Abrir gas
Los motoristas gozamos de un dudoso privilegio: somos casi anónimos dentro de nuestro casco. No sería la primera vez que reconoces a alguien por la calle, le saludas y te das cuenta de que no tiene ni idea de quién eres. Es una sensación curiosa y simpática al mismo tiempo. Normalmente, cuando te quitas esa "gran máscara", el interfecto sonríe y dice con la mirada algo así como "cualquiera te reconoce".
Ayer una persona muy querida hace no demasiado tiempo y que, por circunstancias pudorosamente evitables de narrar, vive cerca de casa de mis padres (bueno, de mi madre, pero no me acostumbro a decirlo), pasó ante mí al cruzar un semáforo. Esta persona tiene a gala poseer una exquisita discreción, y sé que no es santo de su devoción ese tipo de situaciones, pero a la postre accioné el claxon de mi motocicleta e incluso saludé tímidamente con la mano, consciente, a pesar de todo, de que la situación era demasiado forzada. Fue frustrante ver cómo pasaba delante de mí y no osaba girar ni un ápice su rostro. Quise ser más efusivo con mi saludo, pero al final sólo pude bajar la mano, musitar algo más bajo su nombre y seguir sus pasos que se alejaban evitando, en la medida de lo posible, no sentirme demasiado ridículo.
Mi mente no pudo pasar por alto la que posiblemente fuera para muchos una simple y pura anécdota. De nuevo el pudor dicta que no narre nada mi pasada relación con esa persona, pero sí puedo decir sin ningún género de dudas que unos pocos años atrás se hubiese girado, hubiese sonreído de manera franca y se hubiese dirigido a mí con alegría, feliz de que se hubiese producido esa casualidad. Ahora las circunstancias son francamente distintas, y esa distancia tan escasa, de apenas unos metros, parecía un abismo infranqueable que me alejaba trillones de kilómetros de su presencia.
¡Qué extrañas son las relaciones humanas! ¡Es tan nimia la distancia que separa el amor, la amistad, la camaradería, del desdén, el olvido e, incluso, el desprecio! Somos capaces de condenar al ostracismo a una persona que era insustituible antaño, cuando no completamente necesaria para nuestra vida, para nuestra existencia. Esos encuentros fortuitos con aquellas personas buscadas, queridas, necesitadas antaño, y que ahora son fantasmas del pasado en el presente, son situaciones surrealistas, estúpidas, claros visos de nuestra condición humana, de nuestra estupidez congénita, de nuestro afán de baldía venganza, que nos recuerdan de lo que somos capaces, por mucho que te consideres una buena persona, amable, considerada, capaz de lo mejor, de ser bueno o solícito.
Mi mano, que antaño buscaría las suyas, su espalda para abrazarla, o su rostro para besarlo, ahora se escondió con vergüenza, con cobardía y evidente sentido del ridículo. Y al comunicarle acto seguido mi cerebro a esa mano antes alzada que lo que tenía que hacer era accionar el acelerador para que el motor tuviera suficiente fuerza para abandonar el semáforo, al sentir ese peculiar movimiento rotatorio y el tirón del motor al hacer girar las ruedas, en el fondo de mi conciencia algo se congratulaba de alejarse de esas líneas blancas discontinuas por las que hace tan poco tiempo había pasado esa pieza fundamental que fue de mi engranaje, y que ahora no encajaba dentro del motor de mi existencia.
¡Que extraños somos los humanos! El tiempo pasa ante nuestras vidas limpiando los vestigios de pasadas batallas. Pero nuestro corazón es capaz de pararse y recoger esa brizna que ha quedado en el camino y que recuerda tanto esos instantes hermosos, felices; y entonces, como enfadado, el cerebro manda al estómago que "se dé la vuelta", y ya estamos perdidos, deseando que ese mismo tiempo, ese mismo camino siga serpenteando hasta el próximo campo en el que colocar nuestras huestes en posición de ataque, y sea una nueva muesca la que labre de nuevo nuestro costado, sintiéndonos orgullosos de las cicatrices que ha dejado la vida y de la experiencia (¡infelices!) que atesoramos.
El ruido de los 33 caballos de vapor puso la banda sonora a la siguiente curva, por la que se perdía, irremisiblemente, la vista de aquel semáforo a través del retrovisor.

6 comentarios
Yo experimenté en una ocasión una situación parecida.
Me crucé en un paso de cebra con una chica que había sido una de mis mejores amigas durante los 18 primeros años de mi vida. Cruzarnos sin mirarnos siquiera, sabiendo de la presencia de la otra persona a escasos centímetros, fue algo realmente escalofriante.
Aún puedo recordar lo triste que me sentí aquel día. Y de eso hace ya al menos cuatro años.
Las personas entran y salen de nuestra vida, llevándose a veces una parte de nosotros con ellos.
Pero, aunque pueda ser doloroso, creo que es mejor eso, que no entregarse nunca a un amor o a una amistad. Eso te deja un vacío mucho más grande.
Un saludo.
2 jul 2006 | 11:52 PM
A mí son situaciones que me ponen muy nervioso. No lo puedo evitar, así que lo mejor es reconocerlo y actuar con la máxima naturalidad que me permita la tensión.
Por desgracia, he dejado bastante gente atrás como para que esa situación se pueda dar, y ello tanto en Madrid como en Barcelona, donde ahora vivo. De hecho, una sensación recurrente cuando me muevo por ambas ciudades es la de ver a alguien de refilón y pensar inmediatamente "¿no será X...?" En el 99,9% de los casos se trata de una confusión motivada por cierta similitud física. Pero hay un 0.1% de veces en que se produce la coincidencia, como les pasó a Polidori y Nani.
A mí me pasó estas Navidades en Madrid, en la cola de entrada a un teatro de la Gran Vía donde ponen un musical ochentero de bastante éxito. Un poco más cerca de la puerta que yo estaba uno de mis mejores amigos de la carrera universitaria, con el cual ya no mantengo ningún contacto por diversas razones que no vienen al caso (ninguna grave... nos sorprenderíamos si hiciésemos el recuento de gente importante en un tiempo con la que hemos perdido relación... por aparentemente nada. Por dejadez, por pequeñas discrepancias, por cambios vitales de uno u otro de los que apenas nos damos cuenta... Y un buen día la llamada que era motivo de alegría se convierte en algo embarazoso de lo que intentas huir. Y de tanto dar distancia se acaba rompiendo el lazo que te unía a esa persona).
¿Cómo reaccione? Supongo que como hacemos casi todos. Intentando evitar el encuentro. Mirando hacia otro lado como si no le hubiese visto. Y supongo que él, si me vio, hizo lo mismo, porque el encuentro finalmente no se produjo. Cuando la cosa es inevitable (un cara a cara en un metro, en un avión, etc.), yo soy un partidario convencido de las formas educadas y la corrección social: creo que se inventaron precisamente para eso, para ir tirando en las relaciones humanas cuando no hay afecto, confianza o intimidad. Y no tienen nada que ver con la hipocresía. Yo, antes que volver la cara y pasar de largo corriendo, prefiero una mirada a los ojos, y un seco y desprovisto de toda calidez, pero correcto y educado "Hola, buenos días".
Lo que ya me desagrada y sí me parece hipócrita es la conversación de enmedio. Nada malo tengo que desear a toda esa gente (no me tengo por vengativo ni rencoroso), pero tampoco nada bueno, así que el interesarme por su vida y su estado actual, y desearles que les vaya bien, para mí está de más.
Reitero y preciso que creo absolutamente en las formas. Es decir, en los usos sociales comunicativos que nos permiten con fórmulas rituales transmitir tácitamente a la persona con la que ocasionalmente nos hemos encontrado el siguiente mensaje: "Te respeto lo suficiente como para reconocer que te conozco, que fuiste importante para mí y que nos hemos encontrado. Pero no hay nada más que eso. Nada más tengo que decirte, ni nada más quiero que me digas tú".
Pero eso no tiene nada que ver con el trato. Ni he entendido nunca ni entenderé el esforzarse en mantener relaciones muertas. La amistad se acaba, vaya que si se acaba, y el amor también. Y desde luego la amistad y el amor son cosas distintas y sin vasos comunicantes (eso de que cuando se rompe seguimos siendo amigos es uno de los tópicos más absurdos de nuestro tiempo, salvo en casos muy especiales que son la excepción que confirma la regla, como esas parejas de toda la vida que rompen un buen día y siguen tratándose cordialmente tras un ímprobo esfuerzo por ambas partes, normalmente porque al menos queda un nexo común: un amigo, un hijo, etc.). Y quien sale de tu vida, sale para siempre (y tú de la suya) en la inmensa mayoría de los casos.
Así es y creo que así debe ser. Sin más ambages y sin el más mínimo resquicio a la culpa ni a la melancolía.
3 jul 2006 | 10:51 AM
Gracias Nani.
Nada que objetar, Stephin, "hablaste con lengua sabia", como dicen en las pelis de indios y vaqueros. Sólo un apunte: estás ante una persona que confirma esa regla, pues mantengo espléndidas relaciones con algunas de mis ex, y me siento muy satisfecho por ello. Supongo que será otro de los motivos para sentirme un bicho raro.
Un abrazo para ambos.
3 jul 2006 | 11:54 AM
Querido Polidori:
Te acepto gustoso el apunte. Para ver si yo también soy un bicho raro se requeriría que cumpliese una importante condición: tener alguna ex.
Como no las tengo, no puedo ponerme en tu caso y mis comentarios se circunscriben a relaciones de amistad, no amorosas y/o sexuales.
Desde luego, con la persona más parecida a una ex que tuve relación ni mantengo contacto alguno ni espero mantenerlo nunca. Lo único que permanece vivo en mi mente es el recuerdo de que esa persona fue muy importante para mí. Pero sólo eso. Es decir, el recuerdo de una vivencia pasada que cuando existió fue muy intensa. Pero en absoluto la persona en sí misma. La persona se va difuminando en mi recuerdo y esa imagen cada vez adquiere dimensiones más borrosas. Es curioso comprobar que una vez pensaste que nunca podrías olvidar nada de esa persona (allegados, aficiones, anécdotas, fechas, direcciones, etc.), sobre todo si eres un poco obsesivo y con una gran memoria, como yo, y que el tiempo te pone en tu sitio y cuando te quieres dar cuenta se te han ido muchísimas cosas del disco duro.
A día de hoy recuerdo poquísimo de esa persona: su nombre, algunos datos biográficos deslabazados, dónde vivía (en tiempos... a día de hoy ni idea), un par de caras de sus amistades (ni los nombres me acuerdo ya...) y poco más.
Me sabe mal que te quedes definitivamente con el apelativo de bicho raro, pero si repaso todos los casos de ruptura que he tenido en mi entorno social en los últimos cinco años (te excluyo, naturalmente), el porcentaje de ruptura total sin amistad, contacto posterior ni zarandajas es del... 100%, me temo... Y son muchísimos... ahí están las estadísticas de ruptura de parejas para demostrarlo (una de cada tres).
3 jul 2006 | 01:35 PM
Estoy de acuerdo con todos, esos encuentros son siempre extraños y se te queda algo raro en el cuerpo. Una sensación que se prolonga de forma proporcional a la intensidad de la relación que existió en tiempos con esa persona.
A lo largo de mi vida, y supongo que lo mismo podréis decir los demás, han sido muchos los que se han ido quedando al margen, también supongo que serán muchos más los que se queden en los años venideros; como dice Stephin, gente que te parecía imposible olvidar o alejarte de ellos han desaparecido por completo. También es verdad que hay gente que está ahí siempre, amigos que lo son desde hace décadas, personas que nos acompañan desde que podemos recordar...
No te sientas un bicho raro Polidori, si te sirve de consuelo yo también tengo a alguna ex entre mis mejores amigas, aunque la verdad es que la mayoría de ellas han desaparecido de mi vida.
En fin supongo que la vida consiste en eso, caminos que se acercan y se separan, cuerpos que se tocan y se repelen, líquidos que se mezclan o se superponen...
4 jul 2006 | 08:47 AM
Yo no conservo ningún ex ni entre mis mejores amigos ni entre mis peores enemigos. Simplemente formaron parte de mi vida pero ya no lo hacen.
Abrir gas es casi sinónimo de pasar página. Tal vez es triste, pero es la vida, y ese gas o esa página permiten seguir para adelante y encontrar nuevos horizontes.
El post, como siempre, magnífico :)
Besos,
4 jul 2006 | 09:55 PM
Escribe un comentario