La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Oye... ¿y si nos cogemos el coche y nos damos una vuelta por la Riviera?

Seas mitómano o no, y hagas o no honor a la celebración de mañana, todos tenemos nuestros propios iconos cinematográficos, musicales o literarios. En mi caso, como habréis podido comprobar (si os habéis atrevido) en estas páginas, tengo los míos propios, cada vez más afianzados en mi subconsciente, cada vez más arraigados en mi existencia, síntoma de muchas cosas: de que voy cumpliendo años, de que vivo solo y de que ya no salgo tanto como antes. Es decir, soy carne de librería, fonoteca, videoteca y mulas de diversa índole, pero sobre todo soy un puñetero soñador que aprovecha cada resquicio de libertad artística para colarse y dejar volar su imaginación en busca de universos más amables y menos ponzoñosos que el que nos rodea (sin acritud ni genuflexiones al pesimismo más gratuito).

Y si digo todo esto no es, evidentemente, por el trasfondo de la película que os voy a recordar, pues realmente es un retrato bastante duro del deterioro de la relación de pareja con el paso del tiempo (algo que, quien más quien menos, al menos el que suscribe, sabe lo que puede suponer); sino porque pertenece ya también a esa colección de imágenes que acompañan mi imaginación a poco que la ejercite. Dos en la carretera (1967), de Stanley Donen es una de esas películas que puede clasificarse de inolvidable, en parte por su magnífico guion, en parte por la intachable actuación de sus protagonistas, en parte por la (relativa) originalidad de su planteamiento en forma de roadmovie y en parte, al fin, por su carácter rotundamente nostálgico. Pero también porque, ¡cómo no mencionarlo!, la pareja protagonista es la que es. Dejo a los / las fans de Albert Finney que se explayen a gusto, pero ya me extrañaba a mí que todavía no hubiera salido el nombre de la más grande, la mejor, la más bella: mi querida Audrey. Sé que la he mencionado, pero no me he extendido lo que debía; ni tampoco lo voy a hacer ahora, pero su belleza y su legendaria elegancia sí que son, en sí mismas, un mito único de la cultura occidental; sobre todo porque no tiene nada que ver con un icono sexual (como le ocurre a Natalie Portman hoy día, cuya belleza no tiene nada que ver con el título de "la más sexy del año", por mucho que se empeñen en ello sus representantes, ni por muchos Closer que protagonice). Y en cuanto a su labor actoral, para mí es una de las grandes actrices de los cincuenta y sesenta, que ya es mucho decir. Y yo ya lo he dicho.

Precisamente, el carácter nostálgico que está presente en la peli hace que, cuando la trama va derivando hacia terrenos escabrosos en la relación de la pareja protagonista, sus imágenes se convierten en verdaderos iconos de la historia del cine. Las maravillosas escenas que relatan los primeros viajes de la pareja (los más románticos, los más tiernos, los más frescos) se convierten también en nostálgicas para el propio espectador, que ha seguido (y se ha comido, constantemente, porque la película es un continuo ir y venir en el tiempo) los problemas que aparecen entre ellos, y ve con fastidio (y con patente y abrumadora certeza de su similitud con la realidad) que nunca es más cierto aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor", incluidas infidelidades y miradas hacia otro lado.

En la película tienen un decidido protagonismo los diálogos de la pareja. Casi puede decirse que en eso se basa exclusivamente. En ellos caben todos los sentimientos, desde el amor, la ternura, el deseo, las esperanzas; pasando por los reproches, las discusiones; hasta llegar a arrepentimientos y demás estadios propios de eso que llaman matrimonio. Ambos personajes son inteligentes, procaces, brillantes, locuaces y, llegado el caso, incisivos e hirientes. Hacen de sus sentimientos hacia ellos mismos como pareja una constante en sus vidas, y sacrifican su cacareada independencia en aras de un proyecto en común que, lo mismo hace aguas como se afianza en extraños retruécanos afectivos que en muchas ocasiones agotan su paciencia.

Yo no sé vosotros, pero me dan temblores al pensar en todo ello. Según avanza la película, me veo a mí mismo retratado tanto en esos momentos de absoluta felicidad como en los momentos de tremenda estulticia. Suena pretencioso, si queréis, pero todas esas situaciones me son conocidas, me las sé, y no por ser más listo que el guionista, sino porque es en esos momentos cuando compruebas cómo toma fuerza aquello de lo que os hablaba más arriba, de que las relaciones siempre miran al pasado y tienen fecha de caducidad, y rebasarla tiene funestas consecuencias. Pero nunca nos resistimos a admitirlo hasta que cogemos el amor de la nevera y vemos que ya está florecido, repleto de hongos y demás habitantes pustulentos que antes no estaban y que han salido de la nada. Sabes que algunos han tenido más suerte, y han cogido yogures de los de Pascual, que no necesitan guardarse en nevera y aguantan más que las pilas duracel, pero o tú no has tenido suerte con el pasillo del supermercado o simplemente no te gustan los sucedáneos.

Al margen de otras consideraciones, Dos en la carretera es también una maravillosa colección de coches, ropas, peinados y costumbres de la época. En los coches, en concreto, aparecen maravillosos (e incómodos) modelos MG, imponentes rancheras, deportivos imposibles en los que parece que no puede caber un adulto sentado, y modelos de Mercedes de finales de los sesenta que quitan el sentío. Todo, eso sí, con un toque chic sesentero que tira para atrás, y que haría las delicias de más de una (y de un) trendy que conozco. En especial, no os perdáis el modelito galáctico que la buena de Audrey lleva en una ocasión, perfectamente sacado de un concierto de Aviador Dro y sus Obreros Especializados. Impagable.

Venga, vale, Audrey. ¡No se puede estar más guapa! Ni más flacucha. Te pasas la película admirando, relamiendo la pantalla con sus miradas, gestos, muecas, bromas, tontadas, gestos serios y demás gestualidad facial; y el resto preocupándote por lo flaca que está (la pobre, que se nos fue en 1993 por un mal cáncer). Está deliciosa, encantadora, fuerte y frágil, decidida y alienada, luchadora y resignada (las continuas reivindicaciones feministas me temo que se quedaron en agua de borrajas en la época, por mucha minifalda que hubiera).

Es una absoluta delicia repasar esta peli, revisitarla, saborearla. Y si no la habéis visto todavía, sobre todo por vuestra insultante juventud... ¡os envidio! Sentaos, y una vez que pasen los primeros tres minutos para que os habituéis al decorado kitsch, a los golpes de cámara propios de la época y los disparatados a veces cambios de rasante en la línea del tiempo (los llaman flashbacks, ¿no?), vais a disfrutar como nunca.

Palabra de mitómano.

Una última cosa. Por si fuera poco, la cinta también incluye la participación, breve pero muy intensa, de una jovencísima Jacqueline Bisset. Heterosexuales masculinos, o féminas homosexuales, si queréis alimentar vuestra mitomanía con carnaza sesentera... ¡tomad tres tazas!

Polidori dixit.

1 comentario

  1. Touché! que dirían los franceses. Mi película favorita de Audrey y uno de mis películas favoritas de todos los tiempos.

    Debería enseñarse en los colegios como paradigma de las relaciones de pareja.

    Y la música de Mancini es nuevamente maravillosa. Y las fiestas que salen tremendamente apetecibles, al igual que toda la estética sesentera que hará las delicias de cualquier mod que se precie.

    ¡Indispensable!

    Saludos !!

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