La Sacramental de San Justo

En esta captura de google earth puede verse una imagen de satélite de la zona aledaña al estadio del Atleti de Madrid, el Vicente Calderón. El terreno que ocupa, algo más de una hectárea, ha sido testigo de muchas días de ocio y deporte, y en él decenas de miles de personas acuden cada poco tiempo para disfrutar de su deporte favorito, o de algunos de los mejores conciertos en directo que han pasado por la capital.
Pero si echamos un poco la vista hacia el oeste, observamos un área similar que no está repleta de ocio y diversión, sino de los restos de miles de madrileños que han ido poblando, con el correr de los años, uno de los camposantos más tradicionales y antiguos de Madrid: la Sacramental de San Justo, aledaña al castizo cementerio de San Isidro. Toda una metáfora de la vida y la muerte: a unos pocos cientos de metros de un cuidado césped donde veintidós deportistas se afanan en hacer rodar un esférico de cuero, muchos restos humanos duermen el sueño de los justos en un apacible y tranquilo rincón cercano, rodeado por una vieja y vetusta tapia de ladrillo, y donde el suelo está horadado por cientos y cientos de nichos y fosas. Todo es vanidad.
La Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz es el clásico ejemplo de cementerio urbano del siglo XIX. Hasta el comienzo de ese siglo los enterramientos, en Madrid y en casi todas las ciudades europeas, tenían lugar en las cientos de iglesias que poblaban los cascos urbanos. Como el suelo escaseaba, y el interior no daba precisamente mucho de sí, los gobernantes comenzaron a idear camposantos fuera del casco urbano, y aunque se sabe que incluso en el reinado de Carlos III ya se intentara dotar a Madrid de algunos de ellos, no sería hasta el reinado de José Bonaparte (Pepe Botella para los amigos) cuando se construyeran los dos primeros: el Cementerio General de Norte (1809) y del Sur (1810). Sin embargo, las archicofradías y sacramentales de la ciudad, asociaciones amparadas por la Iglesia, empezaron a construir paulatinamente sus propios cementerios para enterrar en ellos a sus afiliados. Así nació, entre otros, la Sacramental de San Justo, construida en 1847 sobre el llamado cerro de las Ánimas, en torno a la actual Vía Carpetana, y separada por una pared de otro cementerio, la Sacramental de San Isidro, San Pedro y San Andrés, que había sido construida en 1811.
La Sacramental tiene muy ilustres “huéspedes”, entre ellos Adelardo López de Ayala, la actriz Rosario Pino, el marqués de Viana, los hermanos Álvarez Quintero o el compositor Federico Chueca, o más modernos, como el doctor Marañón; pero es especialmente conocido por albergar el panteón de la Asociación de Escritores y Artistas, que reunió a algunos de los nombres más famosos del arte de la época y los colocó juntos en un curioso semicírculo de piedra. Espronceda, Núñez de Arce, Bretón de los Herreros, Gómez de la Serna y, sobre todo, el suicida Larra (al que dedicó unos ripios el plasta de Zorrilla, por cierto, pero en su enterramiento primigenio, en el cementerio de San Nicolás) comparten lugar de descanso eterno. 
Vaya por delante algo que ya supongo que habréis adivinado: me gustan los cementerios. Son lugares tranquilos, solitarios, donde puedes aislarte del ruido de la ciudad y donde muchos de los que te precedieron te observan curiosos, para conocer cómo nos las gastamos hoy día. Bueno, no penséis que ya me he vuelto del todo majara; sé que son lugares tétricos y tristes, y no me considero precisamente un tipo al que le atraigan los cultos al más allá. Pero lo que sí es cierto es que de siempre me ha despertado mucha curiosidad el modo en el que la humanidad trata a la muerte, el afán por guardar nuestros restos, sea debajo de un árbol, en una urna de barro, en una pirámide de piedra o en un mausoleo, para la supuesta eternidad. También me fascina la necesidad de la apariencia incluso después de la muerte. Los ricos viven sus riquezas, y guardan sus restos en impresionantes mausoleos que con el paso del tiempo se llenan de musgo y óxido, y adquieren ese característico aspecto descuidado de las tumbas viejas. Paseando por uno de estos lugares imaginas las circunstancias de los sepelios, las miles de personas que han pasado por estos angostos pasillos, las lágrimas y los llantos que se han vertido y las demostraciones del lujo mortuorio que, a buen seguro, han sido encargadas a ilustres arquitectos de la época. Porque en la Sacramental hay túmulos espectaculares, enormes, de bellísima factura, que imponen cuando caminas por esa tétrica y hermosa gran hectárea, repleta de cipreses centenarios.
Pasear por la Sacramental es pasear por la historia, por el corazón de la ciudad de hace dos siglos, por sus costumbres y su encorsetado modo de proceder. A los grandes sepulcros se unen discretas tumbas, baratos nichos, enterramientos multitudinarios en el suelo y, lo que es más aterrador, cientos de pequeños nichos dedicados a todas las bajas de la terrible mortandad infantil de la época.

A todo ello se unen los modernos enterramientos que, como si fueran un remero de la carestía de suelo contemporánea, aprovechan los recovecos de la antigua arquitectura para completar un paisaje repleto de tétricas aglomeraciones. Algunos de los epitafios son curiosos, como suele ocurrir en todos los cementerios, pero hay uno que los sobrepasa a todos y que, por necesidades de guion (y que me perdonen los deudos), me atrevo a reproducir aquí: “no comment”.

Pero otra cosa que llama muchísimo la atención, como si fuera un recordatorio de que estás pisando un trozo de historia, es lo que te encuentras al salir del recinto: un inmenso y horroroso hangar donde se agolpan los nichos más modernos. Cuando lo ves piensas que es un garaje, pero cuando descubres su “contenido” te viene a la cabeza un símil facilón pero terrible: los cuerpos, en este caso, están “aparcados” de aquí a la eternidad.
Visitar la Sacramental es fascinante, quieras o no tener presente el suelo que estás pisando. Los cientos de ángeles y figuras orantes que pueblan los rincones parecen despertarse a tu paso y cobrar vida para recordarte que eres un mísero mortal. Da reparo fotografiarles, a pesar de que sabes que no son sino piedra moldeada. Sin embargo, al menos en mi caso, San Justo me aporto serenidad y sosiego, y una prueba más, sólida y refutable, de que el hombre es un ser extraño, capaz de crear bellos y hermosos parajes para dedicarlos a algo tan inútil y desasosegante como es el crear un jardín escatológico.

[Para ver éstas y otras muchas imágenes de San Justo podéis visitar esta colección que he creado en webshots.]

6 comentarios
A mi también me gustan los cementerios (creo que ya lo comenté en algún momento e incluso recomendé el de Comillas).
Seguramente me gustan porque no rindo culto a los muertos, porque no entiendo el culto a los muertos y eso debe hacer que los vea con una perspectiva diferente.
Probablemente también me gustan porque reina el silencio que los vivos somos incapaces de mantener, porque hay serenidad y porque a algo tan supuestamente tétrico como la muerte, lo dotan de un espacio de los que escasean en el resto de la ciudad.
Imagino que no me disgustan también porque no me da miedo la muerte, esa única certeza que existe en nuestras vidas.
Tras ver ese genial epitafio de "No comment" estoy pensando que el mío (que espero no figure nunca en una lápida, mejor que sea virtual) debería ser "No preguntes" ;P
Fantástico post, polidori, no podría estar más de acuerdo (una vez más) contigo.
Un beso.
9 may 2006 | 12:07 AM
Entiendo el dolor por la muerte, el dolor de la ausencia, la falta; pero creo que nunca he acabado de entender cómo seguimos siendo incapaces de convivir con la única certeza que nos iguala a todos desde la cuna...
Hay culturas en las que la muerte se ve de una forma distinta, hay pueblos en los que los muertos y los vivos continúan conviviendo, hay gentes que miran quizá con pena pero no con temor hacia la muerte.
De todas formas, Polidori, si se trata de cementerios mucho me temo que el islam nos saca unos cuantos cuerpos de ventaja. Pasear por el centro de Estambul y ver los viejos (o no tan viejos) cementerios de la ciudad no tiene precio, pero entrar en un bar a tomar un te y saber que estás en medio de un cementerio, rodeado de cientos y cientos de tumbas, es toda una esperiencia. Y no te digo nada si hablamos de la Ciudad de los Muertos de El Cairo...
10 may 2006 | 05:58 PM
Es lo que tiene no estar muy viajado (o no tanto como quisiera), K, pero no conozco El Cairo, pero lo que cuentas debes ser flipante. El único cementerio musulmán (bueno, creo que vi varios) fue en el corazón de Marruecos, donde me llamaron la atención las tumbas bereberes, una simple piedra orientada a La Meca sin inscripción y sin nada. Un flipe.
Y no he podido verlo en directo, por supuesto, pero flipo con las Torres del Silencio o dakhumas, construidas por la secta parsi en La India; en ellas, el cadáver del difunto se deja a la intemperie para que sea devorado por los buitres sagrados, los cuales acuden al edificio y dan cuenta de los despojos hasta que sólo quedan los huesos. ¡Eso sí que es ser ecológico hasta la sepultura!
Saludos
10 may 2006 | 06:23 PM
"MEMENTO HOMO..."
Hoy he visitado esta Sacramental por primera vez: llegué con la esperanza de encontrar una sepultura de 1901 (la de mi bisabuelo). La oficina en donde tenía pensado hacer la consulta estaba cerrada a si que las probabilidades de encontrarlo eran mínimas. Ni sabía la zona o patio ni tan siquiera si existiría aún la tumba. Pero aún así decidí echar a andar porque sólo me quedaba la esperanza de encontrarlo después de estar buscándolo durante más de tres años entre archivos, registros, prensa, parroquias etc... Lo que he vivido hoy allí es difícil explicar y más difícil que alguien te crea. Durante mi recorrido, que ha durado unos treinta minutos, algo o alguien me ha guiado. Esa es la sensación real que he tenido. Algo me ha guiado hasta el punto exacto, hasta el mismo pie de la tumba. Ha sido inaudito. No me lo podía creer. Después de vivir semejante experiencia, regresé a un patio ajardinado para descansar y reflexionar sobre todo lo que había sucedido. Allí, bajo la sombra de un árbol, rodeada de cesped, flores y dos pequeñas y sonoras fuentes, alcé la mirada y me dí cuenta que varios enormes buhos me observaban. Giré la vista hacia la izquierda y me fijé en la inscripción de la verde y enorme puerta de la capilla. "MEMENTO HOMO, QUA PULVIS ES ET IN PULVEREM REVERTERIS". La verdad más dura que existe.
Hoy ha sido un día muy especial que jamás olvidaré.
A JULIÁN MARÍN (1856-1901)
27 jun 2009 | 08:19 PM
Me dejas anonadado, Blanca. Desde luego, la Sacramental es un lugar muy especial, pero esto que me cuentas escapa a todo lo que pueda sentirse en un sitio como éste. Has vivido, sin duda, un momento irrepetible. Y me alegro sobre todo de que tu búsqueda haya tenido buen fin. Un fuerte abrazo.
28 jun 2009 | 03:18 AM
Gracias Polidori.
2 jul 2009 | 10:19 AM
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