Summercase vs. FIbercoisa: jornada primera
Lo de los festivales veraniegos se está convirtiendo en una costumbre no siempre sana. Divagamos entre las emociones incontenidas propias del mundo viejuno (y que los joveznos no siempre entienden, claro) y la sensación de acordarnos con demasiada frecuencia de los sabios versos de “The compaign for real rock” que cantara Edwyn Collins:
Yes yes yes it's the summer festival
The truly detestable
Summer festival
Bien, pues las palabras de este primer post festivalero se refieren más bien a la segunda opción. La jornada vivida en Boadilla del Monte este viernes fue casi casi de suicidio colectivo, y no siempre por las opciones musicales. Además, creo que es la primera vez que prácticamente no pisé el puñetero pedregal del escenario grande, pues la oferta “de primera” me interesaba más bien poco. A The Breeders ya las vi en su momento en una sala pequeña de Madrid y las disfruté como dudo que pudiera disfrutarlas en ese “marco incomparable”. A los Kaiser Chiefs los encuadro dentro de la etiqueta de sempiterna “gran promesa del rock británico” que me suenan a lo mismo de hace veinte años. Y, en fin, de los Kings of Leon no tenía sino vagas referencias, lo cual no era demasiado como para integrarme en la masa que estaba viéndolos. Pero de eso hablaré un pelín más tarde. Antes hablaremos del verdadero protagonista, un año más: el puto pedregal.
Sí, el puto pedregal, a pesar de una supuesta compactación que iba a dejar el suelo niquelao. Pero no, esas piedras se iban clavando en las plantas de los pies más y más según se iba terminando la jornada. A los de Sinnamon les importó un año más bien poco tratarnos como borregos, obligándonos este año además a tener que utilizar un vaso para beber que desde luego era "ecológico" (ese epíteto para un vaso de plástico duro da mucha grima utilizarlo, la verdad), pero tenía dos problemas intrínsecos: su opacidad, que impedía saber la consistencia y la textura de la cerveza "tirada" (en el peor sentido de la palabra) en él y que en muchas ocasiones sólo llegaba a la mitad sin espuma del vaso, a pesar de los tres euros que costaba cada vez que lo llenabas; y la imposibilidad de poder limpiarlo, pues el agua, a no ser que fuera embotellada (y caldosa al final de la noche, a pesar de los 2,5 euros que costaba), brillaba por su absoluta ausencia. Así que, al final de la jornada notabas que en las paredes del susodicho recipiente la cosa estaba francamente mal, pero como buen borrego abrevabas lo que te echaran, sin rechistar.
Muchos diréis que por qué coño iba entonces a un festival como éste. Pues bien, debo decir que este año tuvo más que ver el hecho de que mis amigos me convencieran. Y no es que vaya a decir, por supuesto, que la culpa pudiese ser suya, ni mucho menos. No me arrepiento porque siempre sacas algo de tu asistencia a este tipo de eventos, aunque dado lo que vivimos a todos nos asaltó la duda de si merecía la pena volver al año siguiente, ante tales circunstancias. Quizá también porque este año se notó aún más la masificación y aborregamiento que en otros años. Uno ya está curtido en festivales veraniegos, y ni en Benicassim, flor de la masa indie por excelencia, he visto lo que vi el sábado: hordas de energúmenos a los que la música les importaba bien poco, y que sólo acuden por el "buenrrollismo" imperante. Y qué queréis que os diga, uno está mayor para aguantar según qué cosas. Así que, fui, a regañadientes, pero fui, y algo saqué en limpio, como ya veréis, pero saqué también muchas dudas de si merece la pena asistir. Dicho queda. Y dicho queda que algunos vamos a ver cómo está el panorama musical, e incluso a disfrutar con algunos grupos de nuestra cuerda; y lo digo porque parece que somos una excepción, visto lo visto. Hay que joderse.
Nada más entrar nos enfrentamos con Los Campesinos!, típico ejemplo de grupo de la pérfida Albión que forman algo parecido a la Kelly Family pero con rollito indie-rock, muy al estilo Arcade Fire, de los que siempre pienso que repartir la pasta entre tantos no debe ser fácil. La verdad es que no les había prestado mucha atención antes, y bueno, no es que sepa que me van a encantar, pero prometo seguirles la pista.
Y tras ello, vino el primer aluvión de mundo viejuno para nuestros ojos y oídos. Nada menos que The Stranglers, vivitos y coleando. Casi se me caen las lágrimas pensando en poder escuchar por primera vez en mi vida "Golden Brown". Y, bueno, la verdad es que estuvieron correctos y no rozaron para nada el ridículo en ningún momento. Pudo ser, claro, porque, como suele ocurrir en estos casos, los líderes se apoyan en una sólida banda formada por jovencitos deseosos de tocar ante el respetable como si fueran metrónomos. Lo dicho, no demasiada brillantez, pero sí la necesaria contundencia para que un directo suene bastante bien. En fin, el primer brindis para el recuerdo.
Después de zascandilear un buen rato, hicimos tiempo para uno de los platos fuertes de la noche en mi particular periplo: Mogwai. ¿Qué por qué? Básicamente porque nunca los había visto en directo, y tenía bastantes expectativas que, la verdad, se vieron satisfechas: delicadeza mezclada a parte iguales con una crudeza y una intensidad sonora fascinante. Mi amigo J lo definió como "una tormenta" que viene y que va, lo cual me pareció muy acertado. El trasiego perfecto entre la serenidad y la tensión, entre las que mediaban apenas un instante. El público estaba satisfecho, aunque ya a aquellas alturas de la noche me estaba dando la impresión de que navegaba a contracorriente. Y lo confirmé con el gentío que abarrotaba la carpa donde tocaban Facto de la fe y las flores azules, inusitada mezcla de rapeo y música blanda cual manteca a la que los "fanes" aclamaban como toreros en las grandes tardes. Bueno, estaban en su derecho, como la impresionante marea humana que asistió al espectáculo de unos The Sex Pistols resucitados "por la pasta", como les gusta reconocer, a los que verles en esa tesitura era más bien una curiosidad que un ejercicio de nostalgia. Rotten parecía el hermano teñido de Salvatore de El nombre de la rosa, gordo y gesticulante. Me vino a mi memoria el famoso (¿mítico?) concierto del 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester que, según Tony Wilson, abrió una nueva era, pero de aquello a eso que sonaba mediaba tanta distancia que sólo pudimos aguantar unos minutos, encogernos de hombros y pensar que, al fin y al cabo, alguna vez les vimos en directo.

A The Raveonettes se les notaba demasiado el mal rollo que había entre ellos, y me parecieron un grupo definitivamente de segunda demasiado imitadores de Jesus and Mary chain (que ya quisieran ellos) al que una de esas canciones que todos estos grupos quieren tener les ha dado un éxito desmesurado para sus méritos. Por su parte, CSS creo que estaban más fuera de lugar que otra cosa, pero es lo que tiene traspasar las fronteras brasileñas con una música demasiado hedonista para encajarla en un festival de esas características. Ni el estilismo extremo de sus componentes (en especial esa cantante y sus mallas imposibles) ni la pose de la guitarrista dieron para mucho más que alguna que otra risa y la promesa de que si pasan por Madrid habría que ir a verles porque prometen mucho más.
Y a las 00.50 era el turno de Leila. ¿Seguro? "Pues aquí no hay ni Dios", exclamamos cuando, apoyados en las vallas protectoras vimos atónitos como las columnas de sonido comenzaron a emitir una tsunami de watios que nos hizo apartarnos y ver el espectáculo un poco más lejos. La iraní, acompañada de su hermana y de sus vocalistas habituales (entre ellos Luca Santucci), dio un verdadero conciertazo al que apenas acudimos cien personas. Y no es por dármelas de listo, pero es que los que estábamos flipamos con ese torrente electrónico que salía de los dedos de una tipa menuda, a la que apenas conseguimos verle el pelo y que se mostró hostil en todo momento. Eso sí, flipamos con lo que fue capaz de hacer. El mejor momento de la noche, sin duda.
Y después de eso algo de Foals y de Neon Neon que me interesaron prácticamente nada, así como la enésima vez que tengo que reconocer la grandeza de Los Planetas en directo y lo cortito que se queda J siempre, a pesar de la actitud rockera. Eso sí, verme rodeado de fans entonadores de todas sus canciones siempre me desconcierta, y mi ánimo va del reconocimiento por ser uno de los grandes del rock patrio y el asombro de que esto haya podido suceder. Los Planetas son un muy buen grupo, pero no deja de ser increíble que lleguen a un público tan amplio. ¿Son cosas de las sequía de grandes bandas que asola el panorama español? Seguro que tiene mucho que ver: son un oasis dentro de la terrible mediocridad reinante (con el permiso de san Nacho Vegas y alguna que otra honrosa excepción).

Conclusión después de esta única jornada: Sinnamon ha perdido la batalla por cutre frente al FIB. Fue una lástima no haber podido ver a Nick Cave, pero lo que me esperaba el sábado era ineludible, como os contaré en muy breve.
Eso sí, las piedras del puto pedregal se las metería una a una a los responsables por el orto. Una a una.






























Toda vez que la anterior etapa de la carrera de Sylvian se hubiera cerrado esa manera tan brillante, los seguidores de su música aguardábamos con impaciencia cualquier noticia suya. Yo por esos años era un jovencito de veinte años que había entrado de lleno en la Sylvianmanía, e incluso dediqué, no sin esfuerzo, una buena cantidad de pasta en comprarme una joyita que se editó allá por 1989 y que tenía por título Weatherbox, una hermosa caja de cinco compactos con toda la discografía en solitario de Sylvian con los discos (agarraos) ¡serigrafiados! Me costó quince mil pesetas (para los que ya sólo piensan en euros, fueron unos noventa), y tuve que encargarla de importación a una tienda que todavía existe en Chueca y que se llama CD-King (y a la que mis amigos, con sorna, llamábamos “CD-Queen”, por el amaneramiento de su dueño). La conservo como un tesoro, no sólo por lo que contiene musicalmente hablando, sino porque es una maravilla (claro, que lo malo es que es sólo cartón y plástico; la era de los flexidisc y otras zarandajas aún no había llegado).



Después de su aventura con Japan, Sylvian y el resto del grupo, una vez que anunciaron su separación, comenzaron a pensar en otros proyectos. Lo cierto es que, si bien el éxito cosechado por Japan había hecho que hubiese caído en mis manos algún álbum (sobre todo Oil on canvas) del grupo, de los primeros pasos en solitario, tanto de Sylvian como de Mick Karn, hubo de pasar mucho tiempo para que conociera su existencia. De hecho, mi reencuentro con David fue en 1987, pero de eso os hablaré más tarde.
En cuanto a Sylvian, en 1984 sacó su primer elepé en solitario, después de su primera colaboración con Sakamoto. El disco se llamó Brillian Trees, y fue en cierto sentido un deseo de alargar el viejo sonido de los Japan, pero "exorcizando" los viejos fantasmas. En él participaron colaboradores muy especiales, como el propio Sakamoto, Kenny Wheeler o Holger Czukay (con quien algo más tarde sacaría otros discos de música etérea, alejada del resto de producciones de Sylvian), además de la producción de Brian Eno (ex de Roxy Music y uno de los productores más prestigiosos de los ochenta). Lo cierto es que la imagen de un Sylvian, más comedido e introspectivo, asomado a un bosque con un traje de chaqueta cruzado se alejó bastante del glamour artificioso de Japan, e iniciaba una andadura en la que sigue inmerso, y a la que muchos hemos seguido con pasión (aunque, como ya os he comentado, por esta época le había perdido la pista). Y, para que no os creáis que la cosa pasó desapercibida, llegó al número cuatro de las listas de álbumes del Reino Unido.
Pero en 1986 Sylvian dio un paso más adelante, un paso de gigante, me atrevería a decir. Es difícil definir con exactitud el estilo de Sylvian, pero si en algún momento puede decirse que comenzó a definirlo fue en este momento, cuando editó Gone to earth, un ambicioso doble disco en el que incluyó siete grandes canciones en el primer vinilo y otras diez instrumentales en el segundo. Antes de seguir narrándolo, mejor escucháis como empezaba, para abrir boca. He aquí "Taking the veil".
En resumidas cuentas, estamos hablando de David Sylvian, cantante, músico y compositor al que profeso una inabarcable admiración y una inquebrantable adhesión. Un músico por el que fui capaz de viajar, por única vez en mi vida por este motivo, al extranjero (ya os contaré en capítulos siguientes en qué momento) y por el que he sido capaz de gastarme mucho dinero en adquirir sus discos con tal de tenerlos en la mejor versión.
Para haceros una idea de cómo eran Japan, y no sólo en fotos, creo que lo mejor es que os adjunte un par de vídeos del bendito
La primera de las canciones que os adjunto será precisamente la usada en el filme que unió a los tres, Feliz Navidad, Mr. Lawrence, donde Sylvian interpreta una canción compuesta por Sakamoto, que a su vez actuaba en la película junto a Bowie. Todo queda en casa.


