Un mundo de kobardes
Las semanas se suceden. Mucho más rápido de lo que desearía. El ritmo frenético de días pasa por el costreñimiento inevitable (parece un calvario lo de cambiarse de casa, como si tuviera que pagar un diezmo de agobio para poder disfrutar de lo que tendría que ser lo inevitable para tener una vida algo digna) y el pasar incomensurable y lacerante de días vertiginosos, como si la vida durase mil vidas. Pero yo no quiero esto, quiero disfrutar de mis segundos como si fuesen premios, porque ya no quiero que la vida se escape entre los dedos, sino que se haga un lodo hermoso que pueda moldear como si de fina arcilla vital se tratase. Pero a los lunes sumo viernes, y a los viernes sumo domingos, como éste que con premeditación, nocturnidad y alevosía me acerca a vosotros, mis lectores.
Porque queda ya lejano el miércoles de concierto, casi de macroconcierto en el que hubo sonidos atronadores, luces hipnóticas y buenas vibraciones, de esas que sólo pueden darte los viejos amigos de siempre.


El Torrezno nos visitó, y fue gran cosa, a pesar de la altura de la semana, el cansancio acumulado y el madrugón del día siguiente. Pero el averno se asomó con un guiño a La Riviera, y los que estábamos allá sabíamos que un trozo de tibio infierno nos esperaba entre los sonidos contundentes, provocadores que asomaban por los bafles no siempre bien situados. Nine Inch Niles pasaron por Madrid en dos jornadas distintas, con juegos incluidos (que se lo digan al afortunado que encontró un pen drive en el baño de chicos) y muchas ganas de verles, la entrada desempolvada desde aquella pasada fecha en la que compramos los pases por internet, mascullando entre dientes el burlesco “cuán largo me lo fiáis”, pues uno no se acostumbra a comprar las entradas a tres meses vista.



Fue también la semana de nuestros primeros sashimi y maki caseros. Dignos y deliciosos, como buen sashimi y como buenos rollitos, pero más sabrosos aún porque el cuchillo afilado era tu mismo cuchillo, y el pescado cortado por ti siempre sabrá mejor, ¿no?

Y hubo incluso un sábado de visitas a los vástagos de los viejos amigos, algo a lo que no se acostumbra uno por muchos años que se cumplan. Mi generación está ya cumpliendo con el rito ancestral, con la llamada de la selva, y uno se sigue sorprendiendo de que sea ya éste nuestro momento, el verse rodeado de cachorros humanos que ya no sólo corretean y te hacen burla, sino que empiezan a hilar frases con el descaro que sólo pueden tener los niños (como por ejemplo “mamá, ¿esta gente no se va?”). Y demostrado queda: los humanos, ante ese espectáculo, sólo sabemos reír y limpiarnos las babas. Así es, y así debe ser. Y bendito que así sea.
Y hoy también ha sido domingo de Rastro, de tumulto y jarana, de mercaderías mundanas y espiritualidad pagana, de Hare Krishmas y patriarcas gitanos, de soldaditos de plomo y bocadillos de calamares. Del Madrid más castizo y la mezcla más extraña. Del Rastro, al fin y al cabo, y ya no hay que decir más nada.













Y mientras nuestra querida Iruka nos muestra templos nevados y juguetones monos de Jigokudani-Yaenkoen. El sintoísmo y el otro lado del mundo. Y a uno le entran ganas de parar las máquinas y doblar el mapa, para ver esas otras maravillas que tan lejos están.
¿Os he dicho que necesitamos unas vacaciones?
Sobre todo al despedir el día y leer una pintada (apenas dibujada al trasluz del cristal de un banco) que decía
“ke duro ser punki
en un mundo de kobardes”.


4 comentarios
Nos cruzamos en el rastro el domingo. Creo haber adivinado algo mío en las fotos, aunque parezca increíble. En el fondo Madrid no es tan grande, y el mundo es un pañuelo.
¡Un abrazo!
19 feb 2007 | 05:51 PM
Vaya, querida Antares. Supongo que, sin saberlo, yo también estaba haciéndolas para ti... ;-)
¡Otro!
20 feb 2007 | 03:13 PM
(Me refería a que creo que algo de lo que sale es mío. He creido ver mi cara entre la muchedumbre....) Jejejeje... ¡Qué chuli!
22 feb 2007 | 03:26 PM
(¡No jodas! Ya escudriñaré, ya...)
22 feb 2007 | 05:53 PM
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