La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Radiohead y el 11-S. Primera parte: prólogo

El modo en el que las cosas aparecen en tu vida suele a menudo (¿siempre?) responder a un designio, invisible, intangible, divino para algunos, cuestión de azar para la mayoría, que maneja a su antojo los hilos que mueven la marioneta en la que te has convertido, o la que fuiste al nacer, que para el caso es lo mismo. Un libro prestado por un buen amigo, una entrevista en El País Semanal, un nuevo disco en retortero y alguna alusión que por casualidad menciona al mayor atentado de la historia; todo marida sin darte cuenta. El caso es que una de las historias que tenía pendiente escribir sobre uno de mis grupos de cabecera se entremezcló, se solapó y se amplificó de una manera pasmosa. Lo cierto es que se ha convertido en un inmenso lío del que no sé cómo voy a salir, y que voy a publicar en capítulos (no sé cuántos… ¿dos, tres, cuatro?) mientras lo organizo en mi cabeza.

Vayamos pues por el principio. Como decía, un buen amigo me prestó un libro que, sin ser un buen libro y sin estar bien escrito, tiene ese componente interesante que tienen los libros contados como “road movies”, y ese otro que a algunos nos llama mucho la atención: narra historias del mundo del rock, sobre todo los episodios más escabrosos. El título es Pégate un tiro para sobrevivir, y lo ha escrito un yanqui al que me imagino escuchando sin parar todos los discos de Kiss cuando era un adolescente: Chus Klosterman. Un tipo, en definitiva, que se atreve a afirmar en un pasaje del texto que “los europeos tienen muy mal gusto en todo”, a lo que los europeos contestamos rotundamente: “¡pues anda que los yanquis!”. Bueno, el caso es que el libro tiene pasajes interesantes, y algunos incluso brillantes, pero también mucha “paja” y muchas obviedades, y lo que es peor, muy poca técnica literaria.

Sin embargo, hay un pasaje abrumador y terrible que, a los que somos fans de Thom Yorke, nos deja sin aliento, precisamente porque sabemos cómo se las gasta este hombre. Pero antes de hablar de él, introduciré a los neófitos en quién demonios es ese tal Yorke y de qué demonios va su grupo, Radiohead.

Cuentan que Yorke era un inadaptado, como tantos otros líderes de grupos de rock, pero que en su caso sus problemas de inadaptación se unieron en su adolescencia a los que le ocasionaron tener un rostro partido por la mitad, una normal y la otra castigada por una parálisis facial de nacimiento que necesitó de cinco operaciones hasta los cinco años para poder enderezarla de algún modo. Al pequeño Thom le quedó medio lado como dormido, con un ojo vago que le hacía tener uno de los párpados siempre casi cerrado. No se sabe si por eso se convirtió en un tipo solitario y atormentado, pero sí se puede afirmar que los demonios que se le metieron en el cuerpo aún permanecen merodeando alrededor de su mente, y que precisamente la música es el único modo de poder sacarlos fuera y exorcizarlos.

Claro, que su música es difícil, exigente, demasiado acostumbrada a la tumba abierta y a la actitud dubitativa de los críticos, que tan pronto la encumbran como la condenan a la hoguera. Bueno, sin haber querido ser un grupo de demasiado éxito, Radiohead ha conseguido vender ya más de 23 millones de copias en todo el mundo, a pesar de la piratería y de tantas otras cosas. Una banda singular, atípica, fuera de los límites, con un líder más fuera de ellos que nadie. La paranoia está servida; la paranoia de un tipo que es demasiado exigente pero que se ha convertido en uno de los genios más peculiares y únicos de la historia de la música de la última década y media. Pero ¿es un visionario, una especie de Nostradamus del presente? Algo de eso hay, pero hablaremos de ello un poco más adelante.

A mí, como en el caso de otros muchos grupos que salieron en los primeros noventa, Radiohead me pillaron a desmano. Entre el 93 y el 97 no estuve para muchas novedades musicales, y no fue hasta casi el 99 cuando realmente los descubrí de verdad. Con esto quiero decir que no viví el desenfreno de “Creep”, una de esas canciones que se hacen más y más y más grandes con el paso del tiempo, y que llegan a convertir a sus hacedores en una especie de esclavos que ven difícil poder desembarazarse de ellas. “Creep” es lo que se suele conocer como “un tiro”, una de esas canciones brutales, de las que hacen daño escucharlas. La típica canción que puede producir suicidios en masa, y que llevan al paroxismo a toda una multitud en un concierto. Esas guitarras que suenan desencajadas, desgarradoras, anuncian toda una declaración de intenciones del propio Yorke: “pero yo soy una alimaña. Soy un raro. ¿Qué demonios hago aquí?”. En fin, todo un himno al desarraigo. No os perdáis esta maravilla realizada con flash del famoso tema. Es una versión acústica a la que le falta la fuerza brutal de las eléctricas, pero el dibujo es maravilloso, y muy acorde con el espíritu de la canción.

[En esta dirección podéis ver una versión mucho más exacta de esta animación. Merece la pena.]

A pesar de todo, y que me perdonen los fanérrimos del grupo, Pablo Honey suena demasiado “obvio”, y The bends apunta maneras, pero su estructura musical no es demasiado novedosa. Son discos propios de su momento, sin por ello tener que menospreciarse, claro, pero son meros retazos de lo que el grupo fue capaz de hacer poco después.

En 1998 apareció uno de esos discos que marcan épocas, que aparecen en todas las listas de “los mejores de”, que suenan siempre bien y que es un orgullo decir que es uno de tus discos de cabecera: O.K. Computer. Disco redondo, intenso, brutal por momentos, delicioso casi siempre, atrevido en sus arreglos, redondo en su concepción, interesante en su evolución y banda sonora de muchos viajes, paseos por la ciudad y noches solitarias. Uno de esos discos que te hacen tener que reconocer en público que te gusta la música independiente, alternativa, indie, o como quieras llamarla. Y decir que “a mucha honra”. Cortes como “Airbag”, “Paranoid android”, “Subterranean homesick alien”, “Let down” (que se incluyó en la banda sonora de Romeo y Julieta –esa estrambótica adaptación del clásico hecha a golpe de gatillazo de pistolón, y que fue protagonizada por Leonardo DiCaprio- como “tema de amor”; curioso, ¿no es cierto?), la enorme “Karma Police”, la sobrecogedora “Climbing up the walls” y la indescriptible, hermosísima y desasosegante “No surprises”. Pero en general, el disco en su conjunto.

La crítica fue unánime: había nacido un gran disco, un enorme disco. A través de los miedos, las paranoias y las ansiedades de un tipo bajito y feucho se puede llegar a la gloria musical. Había nacido el fenómeno Radiohead, aquellos de “Creep” que habían madurado, ¡y de qué forma! Sólo “No surprises” puede servir para ilustrar a qué maravillas puede llegar esta cabeza cuando se dedica a componer, y de qué modo es capaz de poner patas arriba el estado de bienestar occidental, todo con una música hermosa, llena de fuerza y difícil de escuchar para los cortos de miras. Os reproduzco la traducción de la letra para que entendáis algo mejor lo que digo (espero que sea una traducción medianamente aceptable), pero deberíais escucharla mientras:

"Un corazón que está tan lleno como un vertedero
un trabajo que lentamente te mata
contunsiones y moretones que no se curarán
pareces tan cansado, infeliz
derriba al gobierno, ellos no, ellos no hablan para nosotros

Llevaré una vida tranquila, un apretón de manos, algo de monóxido de carbono

Sin alarmas y sin sorpresas
...
silencio

Este es mi último ataque, mi último dolor de barriga
sin alarmas y sin sorpresas
...
una casa tan bonita, un jardín tan bonito

Sin alarmas y sin sorpresas
por favor.
"

Después de publicar el disco se embarcaron en una agotadora gira que les dejó exhaustos, pero que les encumbró como el grupo más importante del momento. Yorke directamente se bloqueó, no pudo escribir ni una línea, tuvo una de esas ausencias de ideas que sumen a un creador en la más absoluta de las desesperaciones. Sólo un cambio en las rutinas de trabajo y el tiempo, que todo lo cura, consiguieron que tres años más tarde volvieran a salir de su cabeza nuevas ideas. El método para sacar adelante el trabajo fue escribir letras descartadas de canciones en fragmentos en papel, para luego meterlas en un sombrero (o dónde las metiera, eso da igual) e ir sacándolas al azar, una a una; algo que, según parece, fue el método que utilizó David Byrne para sacar adelante Remain in light, uno de los discos más famosos de su banda, Talking Heads. Lo mismo puede decirse de las letras, que como bien cuenta Klosterman, no deberían llevar un orden consciente. Sin embargo, este trabajo duro y áspero, entregado con pasión a la electrónica, experimental y difícil de digerir, se convirtió en un disco maravilloso y visionario: Kid A. Y se convirtió también en la banda sonora para un desastre, el mayor desastre de los últimos tiempos. Pero esa es otra historia que se verá en el siguiente capítulo.

[Nota: Antes de seguir leyendo, deberías conseguir el O.K. Computer y el Kid A para entender mejor esta historia. Y si ya los tienes, vuelve a escucharlos. Merecerá la pena, te lo aseguro.]

1 comentario

  1. K

    Bueno, no empieza mal la historia.

    Pese a ataques de incredulidad, del todo inexplicables por otro lado, del autor de este texto, yo he de decir que Radiohead es un gran grupo y que me gustan. No es que tenga su discografía entera pero sinceramente saben lo que se hacen...

    Totalmente de acuerdo en que Kid A es duro de digerir, no tanto en que sea maravilloso, en fin, para gustos se hicieron los colores.

    Ya veremos por dónde sales en siguientes entregas

Escribe un comentario