Se pierde octubre
Se pierde octubre, entre calores a destiempo y promesas de fríos futuros, perfectos o simples. El cuerpo se acostumbra y se desacostumbra con igual celeridad a los vestigios de un pasado verano tan lejano como suspirado. Y el frío, sabio, arrecia en la distancia, preparándose para convertirse en protagonista absoluto de las conversaciones venideras. Tiempo proclive a los resfriados y las destemplanzas anímicas. Tiempos de cambio, al fin y al cabo.
Desde la sempiterna ventana laboral me cuesta concentrarme. Afuera la temperatura es benigna, y en mi interior pasadas tormentas han dejado en mi ánimo un irrefrenable deseo de respirar aire puro. Sones delicados acarician mis oídos en una desaforada búsqueda de calma que tape las sandeces proferidas a voz en grito por un nuevo compañero de trabajo. Sé que el mundo puede ser gris o repleto de colores según el cristal por el que miro. En estos momentos el cristal anda algo sucio, aunque sé que al acabar la jornada encuentro el modo de dejarlo limpio, resplandeciente, prístino en su transparencia. Todos los días repito el proceso de encender el motor bicilíndrico, ajustarme los guantes y la cazadora nuevos y emprender un corto periplo que me lleva allá donde los males no pesan, las palabras son caricias y los planes de futuro no son planes de guerra.
Esa debe ser la fortuna de vivir. Lejos quedan los desmanes de la búsquedas de experiencia, la insultante necesidad de realización, el eterno periplo del hombre moderno que busca en la cotidianeidad más y más piezas que sacien su ansia de cazador. Yo he encontrado un cómodo y pulcro recodo donde descansar y dejarme mecer por la sonrisa de las pequeñeces. Sí, me he acostumbrado a las genuflexiones al dios de las cosas pequeñas.
Ya no miro desde el acantilado buscando grandes e inabarcables horizontes. Ahora me fijo en la brizna de hierba que crece, en la tibieza de los rayos de sol colándose entre las copas de los árboles, o en la brisa que mece y acaricia mis sienes.
Quizá me esté volviendo viejo.
Quizá es que mi búsqueda ha terminado.
Sólo el cielo lo sabe.



1 comentario
Qué bonito y qué bien suenan tus palabras Polidori.
Supongo que a esa bendita tranquilidad se llega después de haberle dado muchas vueltas al coco,no?
Pues a disfrutarla...
:)
31 oct 2006 | 10:33 PM
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