La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Música: remember the songs that saved your life

Kmfdm en la Heineken (pero yo tenía que estar en Barna)

Yo ni siquiera tenía que estar ahí. Tenía que estar en Barna, en el Primavera Sound, pero los hados no han sido benévolos, e incluso me encontré a un viejo conocido (el tipo más entrañable que pueda encontrarte en un festival, cerca de dos metros de generosa carne entrañable) en uno de los bares de siempre de Malasaña que me dijo que él tampoco tenía que estar ahí, que tendría que estar en Barna, pero estaba en paro, y en fin, que qué se iba a hacer. Pero eso fue el sábado, y el viernes aún era más patente que yo no debía estar ahí, pero ya era tarde, y habíamos ido, como casi siempre, al cine la tarde del viernes, y no sé siquiera por qué, porque no había otra cosa supongo, nos metimos a ver la previsible causa de mal humor de Ángeles y Demonios, un lugar común tras otro, exasperante uso continuo de obviedades y temas manidos. Y dejamos la moto, y subimos a casa, y aún flotaban en el interior de mi cabeza las angustias arrastradas de toda la semana, de todo el mes, y el cansancio propio de los viernes, y el cabreo por la mala película, y los líos del trabajo. Y de repente un mensaje. Y otro. Vente tío, a ver a los makarrakes guitarreros, vente tío, vente con los amigotes, que tengo ganas de verte. Y una llamada, y joder, tío, veinticinco napos, esa es mucha pasta. Y yo tenía que estar en Barna, pero eso es lo que tiene vivir en el centro, y tener amigos de los buenos, y guardar ese viejo corazoncito post punk en el fondo del costado, y por qué coño no, ya está bien de poner pegas. Y yo tenía que estar en Barna, pero acabé delante del escenario de la Heineken, tan cansado que se me iban las piernas, con un mini en la mano y cerveza en el buche, mucha cerveza, y saltando incluso con “Megalomaniac”, y riéndome como loco por los botes al mejor estilo de aquellos pogos de antaño, que le tuve que explicar a un chaval que se estrellaba una y otra vez contra nosotros que estábamos mayores para esos menesteres, y que viva el punk, joder, o el post punk, o el raca-raca electrónico-guitarrero, y qué graciosa la cantante, y mira ése, coño, parece que Kiko Veneno ha venido a ver a Kmfdm, y cómo nos reímos. Y allí estaba yo, saltando, aunque tenía que estar en Barna, pero hasta estuve riéndome por lo enrollados que fueron todos los del grupo, que parecía que estábamos en familia, que hasta el cantante, qué bueno, cogía la cámara y nos hacía fotos a todos nosotros con Lucy, y Wilie ya estaba con que si le había tocado salva sea la parte (el bueno de Willie, siempre igual), y así fue hasta que el gorila del sitio nos echó, y luego fuimos al Rádar, como en los viejos tiempos, y reímos, bebimos cerveza y hablamos de música, de Muchachada, de Little Britain, de las series de siempre, de motos, qué se yo. Y bebimos cerveza, y al salir iba dando tumbos por la calle, y me costó subir una eternidad los cuatro pisos, y es la última que me bebo dos litros de cerveza sin cenar, así de improviso...

Sólo sabía que yo tenía que estar en Barna, pero sé que ese concierto inesperado lo recordaré toda mi vida.

In memoriam: Antonio Vega

Este 21 de mayo se cumplirán veintiséis años de la muerte de Eduardo Benavente, pero hoy apenas podemos encajar una muerte muchas veces anunciada, pero que nunca nos quisimos creer. Hoy ha muerto Antonio Vega, que supo aferrarse a la vida aunque sólo mantuviese un hilillo de ésta.

Otro más que se nos va de aquellos años. Muchas son las voces que le han recordado hoy. Yo prefiero recordarle en esta foto de los buenos tiempos, y en este vídeo de una de esas canciones de verdad.

Descansa (ahora sí, querido Antonio) en paz.

Ian Curtis, al fin

¿Cómo explicarlo?

Andando el tiempo me he convertido en un tipo completamente alejado de la mitomanía en cualquiera de sus vertientes, variantes y posibilidades. Los señores Alejandro el Magno, Dante, Nietzche, Friedrich, John Ford o Man Ray, y las señoras Nefertiti, Mari de Francia, Anguissola, sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Arco o Lempicka, por citar muy pocos casos y de muy distintas épocas, y con perdón de las almas impresionables, cagaban y meaban exactamente igual que yo (bueno, dependiendo de la capacidad y el buen hacer de su aparato excretor, se entiende), así que no puedo adorarles por el mero hecho de haber sido personajes influyentes, almas sensibles o seres decisivos en el devenir de la Humanidad, pues todos ellos, precisamente, comparten conmigo lo esencial: fueron humanos, y habitaron, exactamente igual que yo, la misma tierra que me ha visto nacer y que me verá morir (para mi desgracia, pobre carne mortal).

Bien, dicho esto debe inferirse que no tengo “ídolos” a los que alabar, fuera de personajes que, de una forma o de otra, admiro por sus obras, sin tener ni idea de cómo serán en la vida real (toda vez que en la mayoría de los casos los prohombres –y “promujeres”- que he conocido me han solido decepcionar). En todo caso, puedo admirar las virtudes de algunos especímenes que por su sabiduría, capacidad artística o simple bondad merecen ser admiraros, pero en cualquier caso no los quiero considerar mitos, sino más bien un simple (que no es poco) ejemplo a seguir.

En definitiva, no siento tal desordenada admiración por alguien como para que se me acelere el pulso por el mero hecho de tenerle cerca, y ni siquiera he conservado ningún mito de adolescencia (no sé, como puede ocurrir, por ejemplo, con aquellos que pierden el sentido al acercarse, pongamos por caso, a Michael Jackson o –evidentemente peor- Paris Hilton). Pero sí hay quizá una figura que puedo considerar, del modo más literal de la palabra, un mito por las connotaciones que ha tenido su existencia en mi biografía, y ése no es otro que Ian Curtis.

¿Cuáles son las razones? Bueno, puedo aducir, a vuela pluma, unas cuantas. La primera es que su figura está rodeada de ese halo misterioso que infiere el ser un joven suicida, a lo que debemos adjuntar la impresión que puede causar un alma atormentada y supuestamente solitaria en un adolescente definitivamente dado a la melancolía como era yo rondando los dieciséis (momento en el que, si no me confundo, entró Curtis a formar parte de mi vida). Durante mucho tiempo era incapaz de escuchar Closer, su disco más aclamado, sin dominar un fulminante ataque de melancolía que si no alejaba me sumía en una profunda desazón rayana con la más absoluta de las depresiones (como sólo pueden sentir las depresiones los adolescentes).

El siguiente motivo, claro está, es que en esas edades uno tiende a buscar referentes con los que decorar su carpeta, y si además ese referente casi es un desconocido para el común de los mortales que te rodean tienes el mito perfecto. Yo era el loco y único preuniversitario al que sus amigos regalaban discos y demás material aledaño de Joy Division, incluido un extraño single italiano que aún conservo con cortes de unos todavía principiantes Warshaw. Estaba, pues, obnubilado por la figura de ese joven capaz de crear tamañas claustrofóbicas y existencialistas atmósferas.

Según fui creciendo, y ganando en criterio musical, admiré aún más si cabe las melodías de un grupo que se ha demostrado tremendamente influyente en el panorama musical de las últimas décadas. Y, claro, me hice también y consecuentemente admirador de su continuidad musical, New Order, a los que profesé (y profeso) una admiración sin límites (obviando, como ya he dicho otras veces en este blog, su decepcionante directo).

Así estaban las cosas, y así continuaban cuando vi en la pantalla grande 24 hours party people de Michael Winterbottom. En ella aparecía un Curtis que bien podía parecerse al Curtis que yo siempre imaginé, aunque con un halo psicópata demasiado acusado. Así, las escenas, tremendas, de su suicidio y de todo lo que le rodeó me resultaron impactantes, culminadas además por ese canto vitalista de “la vida sigue” que tan bien supo retratar el director británico. Daba igual que el retrato de Tony Wilson y del resto de personajes “reales” fuese incluso esperpéntico, porque el resultado final daba una idea que creo muy aproximada de lo que pudo ser (para alguien que vivió esto desde la Península) el “Madchester” de finales de los setenta y de la década de los ochenta y noventa, una especie de la Florencia del Renacimiento encarnada en lo más granado de la música indie de la época, de la que aún continúan bebiendo muchos de los grupos actuales.

Y ahora llega Control, el filme de Anton Corbijn que ha pretendido acercarse de manera dramática a la vida de esa fiera calma que fue Ian Curtis. Además, el tardío estreno en España no ha hecho que pasara desapercibido el documental (enésimo) que sobre Joy Division filmara Grant Gee de manera simultánea. En definitiva, que inesperadamente Curtis ha vuelto a la palestra en forma de reediciones, críticas fílmicas en los periódicos, carteles en las marquesinas (quién lo iba a decir) e incluso campañas publicitarias, como la de la firma Converse. Ver para creer.

Y aquí estamos. La peli de Corbijn, desde un punto de vista fílmico, es de soberbia factura (no en vano es un maestro de la fotografía, y sobre todo del blanco y negro), hasta el punto de que hace tremendamente cercanos a los protagonistas de la historia, todos basados en la semblanza biográfica que hiciera la esposa del finado, Deborah Curtis, quien ha relatado (dicen que con no demasiada gracia literaria, pues yo aún no lo he leído, ni sé si quiero hacerlo) su vida en el libro Touching for a distance, del que ha tomado Corbijn la esencia para realizar el filme.

Llegados a este punto entronco con lo que dije en el lejano principio de este post: nunca he sido mitómano, pero si alguien puede ser un mito para mí, ése fue Curtis. Descubrir ahora los detalles más íntimos de su vida, sus delirios de grandeza adolescente, su rutinaria vida de currito y esposo prematuro, sus graves problemas de salud y su miedo atroz a la muerte, su indiferencia como padre, sus problemas con las incipiente fama, su infidelidad traumática (con una desconocida para mí Annik Honoré) y, cómo no, sus nimias inquietudes de ciudadano de una pequeña y hasta paleta ciudad industrial de Inglaterra; no dejan de ser una píldora difícil de tragar para un servidor. Cuanto más me acerco a los datos más descarnados de su biografía más me alejo de ese ídolo juvenil que fue para mí Ian Curtis, pero extrañamente más enardece mi admiración por su figura. Sí, por todo lo dicho anteriormente, y sobre todo por lo que supone su trágico final, pero también porque su valor como músico hace que uno no pueda por menos que preguntarse qué hubiese sido de Curtis si no hubiese terminado como terminó. Su existencialismo y miedo ante el final casi demuestran que su lógico fin tendría que ser ese, pero esa “normalidad” retratada en la peli, además de estar por lógica completamente alejada de aquello que pueda esperarse de un mito, es demasiado cruel para un admirador.

Todo pasa, y Control también pasará, a pesar de las críticas más que favorables. Para muchos, como he podido leer en posts y artículos de prensa, la peli ha supuesto el acercamiento a una personalidad completamente desconocida, pero sólo ha quedado en eso y en una fulgurante (por lo breve) aparición de los discos y demás material de los Joy en los anaqueles de “actualidad” de centros como la Fnac. Pero para algunos toda esta vorágine ha quedado en una especie de catarsis que sirve de culminación a uno de los más brillantes episodios musicales de la historia del rock. Y eso, pase lo que pase, caiga quien caiga, quedará para siempre grabado en nuestros sensibles corazones.

Os dejo, como conclusión, uno de los muchos materiales que circulan por la red de Joy Division, ese momento mágico en que los cuatro insignes imberbes acometen en directo la inigualable "Dead Souls". Ahí queda, y sólo queda despedirse, sabiendo que el deber ha sido cumplido. Loado sea Ian Curtis, desde la eterna distancia.

Summercase vs. FIbercoisa: jornada primera

Lo de los festivales veraniegos se está convirtiendo en una costumbre no siempre sana. Divagamos entre las emociones incontenidas propias del mundo viejuno (y que los joveznos no siempre entienden, claro) y la sensación de acordarnos con demasiada frecuencia de los sabios versos de “The compaign for real rock” que cantara Edwyn Collins:

Yes yes yes it's the summer festival
The truly detestable
Summer festival

Bien, pues las palabras de este primer post festivalero se refieren más bien a la segunda opción. La jornada vivida en Boadilla del Monte este viernes fue casi casi de suicidio colectivo, y no siempre por las opciones musicales. Además, creo que es la primera vez que prácticamente no pisé el puñetero pedregal del escenario grande, pues la oferta “de primera” me interesaba más bien poco. A The Breeders ya las vi en su momento en una sala pequeña de Madrid y las disfruté como dudo que pudiera disfrutarlas en ese “marco incomparable”. A los Kaiser Chiefs los encuadro dentro de la etiqueta de sempiterna “gran promesa del rock británico” que me suenan a lo mismo de hace veinte años. Y, en fin, de los Kings of Leon no tenía sino vagas referencias, lo cual no era demasiado como para integrarme en la masa que estaba viéndolos. Pero de eso hablaré un pelín más tarde. Antes hablaremos del verdadero protagonista, un año más: el puto pedregal.

Sí, el puto pedregal, a pesar de una supuesta compactación que iba a dejar el suelo niquelao. Pero no, esas piedras se iban clavando en las plantas de los pies más y más según se iba terminando la jornada. A los de Sinnamon les importó un año más bien poco tratarnos como borregos, obligándonos este año además a tener que utilizar un vaso para beber que desde luego era "ecológico" (ese epíteto para un vaso de plástico duro da mucha grima utilizarlo, la verdad), pero tenía dos problemas intrínsecos: su opacidad, que impedía saber la consistencia y la textura de la cerveza "tirada" (en el peor sentido de la palabra) en él y que en muchas ocasiones sólo llegaba a la mitad sin espuma del vaso, a pesar de los tres euros que costaba cada vez que lo llenabas; y la imposibilidad de poder limpiarlo, pues el agua, a no ser que fuera embotellada (y caldosa al final de la noche, a pesar de los 2,5 euros que costaba), brillaba por su absoluta ausencia. Así que, al final de la jornada notabas que en las paredes del susodicho recipiente la cosa estaba francamente mal, pero como buen borrego abrevabas lo que te echaran, sin rechistar.

Muchos diréis que por qué coño iba entonces a un festival como éste. Pues bien, debo decir que este año tuvo más que ver el hecho de que mis amigos me convencieran. Y no es que vaya a decir, por supuesto, que la culpa pudiese ser suya, ni mucho menos. No me arrepiento porque siempre sacas algo de tu asistencia a este tipo de eventos, aunque dado lo que vivimos a todos nos asaltó la duda de si merecía la pena volver al año siguiente, ante tales circunstancias. Quizá también porque este año se notó aún más la masificación y aborregamiento que en otros años. Uno ya está curtido en festivales veraniegos, y ni en Benicassim, flor de la masa indie por excelencia, he visto lo que vi el sábado: hordas de energúmenos a los que la música les importaba bien poco, y que sólo acuden por el "buenrrollismo" imperante. Y qué queréis que os diga, uno está mayor para aguantar según qué cosas. Así que, fui, a regañadientes, pero fui, y algo saqué en limpio, como ya veréis, pero saqué también muchas dudas de si merece la pena asistir. Dicho queda. Y dicho queda que algunos vamos a ver cómo está el panorama musical, e incluso a disfrutar con algunos grupos de nuestra cuerda; y lo digo porque parece que somos una excepción, visto lo visto. Hay que joderse.

Nada más entrar nos enfrentamos con Los Campesinos!, típico ejemplo de grupo de la pérfida Albión que forman algo parecido a la Kelly Family pero con rollito indie-rock, muy al estilo Arcade Fire, de los que siempre pienso que repartir la pasta entre tantos no debe ser fácil. La verdad es que no les había prestado mucha atención antes, y bueno, no es que sepa que me van a encantar, pero prometo seguirles la pista.

Y tras ello, vino el primer aluvión de mundo viejuno para nuestros ojos y oídos. Nada menos que The Stranglers, vivitos y coleando. Casi se me caen las lágrimas pensando en poder escuchar por primera vez en mi vida "Golden Brown". Y, bueno, la verdad es que estuvieron correctos y no rozaron para nada el ridículo en ningún momento. Pudo ser, claro, porque, como suele ocurrir en estos casos, los líderes se apoyan en una sólida banda formada por jovencitos deseosos de tocar ante el respetable como si fueran metrónomos. Lo dicho, no demasiada brillantez, pero sí la necesaria contundencia para que un directo suene bastante bien. En fin, el primer brindis para el recuerdo.

Después de zascandilear un buen rato, hicimos tiempo para uno de los platos fuertes de la noche en mi particular periplo: Mogwai. ¿Qué por qué? Básicamente porque nunca los había visto en directo, y tenía bastantes expectativas que, la verdad, se vieron satisfechas: delicadeza mezclada a parte iguales con una crudeza y una intensidad sonora fascinante. Mi amigo J lo definió como "una tormenta" que viene y que va, lo cual me pareció muy acertado. El trasiego perfecto entre la serenidad y la tensión, entre las que mediaban apenas un instante. El público estaba satisfecho, aunque ya a aquellas alturas de la noche me estaba dando la impresión de que navegaba a contracorriente. Y lo confirmé con el gentío que abarrotaba la carpa donde tocaban Facto de la fe y las flores azules, inusitada mezcla de rapeo y música blanda cual manteca a la que los "fanes" aclamaban como toreros en las grandes tardes. Bueno, estaban en su derecho, como la impresionante marea humana que asistió al espectáculo de unos The Sex Pistols resucitados "por la pasta", como les gusta reconocer, a los que verles en esa tesitura era más bien una curiosidad que un ejercicio de nostalgia. Rotten parecía el hermano teñido de Salvatore de El nombre de la rosa, gordo y gesticulante. Me vino a mi memoria el famoso (¿mítico?) concierto del 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester que, según Tony Wilson, abrió una nueva era, pero de aquello a eso que sonaba mediaba tanta distancia que sólo pudimos aguantar unos minutos, encogernos de hombros y pensar que, al fin y al cabo, alguna vez les vimos en directo.


A The Raveonettes se les notaba demasiado el mal rollo que había entre ellos, y me parecieron un grupo definitivamente de segunda demasiado imitadores de Jesus and Mary chain (que ya quisieran ellos) al que una de esas canciones que todos estos grupos quieren tener les ha dado un éxito desmesurado para sus méritos. Por su parte, CSS creo que estaban más fuera de lugar que otra cosa, pero es lo que tiene traspasar las fronteras brasileñas con una música demasiado hedonista para encajarla en un festival de esas características. Ni el estilismo extremo de sus componentes (en especial esa cantante y sus mallas imposibles) ni la pose de la guitarrista dieron para mucho más que alguna que otra risa y la promesa de que si pasan por Madrid habría que ir a verles porque prometen mucho más.

Y a las 00.50 era el turno de Leila. ¿Seguro? "Pues aquí no hay ni Dios", exclamamos cuando, apoyados en las vallas protectoras vimos atónitos como las columnas de sonido comenzaron a emitir una tsunami de watios que nos hizo apartarnos y ver el espectáculo un poco más lejos. La iraní, acompañada de su hermana y de sus vocalistas habituales (entre ellos Luca Santucci), dio un verdadero conciertazo al que apenas acudimos cien personas. Y no es por dármelas de listo, pero es que los que estábamos flipamos con ese torrente electrónico que salía de los dedos de una tipa menuda, a la que apenas conseguimos verle el pelo y que se mostró hostil en todo momento. Eso sí, flipamos con lo que fue capaz de hacer. El mejor momento de la noche, sin duda.

Y después de eso algo de Foals y de Neon Neon que me interesaron prácticamente nada, así como la enésima vez que tengo que reconocer la grandeza de Los Planetas en directo y lo cortito que se queda J siempre, a pesar de la actitud rockera. Eso sí, verme rodeado de fans entonadores de todas sus canciones siempre me desconcierta, y mi ánimo va del reconocimiento por ser uno de los grandes del rock patrio y el asombro de que esto haya podido suceder. Los Planetas son un muy buen grupo, pero no deja de ser increíble que lleguen a un público tan amplio. ¿Son cosas de las sequía de grandes bandas que asola el panorama español? Seguro que tiene mucho que ver: son un oasis dentro de la terrible mediocridad reinante (con el permiso de san Nacho Vegas y alguna que otra honrosa excepción).


Conclusión después de esta única jornada: Sinnamon ha perdido la batalla por cutre frente al FIB. Fue una lástima no haber podido ver a Nick Cave, pero lo que me esperaba el sábado era ineludible, como os contaré en muy breve.

Eso sí, las piedras del puto pedregal se las metería una a una a los responsables por el orto. Una a una.

Portisheando

Nunca he sido muy “portishero”. Tal profusión de scratchs y la voz sempiternamente distorsionada por el vocoder me ponía de los nervios. Ni siquiera el tremendo directo titulado Roseland NYC Live en un principio me llamó la atención, a pesar de lo pesaítos (con todo el cariño) que se pusieron mis amigos con él. Pero si hay algo realmente hermoso en esto de la afición-dependencia musical es acceder al cielo sin pasar por la casilla de salida, y llegar directamente a la gloria bendita con una escalera mecánica que te lleve a lo más alto sin tener que sufrir con los primeros y empinados escalones.

Y... ¿qué tuvo la culpa? Un vídeo de youtube. Así de sencillo. Cuando vi a Beth Gibbons, con esa actitud y ese saber estar (todo lo que una estrella del rock debe saber estar en un escenario, se entiende), caí fulminado. “Glory box” es una canción muy conocida, desde luego, pero pocas veces (y me temo que de eso tiene mucha culpa el realizador del vídeo, claro) se ha visto tan de cerca la conexión entre los distintos miembros de una banda y una buena pechá de músicos (la mayor parte de ellos de música culta); la complicidad, en definitiva, de una grabación en directo. Si a estas alturas del partido aún no lo has visto, aquí te lo dejo mascadito.

Pero hete aquí que los de Bristol han sacado un nuevo disco, y es sencillamente excepcional. Pero como hoy la cosa va de vídeos, mejor os dejo con el de una de las maravillas que incluye, esta "The rip" que me tiene quitado el sentido.

Y como diría el pobre Camarada Bakunin, como "bola extra", viendo lo rápido que se mueve esto de las versiones en el internés en los últimos tiempos, aquí están nada menos que el señor Tom Yorke y su grupo haciendo una versión desenchufadísima de la misma canción.

Y como partida extra, el apoteósico final de otro de los inmensos cortes del disco, "We carry on", en el Primavera Sound que este año me he perdido por simples cuestiones monetarias y que, en su versión L'Auditori, terminó con una peculiar "invasión".

Mira que he estado en conciertos en mi vida, pero un final así no lo he vivido jamás, y me da mucho envidia de mis amigos y de los que estuvieron allí. Me fascina el que los propios músicos se compincharan con el público y alargaran la canción unos cuantos minutos más.

En fin, ya me veis, "portisheando", quién me lo iba a decir. Espero que también os dejéis abducir como yo.

Con lo rockero que yo era...

Corría el año del señor de 1991 cuando yo era un jovenzuelo barman y pinchadiscos en el ya desaparecido pub Nasti de Plasti, que estaba muy cerca de la plaza de Manuel Becerra. Un conocido productor de grupos rockeros, cuyo nombre es mejor obviar, solía frecuentar aquel garito, hasta el punto de ser uno de los miembros de la habitual clientela del pequeño local. Una noche, en una de esas horas tardías en las que apenas quedan parroquianos, me espetó uno de los mejores piropos que me han dicho jamás referidos a mis gustos musicales. No recuerdo qué estaba sonando, pero la cosa fue (por lo que me permite mi memoria después de tantos años) más o menos así:

- ¡Qué hijoputa eres! Con lo rockero que era yo, y lo blando que me estoy volviendo por tu culpa...

Ese es todo lo que puedo decir de uno de mis últimos descubrimientos, el gotenburgués Jean Lekman. Al fin y al cabo, uno de los mejores amigos de mi querida Tracey Thorn no puede ser un mal tipo.

Os dejo con uno de sus vídeos. Quizá no sea una de sus mejores canciones, pero puede ilustrar perfectamente a qué me refiero.

Lo dicho, es que, en el fondo, uno no es más que un jodido blando.

Aquel punk

Hace treinta años que se publicó el que se supone fue el primer disco punk de la historia, dato completamente discutible, pero que no deja de ser un hecho que marcó una época: Never mind the bollocks, algo así como "Nos importa un carajo", o, según la wikipedia en una traducción más literal, "Nos importa unos cojones". The Sex Pistols, o mejor decir, su mánager, Malcom McLaren, mentor e inventor de todo el tinglado, vio como la discográfica Virgin ponía a la venta, el 28 de octubre de 1977, un álbum con una portada cutre y salchichera en la que se destacaban solamente la famosa frase y el nombre del grupo. Luego vinieron polémicas, prohibiciones, desplantes, conciertos en barcazas por el Támesis, confusión, mucha prensa sensacionalista, algunos conciertos memorables (por su escasa calidad), algunos singles y, por fin, la disolución en 1978, una acusación de asesinato y una muerte por sobredosis.

No está mal para empezar un movimiento. Un par de singles como "God save the Queen" y Anarchy in the U.K.", tan aparentemente punk como aparentemente desaliñado es el peinado de los indis de pro actuales, obraron el milagro de que aquello del punk llegara a todos los rincones del orbe.

Supongo que McLaren nunca pensó que la cosa fuera a llegar a esos extremos, pero lo cierto es que The Sex Pistols fue el detonante de un movimiento que si no hubiese tenido a los miembros de este grupo sobrevaloradísimo como "héroes" a los que encumbrar, probablemente no hubiese sido lo mismo. McLaren supo estar en el momento adecuado y en el lugar adecuado, y el hecho de hacer caja con ellos supuso que otros muchos grupos de evidente mejor calidad pudieron saltar a la palestra bajo una etiqueta que les venía pequeña. Al margen de estas consideraciones, el revulsivo que esperaba la generación de los primeros ochenta se materializó, y de qué manera, en uno de los movimientos más apasionantes de la historia de la música reciente.

Las crestas, el aspecto cutre, los pantalones de pitillo con cuadros escoceses, los imperdibles (usados en un principio como modo de "coser la ropa", no como mero detalle estético), las tachuelas, las camisetas rotas, las botas Dr. Martens y todo los demás se convirtió en seña de identidad de los punks, pero también fue un revulsivo para muchos jóvenes de la época para sentirse diferentes, siendo también iguales. Las señoronas y los serios hombres de negocios ya tenían una legión de chavalitos desarrapados y desarraigados a los que echarles la culpa de lo mal que iban las cosas, cuando esos chavales hacían todo eso para demostrar precisamente a esas señoronas y señores serios que las cosas estaban tan mal porque existían gente como ellos, tan "seria" y encorsetada.

Los Pistols, a fin de cuentas, fue el famoso grupo que protagonizara el mítico concierto dado el 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester. El episodio, recreado no sin cierta sorna en 24 hours party people de Miguel Culo de Invierno (aka Michael Winterbottom), juntó nada más y nada menos que a los miembros de Buzzcocks; a Tony Wilson, fundador de Factory Records y alma libertaria e ideadora de la Madchestermanía que nos dejó hace muy poco tiempo; Bernard Sumner, Ian Curtis y Peter Hook, ángeles atormentados, muy a su pesar, que formaron Joy Division; Adam Ant, el hedonista líder de los Ants; el señor Morrissey, la gran reina del pop-rock lánguido, líder espiritual de muchas cosas y dios de la bicéfala The Smiths, sólo ensombrecido por la figura de Johnny Marr; Martin Hannett, como dice la peli, el único "genio" del grupo, productor de los Joy y de Happy Mondays; y Mick Hucknall, el panocha engreído que, tras pasar por el punk más ferviente, perpretaría Simply Red, tanto menos interesante según avanzara su discografía. Como bien dicen en la película, eran sólo cuarenta y tantas personas viendo un concierto a buen seguro cutre en una sala cutre, pero formaron un grupo que marcó definitivamente la trayectoria musical de los próximos diez años. Mandchestter fue el centro del mundo, y los Pistols estuvieron allí para servir de acicate. Siouxsie, Tha Jam, The Stranglers, The Cure, The Clash compartieron época y ganas de medrar en el mundo, y todo eso fue recogido por todos nosotros unos pocos años más tarde.

Corría el año del señor de 1988. Nosotros, jovenes casi veinteañeros, estábamos tan lejos de los jóvenes británicos y estadounidenses que habían inventado eso del punk como para resultar irrisorios, cuando no patéticos, a aquellos ilustres degenerados. Pero todos necesitamos un revulsivo en nuestra vida cuando en tu carnet de identidad aún aparece el dígito 1 en las decenas. Además, yo, en ningún caso y bajo ningún concepto era un punk, pero podemos decir que era más que simpatizante con el movimiento.

Fuese como fuese, en aquel año del señor de 1988, en los alrededores de casa de mis padres, era habitual poder asistir a algún concierto clandestino en alguna casa abandonada por una serie de grupos punk, medio aficionados, medio en broma medio en serio, que tocaban sin solución de continuidad en un escenario mal improvisado en el patio de una casa ocupada, de las muchas que por esa época proliferaban en los alrededores de la M-30. Yo no asistí a muchos, porque reitero que no era punk, pero sí que pude pulsar el ambiente en más de una ocasión y ver lo que fue aquello.

Se ha escrito muchos sobre el movimiento punk. Se ha escrito quizá demasiado. Puede que no haya sido tan importante como quiso decir el personaje de Tony Wilson en la película, el nuevo renacimiento, pero fue tan real como apremiante. Hoy las cosas cambian deprisa, pero en esos tiempos las cosas pasaban y ponían al mundo del revés. Tan acostumbrados estamos a las putas revistas de tendencias que no nos acordamos de que hace casi veinte años para ser trasgresor se necesitaba algo más que vestirse de mamarracho. Se necesitaba creer que se podía cambiar el mundo, y no sólo aspirar a salir en la portada de revistas como El duende, Calle 20, Shangai o las que regalan con los periódicos (y mucho nos tememos que el Babelia lleve ese camino). Una generación que ahora no sabe que hacer con sus hijos se cree y se sabe hija del Mayo francés. Quizá algún día nos demos cuenta de que somos los hijos del punk, nos guste o no nos guste. A mí sí me gusta, pero no sé qué opinan mis lectores.

Ah, por cierto. Los Pixtols han quedado como una mera anécdota, y Johnny Rotten continúa siendo patético. Pero eso sí, al menos tuvieron un último gesto de actitud punk: negarse en 2006 a ser incluidos en el Salón de la Fama del Rock. Faltaría más.

P.D.: No será la última vez que se mencionen a todos estos personajes en este blog. Ya iba siendo hora.

Sylvian en Madrid

Sólo juntar estos dos nombres propios me parece increíble. En fin...

Sé que es difícil de explicar sin resultar pueril. Puede parecer mentira que a estas alturas, con los años que uno cumple, se pueda sentir tal emoción por algo tan banal como la música, porque al fin y al cabo nada puede cambiar en tu vida la música que escuchas. Pero muchos enarcareis la ceja cuando leáis esto. Y tenéis toda la razón. Sí, lo que acabo de escribir es una patraña. No hay NADA en este mundo que pueda estremecerte como la música, ni nada que pueda igualarse a lo que sientes cuando comprendes, asumes y te implicas de tal modo con un creador. Así puede ocurrir con lo que supone para mí haber conocido la música de David Sylvian, como ya habréis podido comprobar si sois habituales de este rincón. Así que sé que cualquier cosa que pueda decir de él va a resultar en nada imparcial, desprovista de la suficiente equidad y demasiada influida por las innumerables horas de emoción que me ha proporcionado a lo largo de mi vida. Avisados, pues quedáis. Pero una cosa es cierta: sé que todos los que asistimos al único concierto que ha dado en su carrera en Madrid vivimos algo único. Pero es que para mí ha supuesto algo más, poner una de esas banderitas con las que marcamos los mapas, para recordar un lugar concreto y muy especial. En el mapa de mi vida queda ya grabada una fecha, la del 24 de octubre de 2007. Pero, una vez que ya ha pasado, y con la perspectiva que va dando la distancia, soy consciente de que la intensidad con lo que lo he vivido sube enteros según va pasando el tiempo. Aquello que marca tu existencia va haciendo mayor el surco en tu memoria a medida que pasan los días. Así es, y así será, como diría san Nacho Vegas, para toda la puta vida.

Bueno, algún día haré una recopilación de los preámbulos de mis posts, con los que puedo hacer un libro. Como ya os dije en su momento, me fui de vacaciones con el notición de que Sylvian tocaba en Madrid por primera vez en su carrera, así que he guardado la entrada como oro en paño durante todo este tiempo con una perfecta mezcla entre expectación y necesidad de no pensar en ello, para no ponerme de los nervios. Y así he aguantado hasta hace poco, pero... el martes por la noche me vi de repente hecho un mar de nervios, y no sabía muy bien por qué, hasta que eché mano del calendario, y me di cuenta de que ya estaba perdido.

Como no quiero extenderme demasiado (uno de los males intrínsecos de este blog, lo sé), voy a extractar y hacer dos crónicas paralelas: la "seria", intentando simplemente narrar lo que se vio y escuchó en el Albéniz esa noche; y otra la emotiva, la que concierne a los sentimientos, porque simplemente no podía ser de otro modo.

Con los antecedentes de cancelaciones que teníamos nos temíamos lo peor. Yo estaba buscando como un loco en internet información sobre el estado de salud de David, dado que había cancelado nada menos que tres conciertos de la gira (Moscú, Lisboa y -y eso sí que lo siento- Donosti). Así que cuando vi la cantidad de gente que estaba en la puerta me temí lo peor. Pero no, el concierto se iba a realizar y la gente estaba como yo, expectante. Por cierto: una de las primeras cosas que me llamó la atención, tanto en la puerta como en el concierto, fue lo talludita que era la gente. Es algo normal, teniendo en cuenta que Sylvian lleva casi treinta años haciendo música. El aforo estaba completo, como era de esperar, y la gente estuvo en todo el momento entregada; eso sí, sin demasiados aspavientos. Por un momento me pareció que no estábamos en Madrid; o es que el público de Madrid se estaba europeizando... Definitivamente, debía ser la edad de los asistentes, seguro. ¿No?

El concierto empezó relativamente puntual. A pesar de lo que he leído por ahí, David parecía algo cansado en el escenario, y creo que de hecho no estaba completamente curado de sus males. Realmente si lo que le ha pasado es que, simplemente, estaba agotado, parecía que aún no estaba completamente restablecido. En cualquier caso, Steve Jansen a la batería, Keith Lowe al contrabajo y Takuma Watanabe al piano y teclados (echamos de menos al "quinto elemento de la gira", pero qué le vamos a hacer) atacaron "It's a wonderfull world" sobre las 8.40, y David comenzó a cantar un poco más tarde del inicio normal del corte primero de su último elepé. Siguieron entonces una hora y media (incluido el bis) de temas que abarcaron, para satisfacción de muchos, toda su carrera, incluido un "Ghost" espléndido. Bueno, exactamente no tocó temas de toda su carrera porque hubo un período que, deliberadamente, obvió: toda su etapa con Ingrid Chaves. Ni una sola canción de Dead bees in a cake, y hombre, son todas demasiado luminosas para la etapa que atraviesa, pero un "Midnight sun" no hubiera sido nada malo de escuchar. Sin embargo, le agradeceré eternamente haber tocado "Brilliant trees", "Gone to earth" o "The boy with the gun" de su primera época. Curiosamente, de su aventura con Robert Fripp sólo tocó un single, "Jean the birdman", y la emocionante "Every colour you are", pero aún nos queda el recuerdo a algunos de su inolvidable gira del 93. Pero fue su época tras la ruptura con Chaves la protagonista, como no podía ser menos. De Blemish, ese disco indescriptible, a medio camino entre la angustia y la esperanza retorcidas con sonidos más allá de la electrónica, tocó al menos dos de ellas, una espléndida e irreconocible "A fire in the forest" para terminar el concierto, y una inusitada versión (a la que algunos pedimos más watios) de "Transit", inusitada más que nada porque es un tema extra del disco, grabado a media con Fennesz. También fue una agradable sorpresa un "World citizen" que curiosamente puso de moda la película Babel, una de sus últimas colaboraciones con su compañero de fatigas (que no de estrellato; el japonés es bastante más ambicioso) desde hace años Ryuichi Sakamoto, quizá lo único que pudieran conocer los neófitos de la noche, además de un "Zero landmine" más digno que el propio original. Otra sorpresa fue la versión de "Sugarfuel"de Readymade, que me costó reconocer pero me gustó muchísimo.

La banda era tan solvente que era capaz de pasar de lo onírico a lo contundente sin solución de continuidad. Realmente se supone que las canciones que venían a presentar eran las del nuevo grupo, Nine Horses, pero realmente tocaron pocas de su repertorio, la que abrió el concierto, "It's a wonderfull world", el que dio título al álbum, "Snow borne sorrow" y "The librarian", que cerró el concierto en el bis. Echamos de menos algunos excelentes nuevos temas, como "Money for all", "Serotonin", "The day the earth stole heaven" y sobre todo las apabullantes "Atom and cell" y "The banality of evil", porque son magníficas y porque son las más nuevas, pero es evidente que el repertorio no lo elegíamos los fans, y algunos renegamos, incluso en este caso tan especial, que se tengan que escuchar las canciones de siempre una y otra vez. Pero gracias al cielo no es el caso de David, que siempre ha hecho lo que le ha venido en gana en el escenario. Así que, en resumen, debo decir que en el aspecto musical el concierto fue impecable, la selección de temas más que correcta y la sucesión de ellos sugerente, a pesar de los que se echaron de menos.

Vayamos a lo emotivo. Es difícil describir lo que puede sentirse en un concierto así. La manera en la que lo afronté fue la que fue, y creo que me atenazó la ansiedad. Hasta que no le vimos aparecer en el escenario viví en una especie de nebulosa, tal era el deseo de que eso se produjera. Por eso quizá se acentuó la sensación de cansancio que creí ver en su rostro y en sus ademanes. El caso es que todo el concierto temí porque el esfuerzo supusiera una merma en su timbre de voz porque quería que "no quedase mal" (fijaos la chorrada, parecía ser yo el que estaba allí arriba). Con David me ocurre lo que nos pasa con mucha de la gente famosa que no conocemos, o que conocemos a través de lo que hacen, de lo que crean. El más grande artista del mundo, elegid el que queráis, puede ser una mala persona, o un gilipollas, o un milindres, o un estúpido. Por eso esperas que aquellos realmente "especiales" no te fallen. Pero, claro, siempre esperas más. Siempre. Por eso el sonido, probablemente por la acústica del viejo teatro, no fue todo lo bueno que me esperaba. Y eso no es problema de los músicos, que sé (y se vio) que son excelentes. Quizá el sonido estaba demasiado apelmazado, y no me sentí todo lo cómodo que me esperaba. Pero era consciente, demasiado consciente, creo, de que era una ocasión tan especial que probablemente me exigí a mí mismo algo que se alejaba el ser un mero espectador de un espectáculo. Pedí emoción, y estaba dispuesto a ver sólo buena ejecución, y eso puede ser, es, incompatible. En resumidas cuentas, fue un concierto magnífico por sus propia esencia, por la fuerza de la música y por la voz de un Sylvian al que, cuando era ésta la única protagonista en los momentos de casi silencio, seguía siendo capaz de atesorar un timbre y una expresión vocal única en la historia de la música. Así es como pienso.

No hice ninguna foto porque no estaba yo para jugarme la reprimenda de los bedeles que cuidaban de que nadie lo hiciera, y porque hay unas espléndidas fotos de la gira en su web, así que las he aprovechado para utilizarlas en este post. Sí incluyo ahora un par de fotos del ambiente del postconcierto. Más que nada para que quede constancia de que estuvimos ahí.

Y cierro. Sé que tengo pendientes dos posts más sobre la carrera de Sylvian que tengo que terminar. Sé también que el esfuerzo de escribir todo esto lo hago más por mí mismo que por mis lectores, que deben perdonarme por algo que seguro que ni les va ni les viene, pero deben también comprender que fue algo muy importante para éste que escribe, y necesita escribirlo para terminar de grabarlo en su memoria. Y eso no lo va a cambiar el escaso interés de mis lectores. Ya lo siento. Así es la vida.

Seguimos camino. Escuchándole una vez más.

Gracias, David.