La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Categoría: Reflexiones estentóreas

Átomos

Qué manido me resulta esto, pero qué cierto es. A poco que escudriñes el firmamento sientes que no hay tutía, que somos tan poco que más vale pensar que somos nada. Ningún hombre, ningún sueño humano puede alcanzar la estela de las estrellas, y ningún dios puede tener tan pésimo sentido del humor como para crear a sus criaturas "a su imagen y semejanza" y hacerlas tan nimias, prescindibles y minúsculas como nosotros. Ni toda la historia, los hitos del pensamiento y la ciencia pueden con la magnitud de ese vasto universo en el que nos hallamos y que tan inasible es, aunque sea desde el más potente de los telescopios.

Entonces, ¿por qué todo, por qué cualquier cosa? Todo es vanidad, vanidad de vanidades. Los ascetas, los eremitas, los sabios de antaño lo sabían, pero nosotros seguimos empeñados en las guerras de todos los días, en sufrir por lo inevitable, por el paso del tiempo y el peso de las desgracias. Y cómo no, incluso por la momentánea luz de la más pura y limpia alegría.

No, no me he vuelto loco, aún no; es que he leído y visto hoy este enlace de Microsiervos y me ha vuelto a dar pon pensar en todo esto.

Pero no os preocupéis: enseguida me he vuelto a rebozar de realidad y me he quedado de lo más a gusto.

¡Menos mal!

September is here again

La sequedad creativa, como las vaginales, suelen necesitar de una pomada que facilite la penetración, en este caso de ideas. Pero septiembre es mes benevolente, pues puede considerarse aún verano, y en nuestras mentes, sobre todo de los “agosteros”, aún permanecen calientes los recuerdos de las últimas vacaciones, que son muchos y muy placenteros. Así que no hay mejor pomada que la tardío-estival.

Pues en vacaciones se aprende mucho. Se aprende a aprovechar el tiempo para ponerse al día en el actual deporte nacional de todo hombre moderno que se precie: ver series de televisión. Soy tan viejuno que ando aún poniéndome al día con Los Soprano, y paladeando los viejos capítulos de Doctor en Alaska, a los que sólo les ha pasado el tiempo por encima por el estilismo de sus personajes (y algunas piezas de mobiliario, bien es cierto). Y, qué queréis que os diga, disfruto como una perra.

Por ejemplo, también se aprende en vacaciones que en ocasiones la sempiterna (vista desde el Foro) sequedad (y esta vez verbal) de los habitantes de los Països Catalans es una cualidad francamente bien merecida, porque los restauradores del Valle del Boí son tela (no así el resto de Cataluña, que conste). Eso sí, viven en una de las tierras más hermosas que conozco, y el patrimonio artístico que manejan causa verdadera emoción. Tiempo tendré de explayarme un poco más con este tema, pues lo merece, pero puedo adelantar que lo primero que hice cuando vi la conmovedora belleza de la iglesia de Santa Eulalia d’Erill la Vall fue abrazarme a una columna emocionado (y hay testigos).

Hay temas más luctuosos, y emocionantes paisajes que contar, y estudios antropológicos de los habitantes de la isla mallorquina que desarrollar, pero eso se irá andando. Ahora este vuestro blogger anda asimilando noticias difíciles de digerir, pero ya se sabe que los tropiezos son necesarios para tirar para adelante con mayor impulso. Eso, o definitivamente soltamos una bomba de neutrones en medio de cualquier plaza, pero eso no es políticamente correcto, y queda feo en este mundo tan pulcro, sano y postmoderno.

Polidori ya está entre vosotros. Respirando, y más renqueante que erguido, pero vivo, vive el demiurgo, y con ganas (por fin, después de esa sequedad) de que sepáis de él.

P.D.: La foto de arriba fue tomada en un hermoso atardecer mallorquín. Dentro de poco os “deleitaré” (léase “daré el coñazo”) con alguna más. Y el título del post hace referencia a una canción del bueno de Sylvian. Podéis escucharla aquí.

P.D.2: No, no me he leído a Larsson, lo siento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita

Aún albergo cierto temor a ponerme manos a la obra y sumar un nuevo post de este blog. La razón: quizá sea simplemente el estío, que adormece. Lo cierto es que me siento extraño. No mal, sino extraño. Y parte de la culpa la tiene la, ya por fin, sosegada toma de conciencia de ese medio camino de mi vida. La esperanza de vida del hombre occidental sobrepasa, al menos en el primer mundo, los ochenta años. En otras épocas sería ya un viejo, y ahora estoy “en la flor de la vida”. Lo curioso es que Dante escribió los tan famosos versos (o al menos los inició) con una edad similar a la mía, año más, año menos, pero no fue precisamente el medio de su vida, pues murió con sesenta y pocos años. Así que más parece que hiciera un ejercicio poético (evidente, claro está) que una descripción de lo que sentía con esa edad. Me cuesta creer que a los cuarenta años se sintiera joven, tanto como todavía me cuesta escribir que yo tengo esa misma edad. Sé que parecerá irrisorio, con todos los problemas que tiene el mundo, pero debemos ser conscientes de que el mundo tal y como lo conocemos empieza y termina en nosotros mismos, y salvo error de cálculo ateo o broma existencial, nuestro mundo termina cuando exhalemos el último aliento, y os juro que los cuarenta años (y los estragos de la edad, que haberlos hailos) es un momento muy propicio para darle vueltas a ese momento, hay que joderse.

Estoy en deuda con este blog, pero ya advertí hace tiempo que las cosas tenían necesariamente que cambiar. Tengo la cabeza ocupada en demasiadas cosas, y la perspectiva de las vacaciones me hace ser más vago aún de lo acostumbrado. He conseguido, incluso, ponerme a ratos a escribir en serio, y, maldita sea, no lo recordaba tan endiabladamente difícil. Digamos que atravieso una de esas etapas, y suerte tenéis, queridos lectores, de no tener que soportar un ataque de furibunda melancolía.

En fin, seguimos aquí, de nuevo en tránsito. Esto no es una despedida vacacional, pero no esperéis grandes dispendios de aquí al 8 o 9 de agosto. Aunque, bueno, algo caerá, eso es seguro.

Hacerse valer

Todos los lunes comparto cancha de juego con mi querida cuadrilla de machos alfa, de los cuales el otro día descubrí que, en este momento, soy de los más jóvenes (lo que da una idea de la edad que nos gastamos). Durante dos horas puedo verme inmerso en una metáfora vital de cómo funciona el mundo y, lo que es más importante para mí, cómo me enfrento yo a él.

La cosa es sencilla: hay que saber hacerse un hueco, y para ello los modos de conseguirlo varían diametralmente entre uno y otro espécimen de esta entrañable jauría. Los que suelen destacar por su calidad y técnica pasan por la zona como si flotaran, realizando limpios saltos sin ningún contacto físico y consiguen una canasta tras otra de manera mecánica pero muy eficiente; por supuesto, suelen ser imparables. Otros, los que más ruido suelen hacer, al margen de la efectividad de sus entradas, comunican todas sus acciones con grandes aspavientos, protestando contra todo y cometiendo faltas que si bien serían admisibles en un circuito profesional, están completamente fuera de lugar en una competición entre amigos (ejemplo, caer a plomo sobre un defensor cuando tiene un rebote claro, algo que puede hacer mucho daño [inciso necesario: estamos hablando de adultos masculinos que sobrepasan con facilidad los cien kilos]). Otros pululan por la zona con sigilo, intentando aprovechar un descuido para colarse hasta la canasta y conseguir una que no haga mucho ruido, y ahorrarse así un golpe innecesario. También hay otros que toman la distancia adecuada para hacer entradas de más largo recorrido, conscientes de que su mejor baza es la de entrar con suficiente antelación, con un par de buenas zancadas. Hay otros que toman distancia y nunca se meten en líos (es decir, en la zona), sino que se dedican a recorrer la bombilla de un lado a otro levantándose sólo cuando tienen un tiro franco. Y otros a los que ni siquiera esa distancia les satisface, y no suelen jamás sobrepasar la línea de 6,25 (y ni siquiera ensayan el triple, sino que pululan por ahí, por lo que pueda pasar). No faltan los que, incomprensiblemente, en un momento dado abandonan el barco farfullando improperios, de tal modo que pueda parecer que es imposible continuar jugando con ese panorama (y, como en el cuento del lobo, el resto de sus compañeros desdeñan ya las caras de asombro y sólo esgrimen un ligero encogimiento de hombros, ignorando la obvia falta de sensibilidad, y continúan como si tal cosa). Y, al fin, están las "estrellas", que se han confundido de liga y juegan al basket como si estuvieran corriendo en una cinta en frente de un espejo, con posturas irrisorias de lo forzadas que son (es decir, la actitud de un "jugón" sin serlo).

¿Y yo? Soy sorprendentemente competitivo, pero las cosas que se me mueven por dentro en un partido de basket tienen mucho que ver con lo que siento generalmente en mi día a día: soy mejor de lo que me creo, pero sé que no soy suficientemente bueno como para sentirme satisfecho. Así, camino entre la desesperación y la aflicción, tanto como por el gusto del deber cumplido (por ejemplo, con un triple decisivo) e incluso la euforia, aunque me machaco demasiado por ser útil al equipo (lo cual es perfectamente inútil, pero no se puede evitar sentirlo). En resumidas cuentas, soy capaz de lo mejor y de lo peor, a veces (las más) mediocre, pero tengo mis momentos, y soy bastante perseverante, aunque en no pocas ocasiones me puede la desesperación. Exactamente igual que en la vida misma.

Esto puedo verlo de mí mismo en el laboro, donde no sé contonearme, ni pavonearme, y estoy siempre demasiado dispuesto a ayudar a quien me lo pida. Me desespero conmigo mismo cuando soy consciente de que no he hecho las cosas bien, y las críticas directas (sobre todo de mis superiores) suelen hundirme en la desdicha y la melancolía. Nada nuevo bajo el Sol, lo propio de un inseguro, al que al menos le queda el consuelo de sentirse querido las más de las veces, y profesional, buen profesional, siempre que es necesario, signifique eso lo que signifique.

Al igual que al final de un partido, donde la cerveza cumple su labor socializante, cuando la ficha pasa por la máquina y suena un ligero pitido, el mundo se abre ante mí. Entonces atrás quedan muchas cosas, y con una jarra generosa y relajante, o con un tirón del puño de gas de la moto, ya no existen rivalidades ni malos modos, no existe la competencia ni la necesidad de ser productivo. Porque el trabajo es como una cancha de juego, como la cancha de juego de la vida misma: siempre tan puta por estar tan dispuesta.

Un silencio empecinado

Qué manido está lo de la página en blanco. Todos lo sabemos. Así que no voy a mentarlo, ni siquiera a intentar explicarlo. Mi mente ha estado en otros sitios, en otros mundos poco divertidos, pero si queremos tirar de cosas manidas, sabemos que "de todo se sale", así que no quiero parecer compungido ni apenado, aun sabiendo que el problema de fondo es el de siempre: solemos los tipos como yo no echar las culpas a las circustancias orteguianas, sino enfangarnos en nuestra propia incondescendencia, apretando un poco más cada vez la tuerca de nuestra culpabilidad, apelando a lo bien que sabemos compadecernos de nosotros mismos, e indagando en la sempiterna manía de ver en los demás toda lo bueno que no hay en nosotros, la capacidad de reírse de la adversidad o de ser capaz con total displicencia de frecuentar la autofellatio (tradúzcase en egolatría, si se quiere ser más correcto) cuando a muchos nos sobran demasiadas costillas. En resumidas cuentas, ahora que veo la luz al final del túnel de la adversidad, necesitaba este "post puente" para tener una excusa que me permita seguir sin dar más explicaciones. Sea, pues, así. Y gracias a los que habéis leído hasta aquí; va a ser que, al final, hasta os gusta.

Malas rachas

¿Quién no ha tenido alguna? A menudo se vuelven tan pertinaces que llegan a causar hilaridad, por aquello de que "esto no me puede estar pasando a mí". Y a todos nos pasa lo mismo (o al menos a los propensos a la melancolía): lo achacamos a una determinada época que, en nuestra estupidez, pretendemos ajustarla a un período concreto de nuestra existencia, diciendo "a ver si se acaba de una maldita vez esta semana", o "vaya con el jodido mes que llevo, no se terminará nunca"; y ya en casos extremos "maldito sea el año xxxx, menos mal que se ha acabado de una vez", o incluso, en ocasiones muy desesperadas, "ya está bien de sufrir una década de desgracias, a ver cuando termina". Todo es una falacia, lo sabemos perfectamente, pero siempre es la esperanza la última en abandonarnos, y a ella nos aferramos como un clavo ardiendo.

Queridos lectores: atravieso, atravesamos una jodida mala racha. Sí, de esas que no tienen que ver con la salud, que es lo más hermoso de conservar, pero que nos anda jodiendo desde hace unas semanas. Quizá este post sirva para exorcizar fantasmas, ya que no os voy a aburrir enumerando mis cuitas, pero precisamente escribo esto cuando he llegado a ese punto de inflexión en que todo, de puro absurdo, de puro "parece que te ha mirado un tuerto", causa risa. Y risa me causa cuando consigo dominar esa sensación tan familiar en la hipocondria de "me lo merezco". Es la perversa, falaz, alienante e inútil culpabilidad judeocristiana que tan bien nos metieron en el tuétano a toda una generación. Quisiera reírme de ella, decirle que no le tengo miedo, que esto no es más que una jodida mala racha, pero la muy puta se aferra con tesón, y me deja sumido en la más absoluta de las tristezas. 

Aprovecho que ahora parece que se ha cansado de golpear para contaros esto, antes de que, yo qué sé, se vaya la luz. Está ahí, acechando, y ya la tengo localizada. En cuanto que se ponga a tiro pienso meterla una puñetera bala entre ceja y ceja. Ya verá, ya, la condenada.

Fiesta de cumpleaños

Hacía ya demasiado tiempo que no festejaba un cumpleaños en casa, con los viejos y los nuevos amigos. Ya ni recordaba que celebrar un cumpleaños es jugar a ser aristócrata o diplomático por un día, a ser buen anfitrión y solícito con tus invitados. Incluso debo confesar que me encontraba bastante nervioso cuando ya quedaba poco para que la gente comenzara a llegar. Pero fue una buena velada, en la que hubo todo lo que debe haber en una reunión de estas características: mucho echar de menos a gente que ya no está, y a gente que no pudo venir; mucho acordarse de otras fiestas de antaño; abrazar a los buenos amigos de ahora; acoger a los "aledaños" propios de toda fiesta de cumpleaños que se precie; y aguantar estoicamente el sueño cuando las horas empiezan a acercarse peligrosamente al amanecer (frontera simbólica que todo buen noctámbulo sabe que no puede rebasar, por esa connotación antivampírica que tiene la alborada).

El anecdotario de las celebraciones de cumpleaños es siempre nutridísimo, y ese incomparable repaso al día siguiente de "las mejores jugadas" siempre resulta delicioso. Y termina uno por darse cuenta de una verdad irrefutable: que el anfitrión siempre suele comer poco y beber mucho, por lo que a la mañana siguiente, una vez levantado de la cama y comprobada la calma después de la tempestad (y el intenso olor a esa mezcla de humo, alcohol y gentío), se suele echar mano del clásico arsenal postcelebraticio. Ya se sabe: lo único malo del alcohol es la resaca.

Pero hubo algo más, algo que distinguió éste de otros cumpleaños, además de la distancia en el tiempo. De repente me vi desdoblado, como si una parte de mí se dedicara a atender a los invitados y otra se alejara de la escena para pintar un perfil de cada uno de los asistentes. Había reunidos representantes del mundo editorial y de la archivística (incluido un director de una importante institución pública); actores de éxito, actual y pasado (con alguna nominación al Goya); la mano derecha de uno de los directores de casting más importantes del momento; una investigadora de la España del XVIII; un experto en imprenta; una ex directora de escuela; una experta bailarina y chófer de personalidades de la Administración; un artista conceptual; una ex modelo; una poeta (la mejor pluma española de la actualidad, si consigue publicar) y un aprendiz de todo (ese era yo). Y me faltó una directora de academia de música; tres profesores de español, uno en la universidad de aquí y dos fuera de España, en Estados Unidos y Japón; una maga; dos representantes de la industria farmacéutica; un jefe de informática de un prestigioso grupo editorial; y un asesor jurídico de un importante colegio de ingenieros, entre otros...

En definitiva, observaba cómo habían evolucionado mis amigos, cuáles habían sido sus éxitos profesionales, y sonreía complacido por el buen puñado de excelentes profesionales y mejores personas (dicho sin rintintín) que me rodeaba, y respiré tranquilo y feliz. Realmente mereció la pena compartir con ellos una fecha tan señalada.

Aún queda esperanza en el mundo que nos ha tocado vivir.

Cuarenta

Desde ayer, cuando soplé esta operación de velas (gracias, gracias), puedo decir con propiedad que soy un hombre de mediana edad. Incluso podría decirse que soy ya un cuarentón...

Volveré por aquí cuando me recupere del susto.