Gafas de sol y libros de autoayuda
En uno de mis últimos viajes en tren mi acompañante y yo tuvimos que conformarnos con asientos separados. Yo no le di importancia, porque siempre confías en la bondad de los pasajeros que hacen tu mismo viaje, y sabes que, en cuanto que vieran que íbamos juntos, seguro que se aprestarían a cedernos, o mejor dicho intercambiar, los asientos.
Claro, eso es lo que pensaba, pero nos dimos cuenta en seguida de que íbamos a viajar juntos, pero separados por un pasillo, y separados de nuestras respectivas acompañantes por un abismo de indiferencia y, porque no, de estúpida arrogancia.
En su caso, su acompañante era una señora de unos cincuenta años (quizá menos, pero eso aparentaba) que, enfundada en una gafas oscuras, vio con extrañeza algo que ya habíamos advertido antes: el asiento estaba mal colocado. Yo pensé que lo mejor era esperar a que el tren se pusiera en marcha, pues en cualquier caso al asiento podía ser utilizado, y no había tanta prisa, con tanto jaleo de maletas y paso de gente por los pasillos; pero esta joya de la amabilidad se puso un poco histérica y exigió que se lo arreglaran ya (pero se quedó en el asiento, claro, y fue mi acompañante la que tuvo que buscar a un operario). Una vez conseguido su legítimo derecho a patalear, se sumió en la lectura del libro que llevaba en sus manos: un libro de autoayuda.
Mi compañera de asiento era una chica bastante joven, callada y distante. Enfundada también en sus gafas de sol, veía pasar las cosas delante de ella como si no fuesen de este mundo. Simplemente miraba por la ventana, hablaba por el teléfono móvil y continuaba leyendo el libro que llevaba entre las manos: un libro de autoayuda.
Dadas las circuntancias hicimos lo más sensato: entregarnos al dulce ejercicio de cerrar los bares, incluso los del tren. Entre bocadillos, cervezas (¡qué caro es el bar del tren!; ¿por qué tiene que ser tan caro?), risas (muchas risas) y dilucidaciones sobre lo divino, lo humano y el sexo de los ángeles (bueno, y de los que no son tan ángeles), las conversaciones giraron también hacia un tema lógico: nuestras compañeras de viaje. Y surgieron preguntas, preguntas como...
- ¿realmente sirven de algo los libros de autoayuda cuando no son capaces siquiera de enseñarte una norma fundamental: si pretendes que tu vida cambie, empieza por hacerle mejor la vida a los demás?
- ¿acaso los libros de autoayuda sólo enseñan a ser arrogantes?
- ¿serían tan arrogantes nuestras compañeras de viaje si fuesen leyendo un best seller, como por ejemplo El códido da Vinci (algo bastante habitual en los pasillos de aquel tren)?
Tantas perguntas sin respuesta...
Como la pasión que tiene la gente por hacer cola. Porque, veamos, a lo mejor yo soy un snob de mierda, o me creo más listo que nadie, o simplemente soy demasiado tranquilo, o sólo hay que achacarlo al caos que existe en la estación de Renfe de Málaga, pero me pone frenético guardar cola cuando tengo mi billete en la mano. Y no me vale decir que hay que entrar antes para coger sitio para las maletas; hay espacio suficiente para guardar todas las maletas del mundo. Además, si se quiere entrar antes simplemente uno debe acercarse a la entrada y ya está; pero a la gente le gusta hacer cola porque no soporta que alguien que haya llegado después pueda entrar antes. Yo lo llamo "competencia de cola" (con perdón), y puede ser extrapolado a muchas otras facetas de la vida.
A lo mejor les sirven de algo esos libros de autoayuda...
Para tipos como yo, la espera tranquila leyendo el periódico tiene más aliciente, desde luego.
Pero de esos viajes, aparte de la excelente compañía (sí, como suponéis, cerramos el bar del tren... ¡también!), me quedo con un chascarrillo que dijo uno de los camareros que hizo que soltara una sonora carcajada: cuando íbamos lanzados a toda velocidad (sé que bastante más de doscientos kilómetros por hora), se nos cruzó otro tren de alta velocidad literalmente "a toda hostia". Como es lógico, el tambaleo de nuestro tren fue considerable, y todos nos quedamos un poco perplejos. Pero el camarero, con sorna de años y mucho choteo, espetó:
- ¡Es que van como locos!

innes dijo
Tengo yo una amiga a la que le pasó algo muy muy parecido hace muy poco... Y me decía:
- ¡Menos mal que lo pasamos bien! ¡Y qué bien! Es que, fíjate, leer a Ken Follet o a Dan Brown no puede ser bueno, pero leer un manual de psicología barata (que no barato) tiene que ser peor... Sobre todo cuando se padece miopía cerebral. Hay cosas que no las cura ni la cirugía. Mucho menos los libros.
¡Si es que tiene unas cosas mi amiga... Qué bruta es...!
15 Septiembre 2006 | 01:20 PM