El día después (de san Valentín)
Ya está, ya se acabó ese absurdo “día de los enamorados”. Absurdo porque si estás enamorado de verdad no existen días especiales, y si no lo estás un día en el que se celebre que los demás lo estén es como de recochineo. Pero, como no podía ser menos, por mi mente calenturienta pasan los “porqués”, es decir, ¿por qué se celebra este día?, ¿por qué precisamente ese día? y ¿de dónde salió todo? Ahí va el producto de mis investigaciones. Espero que os gusten.
Parece ser, por lo que he investigado, que la costumbre de intercambiar regalos y cartas en esta fecha se inició en Gran Bretaña y Francia a lo largo de la Edad Media, con lo que puede decirse que es una tradición que arranca nada menos que del siglo XV, más o menos. Es decir, que hace quinientos años los enamorados ya se repartían regalitos ese día… ¡y yo que creía que era un invento de El Corte Inglés!

Supuestamente (ya sabéis, y si no os lo digo yo, que esto de la hagiografía no es precisamente una ciencia exacta) san Valentín vivió en el siglo III, es decir, cuando Roma aún estaba en pie; un poco decadente, bien es cierto, pero en pie al fin y al cabo. Vivió, pues, en tiempo de Claudio II, llamado “el Gótico” (podéis ver su efigie en una moneda debajo) no porque le gustara Sisters of Mercy o Marilyn Manson, sino porque fue el vencedor, en singular y terrible batalla, de los godos en Iliria. ¿Godos?, ¿los de los reyes godos?, pues sí, es lo que tienen las invasiones bárbaras, que lo mismo se te presentaban en los Balcanes que se te daban una vuelta por Cuenca y te conquistaban toda la piel de toro… ¡qué brutos!

El caso es que, y según cuentan las hagiografías, Valentín era un monje cristiano que se dedicaba a casar en secreto a los soldados de Claudio (espero que no entre ellos, porque si no me imagino yo a Cerolo vestido con faldita corta y ya tenemos una “orgia” –nótese el acento llano, no agudo- montada), algo que el emperador tenía prohibido a los soldados profesionales. La razón no está muy clara, aunque parece ser que los tiros iban porque Claudio prefería a soldados solteros, porque pensaba que los solteros sin familia, que no tenían nada que perder, eran mejores soldados que los casados, los cuales temían perder a su prole. El futuro san Valen vio en esto una injusticia (hombre, lo era, las cosas como son, y una buena majadería, pero casi todo lo concerniente a las leyes de reclutamiento de los ejércitos lo son, pero dejaremos el antibelicismo para otro día), y se dedicó a casar a jóvenes soldados a diestro y siniestro, lo que naturalmente al imperatus no le sentó nada bien que lo hiciera, y le mandó ajusticiar. Así se resolvían las cosas en la antigüedad: qué tú te pasas, pues yo te paso por la piedra… ¡qué tiempos! El caso es que el pobre “Valen” se quedó sin cabeza un 14 de febrero y, después de ser canonizado, fue ésta la fecha que se eligió para subirlo al santoral, por lo visto por Gelasio I, papa y santo, que sentó sus santas posaderas en el solio papal en el 492.
También parece ser que su fama creció como la espuma, lo que hizo que el papa Julio I erigiera entre el año 337 al 353 una basílica junto al lugar de su martirio y de su sepultura, no lejos de la vía Flaminia, a la que durante siglos peregrinaron gentes venidas desde muchas partes de Europa, incluso desde sitios tan dispares como Escandinavia, Portugal o Galicia.
Bueno, el caso es que identificar el día de los enamorados con la festividad de un santo “casamentero” tiene su gracia, pero sociológicamente parece más lógico pensar que la tradición milenaria (hábilmente recogida por el cristianismo, como casi todas) de celebrar el final del invierno y el comienzo de la primavera tendrá mucho que ver con todo esto. ¿Por qué?, porque parece ser que a mediados de febrero las parejas de aves comienzan a aparearse, y como son las primeras de la Naturaleza, pues eso… ¡se merecen que sus cuitas amorosas sean celebradas!
Eso de celebrar el fin del invierno tiene muchas peculiaridades y variantes regionales. Sin ir más lejos, en plena Vera extremeña hay un pueblo situado a una altura respetable (1.170 m de altitud, nada menos) que se llama Piornal y en el que, en lo que tiene toda la pinta de ser un rito ancestral de expulsión del invierno, la chiquillada (y los que no son tan pequeños, aunque lo tengan prohibido) se dedican a tirar nabos a un señor disfrazado de monstruo de muchos colores, como podéis ver en la foto de abajo. Y no os creáis que son caricias: un nabo tirado con saña puede hacer mucho daño, por lo que no me extraña que este personaje, llamado Jarramplas, tenga que proteger su cuerpo con una peculiar armadura de metacrilato (antiguamente lo hacía forrándose el cuerpo con trapos; no me quiero imaginar cómo debía terminar). Pues bien, la fiesta del Jarramplas es el 20 de enero, fecha muy temprana pero que marca el inicio del declive de los rigores del invierno en el municipio cacereño; por algo será…

El caso es que tiene mucha lógica que se celebre el día de los enamorados justo cuando el invierno empieza a dar paso tímidamente a la primavera. Antes de que el cuerpo y la sangre se alteren, recuérdale a tu pareja que la quieres, y prepárate para la inminente primavera, época en la que, si la astenia te deja, deberás dedicarte a aquello para lo cual te has enamorado, que no es otra cosa que la coyunda con la hembra… ¡Hay qué fastidiarse con las tradiciones, en cuanto que rascas un poco enseguida viene la jodienda! Pero, por supuesto, como buenos cristianos: cada oveja con su pareja. Y si no la tienes, para eso precisamente se celebraban esas fiestas antaño, para que, al igual que las aves, los joveznos del pueblo pudieran encontrar pareja con la que “machihembrar”. En Roma, por cierto, el 15 de febrero se celebraban las llamadas “lupercales”, en honor de Luperco (o “fauno”), que mira tú por donde eran fiestas de la fertilidad en las que se conmemoraba el amamantamiento de Rómulo y Remo por una loba y en las que me imagino que no sólo se dedicaban a bailar, como puede verse en el cuadro de abajo. ¿Coincidencia?: no lo creo.

Así que, enamorados de todo tipo y condición: ¡celebrad el día de post-san Valentín! ¿Por qué? Porque hoy es un buen día, tan bueno como cualquier otro, para decirle a la persona que amas que lo sigues haciendo. Afortunadamente no hace falta que seáis una joven pareja como Dios manda, heterosexual y fértil (si no no vale, ya sabéis). Los tiempos, gracias al mismo Dios, están cambiando.
Pues eso, a celebrarlo. Pero iros a un hotel, que a los demás nos dais envidia.

2 comentarios
Cuando leas este comentario ya habrá aumentado el número pero, justo en este momento en que yo escribo, estás en 5000 así que ENHORABUENA
16 feb 2006 | 09:25 PM
Muy interesante la investigación. Investigar el origen de estas historias es mucho más creativo y nutriente que seguirlas por convención.
18 feb 2006 | 10:39 PM
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