Este no es mi Tirante
De todos los personajes literarios de los que tengo recuerdos por mi paso por la facultad de Filología hay dos a los que guardo un cariño muy especial: don Juan Tenorio (pero el de verdad, el de Tirso, no la patraña ripiesca del plasta de Zorrilla) y Tirant lo Blanc (a partir de ahora Tirante).
Del primero os podría contar montones de cosas, que me darían para varios posts, y que me fascinan: la evolución del mito desde el primitivo Burlador hasta el lamentable Don Juan último de Vicente Molina Foix, pasando por autores tan dispares como el genial Moliere, el atinado Da Ponte y su Don Giovanni (a ese le puso música un tal Mozart, no sé si os suena de algo), el atormentado Hoffmann, el pesao de Zorrilla (¡puaj!) y sus coñazos de apartadas orillas, el "chaquetero" Ridruejo y el en ocasiones brillante Gonzalo Suárez en su interesantísimo Don Juan en los infiernos (¡vaya cómo están Fernando Guillén y Charo López, en su papel de un don Juan y una doña Inés trasnochados!).
Pero este artículo no es sobre don Juan, es sobre el otro personaje, Tirante el Blanco, el caballero por excelencia, terror de los moros y pasmo de las doncellas, el único caballero al que el famoso cura de las más famosa novela que en el orbe ha sido salva de la quema porque
por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
-¡Válame Dios! -dijo el cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen.
Pues bien, Tirant lo Blanc es una novela importantísima por muchas razones, aunque la fundamental es una: es, precisamente, una novela, quizá la primera como tal del mundo mundial. Y me explico: obviando los relatos épicos, entre los que se encuentra nuestro maravilloso Mio Çid (¡que buen vasallo si tuviese buen señor!), y teniendo en cuenta que las primeras manifestaciones, las llamadas "novelas griegas de aventuras" o "bizantinas" de los siglos I a III d.C., no se ajustan al género tal y como hoy lo conocemos, podemos considerar que los libros de caballerías medievales (el autor más famoso y delicioso es Chretien de Troyes) dejan de ser meros relatos fantásticos y pasan a ser novelas cuando se centran en los personajes de carne y hueso que pululaban en la Europa medieval en la Baja Edad Media y el Renacimiento (es decir, los albores de la Edad Moderna). De aquí a nuestro querido Quijote hay un paso, pero el caso es que Joanot Martorell, que vivió en pleno siglo XV, y que fue también un tipo pendenciero que se partió la cara en combate en muchas ocasiones, fue el primer autor que tuvo las narices de dejar la espada y coger la pluma para contar cómo era la vida de uno de estos tipos que de verdad recorrían el mundo (influidos, por supuesto, por las lecturas o "escuchadas" de las andanzas de Arturo y del resto de caballeros del ciclo artúrico), la historia de un caballero andante que come, duerme, se hiere y muere de una infección pulmonar, y no de una herida honrosa en el campo de batalla. Y es cierto que utiliza muchos episodios fantásticos, pero la verosimilitud del texto es pasmosa. Además, Tirante fue publicada (que no escrita) medio siglo antes de que viera la luz la gran obra por excelencia del género, el Amadís de Gaula, y que abrió la espita para todos los amadises, esplandianes y demás personajes parodiados por el gran caballero manchego un poco más adelante en el tiempo.
Pero Tirante es sobre todo erotismo. Y no penséis en el erotismo medieval, ni siquiera en el trovadoresco... ¡No, no!, erotismo del bueno, con camisas sudadas, pechos al aire, pruebas de ADN en las sábanas de las ex doncellas y maravillosos juegos galantes (en especial, el descacharrante episodio del albarán amoroso, y los contratos que hacen damas y caballeros para comprometerse en amores, como si de dos contendientes en una inminente batalla se tratara). Martorell no se corta ni un pelo, y nos narra episodios de un elevadísimo erotismo, rayano con la lujuria y la lascivia más desatada. Es lo que tiene el medievo, que si nos salimos de los monasterios, donde se cocía la cultura "seria", los autores se lo pasaban pipa describiendo escenas que mucho nos tememos que tienen mucho que ver con su propia biografía. Luego vendría el renacimiento, y la trova ajustada a la métrica, y Garcilaso, y demás, pero en esta época a las cosas se le llamaban por su nombre. Si tengo un poco de tiempo buceo en el libro y os pongo algunos pasajes (aunque lo que deberíais hacer es leerlo, la verdad).
En fin, todo un filón para filólogos como el menda. Me lo pasé como un enano (con todos mis respetos) en la facultad dando caña al personaje. Pues bien, imaginaros cuando me enteré de que nada menos que Vicente Aranda preparaba una peli sobre mi querido personaje. ¡Joder!, ¡una peli sobre Tirante! Pero Aranda, autor de grandes pelis, por cierto, y enormes bodrios, me daba una espina regularcita. Así que intenté olvidarme de todo lo que sabía y me dispuse a ir al cine como si no tuviera ni idea de lo que me estaban contando, como cuando os hablé del cine histórico actual en anteriores posts. Vamos, que me senté en la butaca y adopté esa postura gallarda de "a ver que me cuentas, Vicentico".
Bueno, pues del Tirante que yo tenía en la cabeza nasti de plasti, nati mistrali, nati abascali. Tirante es un pringao que se rompe una pierna y se muere por las heridas que le sobrevienen después de un combate de rodillas absolutamente patético. Los combates son los más cutres, salchicheros y costrosos que he visto en mi vida (¡esa puñetera cámara lenta!; ¡cuanto daño ha hecho Gladiator!). Los extras están como desganados, y la recreación de pertrechos y armas son bastante justitas. Pero claro, viniendo de Aranda y siendo Tirante, me esperaba un contenido erótico morbosillo y calentito; desde luego, el cartel de la peli eso prometía (lo mejor de todo el entramado, sin duda). Pues nada de nada, y me temo que es un problema de dirección, no de guion. No me creo nada, ni los galanteos, ni las escenas eróticas ni los personajes centrales, por mucho que estén representados por Leonor Watling o una desaprovechada Victoria Abril. Ingrid Rubio no está mal como Estefanía, pero de Carmesina y Placerdemivida me esperaba mucho más, pues son dos personajes maravillosos de los que se podía haber sacado mucho más jugo. Si te lees los mejores pasajes de la novela te imaginas un sutil y sugestivo juego de acercamientos y lecturas entre líneas, una atención milimétrica a las sugerencias que pueda aportar determinada vestimenta, un ademán, un gesto, un vestido que se abre y provoca una tempestad en el caballero... Pues aquí el erotismo y el sexo se limita a alguna que otra aparición apabullante de cuerpo desnudo de todo a cien que llena la pantalla como si de un mercado de carne se tratara. Vamos, que de sutileza nada, y lo que se intenta (la famosa escena de la caricia de Tirante fingiendo que es Placerdemivida) se queda corto, es insuficiente. ¡Qué lástima! 
Y Tirante es un tipo exasperante y medio estúpido que nada tiene que ver con "el más grande caballero del mundo", capaz de derrotar el solo a hordas de turcos; es un tipo indolente al que ni siquiera se le cree su papel de enamorado. Y tampoco la ambientación se corresponde con la supuesta pasta que se han gastado en montar todo esto. Y el doblaje, para qué contar; es increíble que un clásico de la literatura hispana haya sido rodado en inglés y luego doblado al castellano por los propios actores, que es lo peor que se puede hacer (los actores de doblaje son unos profesionales de la cosa, y los actores "normales" NO son actores de doblaje, a ver cuándo se les mete esto a los directores en la cabeza, empezando por Garci).
En fin, larga, tediosa y por momentos insufrible. Una verdadera lástima. No es que me esperara mucho más, me esperaba algo, aunque fuera un poco, del espíritu de Tirante, y no esta especie de bodrio sin sentido que se queda en nada y que nos hizo estar incómodos en nuestros asientos. No sé cómo decirlo, pero creo que últimamente los directores se están acercando a los grandes clásicos de manera frívola y arrogante, sin respeto y sin intención de realizar una obra digna y conforme a lo que se espera de un gran clásico. Parece una carrera para buscar el libro, el cuadro o la historia que todos conocemos pero que todavía no se ha llevado al cine, y que sirva como pretexto para que las salas se llenen por el morbo, y no por las ganas de ver buen cine, en la primera semana de proyección (que es lo que suelen dudar, por otra parte).
En definitiva, este no es mi Tirante, que me lo han cambiado.

1 comentario
No pensaba ir a verla. Pero ahora menos...
28 abr 2006 | 04:25 PM
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