Escapadas
El homo urbanitas vive de las escapadas del fin de semana. Cogemos un coche, un autobús, un tren o un avión y nos alejamos como de la peste de las ciudades, anhelando encontrar la paz en algún rincón lejos de nuestra habitual guarida de asfalto. Las circunstancias varían, según la compañía, pero siempre la sensación es la misma, como en la que ahora me encuentro inmerso: sensación de cansancio, de mayor cansancio del que dejamos atrás.
Las escapadas son un recordatorio de nuestra esclavitud diaria. Son una entelequia, un espejismo a medio camino entre la anodina semana y unas vacaciones en toda regla. Es un coitus interruptus dentro de los períodos vacacionales, un sucedáneo, un atisbo de lo que podrías tener si fueras rico, y no tuvieras que dedicarte en cuerpo y alma a producir en "beneficio de la sociedad". Es una prueba irrefutable de que tú también eres capaz de convertirte en un dominguero, como los que pueblan los fines de semana tu ciudad.
Acompañarte bien, disfrutar del solaz de un buen paisaje, de uno de esos momentos irrepetibles en los que todo respira de otra manera, y la vida tiene algo más de sentido... Todo ello hace que la vuelta al trabajo, a la vida cotidiana, al tedio de la rutina sea mucho más difícil de lo que cabría esperarse cuando te encaminas de nuevo a casa.
Es difícil concentrarte en tus tareas cuando paladeas con gusto los mejores momentos de esa minisalida, como si tu mente tuviese ahora un único canal en el que sólo se sintoniza la moviola con las mejores jugadas del fin de semana.
Tempus fugit.

2 comentarios
Es cierto que la vuelta siempre es dura, pero mucho más duro es:
1º No ir.
2º No volver.
Un abrazo. ;-D
26 jun 2006 | 07:40 PM
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