Madrid me mata(ba)
Las ciudades cambian. Esta verdad como un templo no me debe hacer pecar de ingenuo a la hora de juzgar cómo se encuentra en estos momentos ésta, mi ciudad. Tampoco quiero pecar de carca, añorando el Madrid de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando Madrid fue "más mío", y cuando podías preguntarme por cualquier cosa (sobre todo garitos) y era capaz de darte información por barrios. No, no es ahora el momento de hablar de los problemas de la globalización, de las cosas buenas y malas de la inmigración (bienvenidos sean, en cualquier caso), ni de las consabidas obras, del coste de la vida, del precio de los pisos o de la política maltrecha y crispada. No, no es el momento, aunque de todo eso hay un poco.
Quiero hablar de nostalgia. Nostalgia de cuando el espíritu de los barrios no los decidía la presión inmobiliaria, la demagogia del dinero ni la presión gubernamental. Estoy hablando de la época en la que ser madrileño era, de verdad, un orgullo, a pesar de las hordas de trogloditas que presumían de serlo cuando salían fuera de las lindes de la provincia (o comunidad, según se quiera), pero al fin y al cabo esos eran domingueros, no madrileños. Os hablo de esa época cuando un vasco con unas cuantas copas de más se me abrazó en el bar donde trabajaba para decirme que añoraba mucho su tierra, pero que en ningún sitio le había recibido como aquí. Os hablo de un Madrid que era de todos porque todos cuidábamos de Madrid. De una época en la que pasear por las calles del centro, por Malasaña, Gran Vía, Ópera, Chueca o Plaza de España, era ver un muestrario de gente alegre, animada, feliz de compartir su ciudad con todo el mundo y orgullosos de pertenecer a un lugar donde los edificios supuraban vida por sus gastadas paredes, y donde los bares eran lugares de encuentro en donde no importaba quién fueras ni de dónde vinieras, sino que eras uno más de esa peculiar y castiza comunidad. ¿Hablo de una ciudad idílica? Puede, pero yo tuve la gran suerte de conocerla.
Hoy Madrid es gris. Limpia, a pesar de las obras, pero gris, aburrida, europea, moderna, un asco. Madrid, como cuenta el blog Malasaña (y que perdonen que tome prestada una de sus fotos), era una pintada (no sólo la que aparece en pantalla, bien traída, y ejemplo denunciador de su estado actual, sino todas las pintadas), una bestia viva, llena de demonios en su seno, canalla, visceral, divertida, fresca, amiga, maleante, vividora, inquieta, inesperada, única, que guardaba la llave de la vida y abría sus piernas generosas a todo aquél que quisiera penetrarla, como si fuera nuestra concubina particular (o nuestro chulazo) que estuviera dispuesta a todo a cualquier hora del día, ofreciéndonos todos los placeres del mundo, fueran cuáles fueran tus gustos, sin horarios de cierre y sin miradas de reojo.
Ahora la especulación constriñe, los gobernantes demonizan, los malos nuevos tiempos están haciendo de la almendra un parque temático para gente pudiente que no sabe vivir el barrio, los barrios. Los supervivientes nos aferramos a la nostalgia, añorando, sí, aquellos tiempos en que Madrid era verde, y azul, y amarilla, y roja; y no gris, fea en su pulcritud, tan europea que dan arcadas pasearla. Y mucho nos tememos que éste sea sólo el comienzo.
Los crápulas que en el mundo hemos sido no conocimos el botellón, y sí la litrona. Éramos tan estúpidos como para sentirnos orgullosos de ser tribu, y ahora no entendemos los hombres grises que caen del cielo, como en el cuadro de Magritte.
Por eso, como dice la Asamblea Ciudadana del Centro de Madrid, Malasaña (y no sólo Malasaña) está en peligro de extinción. Quizá un buen ejemplo de lo que se debe hacer sea Chueca, donde se sigue viviendo golfo, desenfadado y pendenciero, pero es una isla dentro de la mediocridad (cuánto bien ha hecho el colectivo gay), pues en otros rincones de esta mi ciudad la gente ya no se encuentra, ya no vive, y apenas se organiza ni da guerra. La borreguez se extiende, y los viejos se van muriendo. Por eso es esta una baldía reivindicación de un pasado que se fue, de una forma de entender el espacio y de una forma, en definitiva, de vivir la ciudad. Porque nosotros fuimos el barrio.
Palabra de exiliado.
Repito pues el lema de quierescallarte: por eso ahora, como siempre y más que nunca, antes de que desaparezcamos...
nos vemos en las calles.

8 comentarios
Que bien hablas, joio.
Cambia "Madrid" por "Valencia" y tus palabras son igualmente válidas.
Por aquí, idem de idem. Especulación anodina, gigantes de Calatrava y la dichosa Copa América que nadie a demandado ni sabe que es. Participación ciudadana cero.
Cuestión de estilos.
3 mar 2006 | 12:02 PM
¿En verdad existió esa ciudad que describes? Parece de cuento. Pero el mal que describes se extiende por toda España. Es a lo que estamos abocados: frialdad, despersonalización, corrección. Vamos, la NO vida. También pasa en Bilbao.
Un saludo.
3 mar 2006 | 12:28 PM
Querido Flanagan:
Viví en Bilbao unos tres años, y si es verdad lo que me cuentas es una verdadera lástima. ¿Ya no tienen ese sabor las Siete Calles? Es cierto que la última vez que estuve noté cierto cambio, sobre todo en la Gran Vía, que parecía una maqueta de sí misma. Qué lástima.
Por cierto, ¿sigue abierto el Cotton Club? Me encantaba ir allí.
Saludos nostálgicos desde Madrid
3 mar 2006 | 12:39 PM
Sí, el Cotton sigue dadno guerra. Yo apenas he estado un par de veces en él, vivo en Algorta y en mi época de marcha salía más por aquí. Lo de Bilbao lo has definido perfectamente: maqueta de sí misma. La Gran Vía cortada al tráfico, cientos de tiendas de moda inundando las calles, macrocentros comerciales... Sigue habiendo lugares que conservan su encanto pero va a menos, sinceramente.
Un saludo.
3 mar 2006 | 12:51 PM
Querido Jesús:
Perdona por no decirte nada. No conozco tu ciudad, pero sé que me va a dar pena, por lo que dices, conocerla ahora.
Gracias por los elogios.
Saludos
3 mar 2006 | 01:36 PM
Bien, del Madrid de los 80 sólo se lo que contáis otros (demasiado pequeño), el de los 90 me pilló más de cerca y es verdad que ya no está. Quedan cosas y casos, como en todo, pero aquello se fue.
Estoy de acuerdo con todos, Madrid es una ciudad demasiado gris, quizá pq España es un país demasiado gris o pq el mundo se está convirtiendo en un lugar demasiado gris. Parece que ya sólo hay dinero y más dinero.
No obstante, pensemos que nunca llueve para siempre, que cada empuje tiene su reacción. El mundo se ahoga en una ola de conservadurismo y mentes bien pensantes, pero antes o después (y esperemos que sea antes) habrá una respuesta, una nueva corriente, un poco de aire libre.
Malasaña no morirá, Madrid tampoco, pero a veces hace falta dormir la resaca.
3 mar 2006 | 02:06 PM
Que razón tienes...Esta ciudad, nuestra ciudad se está aburguesando de una forma lamentable y está perdiendo la chispa y la vida que la caracterizaba.
Recuerdo el barullo multitribal, en la Bobia los domingos tras una mañana en el Rastro, o el ambientazo alrededor del Bonano en la Plaza del Humilladero en Latina. Todo eso está casi acabado, en pos del bienestar general de no se quien.
Saludos,
3 mar 2006 | 08:03 PM
Suscribo lo que opnas 100%. Yo antes era un enamorado dem i ciudad y he llegado ya a un punto que he comrpado mi futura casa fuera de esta ya maldita ciudad sin remedio.
Es triste, pero hemos pasado del positivo "Madrid me mata" al literal "Madrid me mata"
Un saludo Polidori
4 mar 2006 | 11:34 AM
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