Divinos estrenos

Ayer estuve de estreno. Uno no siempre tiene la suerte de asistir a un estreno de copete y canapé chic, pero ayer fue uno de esos días. Como no pretendo hacer una crítica sesuda sobre lo que vi ni una crónica social porque no es lo mío, os contaré un par de cosillas que me llamaron la atención, y que al fin y al cabo son las que más recuerdas de este tipo de eventos.
Después de diez años de obras y de haber liquidado un presupuesto estratosférico, ayer se inauguró oficialmente el Teatro Valle-Inclán, que viene a sustituir a la vieja Sala Olimpia, de bonito nombre y buenos recuerdos. Fue durante mucho tiempo el cine oficial del castizo Lavapies, y ha pasado a mejor vida para dar paso a un teatro nuevo y reluciente, y a decir de muchos feo y cargado en demasía de hormigón. Y me temo que algo de razón tienen. Por lo que me contaron los actores, los camerinos además no son para tirar cohetes, y las butacas (al menos las de la grada) son bastante incómodas (claro, que me temo que debe ser una constante en todos los teatros del mundo; lo harán para que no te duermas durante la representación). El caso es que tenemos una nueva sala en Madrid, y eso es siempre una excelente noticia.
A la inauguración, aparte de los próceres de costumbre (los de más nombre fueron las ministras de cultura y sanidad, Calvo y Salgado, y el alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón; a más de uno nos apatecía preguntar por cierta ley y por ciertas obras, pero somos de natural pacífico y discreto), acudieron grandes nombres de la cultura y el teatro patrio, entre ellos el hispanista Ian Gibson, los actores José Sacristán o Blanca Portillo, así como Helena Pimenta, Luis Olmos, Cristina Santaolaia, José Antonio Campos y otros nombres de la escena actual. Como os podéis imaginar, los canapés y las bebidas estaban acorde con el evento (¡no todos los días se inaugura un teatro como éste en Madrid!), así que estuvimos perfectamente atendidos por un pequeño ejército de simpáticos camareros y camareras (de muy buen ver en algunos casos). Vamos, que me fui a casa cenado.

La obra elegida para la estreno fue nada menos que Divinas palabras, de don Ramón María del Valle-Inclán. Y claro, Valle es Valle. Aún recuerdo el pasote que me di un día viendo todas las Comedias bárbaras en el María Guerrero, con un espectacular Poncela (siete horas de representación). Así que siempre puedes esperar espectáculo de las obras del pontevedrés. La puesta en escena hecha por Gerardo Vera es, eso, espectacular, y la sala (eso sí) cumple a las mil maravillas las condiciones de visión y acústica esperadas. Se ve y se oye muy bien a los actores, gracias a su disposición en cuesta y la altura que tiene el edificio. Un gran árbol que se levanta del suelo da a las tablas una sensación de cuidada profundidad, acentuada por unos foros por donde hacer mutis que giran sobre sí mismos y ofrecen un mar de posibilidades de creación de espacios y que funcionan a las mil maravillas. Un par de corredores a cada lado y uno superior rematan un conjunto sencillo pero eficiente. Cuando el árbol subía y bajaba por el escenario dejaba al aire unas raíces que soltaban una cantidad enorme de tierra oscura que servía para ambientar a la perfección la escena rural, sucia y polvorienta. Claro, supongo que a los que se sentaban en las primeras filas (incluidos los próceres) no les sentó nada bien la "jartá" de tierra que se tuvieron que tragar, y que llenaba por momentos la atmósfera del escenario. Claro, que para los actores fue aún peor, pero ellos están, me temo, ya acostumbrados.
El elenco está fenomenal. Los actores de nombre (Julieta Serrano, Gabriel Garbisu, Fidel Almansa, Fernando Sansegundo, Abel Vitón, Pablo Vázquez o Alicia Hermida) tiran de oficio, y los más jovenes tiran de ganas, buen hacer y mucha energía escénica, como Jesús Noguero, Daniel Holguín o Javier Lara. También Emilio Gavira, que hace de enano monstruoso, está espectacular, patético y sobrecogedor. Pero si debo destacar un nombre, porque es una pedazo de actriz, porque está espectacular y porque, ¡qué carallo!, es mi amiga, destaco el de Elisabet Gelabert. Actriz de la Abadía, que ha hecho sobre todo teatro y también algo de cine y televisión (fue nominada a los Goya por su participación en Te doy mis ojos), hace una Mari-Gaila inmensa. Y si no id a verla y juzgáis.
Pues eso, de estreno y de recomendaciones. No olvidéis que el teato es el arte con el que los humanos ven reflejadas sus miserias y sus grandezas a flor de piel, "en directo", sin que medien otros aditivos ni condicionantes. Nos enfrentamos a nosotros mismos en una lucha descarnada que se establece entre los actores y las butacas. Y, qué queréis que os diga, es una fuerte y edificante sensación. Id y lo comprobaréis.

3 comentarios
Lo malo del teatro es que vale un ojo de la cara. A mí es que ya me resulta caro el cine, por eso casi ni voy (comparto cine por Internet con otros apasionados del séptimo arte).
Pero sí guardo muy buenos recuerdos de las pocas veces que he ido al teatro en mi vida, sí creo que tiene una magia que el cine no tiene.
27 feb 2006 | 09:26 PM
pues nada ire a verlo cuando vengas a caceres me an hablado muy bien ademas me encanta el teatro
un besin de natalia romero
12 abr 2006 | 10:55 PM
Bueno a mi el teatro me gusta bastante. Lo que pasa es que normalmente por la zona donde yo vivo, tenemos pocas posibilidades de ver alguna obra que sea algo serio
1 may 2006 | 11:10 PM
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