La punzada en la boca del estómago
Una persona de mi entorno, cuya afinidad no viene al caso, ha puesto recientemente a prueba su amor, su relación. Es más joven que yo, y por suerte (o por desgracia) no ha experimentado aún las desdichas del amor en toda su extensión. Lo primero que le deseo es que sea feliz, en esta relación o en la que le toque, y lo segundo, y quizá más importante, que le deseo es que no necesite pasar por según qué cosas, y que se sienta una persona plenamente realizada con quien comparta su vida.
Lo cierto es que aplacar su desconsuelo, aconsejarle lo mejor desde mi mejor intencionado punto de vista, prepararle para lo bueno y malo que puede traer una situación de crisis y, sobre todo, representar el papel de experimentado me ha hecho (no podía ser de otra forma) reflexionar sobre el motor que mueve el mundo, junto al poder y el deseo de inmortalidad, el amor, y sobre todo en mi propia experiencia.
No os preocupéis. No voy a contaros nada de mi vida privada. Por respeto a las personas a las que he querido y por respeto a vuestra propia salud mental. El caso es que reflexionar sobre la naturaleza misma del amor, las vivencias que con relación a él he experimentado a lo largo de mi vida y el hecho de que me sienta completamente aprisionado por el escepticismo (y preso con pesados grilletes por la edad y el consecuente deterioro físico, aquel que se corresponde con la treintena bien cumplidita y que, para qué negarlo, es patente y notable, aunque sólo sea en la alopecia) hace que me sintiera un anciano respetable o un monje saolín que instruye con un puntito de distancia y condescendencia ante la tierna juventud de su pupilo. Y, claro, uno echa la vista atrás, y concluye que es un maldito idiota, a pesar de esa recién estrenada madurez.
Esa punzada en el estómago, esa falta de aliento, esa pérdida de conciencia repentina, esa sensación de ser éter liviano que sobrevuela la tierra a muchos metros del suelo no tiene edad, condición, razón ni deber.
Yo he amado sin tregua, sin pausa, sin conocimento. He amado hasta perder el sentido, el raciocinio, el juicio. He traspasado todos los límites establecidos, he perdido mi ser por entregarlo en papel de regalo de color chillón. He sido amante, amador, siervo, compañero, esposo, esclavo, loco por amor. Y he estado perdido, desnortado, ciego, destrozado, hundido, moribundo, extraviado, echado a perder por desamor. Me he arrastrado por amar, y, quizá lo que es peor, he dejado que se arrastren por desamor.
Quizá ahora sea simplemente escéptico. Quizá se me haya pasado el arroz. Quizá esté en pleno hervor. Quizá comience a amar la soledad como la mejor de los amantes. Quizá esté mejor ahora, con mi altiva y estúpida sabiduría mirando por encima del hombro los problemas de las parejas que en el mundo han sido. Quizá, por qué no decirlo, siga teniendo miedo a sentir de nuevo esa punzada.
Porque he recorrido cientos de kilómetros por amor. Porque me he arriesgado, física, intelectual y profesionalmente, por amor. Porque he sacrificado mi propio ser por ser en otra piel. Porque he suspirado por enlazarme ad eternum con la piel amada. Porque me he vuelto loco cuando la rutina, el desaliento, el miedo, la torpeza, la incomprensión ha deshecho el amor. Porque enloquecí cuando fui, de repente, el papel secundario de mi historia, y con mirada estúpida me sorprendí aplaudiendo al prota, con ese traje tan bien planchado que se pone para las premieres.
El amor es extraño. Un extraño dador de fortuna, un extraño repartidor de desconsuelo. Por eso alzo mi copa y brindo.
Por la cándida adolescencia.



5 comentarios
Increíble. Te leo y me escucho.
26 ene 2006 | 11:12 PM
Lo mejor de la adolescencia es que, cuando estás colado por una tía (pongamos que se llama Yolanda) y ésta te deja, lo único que tienes que hacer es coger una tiza y escribir por todo el barrio "Yolanda puta", y en un par de días te sientes mejor hasta que se te pasa. Luego, cuando te haces mayor, la cosa se complica mucho, y no debería serlo tanto, ¿no?
Así que ya sabéis, a comprar tiza.
P.D.- Las féminas pueden sustituir "Yolanda" por "Alonso", por ejemplo, y "puta" por cualesquier insulto "ad hoc" que gusten. La esencia es la misma.
Un abrazo, Polidori :-P
27 ene 2006 | 06:35 AM
¡qué cosa tan bonita, lo que has escrito!
Yo también brindo por la cándida adolescencia.
Es lo que tiene ser un@ romántico@ empedernid@, que todo se vive con + intensidad, se disfruta de esos pequeños gestos que para otros pasarían desapercibidos....pero los finales son más difíciles de superar, porque siempre encuentras cositas por el camino que te hacen mantenerte en aquella historia que ya pasó (en la realidad) pero que vive durante mucho más tiempo en nosotros. No podemos sustituirla tan fácilmente por otr@. Hasta que un día te das cuenta de que hace demasiado daño, que hay que dejarla en un rinconcito y comienzas a hacer grandes esfuerzos mentales por empezar de 0. Y se consigue, claro, aunque siempre está ahí, para mal y para bien
Un abrazo
27 ene 2006 | 02:05 PM
Bueno, ante todo muchas gracias por dedicarme este post y sobre todo por haberme soportado, escuchado y aconsejado: eres un buen tío, es más, eres un tío estupendo. GRACIAS. Y además me alegro de haberte inspirado este escrito tan bello.
Está siendo duro, pero espero que de esto salga algo bueno. El amor me parece ahora tan caprichoso... Y el amar así, tan duro... Ya veremos en qué acaba todo.
Te reitero las gracias.
27 ene 2006 | 04:34 PM
Y, por cierto, que no soy tan joven ya aunque tú lo veas así, pues estoy más cerca de los 30 que de los 20, je, je,
Un besote enorme.
27 ene 2006 | 04:37 PM
Escribe un comentario