Fines de semana como oasis
Sí, verdad de perogrullo, lo sé, pero muchos fines de semana son oasis de paz, y todos lo sabemos. Oasis de paz en los que olvidarse del tiempo, haraganear en la cama, dejar pasar las horas, desayunar muy tarde esas tostadas con aceite que no puedes tomarte entre semana y dejar que el tiempo sea benévolo, a pesar de los chuzos que caen de punta y de costado. Comer en unos de tus sitios favoritos y ponerte ciego de carnaza roja asada en un plato de barro caliente, pasarte con el vino y dejar que la siesta se alargue horas y horas. Disfrutar de la compañía, y soñar con que el futuro te pueda sorprender un día como este que disfrutas, y pienses que a pesar de los males que asolan al planeta has podido y sabido aprovechar las cosas buenas que en el mundo han sido y que se te han ofrecido, como carnosas y rojas manzanas de deseo terrenal.
Fines de semana con tiempo también para ir al cine y sorprenderte con todo. Esos macrocines con enormes salas en los que se esconde lo peor y lo mejor de la civilización occidental, con hordas de personajes superfluos que se acumulan en los rincones de bares y locales de ocio. Sé que yo soy uno de ellos, pero no soy como ellos. No quiero serlo. A pesar de que, al llegar a la sesión tarde, me tomo las cervezas en los mismos locales que ellos, compro el avituallamiento en los mismos lugares industriales que ellos y pierdo el tiempo que el retraso me ha hecho perder en las mismas odas al consumismo que ellos. Pero yo no soy como ellos, no puedo ni quiero serlo. Ese peluche de sesenta euros no me debería gustar, ni esos animalitos con imanes que se pueden pegar a cualquier cosa (-¿hay pinguinos?), pero tentado estoy de llevármelos. Claro, que, divertidos, acabamos haciendo una foto a escondidas de un rincón en el que una edición de DRAE convive con una especie de Freddy Kruger, una enciclopedia absurda sobre sexo e insolentes libros de autoayuda. Una imagen (ahora sí) vale más que mil palabras:

E incluso acabamos jugando a las maquinitas en un local cercano para matar el tiempo y unos cuantos malos de mentira que salen de la macropantalla de un videojuego con pistolas virtuales. Como cuando era mucho más joven, cargándome a todo malo que se ponga a tiro. Sin contemplaciones, con estilo.
Y ese gran cine con comodísimos asientos y espectacular sonido en los que ver una película en condiciones, a pesar de los pesares. Una maravillosa película llamada Hijos de los hombres, una apocalíptica visión de un mundo muy cercano a nosotros y que en este post no voy a comentarla, porque ya lo hizo mejor que yo maese Spaulding.
Una lluvia torrencial, un domingo tranquilo, poder disfrutar de aquellas cosas que se disfrutan mejor cuanto más íntimo sea el escenario... No sé a vosotros, pero esos fines de semana de paz hacen que, aunque sea por un corto espacio de tiempo, haga también las paces con el mundo.
Incluso conmigo mismo.



2 comentarios
La envidia cochina me corroe... sé perfectamente de qué hablas. Y estoy impaciente por ver esa foto que estoy segura me impactará.
Besos :)
6 nov 2006 | 08:21 PM
Bueno, querida Albanta, no ha quedado tan bien como pensaba, pero puedes hacerte una idea.
Besos
7 nov 2006 | 10:40 AM
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