La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Me aprietan los guanteletes

No cabe duda de que si algo hay que siga resultando fascinante a los ojos de un hombre moderno de toda la época medieval es el fulgor de una tea encendida en la bruñida superficie de una armadura. Toda la información que rodea a algo tan prosaico como una funda de acero para que no te desmembraran de un mandoblazo se convierte en una fascinante aventura que no sólo sirve para adentrarse en una época fascinante por lejana, sino hermosa, terrible, pero hermosa; amén de para descubrir hermosas historias.

Pero ahorrémonos uno de mis habituales rodeos y hagamos la presentación oficial. Señoras y caballeros lectores, les introduzco a sir Ulrich von Lichtenstein:

Aquí podéis admirar al bueno de Ulrich en un libro alemán del siglo XIV sobre los minnesinger, los trovadores alemanes que, de entre otros muchos, cantaban las excelencias de este famoso frouwenritter, o caballero en la lengua teutona, uno de los exponentes más conocidos del frauendienst (servicio o culto a la mujer) que en época de caballería llevaba a todo rompelanzas que se preciara a demostrar su virilidad y su valor mediante actos audaces. Esta actitud fomentaba en ellos el espíritu de aventura, en el que se incluía una de sus leyes supremas del orden caballeresco, que no era otra que la protección del débil y, particularmente, de las mujeres. Sir Ulrich fue también famoso por haber escrito un relato de sus hazañas, lo que le coloca también en la exclusiva lista de hombres de armas que ora tomaban la pluma, ora tomaban la espada; vamos, que eran unos perfectos caballeros que, además de soltar el brazo a diestro y siniestro, de vez en cuando paraban mientes para echar la manita a la sien, para luego rascarse la perilla y soltar por su pluma todas las experiencias que su condición de caballeros les procuraba.

Ulrich von Lichtenstein organizó un viaje por su país natal, Austria, y también por Italia y Bohemia, en el que fue desafiando a cuantos caballeros deseaban entablar una justa. A los valientes que rompieran tres lanzas con él (pues era un hombre de posibles), el bueno de Ulrich les entregaba un anillo de oro, y a quienes le derrotaran les regalaría sus caballos (supongo que el condicional simple significa que nunca hubo de hacerlo); sin embargo, los que fueran derrotados por él tendrían que inclinarse hacia las cuatro esquinas del mundo y reconocer la excelencia de su dama. Como lo oís: tanta historia tan sólo para decir que la chica del ínclito es estupenda, pero así eran las leyes de la caballería...

Como prenda adicional de su dedicación al amor, Ulrich llevaba sobre su armadura una sobrevesta que imitaba las vestiduras de Venus, completadas con unas largas trenzas doradas en la cabeza. Sobran los comentarios, pero al margen de las pintas que debía otorgarle dicha parafernalia, imaginamos que el aspecto que tendría debía ser admirable.

Ulrich no sólo se batió el cobre (el acero, en este caso) en su tierra natal. En 1240 pretendió hacer otro viaje en honor de una dama diferente (como dice mi madre, tenía un corazón que parecía una casa de vecinos). Esta vez, además, se vistió como el rey Arturo (sic), con otros seis caballeros como parte de su "tabla redonda". En esta ocasión los caballeros que rompían lanzas con él eran además admitidos como compañeros de esta peculiar tourné, así que me produce verdadero placer imaginarme cómo tendrían que pasárselos éstos zascandileando por media Austria... El caso es que el emperador, por motivos que se desconocen, puso fin a la aventura, quizá por los desmanes de un tipo que gastó dinero a manos llenas y que, al fin y al cabo, no dejaba de ser un noble (nació en el seno de una familia de ministeriales, propietarios de numerosas tierras).

Ulrich debía ser un buen tipo, aunque también bravucón y pendenciero (evidentemente). Se divirtió cuanto pudo, y nos dejó indicios de su gran sentido del humor, sobre todo en su obra más conocida, la citada Frauendienst (Al servicio de la dama, c.a. 1255), que además puede ser considerada como la primera autobiografía escrita en lengua alemana, y ello a pesar de que el juego continuo entre verdad y ficción no pone al descubierto el papel desempeñado por Ulrich en su totalidad, con sus numerosas apariciones en torneos y fiestas, disfrazado de muy diversos personajes.

La ocasión en la que se vistió como Venus con armadura fue recreada en la imagen que os he puesto más arriba, que se conserva en el manuscrito del Código de Manesse. Es una miniatura que se realizó mucho después de su muerte, y en ella aparece completamente armado, con su escudo reproducido en los arreos del caballo. La cimera de su yelmo es una venus coronada como "reina del amor", con una flecha en una mano y una antorcha encendida en la otra.

En la obra citada se incluyen más de sesenta poemas y canciones que, comparados con la parte narrativa, son mucho más convencionales y siguen muy de cerca los modelos marcados por los poetas también germanos Walther von der Vogelweide y Reinmar von Hagenau. En su segunda obra, Frauenbuch (El libro de las mujeres, fechado en 1257), escrito en forma de diálogo entre un caballero y una dama, el autor se lamenta de la relajación de las costumbres y del servicio a la dama, algo a lo que él mismo, sin duda, había también contribuido.

En el mismo códice puede también admirarse esta maravilla:

Por desgracia, desconozco de quién se trata. A lo mejor cierto amigo que está en Berkeley puede ayudarme...

Yo no sé vosotros, pero a mí me fascina pensar que estos personajes convivían (con un siglo de diferencia, pero para el caso es lo mismo) con otros tan ascetas como los monjes que tan bien retrató Eco en El nombre de la rosa. Me imagino a estos tipos, recorriendo Europa a caballo, pasándoselo en grande y llevando esas pintas tan maravillosas. Eso sí, las batallas, las guerras, eran también tan comunes que muchas veces esas armaduras tenían mucho más sentido que partir unas cuantas lanzas. Pero este post iba dedicado a las justas, torneos y verdaderos caballeros andantes, como los que enloquecieron a don Alonso Quijano.

Otro día os hablaré de Suero de Quiñones, y del famoso "paso honroso" del puente de Órbigo, lo prometo.

P.D.: Todos tenemos nuestro lado friki. Al mío le ha dado ahora por coleccionar caballeros medievales, como aquel que pudisteis leer hace tiempo, en un post anterior. En fin, allá va el pertinente botón de muestra.

No hay nada como seguir siendo un niño con la edad que ya vamos teniendo...

4 comentarios

  1. este ulrich me parece mucho al estilo Don quijote y Mio cid.. tienes razon al decir que a los hombres modernos aun nos atraen las aventuras del tipo mediaval...

  2. K

    Iba a ponerme sesudo intentando decir algo ingenioso, pero luego me acordé de algo que se escribió hace mucho y que resume perfectamente lo que estaba pensando.

    "¿Qué se fizo el rey don Juan?
    Los infantes de Aragón
    ¿qué se hizieron?
    ¿Qué fue de tanto galán,
    qué fue de tanta invención
    como traxieron?
    Las justas y los torneos,
    paramentos, bordaduras
    y cimeras,
    ¿fueron sino devaneos,
    qué fueron sino verduras
    de las eras?

    ¿Qué se hizieron las damas,
    sus tocados, sus vestidos,
    sus olores?
    ¿Qué se hizieron las llamas
    de los fuegos encendidos
    de amadores?
    ¿Qué se hizo aquel trobar,
    las músycas acordadas
    que tañían?
    ¿Qué se hizo aquel dançar?
    ¿Y aquellas ropas chapadas
    que traían?"

    Y claro, ante esto para qué, uno no es Jorge Manrique.

  3. Alonso de Palencia

    Pues, sin coña, Polidori, parece que el caballero que te intriga se llama Johannes Ffedericus, al menos es lo que leo, dejándome los ojos, en el texto que acompaña a la ilustración. Si lo escaneas y lo pones más grande, lo leemos y salimos de dudas.

    ¡Qué grandes las colecciones de soldaditos de plomo medievales!

  4. Alonso de Palencia

    Por cierto, la diosa Venus va encima del yelmo, es un adorno que los caballeros se ponían en la guerra (para asustar al enemigo) o en las fiestas (para echarle un piropo oculto a su amada). No es una sobrevesta, sino que es una figurita hecha de porcelana. Ese adorno se llama "cimera", y solían acompañarla unos versitos explicatorios (a veces muy enrevesados) llamados "invención". Ahora, si releéis el texto de Manrique que ha puesto K, entenderéis mejor a qué se refieren las cimeras y las invenciones. Por cierto, K, a ver si escoges otra edición, que ese "traxieron" por el correcto "truxieron" hace daño a la vista :D

    Me piro, que si no me enrrollo demasiado con estos asuntos.

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