Margaritas en el cementerio de elefantes
Os voy a contar una historia triste, pero tan recurrente en nuestras ciudades hoy día que no me atrevo a llamarla especial, por mucho que eso pueda tener de doloroso para una sociedad como la nuestra.
Todo comienza con unas flores. Ignoro a qué obedecen esas margaritas blancas que adornar muchos coches, pero es evidente que son de una marca comercial (creo que de ropa). El caso es que es muy habitual verlas pegadas en el capó o los laterales de muchos automóviles que circulan por nuestras ciudades. Seguro que las habéis visto. Son como éstas...

Imagino al dueño o la dueña colocando con cuidado esas especie de calcamonías que seguro que tendrían que pegarse con sumo mimo, intentando que no se formaran bolsitas de aire que tan feas quedan en estos casos. Lo cierto es que son discretas y hasta casi elegantes (y por supuesto “divertidas”), y contrastan con el color de fondo de la carrocería, incluso en las que están pintadas de blanco.
El problema es que en este caso el coche está abandonado desde hace mucho tiempo. Y como en las historias truculentas, no sé si fue antes el abandono por parte del dueño lo que propició que se convirtiera en lo que se convirtió o la necesidad de buscar un refugio por parte de los merodeadores. El caso es que, un buen día, un corsa blanco abandonado se convirtió, como muchos otros coches que pueblan nuestras ciudades, en el hogar improvisado de una pareja de indigentes, como podéis ver en estas fotos sacadas este verano.




Imagino que, por el aspecto que tenían (sé que lo seguirán teniendo, pero hace mucho tiempo que no les veo), a ciencia cierta que la pareja de mediana edad que lo “habitaba” eran ex drogadictos, demasiado al margen de la sociedad como para poder procurarse un techo, pero demasiado apegados también a la gran urbe que no pueden abandonarla. El frío, los impertinentes albergues o la simple casualidad hicieron que ambos forzaran una cerradura y tomaran como techo, como salón, como sala de estar, como cama y como (para desgracia de los transeúntes) cuarto de baño el viejo corsa de color blanco abandonado hacía tiempo, y probablemente ya tan echado a perder que al dueño ni siquiera le gustaría tener que mirarlo.
Con gran cúmulo de bolsas y viejas prendas de abrigo que, amén de decenas de plásticos, procuraban un mínimo cobijo a la improvisada vivienda, la pareja de indigentes merodeaban por los alrededores hasta que, pasada la puesta de sol, se recogían, a vista de todos los que pasaban por allí, en las asientos deformados por un uso tan alejado del que los diseñadores idearon en su día. Las puertas, desvencijadas, aparecían a menudo abiertas en verano, dejando entrever posturas calificadas por muchas personas de “buen ver” que veían el diario espectáculo como “impúdicas”, pero que a mí se me antojaban humanas en su más moderno, brutal y ostensible extensión de la palabra. El hedor era a veces tan intenso que daba verdadero reparo pasar por delante de esa esquina, y en verano era habitual ver algún hueco vacío en la atestada calle para evitar, a pesar de la sempiterna falta de espacio de las calles madrileñas, que algo de esa podredumbre en vida, de ese recordatorio de lo que puede llegar a ser el ser humano sin suerte (y que tanto nos iguala al resto de animales), impregnara de sucia realidad la incólume pintura de algunos de los ostentosos vehículos que, a pesar de la evidente humildad del barrio, pueblan nuestras calles con desafiante apostura.
Se como fuere, cada vez que merodeaba por allí se pasaban por mi cabeza distintas desgracias, distintos accidentes que alejaran de la limpia realidad la incómoda visión de tan pertinaz deterioro de la humanidad y las buenas costumbres. Mientras, las lluvias otoñales llenaban la figura del corsa de otras decenas de plásticos más que malcumplían la tarea de lograr que la lluvia y la humedad no pasara al interior. Incluso un paraguas ajado y medio roto se asomaba, apenas apoyado en una de las portezuelas, para paliar en la medida de lo posible la tromba de agua que a buen seguro se colaba por alguna de las rendijas ya imposibles de cerrar.
Hasta que llegó el invierno, el intenso frío y las fiestas familiares. La nochevieja no es buena consejera, y de las supuestas celebraciones más familiares a menudo no se saca nada bueno. Muchas veces se me pasaron por la cabeza imágenes ya vistas en telediarios y películas del mal acabar de muchos indigentes, quitados de en medio por el “fuego purificador”. Y así fue, una mañana, como descubrí que había pasado lo que más temía que pasara: que un vecino harto de inmundicia o un descerebrado harto de bebida en la noche más vieja del año prendió fuego al corsa, llevándose con ello casi todas las pertenencias de la pareja, como podéis ver.



El olor a quemado era tan intenso que no podía evitar mirar dentro, por si la desgracia se había cebado de tal forma en la triste vida de estas almas que hubiese hecho falta un atestado para levantar los restos de carne calcinada, pero al menos suspiré pensando en que su destino no había sido tan cruel.
Mas, ironías del destino (siempre tan irónico), un nuevo corsa de la misma época y de un blanco inmaculado ha venido a posarse ante los restos calcinados de su predecesor. Quien sabe qué le deparará a esta nueva víctima, si no estaremos asistiendo al nacimiento de una especie de cementerio de elefantes humeante. El caso es que verlos juntos es tan extraño y perturbador como ver a Tarzán recorriendo con su elefante los restos óseos de tan magníficas criaturas en busca del preciado marfil.




3 comentarios
siempre he querido hacer fotos en un cementerio de coches... aunque aquí hay un solo muerto, ¿no? Y le tengo una manía a las margaritas esas...
Ay!
Besitos!!
31 ene 2007 | 10:49 AM
Polidori, vaya gato bonito tienes! uffff, es "divino" como dices un poquito mas abajo. Impresionan las fotos a los coches destrozados, nunca he estado en un cementerio de coches, debe impactar! Un abrazo musical y un votito para usté!
2 feb 2007 | 10:53 AM
Hay gente de todo tipo en este mundo. Gente que diseña margaritas de colores imposibles para pegar a nuestros vehículos de plástico y chapa; gente que abandona esos vehículos en medio de la calle sin querer saber más de lo que acontece; gente que se fija en esas flores antinaturales para contarnos una historia demasiado natural; gente que no tuvo suerte, que la perdió o se la robaron y que acaba trasformando los residuos de nuestras ciudades en sus únicas posesiones; gente que no logran enterarse de que un elefante es un ser muy pesado aunque le esté pisando un pie; gente que nunca mira hacia atrás para no ver la suciedad por la que arrastra su sombra; gente que avanza tan deprisa que uno se pregunta sí saben dónde van; gente que mira al mundo con ojos alucinados de incomprensión; gente a la que le pasa la vida por encima y gente que pasa por encima de la vida sin dejar huella alguna...
Hay gente de todo tipo en este mundo y, quizá, mundos de todo tipo en la gente.
Salud
2 feb 2007 | 02:28 PM
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