The Go-Betweens, o la fuerza de la simplicidad
Tenía pensado dedicar un post a este grupo desde hace tiempo, pero la muerte de McLennan ha precipitado las cosas.
The Go-Betweens es, sin lugar a dudas, uno de los mejores ejemplos que conozco de banda secundaria (en el sentido de su popularidad, no de su calidad) cuya trayectoria, tan coherente como dilatada, ha sido degustada sólo por unos pocos elegidos que han tenido la suerte de acercarse a ellos, casi siempre por casualidad. En la pomada de éxitos de los ochenta, en donde consiguieron colocar algún que otro single, el grupo que hizo las maletas desde su Australia natal para recalar en Europa (con París y Londres como sedes centrales) obtuvo siempre unas críticas excelentes, pero no se sabe muy bien por qué, nunca terminaban de despegar en las listas de éxitos.
Como ocurre con tantos otros grupos, Grant McLennan y Robert Foster se conocieron en la facultad, en este caso la de su Brisbane natal, y quisieron probar suerte en el mundo de la música. Ambos se han repartido las composiciones del grupo a partes prácticamente iguales, y ambos han sido los únicos miembros permanentes, a pesar de las vicisitudes que soportó la banda. Sus comienzos, al margen de los primeros intentos en suelo australiano, tuvieron lugar en el sello discográfico de algunos ilustres de la época, como Aztec Camera u Orange Juice, el sello Postcard. Pero ni siquiera su paso por la multinacional Sire Records les sirvió para despegar. Sólo el elepé Tallulah tuvo un moderado éxito, pero insuficiente para ni siquiera asomarse a las listas de discos más vendidos.
Justo su siguiente lanzamiento, 16 lovers lane, que coincide con su aterrizaje en España, fue su mayor momento de gloria, en lo que a radio fórmulas se refiere. Sin embargo, no pasaron nunca de un discreto puesto ochenta y uno en las listas británicas. Eso sí, el grupo ya se iba granjeando un marchamo de banda de exquisito gusto y calidad, queridos por la prensa y admirados por un buen puñado de fans. Su single “Streets of your town” (que podéis encontrar referenciado en mis Canciones para conducir de noche) es, probablemente, una de las canciones más hermosas que se escribieran en los últimos ochenta, y uno de mis temas favoritos desde que saliera, y ya han pasado casi veinte años.
Sin embargo, MacLennan y Foster, hartos de no ser precisamente un grupo de éxito, decidieron disolver la banda hacia 1989, después de hacer una gira acústica. Creo que fue por esa época la primera vez que yo les vi en directo, haciendo de teloneros de mi querido Lloyd Cole. Aparecieron los dos solos con sus guitarras, y dieron un concierto pulcro, limpio y atinadísimo, a pesar de su condición de teloneros. Es curioso, la sala donde les vi fue otra de las que desapareció, a pesar de haber sido anunciada a bombo y platillo en su momento: la Universal Sur. Como veis, la agonía artística madrileña viene de lejos.
Por eso, cuando nos enteramos en el año 2000 que el grupo resucitaba nos frotamos los ojos. ¡Y qué regreso! The friends of Raquel Worth es un disco redondo, precioso, limpio y espléndido. Y lo más importante, fiel a los principios de la banda. Ya en el camino de vuelta, el grupo pasó de fijarse en radio fórmulas y listas de éxitos y se dedicó a hacer lo que mejor sabía: construir hermosísimas melodías y escribir bellas canciones para alegrarnos la vida a todos nosotros, sus escuchantes. Piezas como “The clock”, “He lives my life”, “Heart and home” o la prístina “Going blind” nos hizo remontarnos el corazón, y dejaron boquiabiertos a los imberbes y no imberbes críticos de algunas revistas, que se hincaron de hinojos ante semejante demostración de buen hacer pop. Resultado: por increíble que pareciera, los australianos aparecían en la lista de grupos invitados para algunos festivales, como ocurrió en el Primavera Sound de 2003.
También por esa época nació una nueva costumbre: los conciertos conjuntos de The Go-Betweens y Teenage Funclub, grupos a los que adoro pero que no tienen nada que ver, a no ser que sea su papel de injustos segundones. La cuestión es que ambos, con la misma importancia en el cartel y las entradas, recorrieron Europa y dieron una serie de conciertos que todos aquellos que tuvimos la suerte de verlos salimos con un agradable sabor de boca y una sonrisa medio tonta en la cara. Aún tenemos frescas tanto las payasadas e histrionismo de Foster como la actitud modesta de un MacLennan que nunca destacaba, pero que asombraba con sus aptitudes musicales.
Al margen de la aparición de otros dos discos, Bright yellow bright orange y Oceans apart, todo el saber hacer del grupo en directo pudo comprobarse en That striped sunlight sound, un directo de reciente aparición que ha supuesto su inesperado testamento sonoro.
MacLennan nos ha dejado. No será una noticia que salga en la primera plana de los periódicos, ni siquiera de las revistas especializadas, pero para todos aquellos que hemos seguido los pasos del grupo ha supuesto un duro golpe. Y no lo digo sólo por mí, es una sensación similar para algunos de mis amigos. Tipos como MacLennan son necesarios en este mundo. Y si no, pinchad algunos de los discos del grupo, incluso su última y magnífica entrega, Oceans apart, y dejaros llevar por una aparente sencillez que esconde una sensibilidad fuera de lo común y una elegancia que en pocos grupos he visto a lo largo de mi ya dilatada experiencia melómana.

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