La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Música: remember the songs that saved your life

Ya llegó el verano

La vida corre siempre más de lo que podemos esperar, y a veces soportar. Y como hay etapas de relativa calma, hay asimismo etapas de actividad que se vuelve frenética para aquel que ha elegido hace tiempo encaminar sus pasos más hacia la contemplación que al desenfreno. Sí, sé que exagero, pero literalmente ando en las últimas semanas a la búsqueda del asueto porque no me dejan estar quieto. Mal asunto para un misántropo...

No voy a ahondar más en mi tanatofilia, porque algunos se pensarán que definitivamente estoy perdiendo la cabeza, pero sí puedo reafirmar aquella máxima que hace ya años un buen amigo rubricó: "si te sientes raro, en internet encontrarás muchos que son infinitamente más raros que tú", y así ha sido en este tema. Que sepáis que ahora soy fan (o amigo, o lo que sea) de los grupos de Facebook "Me gusta ir a pasear a los cementerios. Y qué" y "Apoyamos la ruta europea de cementerios". Y tengo un nuevo objetivo en mi vida: Staglieno. Llamadme rebelde, pero no quiero llegar al ídem sin ver cosas como ésta (foto de Ilconte; más cosas fas-ci-nan-tes en este enlace)...

Películas, series, libros, teatro, conciertos. ¿Conciertos? Mis lectores saben, aplicados ellos, que llevo muchos años de experiencia en esto de la música en directo, pero lo que viví ayer es lo más bochornoso que me ha ocurrido nunca. Al margen de que hubiera dos teloneros que hicieron que un grupo que iba a empezar a las 9.30 empezara a las 11.00, lo que perpretaron ayer The Telescopes, la enésima banda que ha vuelto a los escenarios después de muchos años. A poco que repases su carrera encontrarás temas de clásico shoegazing, rememorando bandas como Jesus & Mary Chain o My Bloody Valentine. Bien, hasta ahí la cosa no pasaba de otros casos más que apuntar a la lista de grupos a los que agradeces mucho ver, máxime cuando no pudiste hacerlo en su momento (en la memoria enormes conciertos como los dados por The Wire, o The Chameleons, y no hablemos de Kraftwerk). Pero hay que tener muy poca vergüenza para presentarse en una sala (medio vacía, la verdad; ciertos equipos rojiblancos tuvieron la "culpa") y ocupar el ochenta por ciento de tu set (algo más de cuarenta y cinco minutos) a una única secuencia de acoples más o menos atmosféricos ejecutados con dos de los miembros del grupo escondidos en el suelo del escenario. Tres cuartos de hora de ruido. Y lo dice alguien que ha visto a Mogway, a los citados My Bloody o a Leila. O qué coño, a Esplendor Geométrico, pero lo vivido ayer fue hasta peligroso. En otros tiempos hubieran terminado todos con la cabeza abierta por una botella de cerveza. Fue sonrojante, de una falta de respeto por los fans (yo no lo era, pero me imaginaba lo que sentirían los que lo fueran) apabullante.

No hay mal que por bien no venga: ayer fue el primero de esos conciertos que un buen amigo y yo hemos prometido ver juntos, después de que en todas las reuniones en las que coincidimos no dejamos de hablar de grupos, canciones, estilos y épocas. Magnífico ilustrador, por cierto, como podéis comprobar en los trabajos que hace para la más que recomendable Entradas agotadas, página de actualidad musical. Fue una de esas noches inolvidables, como no hacíamos nada más que repetir, porque una vez que vives algo tan horrible como eso ya todo sólo puede ir a mejor. El principio de una gran amistad, y de una gran amistad musical

Además, ese equipo rojiblanco que acababa de ganar en Europa a un equipo casi homónimo había dejado la ciudad patas arriba, y fue maravilloso volver a casa tocando el claxon de la moto en cada semáforo. Pena por mis queridos bilbaínos, pero fue espléndido vivir esa catarsis en la Gran Vía.

Mientras, este calor temprano que nos ha dejado con cara de idiotas. Y ahora, on repeat, la incombustible Madonna que, como suele ser costumbre, viene aquí a dejar las cosas claras contra patanas del calibre de una tal Gaga y sus advenedizas, y se casca un tema llamado "Gang Bang" (sí, con su doble sentido evidente), nada más y nada menos, que es excelente. No pilléis una pista con él, que la fundís. Acoqui:

Mucho para un verano tan inesperado. Menuda forma de empezar a pasar calor. Creo que se me nota disperso, ¿no es cierto?

Shame y el amor al cine

Ayer mencioné Shame, junto a Drive, dos películas que me sirven de apoyo para mantenerme a flote en el mar de inmundicia que supone la gran pantalla de nuestros tiempos.

Drive me asombró por su factura, pero Shame me conmovió por su hondura. No es fácil encontrar ejemplos de tipos que sepan describir la melancolía, el desarraigo, la misantropía sin caer en los tópicos. Brandon, dependiente del sexo e incapaz de amar, entraña en sí todas las miserias del éxito de nuestro mundo. Y aún así conmueve.

Steve McQueen (que no, no es precisamente una reencarnación) se apoya en un personaje construido con cincel, modelado con mimo. Su fuerza es atroz, gracias no sólo a la composición magnífica de Michael Fasbender, sino a la maestría con la que McQueen le hace desenvolverse en ese mundo opresivo allá donde no tendría que haber opresión. Todo debería ser perfecto, pero... ¿por qué nos asomamos al precipicio?

Semejante alegoría de lo peor de la vida moderna, de los peligros de la cultura del ocio y de la tiranía del éxito está adjetivada por una banda sonora perfilada con escoplo milimétrico. Acordarse de Malick es tan obvio que hasta la hermosa pieza de la banda sonora, "Brandon", parece mucho más que un homenaje a la memorable "Journies to the line" de Zimmer. Ignoro si es incluso un plagio o una simple inspiración. Juzgad vosotros mismos.

En cualquier caso, ¡es tan agradecido acabar una película y dejarte arrastrar por lo que sugiere ese final abierto, esa densa historia! Una recuerda por qué ama el cine por encima de tantas y tantas cosas.

Dominique y la coherencia

En esto de la música hay gustos, tendencias, modas, géneros y olas, todos ellos buenos y malos. Hay artistas serios, desenfadados, divertidos, profundos e incluso aburridos. Y hay artistas coherentes y otros que no lo son. Y luego está Dominique A.

Son ya muchos años desde aquella vez que le viera por primera vez en un FIB (creo que fue en el 98) y me sigue dejando tan pasmado como siempre cuando saca un nuevo disco. Con él casan palabras tan inadecuadas para unirse como tensión, pulsión, ortodoxia, heterodoxia, sensibilidad y fuerza. Y esa maldita y maravillosa forma de entender el modo de cantar, tan directo, tan silabado, tan puro y metódico. Y esa forma de atacar el ruido y el silencio, el trallazo de la guitarra con la sutileza del viento y las cuerdas, y la hermosura de los medios y lentos tiempos, como el trémulo "Loin du soleil" de su último trabajo, Vers les Lueurs (aquí en directo):

Ahora me arrepiento de no haberle abordado en alguna de esas ocasiones en las que le he visto deambular por los festivales, atento a todo lo que se mueve, siempre con su sempiterna camisa negra y ese porte de buen tipo, para decirle que le debo muchos de esos buenos momentos de melancolía contenida en días como éste, cuando el sol huele a esperanza.

No sé si me entendéis...

La canción de la semana

Polidori, experto en meterse en líos, se ha metido en otro más. ¡Cómo no!

Desde hace un par de semanas está activa la página de Facebook "La canción de la semana", a la que podéis acceder en este enlace:

facebook.com/LaCancionDeLaSemana

¿Y qué podéis esperar de ella? ¡Premio para el caballero del fondo! Una canción a la semana, elegida con mucho mimo y mucho amor.

Creo que ni siquiera es necesario tener cuenta en Facebook, pero si la tenéis y dais al botón de "me gusta" mejor que mejor.

Espero que "la canción de la semana" se convierta en una saludable costumbre.

¡Salud!

Tindersticks en contrapicado

Hay, básicamente, tres formas de enfrentarte a tu artista favorito encima de un escenario: como un fan irredento, intentando ser crítico o dejándote arrastrar por el amor que le procesas. Ayer decidí que en los primeros compases del concierto de Tindersticks sabría qué opción elegir, y en el segundo bis supe que no me había equivocado habiendo optado por la tercera.

Pensaréis, y con razón, que me dejo arrastrar por la pasión, pero hay algo más. A los de Nottingham se les ha colgado el sanbenito de grupo de "pop de cámara", que al margen de su significado literal contiene una cierta connotación cultureta que a mí, lejos de molestarme, me parece más que adecuada. Sin llevarnos a engaños, hay grupos a los que vas a ver con ánimo desinhibido, y otros a los que te enfrentas con más respeto porque son más (comillas, comillas) "serios". Si, además, vas a verlos a un teatro, en primera fila, desde un contrapicado, con unas luces amarillas poco favorecedoras y una tela negra como único aderezo, comprenderéis que deba sentir, al menos, predisposición al respeto. ¿O no?

Pero, pero... ¡qué respeto, qué cuidado, qué esmero, que forma de bajar al detalle! Después de veinte años, y siendo conscientes todos de que se les ha dado por muertos varias veces, presentar un nuevo disco y acompañarlo de canciones secundarias, nada de coger single tras single hasta el final, con ese mimo es digno de elogio. Hasta dos veces pararon una canción porque, ora por un acople, ora porque no sonaba el órgano como debía, se vieron obligados a ello. Es fácil el símil, pero todo era muy teatral, de ese teatro íntimo que no necesita pegar gritos ni grandilocuentes puestas en escena, sino buenos actores, buenas historias y mucho cariño a la hora de contarlas.

Con Tindersticks me pasa que me siento como en casa. Hasta los instrumentos me parecen usados, domados, no recién sacados de fábrica (y por las apariencias, me temo que algo de cierto había en ellos). Sé que la anécdota está tan lejos de ellos como si la contara de Motorhead, pero me viene a la memoria la escena de Granujas a todo ritmo en la que Ray Charles, supuesto dueño de una tienda de instrumentos de segunda mano, demuestra la buena salud de la que goza un viejo teclado cascándose una canción "de las suyas" en él. Pues con ellos me pasa algo parecido, pues parece inverosímil que un bajo, una guitarra, unas campanitas, un huevo de esos rellenos, una pandereta o un órgano desvencijado suene tan rematadamente bien.

Son conciertos que se paladean, no se beben a grandes sorbos. Sí, sé que no estoy muy original, pero es el mejor símil que se me ocurre. Un buen amigo dijo de ellos que son "como un pincel", más refiriéndose a su siempre impoluto aspecto; y que su música era demasiada limpia y elegante para él. Y no le falta razón, pero cuando les veo tengo la misma sensación que en las pocas ocasiones en las que ahora me pongo chaqueta: no me la quito porque no hay nada más horrible que una corbata en mangas de camisa. Y no hay nada que pueda ser mayor desperdicio que dejar que las notas de las canciones de estos malditos genios se escapen sin que no las aproveches hasta el último sorbo.

¿Qué decía de dejarme arrastrar por la pasión? Bueno, revisar esta vieja entrada del blog para entenderlo.

Y eso que vimos con preocupación la pinta de Stuart, visiblemente desmejorado (con lo que ha sido), pero es que nos vamos acercando a la cincuentena, y ahora encima son músicos "maduros", signifique eso lo que signifique.

En fin, se podrá discutir si sus discos del principio son o no los mejores, como con casi todos los grupos. Se podrá criticar lo que se quiera, pero este humilde servidor sigue creyendo que nos encontramos ante una de las mejores cosas que ha dado la música moderna de las últimas décadas.

Y poco más voy a decir.

Summer Camp salvando la desmotivación

Estoy blog-desmotivado. Nada nuevo bajo el sol. Estoy realmente mundo-desmotivado, así que tampoco hay que extrañarse demasiado. Sí, la vida, la política, el dinero, el cansancio, el estrés de mi nuevo rol en el trabajo, las miserias cotidianas y el agotamiento de un mundo raro. Lo normal.

Y quería escribir sobre algo más serio, pero este post al final tiene tan sólo un protagonista, un motivo. Ayer, casi a rastras, me dejé llevar a la Joy Eslava y me dejé sorprender, lo que, dadas las circunstancias, era mucho más de lo que cabría esperar. Antecedentes: un grupo al que no conocía, que medio escuché una vez y al que iba con no demasiada esperanza. Iba más a estar con los amigos, esos que la puta vida no te deja ver todo lo que quisieras, y a los que debes poner al día de toda tu vida de las últimas semanas, incluso meses en diez minutos, para dejar luego pasar a esas pequeñas y impagables tontadas que hacen que una amistad perdure a lo largo de los años. Ya sabéis, nuestro particular tributo al dios de las pequeñas cosas, nuestra forma de honrar a eso que se llama verdadera amistad que te hace sentirte tan viejo como afortunado.

Pero un viejo teclado Korg, un batería relamido, un chaval con barba desaliñada y camisa imposible, y una chica entre desapercibida y encantadora subieron al escenario y comenzaron un concierto flojo en sus primeros compases, pero que fue tomando poco a poco calidez según iba avanzando (mucha culpa tenía, como habrán adivinado los más perspicaces, ese viejo teclado Korg, capaz de sacar sonidos que ya querrían para sí los mejores Human League de principios de los ochenta).

Además, oh sorpresa, en un momento de la actuación el dúo dueño del cotarro, Elizabeth SankeyJeremy Warmsley, tomaron guitarra y presencia (y voz) y comenzaron a tocar... ¡a pelo! Bueno, uno lleva en esto muchos años, y la verdad es que es difícil que le sorprendan, pero que un par de jovencitos se atrevan a dejar todos los enchufes encima del escenario y bajen al suelo de una sala como Joy Eslava y paseen, nunca mejor dicho, su música entre el público fue para mí inaudito (venga, alguno habrá visto a no sé quién en no sé dónde hacer lo mismo, pero yo no, en casi treinta años de conciertos) y una más que agradable sorpresa. Sobre todo porque Elizabeth tiene una hermosa y poderosa voz. Y que además sea su hit el que se atrevan a descarnar de esa manera me pareció, nos pareció no sólo sorprendente, sino tremendamente valiente y, por ello, más que valioso. ¡Gran momento!

¡Ah, su nombre! Summer Camp.

Dejo nada menos que tres de sus vídeos para que los disfrutéis. Primero, su single:

Luego su versión acústica, parecida a la que tocaron ayer.

Y por último un vídeo grabado por mí mismo del final, el bis, nada menos que con un cover... ¡de Fleetwood Mac! No tengo nada más que decir. Que los escuchéis.

Así que rompo mi silencio. Pero que sepáis que sigo tan blog-desmotivado como al principio...

Cesárea y el amor otoñal

La conversación vespertina al sol templado del atardecer de diciembre puede devenir en cualquier cosa. Mientras uno hace la fotosíntesis, pensando en la suerte de disfrutar de un día de sol después de tanto encapotamiento, suele la mente dispersarse en disquisiciones peregrinas, a menudo triviales, a veces profundas. Y en eso estábamos cuando comentamos qué se entiende por amor, pues una noticia de hacía poco hablaba de un estudio que afirmaba que el amor no soporta más de dos años, que lo que queda después no es amor, más bien cariño, respeto, apoyo y, en todo caso, agradecimiento. La cosa se fue torciendo hasta límites insospechados, incluso hasta el asombro que nos producen algunas cosas que se ven en internet, páginas en las que anónimos solitarios chatean delante de una cámara semidesnudos, o incluso parejas que follan delante de desconocidos sin siquiera dinero por medio. Y pensamos si eso también es amor. Pero al final volvimos a lo mismo, y a la misma conclusión. Las parejas que llevan años juntos, las que llevan toda la vida, procesan un amor verdadero, no un enamoramiento. Y puede que, efectivamente, la pulsión, el encoñamiento, el beber los vientos, la mariposa en el estómago, el desear más que nada en el mundo hundir tus narices en la piel de la persona amada, puede disminuir con el tiempo. Pero luego queda otra cosa, otra cosa que es más amor y menos frenesí, es saber que tu vida no tiene sentido si la otra parte no está, y que muchas cosas quedan por saber, pero al final siempre se quiere volver a casa, a lo de siempre, a esa parte que sólo conoce una persona más en tu vida y que nadie, nadie puede descifrar.

Y entonces una pareja de ancianos, de esos que aún se valen, pasó delante del foco de la cámara, con esa luz de atardecer de los días claros de preinvierno de este Madrid insolente. Charlando, sin demasiada prisa. Y la cámara, discreta, siempre dispuesta, hizo su trabajo.

Me enternecen mucho las parejas de ancianos. Quizá porque mi padre murió pronto, y no tuvo la suerte de disfrutar de una vejez compartida. Me produce mucha ternura ver a dos ancianos cuidándose el uno al otro, porque el tiempo es efímero y nadie debería estar solo cuando se vislumbra el final del camino.

Quizá porque la vejez me asusta, porque cada día está un poco más cerca. Porque el tiempo se desliza entre nuestros dedos, y al final sólo el amor nos salva.

(Podéis ver la foto en Flickr a un mejor tamaño.)

En otro orden de cosas, es justo recordar a una excelsa fumadora, una gran dama de lo que llamamos música popular, autora de enormes canciones, pero que quizá sea con ésta con la que pudo pasar a la historia de la música gracias a esa tremenda carga de nostalgia que sólo los que pertenecen a la cultura lusa pueden imprimir a sus canciones. Se nos fue Cesárea Évora, que ha acompañado muchas mañanas de domingo en mi vida, y que hoy es ya una finada. Va, pues, su "Sodade" en una magnífica actuación en directo, con sus pies descalzos y esa solemne y bella fealdad. Brindo por ti, querida Cesárea.

Grandes canciones: "I might", de Wilco

No soy muy de Wilco. Bueno, no soy mucho de grupos que suenan como antaño porque para eso tengo los grupos de antaño. Me sorprende escuchar estructuras sonoras propias de los setenta, de los ochenta en grupos modernos; que si ese bajo suena a..., que si esa batería parece sacada de un disco de Bowie, y no digamos nada de la voz. Ni siquiera me vale eso de "soy un grupo de ahora, pero quiero usar la tecnología de antes para ver de lo que soy capaz", aunque a veces reconozca logros espléndidos (llamémosles, por ejemplo, The Editors). Sin embargo, a veces, sólo a veces, se da esa conjunción astral que propicia que, de repente, a la primera escucha, una canción entre en el "top ten" de tu cabeza, y se convierta en uno de esos temas escuchados hasta la saciedad, taladrado en tu cerebro como si fuera un maldito martillo pilón.

Y, así, fue como me topé con esto...

Ese ritmo, esa batería añeja, ese bajo de otros tiempos como si tuviera flojas las cuerdas, ese órgano como de válvulas, esa voz bowieana contoneando las estrofas, el estribillo, el detalle del xilófono, ese pequeño parón en mitad de la frase que tanto me gusta, ese canturreo acompañante, esos parapapeos finales, esa tensión permanente y, ante todo, esa compleja sencillez han hecho de esta canción, ya, un clásico en vida, en mi vida, una esplendorosa manera de despedir este otoño destemplado.

Así que ahora, cuando me pregunten si me gusta Wilco, en vez de torcer el gesto, tendré que decir que sí, con la cabeza gacha y haciendo círculos en el suelo con la punta del zapato.

Sí, al menos una canción, una de ESAS canciones perfectas, brillantes como soles de otoño. No sé si me entendéis...