La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Cadáveres

Resulta curioso cómo las palabras pesan en nuestra conciencia cuando las escuchamos, las leemos o las decimos. Una de las más impactantes es cadáver. Una persona o un animal puede estar lozano, vivaracho, con buen color, en perfecto estado, equilibrado, sano, proporcionado; o puede estar insano, decrépito, cetrino, en mal estado, destartalado, enfermo, disforme. No importa, sea cual sea su estado o su naturaleza, cuando muere y abandona el mundo de los vivos pasa inmediatamente, sin solución de continuidad, a ser un cadáver. Un trozo informe de carne muerta, sin vida, yerta, inerte. Como un filete recién cortado en un papel de estraza.

La palabra cadáver pesa sobre todo en nuestra mente cuando el cuerpo es conocido. Si se vela el cuerpo de una persona famosa, como el circo que se montó con el cuerpo de Juan Pablo II, por ejemplo, la palabra cadáver se queda evidentemente corta, como si la celebridad del fallecido demandase más atención, y no la de un simple y llano trozo de carne, piel y huesos. Ved, sino, el de Juan XXIII, expuesto, embalsamado, con urna y todo.

Sin embargo, cuando la muerte es anónima, y salta a los rotativos por alguna razón extraordinaria, absorbe con toda la crudeza posible la verdadera dimensión semántica de la palabra. Así, ver un cadáver flotando en una Nueva Orleans inundada es horrible, pavoroso y tétrico, pero nos importa (con perdón) una buena mierda quien sea el finado. Supongo que el miedo a ser nosotros mismos quienes ocupemos el cuerpo que se desploma desde las Gemelas, o que haya quedado abrasado por la explosión de una bomba asesina, o que esté atrapado entre los hierros de un coche recién accidentado nos hace torcer el gesto y escudriñar el periódico para cerciorarnos de que realmente no somos nosotros, como aquel chiste del tipo que se cae de la cama y suelta un "menos mal que me he despertado, que si no mañana me piso".

Claro, que nuestra escatológica palabra tiene un problema, un epíteto que nace de ella y que rompe la magia (negra) de su significante y su significado, por ser los de ésta demasiados obvios: cadavérico. Algo que está cadavérico es que se halla a las puertas de la laguna Estigia, con Caronte guardando el óbolo en su andrajosa vestimenta. Vamos, que el impacto seco y definitivo de nuestro cadáver pierde fuerza en nuestro previsible cadavérico, y como mucho puede darnos lástima.

Yo me quedo con los románticos cadáveres exquisitos. Como muestra, los que nos brinda microlatencia: uno hecho y otro por hacer.

3 comentarios

  1. Los cadáveres exquisitos son muy graciosos, una vez participé en uno. Pero yo venía aquí a decir que lo que de verdad de la buena me da cosa son los cadáveres vivientes (y no me refiero a las películas de zombies precisamente). Saludetes

  2. Te dejé un comentario a tu post sobre Morrissey. Un saludo
    (www.fotolog.com/mozzer)

  3. esther

    No sé si viene muy al caso lo que voy a escribir, pero me apetece hacerlo porque el tema de la muerte me resulta apasionante, y tu artículo, Polidori, me ha hecho volver a pensar en él.

    La muerte es considerada un tabú en nuestra sociedad (lo cual no es así en las filosofías orientales). Y ciertamente es el origen de todos los miedos y preocupaciones que podamos tener. Si el temor a la muerte desapareciera, la vida se volvería mucho más placentera. Pero no, preferimos ignorarla hasta que nos llegue ese fatal momento.

    No sé si viene muy al caso lo que voy a escribir, pero me apetece hacerlo porque el tema de la muerte me resulta apasionante, y tu artículo, Polidori, me ha hecho volver a pensar en él. No sé si viene muy al caso lo que voy a escribir, pero me apetece hacerlo porque el tema de la muerte me resulta apasionante, y tu artículo, Polidori, me ha hecho volver a pensar en él.

    Pensándolo bien, el paso del tiempo y la muerte son necesarias para que haya crecimiento, para que la vida tenga encanto y significado. Meditándolo un poco, si las cosas fueran eternas, resultarían tremendamente aburridas. Su naturaleza temporal les confiere, por su dinamismo, la atracción irresistible del constante cambio.

    Místicos de todo tipo y distintas filosofías orientales consideran la muerte como una experiencia sublime, incluso el momento más luminoso de la existencia. Las personas que han estado a sus puertas describen su experiencia como algo muy agradable. Otros sostienen que, tras haberla vivido de cerca, valoran mucho más la vida, la disfrutan mucho más de ella.

    El Tantra, filosofía milenaria de la India, explica la necesidad de vivir teniendo siempre presente la muerte. Sólo así se podrá alcanzar el verdadero sentido de la existencia, discriminando las cosas realmente importantes de las que no lo son, y prepararse para experimentar este momento último.

    Bueno, si estos comentarios os resultan aburridos, no era mi intención. En realidad lo que me gustaría es recordar la estupenda frase “Carpe Diem”, añadiéndo “disfruta del proceso, pero también del final”.

    Gracias por el blog, Polidori.

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