La lógica del estancamiento
Es comprensible. Desde tiempos inmemoriales. Quien nace noble nunca conoce otra realidad. Ya se sabe que los ricos, esos sí, esos sí que saben. Los demás somos todos unos advenedizos. Unos impostores en esto del saber. Mi madre me ha repetido desde hace ya demasiado tiempo una máxima, siempre la misma: "¡ay, hijo mío, si tú tuvieras dinero, qué bien vivirías!". Pero el hecho es que no lo tengo, y dudo mucho que alguna vez lo llegara a tener. Dinero de verdad, ese que tienen los niños bien, que si las cosas van mal saben a quién recurrir. Amasar una fortuna es una facultad que se tiene o no se tiene; pero disfrutar de ella desde un par de peldaños más abajo del árbol genealógico, eso ya es otra cosa. Y para tener éxito desde abajo en el trabajo se necesita un estómago que yo no poseo. Mi talento está enfocado en otras cosas, y así me va.
Todo esto viene a que no sé de qué nos extrañamos cuando vemos a los poderes fácticos hablar. Una persona que ha forjado su vida de colegio exclusivo en facultad de pago exclusiva, que ha cruzado mares y montañas montada en un avión para aprender un idioma o conseguir un máster (o como carajo se quiera denominar ahora) y que está acostumbrada al mantel de hilo, la sábana bordada con su nombre y las clases de equitación no puede, jamás, ponerse en la piel de una jubilada, de un parado, de un obrero. Los problemas de la calle, pero de la calle de verdad, de la sucia y hedionda, de la que pinta de mugre nuestras ciudades, le pilla tan lejos como pasar la escoba entre el bosque de pagodas en el templo Shaoshi. Y ya sabemos que algunos prebostes afines a ambas bancadas de nuestro carpetovetónico parlamento han compartido ilustre pupitre en algunos de los colegios de pago más afamados de la capital. Así es.
Pero si hay una cosa cierta es que no hay mejor época que la presente para ser pobre. Bueno, no seamos demagógicos, miembro de la "clase media", esa cosa que dicta que si te puedes permitir mantener un coche, una casa, una tele, un ordenador, una lavadora y una decena larga de cumbres del progreso más es que perteneces a ella. Pero, ¡ay!, los ingenuos miembros de esa clase alta y lejana cometieron el error, hace ya muchas décadas, de dejarnos usar libros, e incluso hoy día internet, y los miserables hemos tenido la osadía de contrastar opiniones, leer aquí y allá, buscar en los rincones y darnos cuenta del tinglado, con lo bien montado que lo tienen. Y encima hemos desarrollado buen paladar, e incluso (¡válgame!) buen gusto, hasta por las cosas caras y de buena calidad. Desde luego, no sé hasta dónde nos hemos atrevido a llegar.
Lo que ocurre es que últimamente están más torpes que de costumbre, más toscos y relajados, con lo estrictos que son ellos. Ahora, como en términos de argot se dice (cómo me gusta ese sintagma), se les ve el plumero con demasiada facilidad. Y lo que es peor: no se molestan en disimular.
Así que, amigos, cuando día a día asistáis al cotidiano espectáculo de ver hablar a esas señoras, y señores, de que habéis vivido por encima de vuestras posibilidades, procurad que vuestra risa no sea demasiado estentórea, porque corréis el peligro de ser señalados con el dedo. Y no se os ocurra protestar, porque sabéis que, de antemano, jamás tendréis razón (y os podréis llevar un disgusto que no podréis pagar, o sanar). No aspiréis a más de lo que os merecéis, que es poco comparado con su mucho, porque es vuestro destino. Agarraos a lo que no se puede comprar, a la risa, al arte, a la música, a la caricia a destiempo y el placer de disfrutar de un atardecer, que con eso ya vais arreglados.
Y eso sí, si veis a alguien que defiende determinadas ideas modernas sobre ajustes y reformas y no ha nacido en noble cuna, darle de mi parte un puñetazo (fuerte, por favor) en el estómago. Porque hasta ahí podríamos llegar.



