Soñadora juventud
Que el cine sea una de las maneras más directas de acceder a los recovecos de la memoria puede parecer a estas alturas algo manido y demasiado obvio y evidente. Y es verdad, pero es un ejercicio que no me importa repetir hasta la saciedad, y a menudo sirve para que mi corazón se remonte a otras épocas que no tienen por qué ser buenas, pero que, al fin y al cabo, son parte de mi (cada vez más nutrida, por el paso del tiempo) biografía.
Rebotado y como siempre tardío fue mi encuentro con Soñadores, de Bertolucci. Quizá no estéis de acuerdo conmigo, pero Bertolucci tiene suficiente crédito como para que me espere de él cosas francamente buenas, pero también tiene una aureola de "artistas inestable" que me hace torcer el gesto cada vez que estrena algo. No es un caso perdido como Ridley Scott, del que llevo más de catorce años sin ver nada bueno de verdad (desde que estrenó Thelma y Louise), y del que sólo se ven destellos de su primitivo genio; ni es una apuesta segura, como Scorsese o Woody Allen, que rara vez fallan; pero puede compararse con casos como Oliver Stone, o Robert Altman que, depende de cómo se encuentren, hacen obras maestras o verdaderos bodrios.
Soñadores, de Bertolucci, no es ni una cosa ni la otra. No es, desde luego, una obra maestra, pero tiene tantas cosas interesantes que su visión resulta muy enriquecedora. Puede, así, citarse el reflejo del mayo del 68 desde una perspectiva menos épica (sí, vale, fue lo que fue, pero fue una consecuencia, no una causa) de la habitual, la forma de tratar los personajes (en eso ahondaré enseguida) y, sobre todo, la presencia del cine, el cine con mayúsculas. Con esto no es que me esté poniendo pedante, sino que quiero decir que el cine que se nos muestra es el de verdad, el espectáculo que conmueve, emociona y que hemos vivido con total intensidad cuando éramos muy jóvenes, cuando todo lo que nos contaban era maravilloso (por bueno o por malo) y donde cada escena, cada fotograma, tenía algo de magia. Freaks, Al final de la escapada, La reina Cristina de Suecia (¡qué bonita escena!, como la recrea Bertolucci con Eva Green), Scarface, La ley del hampa, Banda aparte y tantas otras referencias que aparecen en la película evidencian la intención por parte de Bertolucci de hacer un sincero homenaje a las películas que marcaron su vida, como cada uno podemos tener las nuestras (las mías están en el cine de finales de los ochenta) y que, en gran parte, hacen que seamos como somos y nos gusten las cosas que nos gustan, a pesar de que los ideales, exactamente como le pasa a Bertolucci, se han escapado por el retrete hace ya tiempo.
Cuando echas la vista atrás y recuerdas tu despertar sexual, tu despertar intelectual y tu despertar "bohemio", es muy probable que ahora te sonrojes y pienses que eras una especie de tarado petulante y estúpido que se creía el centro del mundo. Sea, pero es que de verdad nos creíamos el centro del mundo. Cuando con trece o catorce años leí Demian de Hermann Hesse flipé, me creí realmente que había gente con "estigma", y procuraba parecer que yo mismo lo tenía. Algo parecido me pasó con Momo de Michael Ende, en la que vi, por primera vez y con poco más de trece años, claramente las miserias del género humano y los "peligros" del mundo moderno. No he leído la otra gran obra de adolescencia, El guardían en el centeno, pero creo que no voy a hacerlo, porque esas cosas hay que leerlas en su momento, cuando tienes el corazón y la cabeza abiertos a ese tipo de historias; hice este fin de semana la prueba de releerme Demian para hacer este post y, francamente, casi me arrepiento de haberlo hecho...
En Soñadores se refleja con una claridad que asusta lo que pueden sentir tres adolescentes que están dejando ya de serlo en el momento más intenso de una época tan brutal como pueda ser esa, en la que se atisba la juventud, pero aún no se ha entrado de lleno en ella; brutal cuando la vives y menospreciada cuando eres adulto. Esa etapa que, cuando la recuerdas en público, los que están de vuelta de todo (a veces las vueltas te hacen volver a andar de nuevo el camino, no lo olvidéis) se mofan de ti, diciéndote que seguro que fumabas en pipa e ibas a cafés donde te ponían trufas con el cava (ahora puede parecer normal, pero en su momento era excepcional). Pues sí, es cierto, fumaba en pipa y me conocía los cafés más bohemios de Madrid. Mis amigos, como los personajes de la película, se ponían debajo de la pantalla para ser los primeros en captar las imágenes, y buscábamos como locos un cine donde se pudiera fumar, fuera o no al aire libre. En mis buenos tiempos veía tres o cuatro películas por semana (me refiero en las salas de cine; el vídeo -¿quién dijo DVD?- no estaba todavía muy extendido), y solía estar al tanto de todos los conciertos y citas de teatro alternativo que había en la ciudad.
Antes de todo eso había pertenecido a una de las llamadas tribus urbanas, con las que, sin siquiera darte cuenta, acababas por llevar (y a mucha honra) determinadas pintas, ir a determinados garitos y escuchar (desde luego) determinada música. Luego, con el tiempo, al convertirme en una especie de "bohemio post movida", reciclé el aspecto que antes tenía y lo llevé hacia una especie de fachada intelectualoide que incluía gafas negras, chaqueta de paño, pantalones anchos y zapatos de cordones. Para que os hagáis una idea, la pinta que tienen todos los estudiantes de Oxford, pero pasada por las ofertas de Zara o Springfield (ni siquiera en esa época existía el Pull & Bear o H&M).
Y sí que me creía distinto y especial. Pobre de mí. A veces pienso que las ganas de vivir de prisa te pasan factura de mayor, y ahora que disfruto más la soledad me he hecho, en cierto modo, esclavo de ella. Pero cuando vivía en un mundo paralelo al de Soñadores, el mundo giraba más despacio, y los días se vivían con una intensidad inusitada. Los últimos años de bachillerato y los primeros de carrera fueron excelentes tiempos, pero duros también, tan repletos de experiencias que me canso sólo de pensarlo ahora. Pero esa es mi biografía, y como dice la Mala Rodríguez, “yo no me arrepiento de na, tú critica”.
Bien. Soñadores nos traslada, pues, al París pre-primavera del 68, donde un encuentro casual en la Cinémathèque Française de Henry Langlois junta a tres jóvenes, dos de ellos hermanos, entre los que poco a poco se va estableciendo una estrechísima amistad a partir de su pasión por el cine. Las conversaciones, los juegos y las situaciones giran alrededor de la cultura más reciente que sale de las pantallas y de los fonógrafos donde ya se pincha incluso a Jimi Hendrix, The Doors o Eric Clapton. Incluso llegan a emular la famosa escena de Banda aparte en la que los protagonistas, al igual que ellos, intentan establecer un récord corriendo de la mano por los pasillos del Louvre. Truffaut, Fuller, Godard, Chabrol, todos los grandes de la cinematografía francesa salen a escena, como movidos por un resorte que llena la pantalla de escenas inolvidables, las cuales se intercalan en la propia vida de los protagonistas.
Louis Garrel (hijo del cineasta Phillippe Garrel y Eva Green (hija de la actriz francesa Marlène Jobert) interpretan a la pareja de hermanos, mientras que Michael Pitt (elegido entre más de doscientos candidatos) interpreta al “amigo americano” que se une a una intensa búsqueda de emociones encerrados en las estancias de una casa muy peculiar que los padres dejan vacía durante unos días para marcharse al campo. Hasta ahí la trama, pero a partir de ella se suceden un sinfín de situaciones en las que los jovencísimos actores (con poco más de veinte años) experimentan todo tipo de sensaciones, y donde las inquietudes de su avidez vital ponen a prueba su agudeza psicológica, sus tabús sociales y su instinto netamente sexual. Vamos, la vida misma en esa edad que antes mencionaba.
Los tres están soberbios. Bellos, desinhibidos y aún inmaduros, sus personajes exigían mucho de los tres, pero su actuación es convincente, y están espléndidamente manejados por Bertolucci. La sensación que tuve es que, dentro de mi limitada experiencia, y de que al fin y al cabo el Madrid de 1987 no era el París de 1968, en muchos aspectos había sutiles paralelismos con mi propia experiencia. Casi me vi metido entre los tres, coqueteando con la sexualidad y “lo prohibido” (como diría Bambino) en casas ajenas, quizá no tan bellas ni decadentes como las de la película, pero sí incitadoras y sugerentes. Lo dicho, una inyección de nostalgia vista desde el camino de vuelta.

Y debo terminar hablando de Eva Green. Los chicos están espléndidos, pero Eva para mí es algo impresionante. Tiene una belleza seca y distante, unas hechuras maravillosas, y un rostro único. La cámara la adora, y toda la serie de modelos, atuendos y situaciones en las que está completamente desnuda ofrecen una extensa cantidad de bellísimos planos que me dejaron embobado durante todo el metraje de la peli. Como botón de muestra esta magnífica “Venus de Milo”.
Sé que me ha quedado la cosa un poco larga, pero lo cierto es que la peli me ha trasladado a “aquellos maravillosos años”. Además (si no la habéis visto) acaba como debía terminar, sin resolver las cosas, sin contarnos más detalles, sin poner más adiciones y sin emitir más juicios sobre esa fecha tan especial en la que, según muchos, el mundo cambió.
Yo sólo sé que no soy capaz de imaginar lo que daría por convertirme en Matthew y pasar esos días inolvidables en esa casa con esos hermanos.

3 comentarios
Me has traido muchos recuerdos a mi también, y no porque hables de la película, si no por tu modo de recordar el pasado y, en concreto, la adolescencia. Yo también he intentado revivir las sensaciones que algún libro o película me causaron a esa edad con resultados desastrosos. Hay cosas que es mejor no removerlas. Y aunque no soy de aquellos que pierden el tiempo pensando en "lo que pudo haber sido si", a veces me asaltan pensamientos que me dice "deberías haber vivido más, deberías haber vivido más"...
17 mar 2006 | 10:35 AM
Sin entrar a comentar la peli, sí me gustaría comentar ese espíritu de "adolescencia rebelde" que impregna todo el texto. Me resulta muy curiosa la teoría tan extendida de que lo normal y bueno es que según vas abandonando la adolescencia vas abandonando tu lado rebelde y te vas integrando en el sistema (te compras una casa, te casas, un curro estable, un buen coche, etc.). Porque en realidad para que haya una verdadera rebeldía, esas ganas casi infantiles de cambiar el mundo, tienes que tener una conciencia de las cosas bastante cultivada y una serenidad de espíritu destacada, cosas ambas que no se dan precisamente en la adolescencia sino en la madurez. Es decir, creo que sólo de adulto se puede ser "rebelde con causa". Es duro porque a esa edad ya se supone que tienes que sentar la cabeza y dejarte de "sueños y tonterías infantiles", pero es muy divertido porque según te vas soltando y avanzando en tu rebeldía vas descubriendo un montón de adultos hartos de la conformidad al sistema y con ganas de sacar el niño que todos llevamos dentro, y volver a concebir la vida como una aventura y un juego.
Personalmente durante toda mi vida he llevado un guión bastante previsible en todas las cosas importantes, sobre todo en lo relativo al tema del trabajo, y es ahora cuando la adolescencia me queda muy lejos, cuando he decidido dar un golpe de rumbo y probar el camino de la rebeldía madura. Ni que decir tiene que hay más gente que ha sufrido el mismo tipo de evolución "inversa"... Aunque también puede ser que mi adolescencia fue bastante sosa (poca leche de sexo, drogas y rock&roll) y la quiero vivir de los 30 a los 40 :-DDDD
Un abrazo
21 mar 2006 | 01:07 AM
Querido Diego
No hay nada mejor que ser rebelde a los treinta y tantos, a pesar de las hipotecas, cuestas a final de mes, alopecias implacables (es que eso de morir joven Y CALVO para hacer un bonito cadáver no se lleva, je) y, en su caso, churumbeles. Y puede parecer patético a veces, pero los "maduritos" se desmelenan con muchísima facilidad, eso te lo puedo atestiguar por experiencia propia.
Así que brindo por tu nuevo espíritu rebelde. Eso sí, recuerda que en lo que más se nota que eres mayor es en lo que te cuesta recuperarte de una resaca, así que tómatelo con calma... ;-)
Un abrazo
21 mar 2006 | 10:37 AM
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