¡Y lleva un rifle! Esto es Alaska
Cuando escuché la ya famosa noticia de que el Reina Sofía iba a ser denunciado por Amnistía Internacional por haber distribuido un vídeo en el que se ve como el videoartista Jordi Benito y otros "ayudantes" sacrifican una vaca a martillazos y cuchilladas hasta matarla, la descuartizaban y hacían alguna que otra barrabasada con el cadáver después, en aras supuestamente del arte, enseguida pensé en continuar con la línea de mis pasados post sobre qué es el arte, e intentar dar una explicación a este desvarío. Por ello también me acordé de que hacía poco había muerto Arman, el artista francés que se dedicaba a apilar carros de combate en la Plaza de los Mártires de París, amontonaba miles de tenedores delante de un restaurante de lujo, rellenaba objetos con pintura para luego romperlos, o simplemente los quemaba. También me acordé de Piero Manzoni, el famoso tipo que le salió del escroto (con perdón) rellenar noventa latas con su propia mierda para luego venderlas (¡y las vendió, pasmaros, y a muy buen precio!, ¡a precio, literal, de oro!). Ya os digo, pensaba dedicar un post un poco tétrico a este extremo del "arte" (las comillas no son gratuitas), sobre todo aquel que, en los permisivos ochenta (si lo hubiese firmado hoy día le habrían condenado por apología de cualquier cosa, y con razón), se dedicaba a matar bichos con la misma impunidad con que se tiraban cabras de un campanario. Lo siento, Morrissey (ya queda menos para un post a ti dedicado, tranqui), no ando por ahí con una camiseta que diga "meet is murder", ni soy para nada vegetariano, pero matar bichos sin ninguna utilidad no puede ser defendido por ninguna opción artística. He dicho.
El caso es que, como decía, este tema me ha traído a la memoria otra historia mucho más lúdica, agradable y digna de un post que esa. Y es que me he acordado de un capítulo de la (para mí, y sin lugar a dudas) mejor serie que se ha ofrecido en televisión, a la que estuve completamente enganchado y a la que debo más de una confusión entre realidad y ficción, tal era el grado de dependencia que tenía de ella: Doctor en Alaska (Northern Exposure).
¿Y qué tiene que ver Jordi Benito y su vaca con Doctor en Alaska? Pues todo tiene una explicación: si sois, o mejor dicho habéis sido (aunque esto dura toda la vida, como montar en bicicleta, atendiendo a las veces que la reponen), seguidores de la serie, recordaréis un personaje por el que muchas féminas y no pocos hombres suspiraban, con ese aire de gamberro con corazón sensible y espíritu indómito: Chris Stevens (interpretado por John Corbett quien, aparte de la flojita Mi gran boda griega y alguna que otra aparición en una serie cutre de la que no recuerdo el nombre, no le conozco otro trabajo, al menos que haya llegado hasta aquí).

Pero antes comentaré algo de la serie, pues merece la pena. Básicamente puede decirse que su argumento es muy simple: un doctor recién licenciado judío de Nueva York es enviado, con un total engaño del tiempo que va a estar, hasta un inhóspito confín de Alaska llamado Cicely, un pueblín de unos ochocientos habitantes donde se dan cita algunos de los personajes más extravagantes y curiosos que se han podido ver en una serie "real" en televisión. Lo que empezó siendo una serie en pruebas de tan sólo ocho capítulos se convirtió en un fenómeno social del que se llegaron a rodar unos cien capítulos y que ganó un emmy y dos globos de oro. Incluso fue nombrado Programa del año de la Asociación de Críticos Televisivos.

El doctor Joel Fleischmann, el personaje principal, era un histérico y clasista urbanita al que se le cae el mundo a sus pies cuando ve a dónde ha ido a parar: un pueblo perdido de la mano de Dios y "gobernado" por un alcalde ex astronauta, Maurice Minnifield, con una única idea de la cabeza, crear un enorme negocio con el pueblo como centro neurálgico, una especie de lugar de descanso idílico en mitad de la inhóspita Alaska. La serie mantuvo un nivel excelente no sólo por sus magníficos guionistas, sino por la implicación de las actores, completamente metidos en la piel de sus personajes. Así, se suceden escenas inolvidables entre personajes tan peculiares como Fleischman; la encantadora, neurótica e imprevisible Maggie O'Connell; la sabia y conciliadora Ruth-Anne, que regenta una de las pocas tiendas del pueblo; el tierno y atolondrado ayudante de la tienda, Ed Chigliak, que es un director aficionado que se codea con Spielberg y Coppola (y les llama Steven y Francis) como si fueran amigos de toda la vida); la increíble Marylind Whirlwind, ayudante (y por qué no mentora) de Fleischman; la maravillosa pareja que hacen el longevo Holling Vincoeur y la encantadoramente chabacana y ex miss Paso del Noroeste Shelly Tambo; y, por supuesto, el ex presidiario, artista vocacional, vicario oficial y estrella de las ondas por fuerza Chris Stevens (entre otros muchos, os lo aseguro).

Pues bien (volvamos a la vaca y a Jordi Benito), Chris, como os decía (u os recordaba) es un artista vocacional que se pasa la mayoría de los episodios dándole la vuelta a la pelota intentando crear una obra de arte que sea la admiración de todo Cicely (o no). Vamos, que es la encarnación perfecta del artista, incomprendido siempre, pero que también siempre al final suele dejar boquiabiertos a sus convecinos. En el capítulo 14 de la tercera temporada, "Burning down the house", Chris está pensando (¡por fin la vaca!) catapultar a una vaca por los aires y crear así un momento único de catarsis colectiva en el que la vaca y los espectadores se unan en una especie de instante eterno. Chris sondea la opinión de la gente del pueblo, y algunos se muestran a favor, y otros muchos en contra. Incluso el infeliz (o no) animal está ya seleccionado, y pasta tranquilamente a sus anchas, alejado por completo del peligro que se le viene encima. Pero Ed, con su aparente despiste habitual, le dice a Chris que eso ya lo hicieron Monty Python en Los caballeros de la mesa cuadrada, lo que sume al artista en una gran depresión por su falta de originalidad. Así, empieza desesperado a buscar qué cosa puede meter en la catapulta que ha construido, pero no lo encuentra. Por circunstancias que ahora no vienen al caso, y que pueblan de muchos avatares el episodio (como todos), la pobre Maggie ve como su casa sale ardiendo. Desolada, se queda ante las ruinas de lo que era su hogar y se da cuenta de que sólo le ha quedado el piano en pie. Entonces Chris lo ve claro: eso es lo que debe subir a la catapulta, como una especie de exorcismo que hará olvidar la desgracia de Maggie. Y como suele ser habitual en todos los capítulos (pero en éste con más intensidad si cabe), el gentío se agolpa alrededor de Chris para ver su última invención, y despiden el capítulo con un prolongado "¡guau!", en este caso contemplando cómo el piano se eleva por los aires, describe un arco en el cielo y se estampa contra el suelo. FIN.

Y ésta es la historia que se me ocurrió. Espero que os haya gustado, o mejor aún, os haya refrescado la memoria.
Por cierto, la serie se rodó en Roslyn, una pequeña ciudad del estado de Washington, cerca de Seattle, que aún sigue disfrutando de la popularidad que le dio las andanzas de Fleischman y compañía. Los turistas acostumbran a tomarse unas copas en la auténtica Taberna de Brick's, se hacen fotos frente al famoso mural de las palmeras o visitan la sede de la K-OSO, desde donde Chris trasmitía sus geniales programas de radio. ¡Espero ir algún día!

Nani dijo
Desgraciadamente apenas pude seguir la serie (los programadores de televisión tienen la "cuirosa" costumbre de dejar lo mejor para la madrugada, sin acordarse de que hay gente que, a lo mejor, al día siguiente tiene que ir al trabajo o la universidad, por poner un ejemplo).
En fin, no ví el capítulo que has relatado, pero me ha hecho volver a pensar sobre esos límites de lo que se puede o no considerar arte.
Desde luego me parece muy bien que Amnistía Internacional haya actuado en lo que se refiere al video de Benito. Ya tenemos bastante violencia gratuita para necesitar un poco más. Bueno, quién sabe, tal vez era eso mismo lo que el "videoartista" intentaba mostrar, a saber. En cualquier caso, me lo estaba imaginando mientras lo leía y no me ha gustado nada la sensación que he experimentado. Y yo, que soy una analfabeta en temas artísticos (cuánto lamento no haber prestado más atención en clases de Hª del Arte), a la hora de hacer una valoración (personal)sobre algún tipo de manifestación artística, sea del tipo que sea, me dejo llevar por las "sensaciones" que me han producido. Y desde luego, imaginarme a esa pobre vaca, me ha hecho sentir un rechazo total.
24 Enero 2006 | 07:46 PM