La Coctelera

Las manos en los bolsillos

¡Dios, cómo son los domingos!

Una camiseta de mi buen amigo Jose rezaba el lema "Los domingos matan más que las bombas". Qué razón tenía. De vuelta a casa, con la resaca del partido de Nadal (lo siento por los antideporte, pero ha sido un gran espectáculo) y escuchando en la radio las últimas noticias del Wilma, me ha entrado ese nosequé que suele entrar los domingos por la tarde, sobre todo cuando te has pasado un finde entero sin hacer nada y te pilla el domingo de sopetón, y te das entonces cuenta de que mañana madrugas, y todas esas cosas. ¿Entendéis ahora un poco en qué consiste ese nosequé?

Además, el jodío Wilma me ha hecho pensar en la vanidad de vanidades del primer mundo. ¿Os habéis dado cuenta de que la mayoría de las fotos de los periódicos y de las imágenes que salen en la tele son de los "paraísos turísticos"? Parece que desde el primer mundo lo que nos fastidia no es lo mal que lo van a pasar las miles, millones de gentes que van a ser afectadas, si no que lo que realmente importa es que se nos "joden" los lugares de vacaciones. En fin, todo es vanidad...

Lo curioso es que gracias a estas cosas del ciberespacio voy a poder hablar con un gran amigo que está al otro lado del charco, adonde se ha ido a ganarse las habichuelas (lo que demuestra cómo están las cosas para la investigación de humanidades en este nuestro país-estado-nación de naciones). Está en la costa oeste, así que no le pilla todo este desastre, pero me he acordado de él también y de lo lejos que está.

En fin, ahora comprendéis por qué este artículo va a parar a la carpeta de reflexiones estentóreas. Al fin y al cabo los domingos por la tarde tienen estas cosas...


Vanidad de vanidades... ¿Qué mejor foto que ésta para ilustrar semejante afirmación? Está tomada esta mañana en el Cementerio de Carabanchel (en Madrid, para los que no lo sepan), donde hacía un maravilloso día otoñal. He ido con mi madre a limpiar la lápida de mis abuelos, pues se acerca la festividad de todos los santos (curiosa fecha, ¿verdad?). Allí, las papeleras están ahora repletas de flores de plástico, pues están siendo sustituidas por otras flores de plástico... Todo es vanidad.

¡Espero estar de mejor ánimo la próxima vez!

4 comentarios

  1. Hola,

    Sólo quería decir que lo quejarnos porque se nos estropeen los lugares de vacaciones, más que vanidad, me parece egoismo y falta de solidaridad.

    Respecto al cambio de unas flores de plástico por otras, y con todo mi respeto por quien hace eso, me parece estupidez.

    Pero tu artículo está bien. Me ha gustado descubrirte.

    Saludos.

  2. Pues gracias también a ti por tus consejos para pedir perdón. ¡Espero poder acordarme de ellos cuando sea necesario!

    En lo que respecta a las flores de plástico, también yo me siento absurdo colocándolas para que luzcan bonitas, pero para mi madre es una forma de recordar a los que se han ido. Absurda, pero es un rito, tan absurdo como casi todos los ritos.

    Saludos

  3. Querido Polidori: me agarras con otros problemas pero con sentimientos domingueros semejantes. En Buenos Aires los domingos son particularmente tristones y melancólicos. Hoy, para colmo, hemos tenido elecciones legislativas y he decidido ni ir a votar, aunque aquí el voto sigue siendo obligatorio. El centro festeja, la derecha festeja, los noticieros dan los cómputos. Ya te imaginas lo que puede ser este domingo para un mono harto de la injusticia diaria.
    Aunque no podría explicar bien lo que siento, tu foto lo resume perfectamente. Parece más bien una radiografía que cala hondo también en paisajes internos. Un gusto conocerte.

  4. Amparichu

    A mi los domingos no me entristecen, me recuerdan que pronto vendrá
    otro fin de semana, y podré estar con la gente que me gusta,
    haciendo lo que nos guste a todos. Me gusta levantarme pronto los
    domingos, ver como mi ciudad (Madrid) está de resaca y no despierta
    hasta la hora del vermouth (Esa hora incierta entre el medio día y
    la hora de comer). Me gusta observar como las calles están vacías,
    sin ruido, sin gente. Me gusta mirar hacia las ventanas donde solo
    hay persianas bajadas o a medio bajar. Me gusta ir a los parques,
    que se convierten en ghettos para esas personas que no han
    disfrutado o gastado la noche del sábado. Esas personas son
    aquellas que tienen niños, o esos ancianos que aprovechan para
    corretear y pasear. Cuando entras en un parque, entras en otra
    dimensión... solo oyes risas infantiles, ves miradas tranquilas,
    relajadas; observas que pese a toda la gente que hay, no hay
    atascos de bicis o de personas. Me gusta levantarme temprano en
    Madrid. Y respecto a las flores, a mi me deja el sabor del deber
    cumplido. Como son de plástico aguantan, y no hay que volver a
    visitar algo tan lúgubre para mucha gente como un cementerio. Es
    triste. Prefiero pensar que pongo una flor en cada pensamiento que
    tengo hacia esa persona que se ha ido. A veces pongo la flor cada
    minuto, en otros momentos, puedo tardar semanas, pero siempre habrá
    una flor. Y me gusta pensar que el aroma de la flor que he puesto
    llega hasta esa persona para hacerle recordar que nunca murió, y no
    porque piense en él o en ella, sino porque parte de lo que soy o
    como me formé lleva una parte suya. Enhorabuena por el artículo
    Polidori. Para cuando un relato sobre este personaje?

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