, mejor dicho en este caso). En el aspecto musical, para mí este Summer Case ha significado un continuo viaje a las carpas "menores", puesto que, salvo contadas y honrosas excepciones, no me han interesado nada los artistas que en las grandes había. Y a juzgar por lo que he visto, la mayoría de la gente con inquietudes musicales no se han prodigado mucho por los grandes escenarios, llamados "terminales" O y E (oeste y este, claro), sino que se han (nos hemos) tirado todo el tiempo yendo de norte a sur, en una continua excursión que más parecía una alegórica representación de las migraciones de las aves que de las manadas de mamíferos politoxicómanos que no paraban de cruzar el Serengueti (en este caso la barra de bebida que había entre los dos grandes escenarios) de este a oeste y viceversa. En fin, es la vieja historia de siempre; no critico que la gente vaya a los festivales a correrse una buena juerga, metiéndose todo lo que lleven, pero a los festivales algunos vamos (también) a escuchar música y ver buenas actuaciones en directo. Y es por eso que la "masa" superguay que cruza por tu camino como caballos desbocados no es que no tengan derecho a hacerlo (faltaría más), pero resultan ciertamente molestos cuando pretendes seguir las evoluciones de tu artista favorito en directo. Así es, y así son estos encuentros, y nada lo va a cambiar, y es algo con lo que tienes que contar, pero a veces jode salir de un espectáculo como el que brindó Jarvis Cocker o P.J. Harvey y encontrarte en medio de un macrobotellón ciertamente hostil.

A lo mejor es que simplemente me estoy volviendo viejo.

El viernes comenzamos algo tarde, porque eso de combinar una jornada laboral con una jornada de gymcana festivalera no es siempre fácil. Y, bueno, eso tiene como precio evidente perderse alguna cosa que podría parecer interesante, como James o Badly Drawn Boy, pero a todo no se puede llegar. Así que una vez adquirida la primera bebida en el control de avituallamiento (a tres euritos la cerveza mal tirada), nos metimos de lleno en el concierto, ya comenzado, del bueno de Jarvis Cocker.

Qué decir. Es un puñetero animal de escenario. Con una banda solidísima y un repertorio más que adecuado, sus contoneos, incitaciones al baile y buen hacer nos divirtieron a la par que nos satisfacieron en el más estricto aspecto musical. El sonido ha mejorado bastante con respecto al año anterior, y en la carpa el sonido era razonablemente bueno. Así que, sin incluso echar de menos a los añorados Pulp, entonamos, felices, ese estribillo que dice que los gilipollas siguen gobernando el mundo. Aquí os dejo un par de fotos ilustrativas.


Ignoro cuál es la razón por la que Dj Shadow tocó tan pronto. Sus espectaculares evoluciones con los platos en escena quedaban un poco frías y desangeladas en una hora tan temprana, pero lo cierto es que estuvo francamente bien, al menos el rato que estuvimos viéndole y que nos permitió el bueno de Jarvis. Van las fotos de rigor, para que comprobéis cómo se le veía desde una distancia prudencial.

Y desde algo más cerca.

La cita con los viejos tiempos tuvo su primera ración a las 23.15. Puntuales, los viejos esquivos y cascarrabias hermanos escoces aparecieron sobre el escenario para disponerse a dar cuerpo a un nuevo concierto en nuestra vida de los Jesus & Mary Chain. Como nunca sabes cómo se van a comportar, con los hermanitos Reid en escena puedes esperarte cualquier cosa, como aquel espectáculo desganado y distante que pudo verse en el épico FIB del 98. Pero esta vez, a pesar de vérseles algo mayorcitos, dieron un correctísimo concierto en el que, como bien dice JJ, pusieron en marcha la vieja máquina del raca-raca noise atronador y se pasaron por la piedra al respetable, que disfrutó de lo lindo e incluso se atrevió a entonar, cual himno eucarístico, el favodelaCoppola, "Just like honey". Estaban un pelín lejos, pero esta era la pinta que traían...

con los inevitables estragos del tiempo en sus caritas.

De la supuesta nueva sensación trendy, The Gossip, que estaba creando tanta tendencia pasamos bastante, la verdad. Y de los gabachos Air, que parecían la reencarnación de Supertramp pero pasados de tripis, pues tampoco hicimos demasiado caso, la verdad. Para ver devaneos amanerados y posturitas pseudo-oníricas ya tenemos bastante con los Mercury Rev, la verdad, y unos tipos que se creen a medio camino de éstos y los Bee Gees, y que tienen al vocoder como mejor animal de compañía, pues eso, que se vayan a engañar a sus familiares. Pero bueno, una foto algo lejana sí que os dejo.

Y qué decir del patético espectáculo dado por uno de los grupos con peor directo de la historia de la música electrónica, OMD. Que sí, coño, que a todos nos caen simpáticos, y que quién no ha tarareado y requeteescuchado el himno generacional "Enola Gay", pero coño, cuando ves que en directo Andy McCluskey sigue moviéndose en escena como Franco Battiato y cantando tan mal, una vez que se acaban los himnos generacionales, abandonas el recinto y te vas a reponer fuerzas, que es lo que tocaba en ese momento. Pero bueno, también estuvimos allí, y esta es la prueba.

Y llegó la gran decepción de la noche. Eran tal las ganas que teníamos de ver a !!! que no fueron buenas consejeras. La carpa estaba terriblemente llena y hacía un tremendo calor, pero allí estábamos ante la que pensábamos que iba a ser una de las grandes revelaciones del festival, y acabó ser una de las mayores decepciones musicales que recuerdo. A pesar de lo bien que suena su último disco, y de que tiene tres temas seguidos insuperables, en directo sonaron monótonos, apelmazados, gratuitamente estruendosos y, lo peor, liderados por un personaje deleznable: un tipo vestido con unos pantalones cortos de deporte con un bulto extraño en uno de sus bolsillos (que sospechamos que era la cartera, lo más cutre que puede llevar encima un artista a un escenario) y haciendo ridículos bailecitos acompañado de una que más parecía ser una cajera de supermercado (con todos mis respetos) que gran cantante de rock. Tras ejecutar las cuatro primeras canciones del disco exactamente en el mismo orden, y estar hartitos de tanto lujo de detalles (J lo calíficó genialmente de horror vacui musical), dimos por concluido el concierto, con gran frustración. Allá va una foto ilustrativa.

Y otra más.

Y una tercera para que veáis qué aspecto tenía la carpa.

Decepcionados, pues, y bastante cansados, dimos un testimonial paseo por el escenario donde Santiago Segura y su hermano, esto es, los festivaleros por antonomasia The Chemical Brothers, daban su enésimo (y exacto) concierto en el que, a buen seguro, y como dictan los cánones y las críticas de los sesudos críticos, brilló con luz propia su enésima interpretación de "Hey boy, hey girl". Acoqui.

En fin, la primera jornada empezó bien y acabó bastante mal. No tengo la menor idea de cómo estuvieron los Kaiser Chiefs, pero, como diría el Cagable, francamente, me importa un bledo.

Nos fuimos, confiando en que la segunda jornada fuese tan intensa y especial como esperábamos. Y, aviso a navegantes, así lo fue. Así que no os perdáis el siguiente capítulo.