La Coctelera

Las manos en los bolsillos

15 Septiembre 2006

Gafas de sol y libros de autoayuda

En uno de mis últimos viajes en tren mi acompañante y yo tuvimos que conformarnos con asientos separados. Yo no le di importancia, porque siempre confías en la bondad de los pasajeros que hacen tu mismo viaje, y sabes que, en cuanto que vieran que íbamos juntos, seguro que se aprestarían a cedernos, o mejor dicho intercambiar, los asientos.

Claro, eso es lo que pensaba, pero nos dimos cuenta en seguida de que íbamos a viajar juntos, pero separados por un pasillo, y separados de nuestras respectivas acompañantes por un abismo de indiferencia y, porque no, de estúpida arrogancia.

En su caso, su acompañante era una señora de unos cincuenta años (quizá menos, pero eso aparentaba) que, enfundada en una gafas oscuras, vio con extrañeza algo que ya habíamos advertido antes: el asiento estaba mal colocado. Yo pensé que lo mejor era esperar a que el tren se pusiera en marcha, pues en cualquier caso al asiento podía ser utilizado, y no había tanta prisa, con tanto jaleo de maletas y paso de gente por los pasillos; pero esta joya de la amabilidad se puso un poco histérica y exigió que se lo arreglaran ya (pero se quedó en el asiento, claro, y fue mi acompañante la que tuvo que buscar a un operario). Una vez conseguido su legítimo derecho a patalear, se sumió en la lectura del libro que llevaba en sus manos: un libro de autoayuda.

Mi compañera de asiento era una chica bastante joven, callada y distante. Enfundada también en sus gafas de sol, veía pasar las cosas delante de ella como si no fuesen de este mundo. Simplemente miraba por la ventana, hablaba por el teléfono móvil y continuaba leyendo el libro que llevaba entre las manos: un libro de autoayuda.

Dadas las circuntancias hicimos lo más sensato: entregarnos al dulce ejercicio de cerrar los bares, incluso los del tren. Entre bocadillos, cervezas (¡qué caro es el bar del tren!; ¿por qué tiene que ser tan caro?), risas (muchas risas) y dilucidaciones sobre lo divino, lo humano y el sexo de los ángeles (bueno, y de los que no son tan ángeles), las conversaciones giraron también hacia un tema lógico: nuestras compañeras de viaje. Y surgieron preguntas, preguntas como...

- ¿realmente sirven de algo los libros de autoayuda cuando no son capaces siquiera de enseñarte una norma fundamental: si pretendes que tu vida cambie, empieza por hacerle mejor la vida a los demás?

- ¿acaso los libros de autoayuda sólo enseñan a ser arrogantes?

- ¿serían tan arrogantes nuestras compañeras de viaje si fuesen leyendo un best seller, como por ejemplo El códido da Vinci (algo bastante habitual en los pasillos de aquel tren)?

Tantas perguntas sin respuesta...

Como la pasión que tiene la gente por hacer cola. Porque, veamos, a lo mejor yo soy un snob de mierda, o me creo más listo que nadie, o simplemente soy demasiado tranquilo, o sólo hay que achacarlo al caos que existe en la estación de Renfe de Málaga, pero me pone frenético guardar cola cuando tengo mi billete en la mano. Y no me vale decir que hay que entrar antes para coger sitio para las maletas; hay espacio suficiente para guardar todas las maletas del mundo. Además, si se quiere entrar antes simplemente uno debe acercarse a la entrada y ya está; pero a la gente le gusta hacer cola porque no soporta que alguien que haya llegado después pueda entrar antes. Yo lo llamo "competencia de cola" (con perdón), y puede ser extrapolado a muchas otras facetas de la vida.

A lo mejor les sirven de algo esos libros de autoayuda...

Para tipos como yo, la espera tranquila leyendo el periódico tiene más aliciente, desde luego.

Pero de esos viajes, aparte de la excelente compañía (sí, como suponéis, cerramos el bar del tren... ¡también!), me quedo con un chascarrillo que dijo uno de los camareros que hizo que soltara una sonora carcajada: cuando íbamos lanzados a toda velocidad (sé que bastante más de doscientos kilómetros por hora), se nos cruzó otro tren de alta velocidad literalmente "a toda hostia". Como es lógico, el tambaleo de nuestro tren fue considerable, y todos nos quedamos un poco perplejos. Pero el camarero, con sorna de años y mucho choteo, espetó:

- ¡Es que van como locos!

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6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

innes

innes dijo

Tengo yo una amiga a la que le pasó algo muy muy parecido hace muy poco... Y me decía:

- ¡Menos mal que lo pasamos bien! ¡Y qué bien! Es que, fíjate, leer a Ken Follet o a Dan Brown no puede ser bueno, pero leer un manual de psicología barata (que no barato) tiene que ser peor... Sobre todo cuando se padece miopía cerebral. Hay cosas que no las cura ni la cirugía. Mucho menos los libros.

¡Si es que tiene unas cosas mi amiga... Qué bruta es...!

15 Septiembre 2006 | 01:20 PM

K

K dijo

Hola Polidori, ¡vaya un título! y ¡vaya un post! Vamos a ello:

Mi opinión sobre los libros de autoayuda me la voy a guardar, con permiso, pq puede ser constitutiva de delito. Algo parecido debería hacer con esa fauna que retratas en tu post. Siempre me ha llamado la atención la gente que usa gafas de sol en lugares cerrados, pero si encima llevan un libro de autoayuda entre las manos, no es que me llamen la atención es que llamo a seguridad...

Probablemente vuestras compañeras de asientos fueran unas desconsideradas por no dejaros sentaros juntos, pero míralo por el lado bueno: así hicísteis el viaje de la mejor forma posible, en el bar, que es con diferencia el vagón más cómodo de cualquier tren.

Polidori tú no eres un snob de mierda ni te crees más listo que nadie, no hombre no, tú lo que eres es un ácrata antisocial que se rebela contra el sistema negándose a guardar el orden establecido...

Saludos y, ya sabes, ¡van como locos!

15 Septiembre 2006 | 01:24 PM

Contraejemplo

Contraejemplo dijo

Sobre los libros de autoayuda no puedo opinar porque nunca he leído uno, aunque sí creo que esas dos seguro que los necesitan.

Sobre usar gafas de sol en lugares cerrados he cambiado últimamente mi opinión tras comprobar que los que somos miopes y llevamos gafas de sol graduadas, a veces nos dejamos las normales en casa, en el coche o vete tú a saber dónde... no obstante, he de confesar que más de una vez me quité las gafas de sol graduadas a pesar de perder de golpe cuatro dioptrias... y es que sí es cierto que me parece una falta de educación aquello de ocultar la mirada, pero observar la de los demás.

Y, por último, sobre las colas... coincido contigo, Polidori. No me gusta hacer cola cuando no es necesario hacerlo. Pero a mucha gente parece que le place aguardar veinte minutos de pie sin hacer otra cosa que guardar cola. Con lo bien que se está alejado del tumulto, haciendo cualquier otra cosa, aunque sólo sea por el placer de hacer algo diferente...

¡Saludos!

16 Septiembre 2006 | 11:54 PM

Stephin

Stephin dijo

Me estáis acojonando entre todos...

Siempre he sido muy hipocondriaco, y leer a Polidori e Iness me está haciendo temer que padezco algún tipo de síndrome mental de la clase turista, o quizá algo peor...

Y es que me reconozco en algunos de los paradigmas de bípedos viajantes que se describen en el post:

-Por suerte, la arrogancia creo que aún no la cultivo. Procuro y suelo ser bastante amable en el trato con mis compañeros de asiento, pues también soy partidario del "haz sentirte bien para sentirte bien" que postula Polidori. Pero indiferencia y distancia... Lo siento, pero suelo aparentar toda la del mundo o más.

Supongo que será por la edad, por el hecho de ser viajero habitual (media de tres al mes, con un mínimo de dos garantizados) o simplemente porque uno se va haciendo gilipollas cuando roza la cuarentena sin que se de cuenta de ello (la ceguera es rasgo inherente a la gilipollez), pero ser distante e indiferente (nunca arrogante ni maleducado, eso no lo trago) me funciona bastante bien en los transportes (aviones, sobre todo)...

...Porque de la misma forma que hay muchos practicantes de la autoayuda, también hay forofos de la ayuda recíproca, de tal suerte que el más leve gesto de atención personal es interpretado como una bandera verde para descargar sobre el compañero de asiento penas, frustraciones y biografías calamitosas de toda especie. Así, son más de una y más de dos las veces que, por haber ayudado a guardar una maleta, haber dado la hora o haber convenido en lo revuelto que está el tiempo, uno se ha visto atrapado entre el asiento de en medio y la troposfera, con 9.000 pies de altura bajo el culo, mientras le relataban divorcios, exilios, enfermedades, temores, tumores y angustias de todo tamaño y condición... Y, claro, en esas condiciones esa frase hecha tan cruda y cortante que reza "oiga, ese no es mi problema", adquiere una terrible pertinencia.

En fin, que sí, que hay mucho arrogante e indiferente, pero también hay mucha gente que tiene el mismo respeto por sí mismo y por su intimidad que yo por el Real Madrid o por José Luis Rodríguez Zapatero. Supongo que por eso tienen tanto éxito los programas tipo "Cuéntaselo a Patricia"...

-En cuanto a los libros de autoayuda, creo que nunca he leído ninguno... salvo que entre en esa categoría aquel tan exitoso de "El Caballero de la Armadura Oxidada", que una compañera de trabajo tan atractiva como desequilibrada me prestó hace ya bastantes años. Ayudarme, me ayudó bien poco (y creo que a mi prestataria menos aún, a la vista de su errática y disparatada trayectoria personal y profesional), pero tampoco me supuso ningún trauma... lo recuerdo como una especie de fabulilla para catequistas con pellizquitos de épica medieval y romanticismo "Barbara Cartland". Algo bastante bobo, pero también bastante inocuo... Y además se leía en una sentada...

...Parecida opinión estoy teniendo de "El Código da Vinci", exitosa novela que justo ahora tengo entre manos. También es inocuo y fácilmente digerible, aunque bastante más entretenido que aquello tan cursi y pedantito del oxidado caballero... No será un libro que quede en mi recuerdo, pero tampoco lo recordaré con ninguna inquina. Es un relato comercial (aunque no soy un gran lector, me atrevo a afirmar que eso no entra en la categoría de "literatura") elaborado con la misma receta de la comida rápida: materia prima de baja calidad (intriga facilona con trasfondo histórico) y aditivos de éxito garantizado (un poco de misterio por aquí y un puntito de anticlericalismo por allá).

No me creo mejor que nadie por leerlo, pero tampoco creo tener de qué avergonzarme: me apetecía leer algo que ha tenido tantísimo éxito, sobre todo por tener una opinión propia y no un juicio preconcebido.

-O sea, que con el cuadro que he compuesto creo que tengo las mismas pintas que los acompañantes de Polidori... sólo me faltan las gafas de sol. Ahí creo que no caeré nunca, pues es un complemento indumentario que detesto y que sólo utilizo en circunstancias inevitables (conducir frente al sol, montar en bicicleta o cosas parecidas).

En mi descargo diré que el problema es el avión. Viajar en autobús o en tren parece como que invita más al encuentro y la confraternización. En cambio, los que nos vemos obligados a volar estamos abocados al encono y la eterna mala baba. Primero, porque todo cuanto rodea al transporte aéreo te invita a ello (registros, cacheos, gestiones, escasez de espacio, retrasos, etc.), y segundo, porque con esto de volar ha pasado algo muy curioso: de un tiempo a esta parte se ha democratizado de tal manera que se ha acabado el clasismo aéreo. O sea, que puede decirse que hoy en día vuela todo quisque. Pero en vez de popularizarse y relajarse el ambiente, se diría que los ejecutivos que hasta hace poco copaban casi todos los asientos han contagiado su altivez y actitud desdeñosa a los curritos y curritas que ahora abarrotan las cabinas. Curiosa sociología la del mundo aeronáutico...

18 Septiembre 2006 | 10:44 AM

polidori

polidori dijo

¡Impresionante, Stephin!

"Divorcios, exilios, enfermedades, temores, tumores y angustias de todo tamaño y condición...", ¡qué grande eres! Por supuesto que te doy la razón, y alabo tu indiferencia y distancia, pero es que las tipas eran bastante idiotas. Y no te olvides que no movieron un dedo por intercambiarnos un asiento, cosa que tú, y yo y el más pintado hubiese hecho.

¡Y cuánta razón tienes con el tema de los aviones!

Es un placer, como siempre, verte por aquí.

Un abrazo

18 Septiembre 2006 | 11:20 AM

Nani

Nani dijo

No suelo viajar mucho desgracidamente, pero alguna vez me ha tocado un compañero/a de asiento de los que tan bien ha retratado Stephin.
Tras tragarme la mitad de su interesantísima vida y tener un dolorcillo incómodo en el cuello por estar tanto rato con la cabeza girada 90 grados....a veces, cuando no he podido más, lo que he hecho ha sido aprovechar una pequeña tregua de silencio para....hacerme la dormida.....ya sé que no es muy bonito de contar pero....ah, y aquí unas buenas gafas de sol bien oscuras son muy útiles....de paso me he llegado a pegar unas buenas cabezaditas de verdad.
Un saludo.

18 Septiembre 2006 | 01:57 PM

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