La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Rufianes o caballeros

El final del invierno suele venir acompañado todos los años de uno de los acontecimientos deportivos más tradicionales y emocionantes del año: el Seis Naciones de rugby.

Cuando uno va cumpliendo años el deporte se va viendo de forma distinta. Al menos a mí me pasa. Cuando era más joven se veía el deporte "por que sí", porque era lo propio. Claro, que los "culturetas" estábamos por encima del bien y del mal. Salvo algunas competiciones especiales (véase las finales de la Copa de Europa -nótese que no hablo de la Champiñones-, los mundiales o, por supuesto, los Juegos Olímpicos), nunca jamás dejaríamos de ver una buena peli o una buena reunión con colegas por ver un partido del Madrid, del Atleti o de lo que fuera.

Una vez reconocida esa "tara", debo reconocer y reconozco que el deporte se ha instalado en mi vida de manera serena, tranquila y racionalizada. Ahora las "grandes citas" se ven como una especie de espectáculo necesario, una parte de la información de los periódicos que (incluso por motivos profesionales) está dentro del entramado de comunicación social inherente al vivir de cada día. La última goleada al equipo galáctico fue tan nombrada y renombrada que era imposible escapar de ella.

Otro cantar es el baloncesto. Por un amigo común, he terminado siendo socio de un club que, como diría Groucho Marx, se ha atrevido a admitirme como socio: el Estudiantes. A pesar de los pesares, este equipo ofrece suficientes alicientes como para asistir con avidez a sus partidos, a pesar de lo difícil que nos lo ponen a los socios acercarnos al campo a veces (¡ay Gallardón, qué te hemos hecho nosotros, sufridos usuarios de la Casa de Campo!). La hinchada es magnífica, la Demencia divertida, y el espectáculo en la cancha ofrece ese componente de heroísmo que hace de cada partido (bueno, de muchos, vale, que nivel tenemos) una verdadera gesta iliádica. De veras, una magnífica forma de entender el deporte dentro de los cauces supraeconómicos que lo envuelven (incluido, por supuesto, el propio Estu, que no está a salvo de especulaciones y ávidos vampiros de la pasta). Y, por supuesto, el nivel de la ACB, que es espléndido, y el futuro mundial, al que miramos con optimismo, más ahora que Pau Gasol ha conseguido una gesta impensable: jugar en el ALL STARS de la NBA. ¡Bravo Pau! Eres el más grande, así que inclinémonos todos ante ti. Además, el éxito no se te ha subido a la cabeza, y sigue siendo tan buen tío como cuando era un imberbe y ganó el mundial de juveniles. Buen tipo este Pau. Y por lo demás... ¡I love this game!

Otro capítulo aparte en esto del deporte es el atletismo. Realmente es el deporte de los deportes, y a pesar de los comentaristas de algunas televisiones, siempre unos mundiales o unas olimpiadas son un espectáculo deportivo sin igual. No voy a dar nombres, porque me hartaría, pero ver esos cuerpos en pleno esfuerzo, tanto hombres como mujeres, superando marcas imposibles, o rompiendo los límites de lo concebible, es grandioso. El dopaje y sus sospechas no han conseguido aún cargarse este deporte, como ha ocurrido con el ciclismo, así que podremos seguir disfrutando de él. Venga, vale, no iba a decir nombres, pero me acordaré de la magnífica Isinbayeva, émula de Budka, que es capaz de hacer esas coreografías en el aire. La adoro.


Y llegamos al rugby. Como dice la famosa frase: "un deporte de rufianes jugado por caballeros". Twickenhan, Lansdowne Road, el estadio del milenio, rugiendo como una masa enfervorizada cuando, después de una melé, un tipo de más de cien kilos se levanta y, como un toro de lidia en plena salida de chiqueros, comienza una carrera balón en mano, protegido por un poderoso antebrazo, con la mirada fija en la posición de los delanteros contrarios, moles de músculo dispuestos a cortar su avance. Y de repente ese juego a la mano, ese pequeño Shane Williams, o Brian O'Driscoll, haciendo malabares en su carrera para sortear adversarios, ese hueco imposible, con el adversario agarrándole por los tobillos, saltando en el aire con la mirada fija en el césped, donde con firmeza, clava su brazo y posa el balón para conseguir el ensayo. ¡Dios, se me pone el corazón a cien! Es un espectáculo magnífico. La poderosa Inglaterra, el juego a la mano de Gales, el rugby Champagne de Francia, la chispa de Irlanda, la correosidad de Escocia y el lento ascenso de Italia.. Cada partido una historia. Un juego hecho por verdaderos portentos físicos que si no fuesen cabelleros, si fuesen rufianes, acabarían unos con otros en cada partido, pero el honor es el juego limpio, el árbitro es el amo y señor del campo, al que no se rechista, y el juego sólo se entiende en equipo, porque si no no existiría el rugby. Fuerza, sí, pero nobleza. Potencia, sí, pero caballerosidad. Toda una oda a la esencia del deporte y a la plasticidad. Como ejemplo de grandísimos jugadores vaya este recuerdo por el gran Serge Blanco, el ex capitán francés.

Y eso en el hemisferio norte, pero en el sur están Sudáfrica y Australia, dos poderosísimas escuadras. Pero señoras y señores, hagamos capítulo aparte de los All Blacks, los inigualables jugadores de Nueva Zelanda. La Jata que inicia el partido, como una ancestral danza de guerra, los maoríes luchando contra los invasores, la potencia, la belleza del mejor equipo a la mano. El poderoso Jonah Lomu, aquejado de uno de los males de esta época, el cáncer, tuvo que alejarse de las grandes citas, pero no dejéis de ver el anuncio que hizo con Adidas. Esto, señores, se llama rugby, y éste es uno de sus más grandes embajadores de los últimos tiempos.

Y por último, y recomendando de nuevo a Astérix, no dejéis de leer Astérix en Britania si queréis entender un poco más este magnífico deporte.

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