La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Rosenvinge y la Galileo, o por qué Madrid sólo mata a veces

Muchas veces pienso en cómo sería mi vida si hubiese crecido en otro sitio. Cómo serían los bares que frecuentaría, o aquellos donde iría a escuchar música. Cómo serían los sitios donde asistiría a pequeños conciertos, como al que acudí ayer en la Galileo Galilei de la calle Galileo (perdón por la rebuznancia), si hay lugares como éste (seguro que sí, incluso he estado en alguno de ellos) en Nueva York, Londres, París, Sao Paulo, Lisboa, Barcelona o Múnich. Sólo sé que ayer estuve en este local, y todo lo que vi, oí y sentí me hizo congratularme con esa ciudad ruidosa e invivible de todos los días

Una madrileña de pro, Cristina Rosenvinge, convertida en una cantante de minorías, y muy alejada de su pasado "comercial", fue la protagonista de una noche en la que el local, a pesar de su aspecto retro y demasiado pasado de moda (una espectadora habitual del local, me temo, sacó un mechero en una canción "lenta", lo que produjo la hilaridad del respetable, pero casaba perfectamente con un local tan old fashion), fue un digno exponente de lo que debe ser, a pesar de la decoración, una sala concierto de esas que salen en las películas, con camareros que te sirven copas durante el espectáculo, y dónde sólo faltaba poderse fumar (sí, lo sé, es mejor para todos, pero en estas situaciones se echa de menos el humo) para transportarnos a Harlem o Nueva Orleans.

La Rosenvinge presentó una selección de temas, la mayoría del último disco, Continental 62, muy equilibrado e interesante, en muchas ocasiones de difícil pero satisfactoria digestión tonal, dejando para el último bis su "Teclas negras", una especie de nana intimista cantada en español (la mayoría son en inglés, propio de alguien que ha vivido mucho tiempo a caballo entre Madrid y Nueva York) y en la que, con un guiño hacia el público, rememoró su pasado adolescente en nuestra ciudad, y reivindicó, pues, su condición de "gata" ante un público que ya estaba (estábamos) francamente entregado.

La banda, muy solvente, ha ido ganando soltura y fuerza con el paso del tiempo. Además, el local ofrece una atmósfera proclive a la contemplación pausada de todos los músicos; en definitiva, es un escaparate magnífico en el que (incluso sentado, algo raro para los que estamos acostumbrados a sempiternos conciertos de pie) puedes observar todas sus evoluciones y, en este caso, la soltura, buena presencia y, por qué no, belleza de una Rosenvinge a la que le quedan como un guante este tipo de escenarios (algo que desgraciadamente, y como ya he podido comprobar en otras ocasiones, no le pasa con escenarios más grandes). Más aún cuando entre mis amigos y yo mediaba, a escasos metros, una mesa en la que estaba sentada, de espaldas, una esplendorosa Elena Anaya que hizo que tuviéramos siempre la vista puesta en un punto a medio camino entre el escenario y la maravillosa estructura ósea de su nuca y sus hombros (perdona, Elena, pero era imposible dejar de observarte).

Madrid... Comentar con mis amigos la "pinta de chungo que tiene el batería", escuchar a la propia Rosenvinge responder a un "¡Guapa, tía buena!" con un "Tú también estás muy bueno... creo. Está muy oscuro ahí abajo", un repaso por la fauna nocturna de la ciudad entre semana (fauna interesante, siempre) y un recuerdo de que ésta es una de las pocas salas que existen (y resisten) en Madrid en la que se puede escuchar música en directo fueron motivos suficientes para sentirme feliz de haber crecido en esta ciudad canalla y hostil, pero que en el fondo, debajo de esa coraza dura, guarda un gran corazón. La salida de Cristina, una vez terminado el concierto, con su niño en brazos fue un digno colofón para una noche tan entrañable; madre e hijo componían un cuadro muy hermoso que daba un brillo muy especial a la puerta del local (tan rubios ambos...).

Una noche, al fin, en la que he hecho las paces con mi ciudad. Madrid estaba precioso a la una de la mañana visto desde mi moto. Y yo estaba feliz, porque ayer si que pude disfrutar de una de las mejores urbes que existen en el mundo, aunque no sabemos el tiempo que le queda.

6 comentarios

  1. K

    (...) aunque no sabemos el tiempo que le queda. A Madrid, Polidori, la eternidad.

    La ciudad es mucho más que su alcalde, sus obras y sus bandos, gracias a dios (o a quien sea). La ciudad es eterna, que no inmortal, como eternas son sus calles y sus gentes.

    Madrid es una ciudad absurda, imposible, inconcebible y por ello única, espléndida, sorprendente. Es una capital sin río, o con uno acomplejado, levantada en medio de un páramo, sin acceso a rutas comerciales, sin control sobre nada mínimamente estratégico... Una capital que quizá nunca tuvo que serlo, pero que lo es.

    Por eso Madrid no tiene barrios, tiene pueblos. Por eso Madrid no duerme, porque siempre está soñando. Por eso Madrid se transforma, se reinventa, pero nunca cambia. Por eso Madrid es eterna...

    Por cierto, muy bueno el post y muy buena la Rosenvinge. ¿sabes?, yo creo que no funciona en grandes recintos pq no es lo suyo. Me explico. Nadie se la imagina subida a un escenario en el Calderón, sudorosa, cantando desmelanada Teclas negras ¿verdad?

  2. Amén, querido K, amén.

    Ante comentarios como éste no hace falta añadir nada.

    Un abrazo

  3. me ha encantado el texto, me siento muy reconocida en él. Es más, esta mañana al mirarme en el espejo, he pensado: ¡pero si tienes la nuca clavadita a la de Elena Anaya!

  4. Pues qué nuca tienes, querida Almu...

    Gracias por pasarte por aquí. Besos

  5. ainara

    Acabo de dar con este link buscando comentarios sobre este concierto. Soy una fan de hace años de Cristina. Me ha gustado mucho tu crónica del evento.

    La verdad es que ha estado mejor que su anterior concierto aquí mismo, el año pasado. Era practicamente la misma banda. Me gusta mucho su último disco. ¿Por qué dices eso del batería? No me pareció nada fuera de lo normal, pero no estaba mal el tio y tocaba genial, yo creo. También me gustaron el bajista y el guitarra. Fue una hermosura el final con Teclas negras, una de mis canciones favoritas de Continental 62. Bueno, besos y gracias por tu texto.

  6. Querida Ainara:

    Era una broma entre nuestros amigos. El tipo tenía pinta de "malote", pero tocaba muy bien. Y tu afirmación de que "no estaba mal" me lo corrobora. Pero vamos, estuvo todo muy bien... ¡incluido el batería!

    Besos

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