Fuerza

Como buena recién nacida, la hija de unos amigos míos no puede aún sostener su cabeza, le falta fuerza para ello, y si no se la sujetas, la bambolea peligrosamente de un lado a otro con serio riesgo de quebrar su frágil y tierno cuello. Los humanos, por eso de andar, somos una especie que tenemos demasiado estrechas las caderas, y nuestras hembras deben gestar a sus hijos durante sólo nueve meses para que puedan salir por ellas. Por ello nacemos tan indefensos, tan imperfectos, tan inacabados. Yo siempre pongo reparos para coger a un recién nacido; tengo miedo de que mis manazas, como si fueran garras de depredador, asfixien a la pobre criatura que aún pugna por aclimatarse a un ambiente que le parece hostil después de salir de la tibieza del líquido amniótico.
Mi sobrino aún no sabe que un dedo para arriba significa que cuenta con un año, ni entiende por qué su tío le ha dado un leve estirón de orejas para celebrar esa fecha. Pero ya cuenta con suficientes fuerzas para gatear de forma elegante, desplazándose de un lado a otro de la casa para disfrutar de su recién estrenada libertad de movimiento, su autosuficiencia para desplazarse, habilidad básica de los seres vivos, y demostración de que ya va siendo humano, con esa querencia sempiterna que tenemos al desplazamiento. Pero sus piernecillas aún flaquean cuando da sus primeros y dubitativos pasos. Sus ademanes son buenos (más con la pierna izquierda que con la derecha, porque quizá sea zurdo), y buenas sus intenciones, pero si no tiene el sostén de una pared, o una “mano amiga que le ayude a caminar”, termina dejando caer las posaderas al suelo, aunque eso sí, con mucha “dignidad”.
Aún tengo recuerdos de la niñez, de la adolescencia, de la primera juventud. Parecías indestructible, capaz de no tener que parar jamás. Jugabas un par de partidos, salías de marcha si ya tenías años y aún te quedaban fuerzas para quedarte hasta tarde estudiando, con la seguridad de que dos o tres horas de buen sueño bastaban para poder estar fresco como una lechuga recién cortada. Tus primeras tentativas amorosas repartían a manos llenas torpeza y empuje, pero te sobraban fuerzas para volver a intentarlo una vez más, las que hicieran falta. Las únicas limitaciones eran impuestas, impuestas por un decoro que no era el tuyo, y por unas normas que cargaban sobre tus hombros la responsabilidad de tus ancestros.
El deportista, el hombre y la mujer adultos. La musculatura al límite, las fuerzas ante su máximo desafío, el esfuerzo, la superación, incluso el juego sucio para conseguir aún más fuerza. Atletas que afrontan su objetivo con la mirada firme, sopesando las posibilidades de su rival, rápidos, fuertes, ágiles, capaces de asombrarnos con su capacidad, con su fortaleza. Como guerreros de antaño, sucios por el esfuerzo, chillando, aullando, pidiendo a sus músculos, a sus articulaciones, a sus huesos todo lo que pueden dar de sí. El ser humano en todo su poderío, capaz de lo imposible, de lo inabarcable, de lo sólo soñado.
La madurez, mi recién estrenada madurez. El cuerpo ya no se recupera como antaño. A veces cuesta un mundo sobreponerse, y continuar el camino, pero aparecen esas fuerzas de flaqueza, que aún te permiten subir a la red a devolver una bola, contraatacar para meter una canasta o soportar una noche de juerga con la seguridad de que acabarás agotado, y necesitarás de muchas horas de sueño reparador para seguir adelante. Esas fuerzas que salen de Dios sabe dónde para afrontar una jornada dura de trabajo, o uno de esos momentos en los que la vida te pide que estés al quite, en tu lugar, en ese que la sociedad espera de ti y que te hace ser una persona de provecho (¿dónde quedó ese provecho?).
La vejez, la enfermedad. El anciano que usa zapatillas de gamuza, de esas de cuadros para estar en casa, para dar algunos pasos inseguros en la calle, con el cuerpo encorvado y la cara demudada por el esfuerzo. Mi pobre padre se afanaba por levantar su maltrecho cuerpo en los peores momentos de su enfermedad. Mi madre arquea la espalda cuando el peso de su nieto es demasiado para sus gastadas articulaciones. La vejez, representada en esa anciana de la trilogía de Kieslowski a la que echar una botella en un recipiente para el reciclaje suponía tal esfuerzo que nos dejaba una patética visión de lo que supone la ausencia de fuerzas.
La fuerza, nuestros músculos en lucha contra las leyes del movimiento. Las fuerzas para crecer, las fuerzas para la superación, las fuerzas para luchar contra la vejez, para andar nuestro camino que llamamos vida. “Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”.

Foto maorí: Kurt Langer.



8 comentarios
Apuesto lo que quieras a que la mayor parte de nosotros ha intentado ubicarse en alguno de los espectros temporales que describes... Y ahora que lo pienso, eso de «espectro» me ha quedado sinestro :) Aunque no de forma deliberada, que conste.
¿Adivinas en qué espectro me he clasificado yo?
Un abrazo, madrileño.
19 jun 2006 | 03:05 PM
Pues me temo que en el mismo que el mío.
Un abrazo, canarión.
19 jun 2006 | 03:45 PM
No voy a presumir pero me temo que aún estoy un escalón más abajo que vosotros, aunque después de este in de semana ¡cualquiera lo diría! Tengo agujetas donde no sabía que podían tenerse, lo que supongo que significa que me voy acercando... En fin, todo llega.
Un saludo y un gran post.
20 jun 2006 | 09:18 AM
La vieja de Kieslowski... La vieja de Kieslowski... ¿Tú crees que ella aún es capaz de recordar la época en que era capaz de hacer esos movimientos sin ni siquiera ser consciente de ellos? Porque eso debe ser lo peor, recordar lo que uno fue. Recordar el tacto de la propia piel, una piel blanca, limpia, sin arrugas ni manchas ni ojeras (bueno, la de algunos, yo siempre he tenido ojeras). ¿Lo recordaré todavía dentro de otros diez años? ¿Me dolerá? Supongo que hay que aceptar cada día que uno no será nunca más el de ayer. Tal vez así sea más fácil.
20 jun 2006 | 10:39 PM
Querida Danae:
Escuché una vez a un poeta decir "me muero segundo a segundo". Esta vida es eso, descontar segundos de vida, que no sumarlos. La gracia está en que no se sabe cuántos, pero si se tiene la certeza de que, efectivamente, ya nunca, ningún día de los que vivas, serás la misma persona. ¡Jodido, eh! Aunque supongo que esa es la gracia de la mortalidad... ¡si es que alguna vez tuvo alguna gracia!
Saludos
21 jun 2006 | 10:46 AM
holaa, estaba buscando una canción y me tope con tu blog..que por cierto me encantó y guardo para ver despacio...estoy buscando la traducción de una canción llamada Susana, de Opus...sabes donde podria encontrarla? jajaj se q es mucho pedir...pero si sabes por donde la puedo encontrar, me harias un favorcillo jajaja, besos su
22 jun 2006 | 12:56 AM
Querida Susana:
Gracias.
Acerca de la canción de Opus... ¡uf!, esa me suena a una canción muy famosa de los ochenta. Te va a costar encontrarla, y menos traducida. Lo intentaré.
Besos
22 jun 2006 | 09:51 AM
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