El otro eje del mal
Siempre me ha fascinado la capacidad del ser humano para el mal. Y no sólo me refiero al mal en mayúsculas, a ese mal que acompaña a los poderosos, a los que tienen posición, capacidad y fuerza moral para atacar a sus inferiores, sean éstos del carácter que sean. Me refiero a ese mal de todos los días, ese mal la mayoría de las veces gratuito que realizan personas a las que probablemente poco o nada importa, pues no va a cambiar en nada su vida por ello, y que a poco que fueran algo más sensatos, o tuvieran un poco de capacidad de discernimiento o un poco de distancia para sopesar la realidad, verían que es un mal que repercute sobre ellos mismos.
Soy un poco ingenuo y confiado, lo sé, pero en la mayoría de las ocasiones creo en la bondad del ser humano. Claro, que los periódicos y la vida diaria se encargan de cargarme de razones para pensar lo contrario, cada mañana. Pero me resisto, no puedo evitarlo, y lo único que consigo es estrellarme una y mil veces contra las mismas piedras. Llega hasta tal punto esta situación que a menudo supero mi capacidad de asombro. Claro, que más bien debería decir que el listón de mi capacidad de asombro está cada día más alto, pero los atletas del mal son capaces de saltar cada vez más, y a mí ya me duelen los brazos de sujetar la varita (de los cojones...).
¿Dónde nace ese mal? Ni las mentes más privilegiadas, eminentes neurólogas, psicólogos o próceres de la psiquiatría serían capaces de dar una respuesta fidedigna. ¿Es el animal de la caverna, desconfiado y receloso, que todos llevamos dentro el que actúa?, o ¿es que realmente el hombre es un lobo para el hombre, que diría Hobbes? No lo sé, pero me asombra. Y sé que tanto mal pequeño se convierte en grande cuando se convierte en mal de masas. Una persona mala, taimada, en su soledad del mal, puede ser muy peligrosa, pero un ejército de maldades unidas puede destruir el mundo. Pero eso es harina de otro costal.
En el mundo laboral he visto muchas clases de males. Males de presuntos compañeros, casi amigos, que de repente te desean lo peor, o supuesto jefes "enrollados" que son capaces de clavarte cualquier objeto afilado por la espalda. Pero el trabajo es lo más parecido a un campo de batalla, y es muy fácil encontrarte seres decepcionantes, traidores o simples cobardes que o disfrutan con ello o no puede evitar utilizar dichos ardides para sobrevivir. No comparto sus métodos, pero los respeto, siempre que al menos tengan elegancia para hacerlo (algo que tampoco es muy habitual). Pero es en el mundo de las relaciones personales, de la pareja, la amistad o el mismo amor cuando las cosas adquieren un cariz mucho más dramático.
Tampoco me refiero a casos de psicopatología. Los límites de la mente humana en su perturbación son inescrutables, y tratar de explicar comportamientos como el que ha llevado a un tipo de Austria a tener secuestrada a una niña ocho años no pueden entenderse ni con su suicidio. El cerebro, como cualquier otro órgano, puede enfermar, aunque sé que esa no es justificación para un hecho tan execrable. Simplemente, por su extremo, por su maldad intrínseca y la de todas las maldades que encierran los secuestros, violaciones, maltratos, vejaciones, humillaciones y demás actos aberrantes con los que nos pegamos todos los días en los periódicos e informativos de televisión (alejaos de los realities, por vuestra salud mental), una persona que esté (perdonadme la simplificación) en sus cabales simple y llanamente no puede entenderlos.
Y los pequeñas maldades que todos conocemos y hacemos siempre tienen un eximente que nuestro propio raciocinio discierne, es consciente de cuando "se ha pasado", y actúa en consecuencia. No hay nada más hermoso, más generoso y más humano que saber pedir perdón.
Pero... ¿qué lleva a alguien a ser tan destructivo? ¿Cómo es posible que, por ejemplo, terminada una relación en la que se ha ejercido un evidente poder sobre la otra persona, el opresor continúa agrediendo, de la manera que pueda, con el teléfono, el correo electrónico o cualquier otro medio, a su víctima de manera que, por ejemplo, no pueda coger el teléfono tranquila, no pueda leer tranquilamente su correo o no pueda mantener un blog? ¿Cómo es posible que, en el caso contrario, cuando alguien es rechazado -con más o menos elegancia- se cree en el derecho de juzgar a la otra persona por no haber terminado siendo su compañero o compañera? Y no quiero que se confunda esto con los celos, que aunque son igual de irracionales, no nacen de la mezquindad ni de la obcecación, sino que saltan el estómago y te hacen perder la razón involuntariamente. Me refiero a esos actos bajos, ruines, que se hacen conscientemente contra las personas a las que supuestamente, de un modo o de otro, se ha querido, y que sólo buscan hacer daño, el mal por el mal, el mal porque me da a mí la gana y porque no te tengo donde yo querría, en la cama, en el altar o en la cocina (sí, algo de eso también puede haber, o cuidando de quien no cuidas porque no quieres).
Despecho. Me sé tan tonto que, a pesar de haber sido rechazado o simplemente sustituido, me he preciado de encajar los reveses del amor con elegancia. Incluso cuento entre mis mejores amigos a relaciones del pasado. Sí, sé que soy un bicho raro, un tipo al que hay que echar de comer aparte. Todo lo que vosotros queráis, pero sigo alucinando con el comportamiento humano. Cada día más.
Para mí la bondad es un bien al que aspirar, al que debería aspirar cualquier ser humano. Y así me va. Me he comido demasiada mierda en mi vida, y sé que me la seguiré comiendo, pero algo tengo muy claro, más y más claro cada día que cumplo este camino hacia la bondad: detesto el mal, lo detesto con todas mis fuerzas.
Así que malos del mundo que podáis leerme: parad máquinas, invertid la marcha. El camino es más hermoso por este otro lado, por muchas palmadas en la espalda que os dé vuestro propio orgullo.
Polidori dixit.



1 comentario
Leyéndote me ha venido a la cabeza una clase de filosofía de hace años, muchos quizá pq eran tiempos de instituto, en la que acabamos encenagados en una discusión interminable e interminada.
El planteamiento era que el Mal, así en mayúsculas, tiene una parte buena y es que comparativamente nos hace mejores. Es decir, los malos malísimos de la Historia nos convierten al resto de la Humanidad en mejores personas simplemente por comparación. Tipos como Hitler o Pol Pot nos hacen mejores pq la mayoría de nosotros no somos tan malos como ellos. Pero claro, ese argumento, como todos, es reversible. El Bien, también en mayúsculas, nos haría a todos peores. Las buenas personas de la Historia (y que cada cual elija el que quiera) nos hacen a todos peores en comparación. Algo así como no estar a la altura.
Y toda esta perorata a santo de qué, os preguntaréis. Pues a santo de que me ha venido a la cabeza y a santo de que Polidori es una de esas buenas personas que hacen que los demás no lo seamos tanto. Esa fe en la bondad de la especie sólo puede mantenerse desde posturas increiblemente ingénuas (y me consta que no es el caso) o desde un planteamiento vital inminentemente bueno.
Ójala los malos del mundo hicieran caso a ese último párrafo y pararan su maquinaria. Sabemos que son pocos y, desde luego, cobardes pero tienen un extraño don para la supervivencia.
Saludos
PS: Ha debido ser la falta de sueño...
20 sep 2006 | 09:30 AM
Escribe un comentario