La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Espejos

Están siempre ahí, rodeándonos. Por doquier. En nuestros cuartos de baño, en los ascensores, en los pasillos, en la calma agua encharcada después de la tormenta, en nuestros armarios, en nuestros coches, en los bolsos, en las fuentes. Nuestro reflejo pulula como un incómodo huésped en los escenarios de nuestra vida. Nos acompañan a todas las horas del día, y su presencia constante puede parecer cansina si no es buscada. Sobre todo nada más levantarnos y justo antes de dormir.

Los espejos nos miran con nuestra propia mirada prestada, pero en negativo. Cuando es nuestra intención comparecer ante ellos parecen tanto cómplices como malvados enemigos. Y no me refiero a la estética, no me refiero a la famosa "esclavitud del espejo". Hablo del diario repaso a nuestra apariencia, a menudo con complicidad, cuando queremos saber cuál es nuestro aspecto para ver si encajamos en las normas sociales más evidentes. Salvo limpias almas despistadas, descuidadas, entregadas a la más absoluta desidia estética (conozco algunas), todos, en mayor o menor medida, estamos dentro del abanico que marca la presunción y el deseo de ser agradables al resto de los humanos. No hablemos ya de los tirabuzones que se hacen para agradar al otro sexo (o al mismo, ya me entendéis), ni aquello que se hace por sentirse "guapo" o "guapa", que todos sabemos que en muchas ocasiones llegan al esperpento (quien haya estado corriendo en una cinta de un gimnasio, rodeados de espejos, sabe a lo que me refiero; lo que se ve, amén de tu propia efigie sudorosa, desde esa privilegiada atalaya es inenarrable). Hablamos de lo que nos pasa a todos los hijos de todos los vecinos, nos sintamos más o menos satisfechos de nuestro aspecto. Todos hemos tenido ese mal sueño de una mañana levantarnos y no darnos cuenta de algo que afea o esperpenta nuestro aspecto, como una mancha incontrolada, un pelo en mal sitio o unas ojeras demasiado evidentes. Por ello, antes de vivir el resto de nuestra vida, cada mañana rendimos pleitesía a nuestro verdadero dios, esa plancha de metal bruñido y cristal azogado.

El espejo no miente, pues no somos vampiros. Su superficie se caracteriza porque la imagen reflejada es virtual, pero exactamente igual la verdadera. La imagen de un punto cualquiera es también un punto, y la imagen de un objeto es simétrica de este objeto con respecto al plano del espejo. Nimiedades físicas, supongo, comparadas con el afilado corte que es capaz de producir un bisturí láser, pero no hay nada más fascinante que saber que un puto cristal con un baño de metal sea capaz de devolverte una imagen tan perfecta. Pero es que además no engaña. No es falaz, ni mentiroso. No se aprovecha. A lo más que llega es a interponer la patina del tiempo delante de nuestra imagen moderna (como puede verse en los espejos de verdad antiguos, en los que la superficie está tan oxidada que devuelve nuestra imagen como si de una foto sepia se tratara). Por eso es fiel, y asombra al que no lo espera. Como cuando entramos al baño, y de repente nos sorprendemos de ver a ese ser que nos mira desdeñoso. No sabía que tenía tan mala cara, apostillamos. Y el cabrón no enmascara la verdad, no la desluce. Los estragos del tiempo están muy presentes, dolorosamente presentes, en esas canas, esa alopecia o en ese malestar patente que nos hace descreídos de nuestra propia imagen, como si de un Mr. Hyde impostor se tratara. Pero somos nosotros, de eso no cabe duda, somos los mismos de siempre, pero con otro traje, con otro disfraz de huesos y carne.

Pero es quizá la sorpresa de las imágenes compuestas las que más nos anonadan. Cuando paseamos y de repente un espejo fugaz, insolente y despreocupado nos devuelve la imagen de nuestro amante, y la nuestra. Entonces no hay piedad: o se aplaude o se desprecia. El corazón se remonta, como cuando vemos a la persona amada en nuestros sueños, o en su ausencia. De repente está ahí, y nos acompaña. Y entonces el espejo parace que giña un ojo, y nos devuelve nuestra propia mirada cómplice, como dándonos una palmada y diciéndonos "tienes suerte, amigo". Entonces sonríes, agarras su mano y dices "mira". Y si el momento es propicio, selláis la estampa con un beso amante, como si vuestros ojos cerrados quisieran captar la imagen para la posteridad, como el obturador de una cámara.

Algunos espejos son regios. Otros son famosos. Algunos son patrimonio, como los espejos que deformaban a Max Estrella en el Callejón del Gato. Algún gilipollas se los cargó, queriendo ser por un momento un triste émulo de ese insigne borracho, que de estupendo que se ponía Valle le hizo un monumento poético. La realidad se deforma a su paso. Y nosotros continuamos el camino, temerosos de que ese espejo mentiroso mude nuestra imagen para siempre.

4 comentarios

  1. K

    Hay pocas cosas más inquietantes que un espejo, ese artilugio simple y milenario que ha acompañado a la humanidad desde su más tierna infancia. Poco más que una plancha de cristal opaco en una de sus caras, capaz de mostrar casi tanto como oculta.

    ¿Qué hay al otro lado? Dos espejos iguales, perfectamente enfrentados, componen una sucesión eterna de imágenes, pero no podemos verlas hasta que no formamos parte de ellas, hasta que no nos ponemos en medio y nos convertimos en un infinito de nosotros mismos. ¿Qué refleja un espejo cuando nadie mira?

    ¿Quién no ha soñado alguna vez en convertirse en Alicia y pasar al otro lado? ¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de sentirse observado ante un espejo? ¿Quién no ha sentido un escalofrío al pensar que el espejo le pueda devolver una imagen distinta a la habitual?, ¿en ver a alguien a quien no esperamos encontrarnos?

    Saludos

    PD: Por cierto, Polidori, juraría que uno de esos espejos me suena de algo...

  2. No sé por qué lo dices... ;-)

  3. Me ha encantado este post sinceramente los espejos me parecen fascinantes, parece una ventana a nuevas experiencias, a nuevas "dimensiones" y desde pequeño le he tenido respeto a los espejos, ellos no mienten pero tambien hay que tomar en cuenta que te dan tu reflejo pero al revez, como cuando colocas un libro frente a un espejo.. totalmente irreconocible. seguire leyendote tienes unos muy interesantes reportajes...

  4. Gracias, Jean Pierre. Bienvenido a este rincón, que es tan vuestro como mío.

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