El cine es un (inaudito) espectáculo de masas
Hubo un tiempo (los más jóvenes no creo que lo recuerden) en que los cines estaban heridos de muerte. Antes de que proliferaran las multisalas por todos lados, los cines estaban pendientes de una renovación profunda que les sacara a flote. Sólo los cines "para cultos" parecían sobrevivir al inexorable retroceso de público, e incluso era propio que los actores más famosos (recuerdo a Ana Belén) salieran en la tele promocionando no ya el cine español, sino el cine en general, pues la industria vivió horas muy bajas. No he conseguido datos fiables, pero sí recuerdo salas medio vacías cuando, sobre todo, coincidió con el auge del vídeo. La gente comenzó a preferir quedarse en casa y ver las pelis en su vídeo recién estrenado o (¡milagros de la técnica!) grabarlas directamente de la tele y verlas cuando a uno le viniese en gana.
Aún recuerdo un artículo en el que se comentaba lo aburrido que era el panorama televisivo (eso no ha cambiado mucho) y la envidia que podíamos sentir porque nuestro vecino estuviera viendo una peli de estreno en esos cacharros que acababan de salir y que se llamaban vídeos (curiosamente me acuerdo de qué peli era, para que os hagáis una idea del tiempo que hace: El hombre elefante, que se estrenó en 1981). Así que al comienzo, como casi todo, el tema del vídeo era para bolsillos pudientes. Luego la cosa se generalizó hasta extremos insospechados, cuando era un suplicio tener que decidirte por el sistema Beta o el VHS (como siempre triunfó el peor) y los videoclubes proliferaron como champiñones en todas las esquinas. Los locales iban desde los más sofisticados y enormes hasta los más modestos y cutres que olían siempre a tapadera. No recuerdo la fecha en que entró mi primer reproductor de vídeo en casa, pero sí recuerdo que era de la marca Mitsubishi (¡lo flipas!) y a mi padre le costó una pasta. En esa época, mientras yo me dedicaba a hacer grabaciones épicas de los vídeos de mis artistas favoritos (con un sistema de grabado y control de la pausa que ríete tú de las salas de edición profesionales), los viejos cines de barrio comenzaron a desaparecer. Incluso en algunos casos se convertían en inmensos locales para la venta de golosinas a granel, algo insólito ahora, pero que a mediados y finales de los ochenta también proliferaron como moscas ante un buen excremento. De veras.
No recuerdo cuando la cosa empezó de verdad a cambiar. Quizá la culpa la tuviese la bajada de calidad alarmante de las cintas de vídeo (insisto, el VHS era el peor sistema, y fue el que se quedó por motivos estrictamente comerciales), el caso es que de repente se abrieron nuevos cines y los grandes que quedaban se convirtieron en multisalas en las que cabían un número insólito para otras épocas de personas. La catarsis total llegó cuando se abrieron enormes cines en la periferia de las ciudades (y no sólo de las grandes) en los que se juntaban miles de espectadores para ver los grandes y más espectaculares estrenos. Y los que nos acordábamos de esa época en la que al cine íbamos asiduamente sólo unos pocos teníamos que frotarnos las ojos incrédulos.
Toda esta introducción viene a cuento por las contradictorias sensaciones que he tenido estos dos últimos fines de semana al ir hasta cinco veces a estas grandes salas, a las que sólo solía acudir a ver las pelis más espectaculares, como Star Wars o la saga del Señor de los Anillos, por aquello de verlas en la mejor pantalla posible y con el mejor sonido. Cuatro solitarias noches, de las que no viene al caso hablar (con las circunstancias vitales de este servidor no es el momento ahora de aburriros), más otra en la que sí fui acompañado, han sido testigos de mi último paso por este susodicho tipo de salas, en las que he visto cinco pelis muy dispares de las que no voy a hablar mucho, pero sí de lo que supusieron a los espectadores que me acompañaban y las reacciones que provocaron en ellos.
Vaya por delante que no me las pretendo (en este caso, al menos) dármelas de especialito, ni sentirme un tipo "culto" por sólo ir a salas alternativas. El cine es un magnífico espectáculo al que se puede acudir como a cada uno le venga en gana, y no seré yo el que critique a la gente que va a estas salas. Lo que ocurre es que para mí, como os contaba cuando hice el post de Soñadores, el cine tiene cierto rito, cierto "saber estar" que no llega al extremo del teatro, la danza o la ópera, pues no exige una decorosa y determinada forma de sentarse, pero sí que al menos exige silencio, y para esto incluyo los ruidos producidos por palomitas, botellas, bolsas de chucherías y demás objetos comibles a los que la gente se engancha como posesos. Yo no suelo hacerlo, porque no me suele apetecer (lo más que llego es a beberme una coca-cola), y me resulta curioso que algunos sean capaces de meterse esos barriles de palomitas, pero no voy a criticar que la gente lo haga, pues son muy dueños de meterse al buche cuantas cosas quieran (yo, sin embargo, sólo de pensarlo me duele el estómago). Lo que critico es que en determinadas ocasiones, sobre todo cuando la hora de la cena se acerca, aquello más parezca una pocilga que una sala de producción. Entendería que, además de exigir que se apaguen los móviles y no se grabe la película, también debería salir una de aquellas enfermeras peripuestas que nos mandaban callar desde los carteles que había en las consultas del médico cuando éramos niños.
No conocí, por evidentes motivos de edad, las famosas salas de arte y ensayo, pero supongo que tanta visita a los Alphaville, Renoir, Princesa, Lumiere, Pequeño Cine Estudio y Filmoteca tienen la culpa. Puede ser, pero no me considero snob por pedir un poco de silencio en las salas, pero seguro que sí lo soy. Pero el verdadero motivo por el que me resultó curioso lo que vi estos dos fines de semana es el público objetivo (el target, que dicen los pedantes y los alumnos de los cursos para ejecutivos emprendedores) que se supone que tienen determinadas películas. Y me explico: cualquier comedia estadounidense, cualquier película espectacular, sea Matrix, Underworld o el último drama familiar de Harrison Ford (¿cuántas veces ha sido su familia secuestrada en el cine?; yo lo haría de verdad, a ver qué hace) o los éxitos del cine español entiendo que se proyecten en grandes salas. Y así no me extrañó ver el cine lleno con la última de Almodóvar. Ahora bien, comentaré otros cuatro títulos que me sorprendieron mucho, de veras. El análisis más cinéfilo lo dejaré para otra ocasión (o para unas manos más expertas).
El primero de ellos lo vi ayer: Memorias de una geisha. Vale, entiendo que el best-seller de Arthur Golden tenga mucho tirón, pero dos horas largas de planos cortísimos, con una estética marcadamente oriental y pocas concesiones al efectismo es un poco fuerte para un domingo por la tarde. Al margen de que me esperaba mucho más de la peli, y de que, comparada con maravillas que hemos podido ver hace poco, como Tigre y dragón, Hero o La casa de las dagas voladoras, es una peli bastante floja (ni siquiera se aprovecha toda la parefernalia de las geishas como se debiera), no me sorprendió nada que la gente saliera mascullando. [Nota: ¡qué grande es Gong Li!, y ¡qué guapa está a sus espléndidos cuarenta y un años!].
Con Crash también lo entendí. Es una maravillosa película, y aunque me recordaba demasiado (en la estructura, me refiero) a Magnolia y la copia estaba francamente mal enfocada, entendí que disfrutara el público y se emocionara tanto como yo. Hay escenas prodigiosas, y el que haya ganado el Oscar es un buen motivo para que casi se llenara la sala en una sesión golfa de un sábado (era la 1 de la mañana).
Ahora bien... ¿Terrence Malick? Señores, que este hombre viene de rodar, hace ocho años, la maravillosa pero dura, intensa y difícil de digerir La delgada línea roja. A ver si me explico: es como si a todos los lectores de (con todos mis respetos) Pérez Reverte les obligaran a leer el último premio Adonais. Mallick es pura poesía. Sus planos a ras de hierba, recreándose sobre los objetos más cotidianos de los protagonistas (literalmente), cámara al hombro confundido en una carrera con los personajes o recorriendo la más leve de las caricias como si el objetivo fuese su propia mano, son señas de identidad de su cine. La acción, que la hay si tiene que haberla (y terrible en La delgada...) se supedita a los planos en los que los actores no hablan, apenas gesticulan, y pasan metros de rodaje hasta que la acción sigue su curso. Puede recrearse en el juego de un niño minutos, o tener planos de los actores que a mí me sobrecogen, pero que entiendo que quien quiera pasar un rato divertido y despreocupado le tiene que, por fuerza, aburrir. Así, no me extraña que los comentarios que escuchara después de ver su delicada y maravillosa historia de Pocahontas (el muy listo ha buscado una maravillosa actriz que incluso se parece físicamente al personaje de Disney) y el capitán Smith de El nuevo mundo fueron de reprobación, disgusto e incluso mofa. Los últimos cuatro o cinco espectadores se descojonaron vivos cuando salieron imágenes en los créditos, porque no podían soportar ninguna más.
Bueno, pues el sábado también fui a la hora golfa a ver una peli que me parecía interesante, y de la que me esperaba poca asistencia: Buenas noches y buena suerte. Pulcro filme, sugerente y aterrador en cuanto a lo que conlleva, sobre todo en los tiempos de censura que corren en Estados Unidos. ¡Inmenso el trabajo de David Strathairn! Pues bien, en una sala en la que fácilmente caben más de doscientas personas yo era el único espectador. ¡El único! Daba hasta un poco de miedo...
No voy a sacar conclusiones. Supongo que es bueno que películas que no deberían ser comerciales lo sean, o que es genial que el cine más o menos independiente, o "de autor", se asome a las pantallas "de palomitas". También es muy probable, y a eso me atengo, que el nivel "cinéfilo" haya subido, y haya también público para el cine independiente. También es posible, como en la música, que eso del cine independiente ya no exista, pero, de verdad, lo que sentí estos días fue más perplejidad que comprensión. Quizá me esté convirtiendo, definitivamente, en un snob, y el desubicado fuera yo, pero al sentarme solo en la butaca de un sábado ya de madrugada me acordé de esa anuncio de Ana Belén, y me dio un poco de vértigo.

6 comentarios
Nostalgia de una infancia con doblete de sesión de cine... sí, a qué negarlo.
Si te sirve de consuelo, a pesar de que (como dice un amigo mío), aún estamos en P3 (parvulitos en nuestra época) de snobs, reconozco que tengo una tolerancia igual a cero con los ruidosos de los cines.
En Barcelona, como en Madrid, tenemos algunas salas de esas para raritos, a las que a mi me encanta ir, por lo que proyectan (cine de autor) y por su público. En lugar de clasificar las salas en función de su tamaño, calidad o último ingenio tecnológico incorporado, las clasifico y cuantifico en la medida en que el público que asiste es respetuoso. Así no es extraño oírme decir: “el público del cine tal es el mejor”. Porque, al final, ir a una macrosala espectacular a ver una fantástica película mientras escuchas comentarios (poco inteligentes, a qué negarlo), masticadas de palomitas o, lo que es peor aún, contaminarte no sólo acústica sino también olorosamente porque algunos cines también venden menús que incorporan nachos o similares, a mi me hunde la película. Prefiero, pues, una butaca menos fashion (vamos, incómoda) y un público que me permita concentrarme en la historia que he ido a ver. Y si es “Good night and good luck”, mucho mejor. Coincido con tu opinión sobre ese fantástico protagonista.
Así que si snob es sinónimo de “cállense en el cine”, soy la más snob del mundo y, además, me gusta.
:))
27 mar 2006 | 08:26 PM
Un post extraordinario al que queda poco por añadir. El problema sobre el "ruido" en las salas de cine es directamente proporcional al aumento de la mala educación en nuestro país. Cuando yo iba a l cine de adolescente con mis amigos, naie dudaba en llamarnos la etnción si alguo hacía un comentario en voz alta. Ahora nadie lo hace porque puedes meterte en problemas. ¿Pedirle a alguien que se calle? ¿Por qué se va a callar si está en su "perfecto derecho" de decir lo que quiera, dónde quiera, cuándo y cómo quiera?
Sinceramente, prefería otros tiempos en los que como mucho algún espectador entrado en años se quedaba dormido roncando. La gente va a los cetros comerciales o multisalas como borregos. No saben ni qué van a ver. Si no hay entradas para su primera opción las compran para lo que sea que haya. Y así pasa lo que pasa. Cuando vi "El nuevo mundo", un tipo gritó en tono jocoso al finalizar la proyección "¡qué grande es el cine!" El 90% de los que acudieron a esa sesión salieron con la impresión de haber visto un ladrillo. Claro que tampoco tenían la más remota idea de quien diablos es Terrence Malick.
Yo por eso soy cada vez más devoto del cine en casa. Coger una buena peli, tumbarme con la mejor compañía del mundo y olvidarme de todos los demás durante dos horas. Ir al cine, que durante años fue la experiencia más maravillosa de mi vida, se ha convertido en algo doloroso. Y solo se me ocurre espetar: "¡¡Mamones!!" Perdón por la bilis, un saludo.
30 mar 2006 | 12:21 PM
Hombre, Flanagan, aún quedan honrosas excepciones de salas en las que esto más o menos se respeta. Y a veces el poder ver en esas pedazo de pantallas según qué películas hace que sean más soportables los ruidos; además, suelen ser más intensos al principio de la peli, pero luego amainan.
Lo que sí te doy completamente la razón es que en este mundo que nos ha tocado vivir hay demasiadas veces que el "perfecto derecho" de decir lo que se quiera, dónde se quiera, y cuándo y cómo se quiera, protegido y amparado (¡bendita sea la hora!) por nuestra Constitución (que por mucho que la denosten es nuestra ley fundamental, y que nos dure toda la vida) es sólo una excusa para dar rienda suelta a la zafiedad y la mala educación más execrable. Cuando veo algún especimen que vocifera su "perfecto derecho" a ponerse insoportable lo más que puedo hacer es contar los segundos para que esa incómoda situación se acabe. A Dios gracias no suele ser muy larga...
Gracias por el comentario. Un abrazo
31 mar 2006 | 11:10 AM
Comparto todo lo que decís, y eso que soy el Presidente de la APT ("Asociación de Palomiteros por la Tolerancia". Creo que no es tan difícil comer palomitas sin molestar).
Yo en el cine he empezado a ver últimamente cosas insólitas, como pandillas de niñatos techno-calorros que entran y salen en plena sesión, marujos y marujas hablando por el móvil (y no les digas nada, porque encima te han hecho el inmenso favor de silenciar los tonos cuando entraron), papás y mamás con niños pequeños ingobernables que campan asilvestrados en la oscuridad de la proyección, en puro estado de naturaleza (criatura, cómo le van a regañar...), y hasta desgraciados que te van radiando la película mientras la ves, así, con dos cojones.
Comprendo el sentimiento de resignación de D. Flanaga y D. Polidori, pero yo me empiezo a cuestionar si nuestra constitucional contención no debería dejar paso a cierta agresividad bien entendida. En cristiano, que si ellos lo hacen porque "es su derecho", no sé porqué me van a negar a mí mi legítimo derecho a "partirles la madre", que diría un mejicano cabreado. A punto he estado ya alguna vez, y no descarten que por fin lo haga.
De todos modos, seamos optimistas: si se buscan las sesiones con poco público, aún se puede ver una película en una buena sala y a tus anchas.
31 mar 2006 | 02:37 PM
A mi me encanta el cine. Aunque reconozco que, igual que me ocurre en literatura o con el mundo musical, aún me falta mucho por ver, sobre todo clásicos, muy difíciles de poder alquilar en los "bodrio-clubs" que tengo cerca, que sólo traen los últimos estrenos más taquilleros.
Tanto me gusta este mundo, que hace algunos años, en la univeridad, escribí un ensayo sobre el cine y la vida cotidiana, allá por los años 30 (bueno, centrado en Gran Bretaña, país donde estaba estudiando con la Erasmus en ese momento). Creo que con pocos trabajos académicos he disfrutado tanto como con éste. Tuve que leer muchísima bibliografía al respecto, pero me lo pasé de muerte leyendo sobre cómo eran los primeros cines, la impresión que causaba a la gente películas como "King Kong", cómo el cine era usado como vehículo habitual para establecer relaciones, etc.
Desde luego, todo aquello nada tiene que ver con los gigantescos cines de las afueras que tú muy bien comentas. Hoy es otra cosa.
Coincido contigo y con alguien que ha hecho el mismo comentario, al decir que a mi también me ponen los nervios de punta todos esos "ruiditos" de una sala de cine, aunque creo que también ese crujido de las palomitas, o ese chasquido de pipas en los cines de verano, son, algo así, como parte de su banda sonora.
En fin, todo eso entra más o menos dentro de "la normalidad".
Lo que ya no es tan normal, es lo que presencié en una sala de Inglaterra (aquel mismo año del ensayo sobre cine), donde tuve que aguantar a unos nenes peleándose a guantazo limpio y revolcándose por el suelo, en la primera fila, mientras su madre o su cuidadora (no sé muy bien qué lazo les unía) roncaba a pierna suelta justo en la fila delante de la mía, desde donde me llegaba un sutil olorcillo a falta de agua y jabón.
Al final, una señora que estaba sentada cerca de mí, y que era la viva estampa de la típica inglesa de collar de perlar y té con pastas a las cinco o´clock, acabó llamándole la atención, pidiendo silencio. La otra mujer, al ser despertada de su sueño-película particular, se pilló un mosqueo bastante apañado, y finalmente cedió y se levantó para ir a regañar a los niños. Momento en el cual, todos los ojos que estaban cerca, la fueron siguiendo en su caminar zigzagueante de persona ebria (sin la menor duda).
No tengo que añadir, que me costó horrores seguir la peli, no sólo porque era inglesa (sin subtítulos), sino por la "película" que se vivió dentro de la propia sala.
Un saludo.
27 abr 2006 | 12:01 AM
Me parece claro que debes vivir en una gran ciudad. En la mía ahora hay 38 cines. Pero no es cieto hay 3 en el centro, diez en la periferia y los otros a quilómetros.
ODIO las multisalas y odio que estén lejos, que exijan coche, y aún así, si la gente estuviese callada iría cada noche. Pero me rindo, me paso al dvd o a lo que venga...
Saludos
29 jul 2008 | 01:44 AM
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