Hablemos de crisoles

Mucho más allá de las aciertos y los errores de los políticos, mucho más allá de las consecuencias lógicas de la globalización, más allá de las consecuencias sociales y de los problemas de convivencia en nuestras ciudades, más allá de las voces desaforadas y de las ecuánimes, más allá de todo ello algo, definitivamente, está cambiando en la población de España.
Pertenezco a la última (sin lugar a dudas) generación en blanco y negro. En escala de grises están las fotos de mi nacimiento y bautizo, así como algunas de mi más tierna infancia. Precisamente, el haber tenido una tía que trabajaba en una tienda de fotos (muy moderna ella, muy yeyé, todo sea dicho de paso) permitió que mi madre guardase fotos mías en color con apenas un año, pero no era lo habitual en esas épocas. Quiero decir con ello que todavía estudié mis primeros años (parvulitos, se llamaban entonces) en la escuela franquista, donde todos éramos protoespañolitos de pro que jugábamos al “pase misí, pase misá”, el “corro de la patata”, el “escondite inglés” y al “churro”.

Como ya sabréis, vivo en pleno Vallecas, pero la multiculturalidad está ya siendo una característica de todos los barrios madrileños y de muchas ciudades españolas. No es que mis padres, y mucho menos mis abuelos, no hayan nunca visto “en directo”, salvo contadísimas ocasiones, a una persona de otra raza hasta hace pocos años, sino que yo mismo no había visto a una persona negra o una persona hindú hasta que no hice mis primeros viajes por Europa (y creedme si os digo que la cosa de los viajes hace casi veinte años no era tan habitual como ahora). Recuerdo la impresión que me dio ver a mujeres con saris u hombres con turbantes la primera vez que fui a Londres; o ver la enorme cantidad de pieles de marfil que pueblan las calles de París; y qué deciros de mis primeros burkas en las calles de Túnez (pocos, muy pocos, pero alguno vi), mucho antes de la invasión de Afganistán. En Barcelona tenían más suerte, pero en el Madrid de los primeros ochenta ver a una persona de otra raza era una verdadera excepcionalidad.
La xenofobia y el racismo son algunas de las mayores lacras de nuestra sociedad, pero entiendo los problemas a los que se enfrenta una persona cuando no está acostumbrada a convivir con otras etnias. Mi madre, por ejemplo, no entendería que yo me echara una novia china, negra o esquimal (bueno, tampoco entendería que me echara un novio). Y no por racismo, sino por absoluto desconocimiento. Años y años de educación represiva, que se cuidaba mucho de poner al homo hispanicus por encima del bien y del mal, con el consabido marchamo de “raza”, “casta” y demás términos taurinos en la mollera, fabricaron en las mentes poco viajadas una especie de animadversión inexplicable a todo aquello que traspasara las fronteras de la madre patria, de la piel de toro. Harina de otro costal son aquellos casos en los que el racismo ha sobrevivido al hecho de “haber conocido mundo”, algo intolerable y propio de mentes bastantes más estrechas y mezquinas.
Pero… tampoco yo estoy acostumbrado a tratar con personas de otras etnias. Quiero decir, no tengo, por circunstancias de la vida, gente a mi alrededor no sólo distinta en el color de la piel, sino diferente en los aspectos culturales más básicos. Claro que he conocido gente de todas partes del mundo, incluidas las más alejadas, pero no forman parte de mis amistades, de mi círculo de conocidos, y ni tan siquiera están inmersas en el entramado social en el que me muevo habitualmente (en el trabajo, por ejemplo). ¿Soy racista por ello? Todo lo contrario, pero el hecho de demostrarme a mí mismo que no lo soy me hace a veces mantener con las personas “distintas” actitudes paternalistas, excesivamente amables, casi cómicas, que no pertenecen a la “normalidad” en el trato con otras personas. Y no os podéis imaginar lo que esto me molesta.
Por eso, y volviendo a lo que está cambiando la población en España, envidio a esos chavales que se están acostumbrando a convivir con gente venidas de todas partes del globo. Es una maravillosa satisfacción comprobar que los jóvenes no tienes esos prejuicios a los que estábamos tan habituados antaño, y comparten su vida, sus experiencias, con cualquier persona, independientemente de su origen. Y esto no es una batallita de abuelo cebolleta, no soy tan mayor, pero es algo con lo que he convivido toda la vida, algo que no me gusta y que ni siquiera mi inmensa curiosidad y mi modestia intelectual han podido curar. Como lo siento lo confieso, y ya me hubiese gustado que mi trato con ese crisol de razas que pueblan el mundo hubiera sido más habitual, pero no ha sido así.
Así que, bienvenidos sean esos crisoles. Quizá sean el único motivo para ver el futuro con algo más de optimismo y esperanza.

2 comentarios
Yo también estoy asistiendo a grandes cambios de población en mi ciudad, curiosamente fundada por los Fenicios hace ya algún tiempecillo, lo cual quiere decir que aquí ya deberíamos estar acostumbrados (al menos históricamente) a esa mezcolanza.
Sin embargo y tristemente, no es así. Convivimos, pero no nos mezclamos.
Muy distinta fue mi experiencia en el año que viví en Inglaterra, donde "conviví" con gentes de otros lugares y otras culturas.
Supongo que el echo de ser estudiantes y de cursar estudios en el mismo sitio hacía que tuviésemos una base en común que facilitaba las cosas.
También pude comprobar lo occidentalizado que está el mundo.
Gracias a uno de esos intercambios tan enriquecedores una chica de Nepal me probó uno de sus saris (tengo fotos y cada vez que las veo recuerdo lo divertida e increíble que fue esa tarde), pero al mismo tiempo, esta chica iba todo el día vestida como yo o cualquier europea. El sari estaba reservado para las grandes ocasiones.
Son muchas las cosas que nos unen (el mundial, por ejemplo...) y muchas las que nos separan (los fanatismos religiosos, por ejemplo también), pero si es cierto que la inmigración no se ve igual en todas partes.
Tampoco se trata igual a los inmigrantes de las pateras que aquellos otros que traen dinerito en el bolsillo.
Me gustaría ser optimista y creer que esta convivencia irá normalizándose, sobre todo gracias a las nuevas generaciones, pero también me temo que se originará mucha segregación y getos, sobre todo en las grandes ciudades.
Y entonces será lo peor: cuando estemos viviendo juntos pero no revueltos.
23 jun 2006 | 08:22 PM
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