La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Mi padre

Hoy hace un año que murió mi padre. Permitidme que use este blog para honrar su memoria en un día como hoy, tan frío como cuando se fue, tan radiante como cuando hizo su último viaje al madrileño cementerio de La Almudena.

Desconozco qué nombre recibe en psicología el síndrome que sobreviene tras el fallecimiento de un progenitor. Por experiencia propia puedo decir que la pérdida de mi padre, más allá del dolor y del sentimiento de tristeza, supuso una rápida sensación de desarraigo. Perdí la referencia generacional más próxima, la persona que, junto a mi madre, quiso que yo estuviera en este mundo, el espejo donde mirarme y, porque no, la persona en la que debía basar gran parte de mi comportamiento. Es difícil de describir, pero el hecho de que tu padre no esté, no exista, no cuentes con él para preguntarle cualquier cuestión, importante o banal, que surja en tu vida produce una sensación de vacío imposible de describir.

Además, mi padre fue un enfermo al que cuidar los últimos años de su existencia. Más aún el último año y medio, donde las complicaciones de salud iban poco a poco haciendo mella en su cuerpo hasta sumirle en una triste sombra del hombre lleno de energía y optimismo que fue durante el resto de su vida.

Debido a su larga enfermedad hemos tenido una intensa experiencia hospitalaria en la que hemos conocido toda suerte de centros y equipos médicos y quirúrgicos. Más allá de cualquier consideración acerca de las beldades o maldades de los sistemas sanitarios, públicos o privados, mi padre tuvo la gran suerte de contar durante su comparecencia, larga, y traumática a veces, con personas excelentes, profesionales excelsos de la medicina más allá del código deontológico y el juramento hipocrático. Mi padre, además, fue transplantado de corazón cuando comenzaba la década de los noventa del ya extinto siglo XX. Con esto quiero decir que esta práctica quirúrgica sonaba casi a suicidio, a tumba abierta, y daba vértigo sólo mencionarla. Además, el postoperatorio suponía ver al enfermo completamente aislado, con visitas restringidas a unas cuantas horas con traje hospitalario, guantes de goma en las manos, plásticos para el calzado y mascarillas para la boca. Recuerdo con terror las jeringas inmensas en las que se iba dispensando una medicación de color indescriptible que se introducía en sus venas a través de una cánula que, en demasiadas ocasiones, producía unos feos hematomas en los ya débiles brazos de mi padre. Además, un rechazo brutal le postergó aún más en el camastro, y su cuerpo ya no fue nunca el mismo, consumido por una debilidad cada vez más patente.

Antes de tan terrible operación mi padre padeció un sinfín de calamidades. Recuerdo con especial claridad la imagen de mi padre, cadavérico, anciano con apenas cincuenta y tantos años, decrépito, esperando para unas pruebas aferrado a un respirador que esparcía en sus orificios nasales el oxígeno salvador que provenía de una bombona de enormes proporciones, comparadas con lo exiguo de su cuerpo y de la silla de ruedas que le permitía moverse, dada su debilidad. El hecho de que buenos médicos, buenos cirujanos, buenos cardiólogos y buenos auxiliares consiguieran su vuelta a la vida y su conversión a una persona con una calidad de vida más que aceptable durante los casi diez años que aguantó en este mundo con relativa buena salud, hicieron de ese esperanzador viaje algo cercano al milagro. Mi padre volvió a tener energía, ganas de vivir, ilusión por levantar su frágil cuerpo todos los días y ganas de ver crecer y evolucionar a los suyos hasta prácticamente la pérdida de consciencia que supuso la aparición de la morfina salvadora, que le alejó del mundo del sufrimiento en los postreros instantes de su existencia. Ni siquiera puedo hablar de agonía; mi padre, como ya hiciera su madre, se apagó como una vela a la que poco a poco se le va extinguiendo la mecha, tan despacio como el movimiento de una luz tintineante. Tan fugaz como un suspiro fue su marcha de este mundo, tan discreta como fue toda su vida.

De justicia es mencionar la institución que obró el milagro, el Hospital Universitario Clínica Puerta de Hierro, tan denostado para algunas cuestiones (relacionadas, como no, con el hacinamiento de enfermos, no por la profesionalidad de sus empleados). No era el centro que le correspondía, pero fue su segunda casa durante muchos años. Mi madre suspiraba cuando, tantas y tantas veces, llegábamos, a veces de madrugada, a sus urgencias, dispuestos a pasar la noche sabiendo que ya estaba en buenas manos. Los pasillos del centro, la cafetería, los ceniceros de la entrada, las paredes de las habitaciones, han sido testigos mudos de nuestro paso por el Puerta de Hierro, y allá quedan depositados buena parte de nuestros recuerdos, algunos tan prosaicos y livianos como mis primeros pasos como conductor, algunos tan intensos como las personas a las que he amado (antes incluso de que hubiera móviles) y que han sido cómplices de nuestro sufrimiento.

Desde mi agnosticismo no soy dado a dar demasiada importancia a las palabras de un ministro de la iglesia, pero el responso del párroco delante del ataúd de mi padre la noche antes de su entierro me hizo llorar como un chiquillo, con hipos y suspiros apenas ahogados. El sacerdote habló de la generación a la que pertenece mi padre, una generación perdida que no supo divertirse, que no vio nada más allá en la vida que su trabajo y la satisfacción de lo necesario para que su familia saliera adelante. Hijos de una guerra injusta, niños de una posguerra que les dejó huérfanos (a mi padre cuando era apenas un niño de parvulario) y que, en su caso, le obligó a comenzar a trabajar con apenas ocho años de edad. Gente de otra pasta que, al margen de ideologías, tuvieron que hacer las maletas para buscar un futuro mejor en una gran ciudad en ciernes, que vieron como el poco dinero extra que entraba en las cuentas revertía en la mejora de calidad de vida de los suyos, y jamás pensó en ningún gasto extraordinario que pudiera considerarse un lujo, sino en dar a sus hijos una preparación que él no pudo tener y ver cómo su familia, a pesar de los pesares, crecía unida y suficientemente feliz.

Mi padre fue una persona honrada a carta cabal, trabajador hasta la extenuación, de limpio corazón que no supo hacer daño, sincero en sus acciones y en sus pensamientos, mesurado en su comportamiento y devoto de los suyos. Un hombre del que este humilde escribiente se siente orgulloso de ser astilla, y del que no habrá crónicas que narren su vida ni líneas de alabanza en los libros, pero del que todo el que tuvo la suerte de conocerle sólo pudo tener buenas palabras, por ser un hombre de los pies a la cabeza. Unas palabras de una de las vecinas del inmueble donde vivió los últimos casi treinta años de existencia resumen el concepto que muchos tenían de él: “era todo un señor”.

Mi padre ha sido una de las pocas personas que he visto muerta. A mi padre ha sido a la única persona a la que he visto morir, expirar, exhalar su último suspiro, entornar los ojos y dejarse ir adonde sólo él sabe que haya ido. No tuvo un mal gesto, y ni siquiera pensó que se iba. Era modesto hasta en su enfermedad, y no quería molestarnos más de lo necesario. Su tez se fue tornando del color de la cera antes nuestros atónitos ojos, y nos costó darnos cuenta de su partida. Apenas torció la boca, y de su garganta surgió un pequeño y extraño suspiro postrimero que dejó escapar su vida sin aspavientos, sin llamar la atención, sin dramas ni quejas. Se marchó como pidiendo permiso, y yo no pude por menos que dárselo, tranquilizando su rostro con una caricia y un beso que pretendieron ser de ánimo para que dejara ya su maltrecho cuerpo en esa cama, tan extraña como todas las camas de hospital, preparada para partir a la otra orilla del Estigia cuando sea necesario.

Apenas pudo ver como nacía su nieto, pero no verá como crece, ni la existencia de ese nuevo miembro de la familia que, venido de lejos, se ha instalado en nuestras vidas con el descaro de un risueño bebé. No verá los primeros pasos de ambos, a su hijo siendo un buen padre, a su hija protagonista de un acto de generosidad tal que no tengo palabras para describirlo, sacrificando su comodidad en aras de sacar adelante un bebé en este nuestro primer mundo, como uno más de la familia, y dándole todo el amor y el cuidado que es capaz de ofrecer. No se sentirá más ya orgulloso de nosotros, como nosotros no podemos presentarle orgullosos como nuestro padre. Se fue, y con él muchas cosas buenas.

De él quiero que sólo me queden los buenos recuerdos, las tiernas anécdotas, su sonrisa de pillo, sus orejas siempre calientes, su pasión por el fútbol, su dedicación a mi madre, su apostura, su benevolencia, su bondad, su “savoir faire” con sus hijos, su mesura, su discreción, su buen humor y, porque no, su mal genio de algunas ocasiones. Aquel que no supo divertirse me dijo en una ocasión las más sabias palabras que pude escuchar jamás: “hijo mío, en este mundo hay que saber sacrificarse, pero también hay que saber disfrutar. Acuérdate de mí, que yo nunca supe hacerlo”.

Me acuerdo de ti, querido padre. Me acordaré siempre de ti, todos los días que restan del resto de mi vida.

Brindo por ti, allá donde estés, mi querido padre.

Descansa en paz.

10 comentarios

  1. Ana

    Un brindis por él y otro por ti.
    Un abrazo.

  2. Stephin

    Aún soy joven y no me creo capacitado para dar lecciones a nadie, pero si algo voy teniendo claro a mis años es que ni el dinero, ni el éxito profesional, ni el éxito amoroso, ni las experiencias intensas, ni la sapiencia y el conocimiento, ni nada por el estilo: no hay mayor triunfo en esta vida que marcharnos dejando gente querida que hablen de nosotros como tú lo has hecho de tu padre.

    Así que (y perdona mi osadía por ponerme sentencioso, yo, que casi con cuarenta años aún no he perdido a ningún ser querido) no tengas dudas: entristécete, recuerda y llora por él, pues todo eso es tan necesario como inevitable. Pero también alégrate, porque sin duda cuanto hizo y cuanto fue ha merecido la pena. Basta con leerte para darse cuenta.

    Un abrazo.

  3. Vaya,... ya hace un año. Me he quedado sin palabras. Un abrazo muy muy fuerte desde Barcelona.

  4. Polidori: Me dejas sin palabras. ¡Qué hermoso lo que has escrito!

  5. Hermoso escrito. A mí Puerta de Hierro me trae otros recuerdos, me temo que más negativos que los tuyos.

    Pero hay que quedarse con lo bueno, hay que valorar las cosas. Tu padre en otra época habría vivido diez años menos, los trasplantes son magia muy muy reciente en nuestra historia. Y lo de nuestros padres es una pasada, ese sentimiento de darlo todo por sus hijos.

    Un abrazo, te acompaño en el sentimiento

  6. k

    No tengo nada que decir, supongo que no se puede añadir nada, al menos a mi no se me ocurre.

    Un abrazo

  7. Polidori,seguramente el ejemplo magnífico de tu padre ha logrado el milagro de ese sobrino maravilloso que ahora teneis.
    Por otra parte, me has hecho llorar con esta lectura, pero benditas lágrimas.
    Seguirás su camino, serás todo un señor, como ya eres un gran hijo...

  8. Carlos y Ana

    Realmente me ha emocionado leerlo, porque me has hecho recordar momentos muy reales y sobre todo porque mientras lo leía tenía presente el rostro de tu padre y mogollón de imágenes que de verdad retrataban lo que estabas describiendo, creo que si él lo hubiera leído también se hubiera emocionado y puesto los "ojillos de liebre" de sentir como lo quieren sus hijos y van a quererlo sus nietos
    un abrazo

  9. Torombolo

    Uf, Plidori. No habia leido esto (ya sabes qu voy un poco atrasado con tu blog).

    Se me ha puesto la carne de gallina y has conseguido que se me encharquen los ojos, y no solo por recordar a tu padre, que realmente era tan admirable como dices, sino porque me has hecho pensar en personas muy queridas que yo también he perdido.

    Es cierto que al principio de perder a seres queridos te invade un vacio tremendo, te falta el aire, te desesperas al querer acudir a ellos y ver que ya no están, que nunca mas van a estar ahi... Pero con el tiempo te adaptas a su nuevo estado (porque no se han ido, claro que no, están en todos tus recuerdos, la música que escuchaban, las películas que les gustaban, sus frases) y sabes que de ahi si que no van a irse, que puedes hablar con ellos y contarles tus cosas y además ahora saben cuanto les quieres, no necesitas decírselo (y no me refiero a masallases ni paraisos ni cosas de esas).

    Bueno Poli, no me quiero poner muy moñas. Ahora sigue encargándote de que a tu madre ese vacío no le impida seguir adelante y de que tus sobrinos (o hijos, que nunca se sabe) sepan lo gran persona que era su abuelo.

    Un beso muy grande.

  10. Cuando murió mi madre, de esa terrible y devastadora enfermedad que es el cáncer, pronto hará seis años, un amigo me dijo una de las pocas cosas que pueden consolar (si es que hay consuelo) a alguien sin creencias: que ella viviría en mi, no de una forma esotérica ni extrasensorial, sino en mis gestos, en mi forma de pensar y hacer las cosas, porque las había aprendido a hacer con y de ella.

    Me gustaría pensar que también pueda ayudarte a ti.

    Un beso.

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