La Coctelera

Las manos en los bolsillos

¿A qué día estamos hoy?, o los caprichos del calendario. Capítulo III

Pero, llegados a este punto, teníamos que hablar por supuesto del pueblo, la cultura de la que todos hemos mamado y a la que hemos copiado hasta la saciedad: la griega. Pero los griegos, que eran muy listos y muy avanzados para muchas cosas, resolvieron el tema del tiempo de una forma que mucho nos tememos que demuestra que tampoco es que fuera un tema prioritario para ellos. Su primitivo calendario estaba basado en meses de treinta días exactos, pero que no cuadraba, evidentemente, con las fases lunares, por lo que comenzaron a alternar los de 29 y 30 días. Pero esto tampoco era muy exacto, por lo que tuvieron que ir intercalar meses de 30 días seguidos, hasta que se llegó a la regla de intercalar tres meses de 30 días cada ciclo de ocho años. Con esto conseguían una duración media de 365,25 días. Pero tampoco eso bastaba, porque se producía cada ciclo de ocho años un desfase de quince días entre el calendario y las fases lunares, y si no os habéis perdido ya, convendréis que no era muy útil, si de un calendario lunar se trataba. Así que llegó el bueno de Metón, en el año 432 a.C., quien estableció un método casi infalible que, como si fuera una cita, os la incluyo debajo, porque me da la risa contarla (los que se la quieran saltar, sigan, por favor, al acabar ésta):

Metón constató que diecinueve años de 365'25 días corresponden a un período de 6.939'750 días, prácticamente coincidente con la duración de 235 lunaciones (6.939,688 días); y puesto que 235 lunaciones exceden en siete meses lunares a diecinueve años integrados por doce meses sinódicos (el tiempo que tarda la Luna en volver a aparecer en el mismo punto del cielo respecto del Sol, mirando, claro está, desde la Tierra), dicha equivalencia permitía establecer una regla de intercalación consistente en repartir siete meses suplementarios a lo largo de diecinueve años, con lo que el desfase se reducía a un día, aproximadamente, cada 320 años.

Pero no quedó ahí la cosa: Calipo (¡qué rico!), que inventó el “ciclo calípico” (¡qué rico!, otra vez), cogió el cálculo de Metón y combinó cuatro períodos de diecinueve años en cada ciclo de 76, del que suprimió un día. Parece un galimatías, ¿verdad? Pues que sepáis que es uno de los calendarios más precisos que hayan existido jamás. Pero, al igual que pasara con el Beta, no pasó el “corte” y los griegos se quedaron con el calendario VHS de Metón que, aunque más inexacto, fue adoptado como “oficial”. Hasta que…

Llegaron los romanos. ¡Yepa! Estos tipos eran unos genios que conquistaron medio mundo, pero no tenían ni idea de hacer cuentas (lo que demuestra la más extendida tesis de cualquier estudiante: las matemáticas no valen para nada, salvo para que los matemáticos se diviertan; estoy pensando en cómo van a ser las reacciones de los susodichos...). Como ingenieros no tenían precio, pero eso de ponerse a contar por contar… ¡qué pereza! Un romano, antes de decir la fecha, tenía que llenar un sin fin de tablillas con cálculos complicadísimos. Me explico; un mes romano tenía tres días importantes (cosas de religión), a saber: el primero (kalendae), el quinto (nonane) y el decimotercero (idus). Pero como el calendario era un caos, en mayo, marzo, julio y octubre tanto nonane como idus se retrasaban dos días (7 y 15). Pues bien, un romano decía el día en el que vivía sumando o restando días a uno de estos tres, al que tuviera más cerca. ¡Mola!, ¿verdad?

Los romanos empezaron con un calendario de diez meses, que era un cachondeo por el desfase que producía. Luego añadieron dos meses más y les quedó lo siguiente: cuatro meses de 31 días, siete meses de 29 días y un mes de 28 días (lo dicho, ni puñetera de hacer cuentas: eso sólo suma 355 días). El caos se fue acumulando hasta el extremo de que al final de la República nadie tenía ni idea de en qué día vivía (y esto no es una exageración; de hecho, se puso de moda contabilizar los años en función de los mandatos de los altos magistrados del Estado, o sea, el quinto de Felipe Glez, el cuarto de Aznar, el segundo de ZP, ya me entendéis).

Julio César, poco antes de que probaran la consistencia de las dagas romanas en su túnica (¡je!), se decidió en el 45 a.C. a poner orden en los calendarios, que para eso era el “padre de la patria”. Mandó hacer una reforma que perduró durante un milenio y medio (vamos, una típica construcción romana, tan típica que el mérito se lo llevó César, pero el que hizo el trabajo fue un pobre astrónomo griego, Sosígenes). El caso es que se creó un año de 365 días distribuidos en doce meses, y cada cuatro años se añadiría un día más. Este calendario acumulaba una diferencia de un día cada 128 años, por lo que funcionaba relativamente bien. Los meses pares serían de 30 días y los impares de 31. Esto nos da un total de 366 días, así que a un mes, al último, se le quitó un día (si, el último mes era febrero porque el año empezaba con el equinoccio de primavera, que es lo más lógico para una sociedad agraria como la romana). Se decidió que el “día bisiesto” fuera el 24 de febrero, esto es, el sexto día antes de la calenda de marzo, por lo que el nuevo día se llamó “bis sexto ante calendas martii”, y de ahí el año recibió el nombre de bisextilis.

Lo curioso del caso es que, para ajustar, el año 46 a.C. tuvo que alargarse, para empezar el nuevo año “con buen pie”. Por eso, está considerado como el más largo de la historia, ya que se le sumaron ¡noventa días más! para lograr corregir los desfases acumulados (un año de 455 días, que muy al estilo romano se salvaron haciéndolos festivos; ¡joder, ni me imagino la juerga!).

Volviendo al tema agrario, el calendario romano, como buen calendario agrícola, empezaba con la primavera, y eso suponía muchas cosas. Los meses de invierno eran de total inactividad, los cargos públicos se elegían a partir de la primavera y los ejércitos guerreaban desde febrero en adelante. Todo esto cambió cuando los romanos pisaron lo que luego fue Hispania. Aquí eran más brutos que un arado (mira tú por dónde) y no entendían eso de la pausa invernal. Vamos, que la primera vez que los ejércitos romanos se fueron a sus campamentos a pasar el invierno, nuestros aguerridos ancestros casi les hacen comerse el pilum. El caso es que, para adaptarse a las condiciones bélicas, los romanos empezaron a nombrar a sus cargos militares en enero. Cuando se realizó la reforma de César se decidió que esta situación tenía que regularizarse, por lo que el nuevo calendario se inició en la calenda de enero, pasando febrero a ser el segundo mes del año y no el último. Así que ya veis, los hispanos tenemos la culpa de celebrar el año nuevo en pleno diciembre, con el frío que hace, ¡coño! Esto provocó, además, otro bonito disparate que nadie se preocupó de arreglar. Hasta ese momento el calendario tenía los siguientes meses en este orden: martius (dedicado a Marte), aprilis (mes de la aperire, o floración), maius (dedicado a la ninfa Maya, madre de Heracles, o Hércules), junius (dedicado a Juno), quinctilis (quinto), sextilis (sexto), september (séptimo), october (octavo), november (noveno), december (décimo), januarius (dedicado a Jano) y februarius (mes de las februare, o purificaciones). Al cambiar el inicio del año, ocurrió que december pasó a convertirse en el duodécimo mes, pese a significar, literalmente, décimo. ¡Están locos estos romanos!

Para acabar de liarla con los meses, el Senado decidió conmemorar la inventiva de César poniéndole su nombre a un mes, así, quinctilis desapareció y nació julius. Con el tiempo, Augusto (que no era nada megalómano) se encaprichó del calendario y el Senado volvió a cambiar de nombre un mes (al fin y al cabo fue Augusto el que arregló el tema de los bisiestos); en esta ocasión sextilis, que pasó a ser augustus. No obstante, surgió un problema que el instinto de conservación de los senadores se dio prisa en resolver: julius era un mes de 31 días (impar), pero augustus sólo tenía 30 (par), lo que podía entenderse como que el Senado pensaba que Octavio no era tan grande como César (si se tiene en cuenta el carácter de Octavio, y el hecho de que a César se lo cargaron en el propio Senado, las consecuencias del mensaje no podían ser más evidentes). Los senadores encontraron una solución en el mejor estilo de Salomón: augustus debía tener 31 días a cualquier precio, así que el bueno de februarius perdió un día más (y alcanzó sus míticos 28 días).

Bueno, ya sabéis por qué tenemos este calendario tan raro, pero queda un poco de camino por recorrer. Lo veréis en el siguiente capítulo.

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4 comentarios

  1. K

    Bien resuelto, si señor, mis felicitaciones. Que los romanos estaban locos ya lo tenían clarísimo en la Antigüedad (ver a Obelix)pero nadie les puede negar que era una locura divina. Qué el mismo Senado que se cargó a César por dictador le encumbrara en los altares del calendario no tiene desperdicio.

    Por cierto, Polidori, que la palabra "calendario" también se la debemos a los buenos romanos, por aquello de las calendas, ya sabes.

    En fin que me está gustando la serie y que espero la próxima entrega...

    Saludos

  2. ¡DIOS! Qué sapiencia... Qué erudición... Qué cantidad de texto... }:-)

    Cojonudo, tío. Me encanta este monográfico.

    ¡Un abrazo desde Canarias!

    PS Hoy estuve escuchando una entrevista que le hicieron a Ruiz Gallardón en «No somos nadie» a propósito de las obras de Madrid y me acordé de ti :)

  3. Me he quedado sin palabras... ¡cómo da de sí el calendario! ;)

  4. K

    Hola Polidori

    Te cuento una curiosidad para que la sumes a tus disquisiciones sobre el calendario. ¿Sabes el motivo de que la Navidad se celebre el 25 de diciembre?

    Como casi todas las fiestas de la liturgia cristiana la Navidad tiene sus raices en fiestas paganas, en concreto en fiestas de tradición romana. Esto es bastante lógico. Cuando el cristinaismo se convirtió en la religión oficial del Imperio su arraigo entre la población no era absoluto ni mucho menos, se puede decir que casi era una religión minoritaia (que nadie se me enfade, pero en aquella época no hablamos de una religión de masas, las masas eran politeistas) Pues bien, la nueva religión tenía que sustituir al viejo politeismo y para eso era imprescindible asimilar las principales festividades.

    De entre las principales festividades destacaban las relacionadas con los astros, es decir, equinoccios (hacia el 21 de marzo y 21 de septiembre) y solsticios (hacia 21 de diciembre y 21 de junio). En el I Concilio de Nicea (325) estos ocurrieron exáctamente los días 21, pero tradicionalmente había venido ocurriendo los días 24 (la fecha fijada era la del 24, lo que pasa es que el desfase acumulado del calendario la había ido trasladando hacia el 21) Precisamente por ello, el solsticio de invierno se celebraba el 24 de diciembre y era una gran fiesta. Imagínate lo que para una sociedad agrícola suponía la celebración de la noche más larga del año, el frío invierno, la paralización de los trabajos agrícolas...

    El caso es que el solsticio de invierno era algo a celebrar, una de las principales festividades del mundo pagano y, casualmente, la Noche Buena cristiana. Lo que son las cosas :-)

    Y ya puestos, ¿te imaginas pq la Semana Santa ronda el equinocio de primavera? ¿casualidad que la mayor celebración de la Cristiandad coincida con la mayor celebración de la Antigüedad (el inicio del buen tiempo, la época de las cosechas, el renacer...)?

    Saludos

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