Albos chirridos
Un zoo, un acuario, una reserva, es una metáfora de la vida misma. Los animales (¿acaso no somos nosotros mismos lo mismo, animales?) deambulan entre su barrotes o sus muros de metraquilato. El homo sapiens sapiens sabe como convertir la vida en un espectáculo. Y la visión de la vida "salvaje" no iba a ser menos.
Mi visita al Oceanogràfic, el mayor parque marino de Europa, iba a ser agridulce. Era de esperar. Me fascinan los animales, sea cual sea su medio. Y crear medios artificiales para nuestro disfrute es algo muy absurdo, muy cruel, pero muy humano. Claro, que en la mayoría de los casos prefiero observar a todos nosotros, animales, que hemos pagado una alta entrada para estar un rato encerrados. No cabe en la mente humana moderna preguntarle al cuidador por qué esas lindes cerradas con fronteras valladas están ahí para encerrarnos, aunque sea por un rato; si esa no es, al fin y al cabo, una metáfora de nuestro propio encierro. Pero viendo el deambular de los visitantes, seres superiores que recorren, sumisos, su recorrido preasignado (yo mismo era uno de ellos), no queda si no preguntarse si nosotros mismos no estamos acostumbrados a nuestro encierro urbanita. Había dentro un movimiento como de hormiguero organizado, con sus obreras, sus soldados y sus zánganos. Al fin y al cabo todo lo que veíamos, salvo algunos mamíferos y aves, eran pececitos, tontos, sosos, que lo único que tienen son sus colores y sus aletas para desplazarse con movimientos preasignados.
Afuera paisajes de cartón piedra, modernos edificios para albergar la naturaleza enlatada, arrecifes de coral de pvc, y túneles que simulan, en estériles metáforas, el flujo entre los grandes océanos. Sé del esfuerzo por acercar al gran público la vida que está tan lejos de nuestra asfáltica realidad, pero no deja de ser curioso ese afán de pulcritud en un remero de la vida salvaje. Los niños disfrutaban, los adultos asentían (asentíamos) antes el espectáculo. ¿Acaso no es eso suficiente?
Ahora, señores, había un apartado ártico. Un apartado especial, enorme para las dos únicas parejas de animales que en ellos había. Unas dimensiones colosales, en profundidad, en altura y en anchura, que contenía tan sólo dos grandes piscinas, gélidas en su contenido, pero llenas de vida animal. Dos morsas jugetonas iban y venían a sus anchas, culebreando en todos los rincones de su escueto entorno, ajenos a los que las buscábamos entre su turbio estanque. Pero lo primero que te llamaba la atención era un chirrido intenso, agudísimo, que parecía provenir de unos altavoces, pero que realmente llegaba de dos hermosos animales, blancos como la nieve, que recorrían con tesón los recovecos de su gran piscina blanca, como blanco era su universo cuando te asomabas y veías en todo su esplendor sus dimensiones desde las alturas. Magníficos animales, dos belugas, una ya adulta y en apariencia cansada, y otra más joven y jugetona que nadaba sin cesar hasta que decidía, si había suficiente público, pararse delante de los cristales para observarnos a nosotros, animales "racionales", observándola a su vez. Era muy hermosa, guapa en nuestra lengua, y sus ojos irradiaban una sabiduría que contrastaba con la cara de embobamiento de aquellos que nos colocábamos al otro lado de su mundo. Mi sobrino pareció entablar una conversación con ella de alegres grititos, realmente emocionado en lo que sus cortos meses le daban a entender, divertido con los movimientos y las carantoñas de ese bicho blanco y enorme, que se quedó a nuestro lado durante unos largos e intensos minutos, hasta que se giró sobre sí misma y se dedicó, de nuevo, a dar unos cuantos largos a su piscina.
No sé muy bien lo que sentí, pero ver tan de cerca a este magnífico animal me dejó una fuerte impresión. ¿Realmente es necesario este tipo de instalaciones para poder verla de cerca? Seguro es que sí. Por unos momentos sentí la fuerza, el tesón y la cabezonería de nosotros, humanos, que construimos un entorno artificial para emular el entorno que nos cargamos cotidianamente. Así de paradójicos somos los seres pensantes.
Al salir, y empujar la última barrera de ese encierro, no me sentí más libre. ¿Por qué será?



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