Manos
¿Qué nos hace ser como somos? ¿Por qué las vidas se rompen, o no son tan plenas y satisfactorias como nos esperábamos? ¿Acaso sólo sea el azar el que nos mueve, nos lleva y nos trae como briznas de hierba al viento?
En estos días no me salían las palabras, y dejé este espacio vacío de ellas. Las prisas, la falta de tiempo, el estrés o simplemente que no había nada en la mollera digno de contarse. Pero sí he vivido, afuera, en el mundo real, en ese mundo en el que todos nos movemos, y en el que ayer una inmensa fuerza de la naturaleza descargó en Madrid una furibunda tormenta primaveral. Toda la gente que ha pasado ante mí estos días, todas las vivencias de las últimas horas, las más íntimas y las más mundanas, se agolpaban en mi mente colapsando mi capacidad para narrarlas.
Pero hoy algo hizo que acabara esa sequía de palabras. Hoy un mendigo, un homeless, o como queráis llamarlo, me ha pedido fuego. Con un hecho tan nimio, tan banal y superficial, se han saltado todas las alarmas de mi organismo y de mi educación. En el momento en que he hecho el mecánico movimiento de accionar el pulsador que hace que salte la llama, mis manos se han rozado con las suyas. La sensación ha sido indescriptible. Unas manos ásperas, hinchadas, de un color cetrino, grandes pero inútiles, que apenas sí podían agarrar el mechero cuando se lo he dado para que se refugiara del viento, me han producido un escalofrío que me ha recorrido todo el cuerpo. Esas manos, que contaban miles de terribles historias en tan sólo un leve roce, un instante con ellas, me han dado lástima y compasión, pero también me han producido asco, repugnancia. Así de humano, de lo vil y lo hermoso de lo que estamos hechos.
Me miro las manos, quizá la parte del cuerpo de la que estoy más orgulloso. Largas, finas, grandes, estilizadas. Manos de escribano, suaves, limpias, cuidadas. Manos que ansían la caricia, el placer; manos útiles, fuertes, hábiles; manos que me comunican con los demás, que hacen que pueda utilizar todo lo que me rodea. Manos que sirven para escribiros este texto, y que accionan los botones del ratón para enviaros esta historia. Esas manos que han dibujado en la piel de mis amantes, que han abrazado las espaldas de los que lo han necesitado, que han sido apoyo firme en el camino de mis cercanos, esas manos que cargan con mi pequeño sobrino, o que acariciaron la cabeza de mi padre moribundo, esas manos que sujetan mi propia cabeza cuando llega la desesperanza, o aprietan los nudillos cuando la suerte está de cara, esas manos son mi radiografía, mi carta de presentación, mi punto de contacto con el mundo, mi sostén diario.
¿Por qué el mundo ha sido tan inclemente con esas otras manos? ¿Cuál fue el momento, el instante en que perdieron su vida? ¿Acaso tampoco esas manos, ajadas, no han acariciado, no han abrazado, no han apoyado, no han dibujado en otras pieles o no se han cerrado con fuerza? ¿Qué fue de esas manos para llegar a ser lo que ahora son, despojos de un pasado perdido, signos de un presente tétrico, fantasmal, pavoroso?
Debo confesar que no toqué nada con la mano que rozó las suyas hasta que llegué a mi casa, y la lavé con fuerza, como hice con el mechero que habían tocado. La sensación de picor no se desvanecía ni después de lavármelas varias veces, y aplicarme crema con fricción. Me sentía indigno, por ser tan injusto, por ser tan sucio, por pensar así. Toda la culpa de la sociedad, de la desigualdad social, de la falta de integración, de las vidas rotas, se descargaba en esa manos que habían tocado el otro lado, el lado del que huimos, "the wild side" que cantaba Reed, ese otro mundo que nos molesta, nos aturde, nos asusta y nos enroca en nuestras límpidas vidas.
Mirad vuestras manos. Moverlas. Usarlas. Y sentiros satisfechos de que sean vuestras.



12 comentarios
Se echaban de menos tus dedos sobre el teclado, el click en el botón izquierdo del ratón para "publicar", la calidez de tus palabras e incluso el valor para reconocer lo que muchos no habrían (o habríamos) declarado, ese sucio (pero habitual y necesario) gesto de lavarse las manos por haber tocado a alguien tal vez menos sucio moralmente que muchos de nosotros y, con toda seguridad, mucho más desafortunado que cualquiera de nosotros.
23 abr 2006 | 09:51 PM
Es difícil saber los porqués de alguien que llega a esa situación límite que tan bien describes: sin duda son muchos y habrá un porcentaje no despreciable del factor suerte, mejor dicho, aciaga suerte. Luego, las circunstancias vitales llevan a unos hacia arriba y a otros les marginan sin remedio.
No te sientas mal por esa sensación de aspereza y suciedad: eran reales, tenías que liberarte de ellas. Nos han enseñado las normas de higiene y creo que son imprescindibles.
Para mí lo importante es que en ese momento respondiste a su demanda y que ese acto te ha hecho reflexionar a tí y a quienes te leemos.
Saludos amistosos y buen regreso. :-)
23 abr 2006 | 10:17 PM
Me uno a los demás en la alegría de tu regreso; empezaba a echarte de menos y a preocuparque, que a veces escribir se convierte en algo más que un placer.
En cuanto a lo que nos cuentas, ¡qué decir! Vivimos en un mundo maravilloso, feliz, en el que tenemos nuestra dosis, perfectamente racionada, de sufrimiento para que no nos mal acostumbremos pero en el que todo o casi todo acaba saliéndonos bien... Luego hay otro mundo en el que al que mide la dosis se le fue la mano, otro mundo en el que nada o casi nada acaba saliendo bien. Un mundo que no es ni maravilloso ni feliz y del que ni sabemos ni queremos saber. La frontera entre ambos es tan estrecha que un simple mechero puede traspasarla...
Ahora, piensa una cosa: ¿conoces a mucha gente que hubiera mirado para otro lado, con el mechero en el bolsillo, sin siquiera plantearse la posibilidad de darle fuego?
Saludos, de nuevo.
24 abr 2006 | 09:28 AM
La verdad,es que yo una vez,ví a un amigo negarle fuego a un mendigo,por lo sucio que estaba,y eso es peor que el lavarse luego las manos(que es humano)lo de este amigo,fué inhumano totalmente,y además decirle,si no tienes para lavarte,por que te compras tabaco?anda y lavate,marrano.Una absoluta gilipo....Un abrazo.
24 abr 2006 | 03:35 PM
Como siempre, Polidori, me dejas con los pelos de punta (y eso que tengo pocos).
Un abrazo, tío :)
24 abr 2006 | 07:33 PM
Me (nos) faltan tus palmas.
24 abr 2006 | 07:41 PM
Tomo nota, Innes, dejaré mis palmas para otra ocasión.
Mientras, añado tu dirección en mis enlaces. ¡Con mucho gusto!
25 abr 2006 | 12:09 PM
Muchas gracias, Polidori, es usted muy amable. Encantada de volver a saludarle. Le envío una sonrisa y mil gracias por su blog, sepa que es un placer leerle, aunque haya estado tan callada.
25 abr 2006 | 02:01 PM
Me he topado con este blog por casualidad... y encuentro una extraña coincidencia: hace dos noches un hombre se acercó a pedirme unas monedas, me dijo que tenía VIH... él, a cambio de mis monedas me dio un calendario pequeño. En el momento del intercambio nustras manos se rozaron y mi reacción fue la misma que la tuya, las interrogantes también. Por un momento sentí una comezón... me sentí un sidoso. Sin más. Me despido desde Montevideo, Uruguay.
26 abr 2006 | 07:55 PM
Un magnífico artículo. Nada más que añadir.
Un saludo.
26 abr 2006 | 11:21 PM
Los mendigos son necesarios. Nos recuerdan que existe gente que no tiene un techo, ni ropa limpia. Nos recuerdan por tanto que somos privilegiados. Nos recuerdan que vivimos en un mundo en el que el beneficio económico pasa como una apisonadora por encima de la vida (hay muchos mendigos dirigidos por mafias). Nos recuerdan por tanto que hay que cambiar el mundo (empezando por nosotros mismos). Nos recuerdan que tenemos algún mal de conciencia, pues pasamos de largo y nos sentimos culpables por no echarles unas monedas o hacer algo por ellos, ni que sea preguntarles qué tal se encuentran. Nos sacan de nuestra rutina superficial y absurda y nos conectan con la realidad. Al menos con esa parte de la realidad que tenemos más olvidada.
27 abr 2006 | 04:41 PM
sois una panda de subdesarrollados, ya puedes querer bien a tus manos limpias y tupidas, estoy seguro que no llegaban a ser ni la mitad de lo que fueron las mias en su tiempo. Yo si naci con ese don, don que hoy en dia siento arrebatado. Las palabras duelen.
11 jun 2006 | 09:34 AM
Escribe un comentario