De esferas saltarinas y enormes misterios de acero y bronce (bueno, y arte)
Sí, también sé que esta historia ya es antigua, pero la tenía archivada en el "limbo de los posts justos" (menos mal que nuestro querido Papa ha dicho que vale, que por ahora existe) y no había podido escribirla hasta ahora. En ella se narraran historias de artistas famosos, confusiones increíbles, incompetencia policial y administrativa y, sobre todo, mucho, pero mucho metal.
Primero un juego de adivinanzas. ¿Sabéis cuál es la diferencia entre estas dos fotografías?


Bien, chicas y chicos listos. Una esfera, la que pende de la mano derecha de esta "alegoría de Newton" de ungenio (sic) Salvador Dalí. Es una esferita de bronce negro que no quiero ni imaginarme lo que pesa; yo he lanzado peso cuando era adolescente, y una esfera más pequeña podía pesar más de siete kilos. Con ella Dalí (sic, sic y sic) quiso representar el centro de gravitación supongo que universal, y ha sido admirada desde siempre en la madrileña plaza de Felipe II (también conocida, claro está, como "plaza de Dalí"). Pues bien, dadas las insospechadas (como todas las de Madrid) obras en la plaza, la famosa esfera había sido desmontada y guardada, para luego ser vuelta a montar al concluir las obras, y evitar que los trabajadores la dañaran (ejem). Claro, que quien fuera el responsable de hacerlo no lo hizo demasiado bien, porque... ¡ah!, la esfera se cayó a los pocos meses de haber vuelto a ser colocada en su sitio por su propio peso, produciendo un considerable estrépito, dejando unos hilillos colgantes de la mano de la susodicha escultura y yendo a parar a las manos (¿manazas?) de unos niños que la descubrieron y se pusieron a jugar con ella.
Pues nada, los camareros de un bar aledaño, más interesados que otros muchos en la conservación del rico patrimonio municipal, dieron la voz de alarma a la policía. Así que una diligente patrulla se encargó de recuperar el preciado metal y llevárselo a sus dependencias, preguntándose, supongo, qué coño hacían con la mierda de la bolita y dejándola en la Junta Municipal de ese distrito. Pero, claro, no dijeron nada a nadie, y cuando los vecinos se dieron cuenta de lo que había pasado, y bastante moscas ya por el nefando devenir del conjunto escultórico, se echaron las manos a la cabeza, pensando que la esfera había sido robada. Así que la plataforma (os juro que existe; cosas del barrio de Salamanca) "Salvemos el Dolmen de Dalí", por boca de su portavoz Juan Antonio Aguilera, alertó a la Concejalía de las Artes y a su responsable Ana Moreno del temita. Ésta alucinó, y pensaron en lo de siempre: robo o vandalismo. En cualquier caso, los técnicos de la Junta se desayunaron el día 23 de agosto con la noticia de que la famosa esfera de Dalí había desaparecido, robada o "distraída". Y cuando se dieron cuenta de que esa esfera era la que tenían en sus dependencias llamaron corriendo a la Concejalía, con lo que el entuerto se resolvió.
Y, bueno, al margen de la constatación de la "excelente" comunicación que media entre juntas y concejalías, habría que decirle a alguien que colgar una bola de acero de una escultura de Dalí con hilo de pita no es lo más adecuado. ¿No creéis? Sólo me puedo imaginar (a ver si pudiera acercarme para comprobarlo y traer, si puedo, documentos gráficos) que ver un cordel deshilachado en semejante conjunto debe ser de lo más hilarante.
Y en otro orden de cosas, y hablando de metales y de grandes artistas, no puedo por menos recordar la historia de las treinta y ocho toneladas de acero más esquivas de la historia (y perdonadme quien ya la sepa, pero es que "esto es pa verlo"). El conjunto escultórico Equal Paralell / Guernica Bengasi, del artista estadounidense Richard Serra, fue adquirido por el Ministerio de Cultura de España de por la módica cantidad de 36 millones de pesetas para que luciera en la inauguración del recién estrenado Centro de Arte Reina Sofía. Éste era el aspecto que tenía el conjunto, que constaba dos grandes bloques de acero de cinco metros de longuitud, 1,48 de altura y 24 centímetros de espesor (cada uno de ellos de quince toneladas) y otros dos más pequeños (con un peso aproximado de ocho toneladas):

Pues bien, dicho conjunto, tras presidir dicha inauguración, fue depositado en 1991 en las dependencias de la empresa Macarrón, en Arganda del Rey, para su conservación, y por cuya custodia la empresa le endosaba al Ministerio una buena cantidad de pasta anual. Pero en 1995 las propias autoridades del Museo se quejaron de la mala conservación de la escultura, entre otras cosas porque estaba a la intemperie. Bien, pues esa es la última vez que se vio la obra, porque desde entonces debe decirse que...
LAS 38 TONELADAS EN CUESTIÓN HAN DESAPARECIDO.
Ni rastro, ni noticia, ni atisvo, ni brizna, ni viruta; ni puta idea, vamos. Claro, cuando vieron la envergadura de la historia, y lo de moda que estaba Serra, entre otras cosas por sus famosas (y enormes) esculturas del MOMA y del Guggenheim de Bilbao, los responsables ministeriales se pusieron a temblar. Los bienes de la empresa dio la casualidad que fueron incautados, y la Seguridad Social se adueñó de los terrenos. Así que la Brigada de Delitos contra el Patrimonio Histórico se puso entonces manos a la obra más en serio de lo que lo había hecho hasta ese momento, y removieron tierra, paredes y materiales en busca de la díscola escultura en los terrenos de dicha empresa.
Sé que estrambótico, esperpéntico y absurdo, pero es verdad. Así que empezó un verdadero calvario de horadación del terreno y rascarse la cabeza para saber dónde cojones puede estar semejante conjunto escultórico, que lo que se dice pequeño precisamente no es. Pues nada de nada. Incluso la esperanza que desataron los aparatos de detención de metales, que atinaron a decir que había un gran e inusitado conjunto metálico enterrado a cinco metros bajo tierra, se dio de bruces con una desagradable sorpresa: simplemente se trataba de la base de una vieja torreta de luz.
Sólo una salvedad más, y digo lo mismo que dije con la escultura robada de Henry Moore: el móvil de la desaparición no puede ser su venta como obra de arte, puesto que trasladar el conjunto es costosísimo y, lo más importante, poco discreto. Además, en el hipotético caso de que a los ladrones no les moviera el afán de reventa de obras artísticas (sobre todo porque no se me ocurre ningún comprador que esté interesado en conservar semejante delirio de acero), sino que pretendieran simplemente fundirlo, no iban a sacar ni de lejos el dinero que se iba a gastar en trasladarlo a la fundición. En resumidas cuentas, que la escultura no se ha movido del sitio. Y si no se ha movido del sitio... ¿se puede saber dónde carallo está?
Bueno, pues deciros que se ha optado por una solución salomónica: dado el cariz que ha tomado el asunto, el artista ha llegado a un acuerdo con el Reina Sofía para la reposición de las piezas de acero perdidas. Algo muy loable, porque no es muy habitual que un artista no monte en cólera por el poco respeto que se ha tenido por su obra ni que, además, esté dispuesto a repetirla sin ganar un duro por ello. El Reina Sofía se ha comprometido a pagar las costas para que un taller especializado de Alemania haga la nueva versión de la escultura, por la que va a cobrar 78.000 euros. Las piezas primero se expondrán en el MOMA (hay que rendir pleitesía), y luego acabarán, de manera ya sí permanente, en una instalación definitiva en el museo madrileño en 2008.
Paradoja del asunto: va a haber dos originales. Es cierto que, como dice Carmen Giménez, conservadora del Guggenheim, si aparece la "original" va a estar muy deteriorada, pero lo cierto es que si se encuentra (la policía sigue buscando) habrá dos piezas creadas con el mismo nombre. Será curioso ver qué ocurre. Yo os dejo con una reflexión de Juan José Millás sobre el asunto (que ya sabemos que está en El País lo mismo para un roto que para un descosido):
Con todo, lo mejor es que ahora vamos a tener dos esculturas, una falsa, pero legal, y otra auténtica, pero ilegal. La escultura falsa, pese a su legitimidad, vivirá el resto de sus días amenazada por la existencia invisible de su hermana gemela. Duro destino saber que eres original porque lo dice un papel, un acuerdo, un decreto y no porque lo seas de verdad. La escultura robada no tiene papeles, es cierto, pero todo el mundo sabe -quizá ella misma también- que es la verdadera. Fantástica metáfora en un mundo amenazado por oleadas de sin papeles a los que llamamos ilegales, cuando quizá seamos una copia de ellos.
Vaya cosas... ¿verdad?



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