Un milagro imposible
Un conocido mío (me da pudor llamarle amigo, a pesar de haber compartido con él una noche con algo muy cercano a la amistad) tiene una profesión en la que está muy acostumbrado a vérselas cara a cara con la muerte con cierta frecuencia. Es un reputado neurocirujano por cuyas manos, o por su bisturí y su instrumental, pasan cabezas humanas a las que afeita, trepana, abre y manipula su cerebro como yo manipulo estas teclas. A cualquiera que no esté acostumbrado a esas lides puede parecerle vertiginoso saber que de tu pulso y tu sapiencia dependen vidas humanas, y que tu arte (que no sólo tu saber) es capaz de otorgar vida donde no la hay, de dar esperanza donde hasta hace pocas décadas (diría incluso que pocos años) era imposible hallar. Una intervención a tiempo devuelve al enfermo una vida que se le escapaba, algo que sólo de pensarlo hace que sobre mi frente recorra un sudor frío y pleno de gratitud anónima. En los hospitales de medio mundo se dispensa vida como se arrinconan muertes, y por mucho que puedas vivir de cerca este drama, o esta euforia, nunca jamás puedes acostumbrarte. Es un pequeño milagro diario envuelto en papel de regalo científico, un triunfo inaudito de los émulos de Hipócrates de Kos. Es, en toda la extensión de la palabra, el triunfo del hombre moderno sobre la ignorancia tardomedieval.
Pero los límites entre la vida y la muerte a veces son tan exiguos, tan delgados, que el propio milagrero sabe que es más que probable que el fracaso inevitable llame a su puerta con todo el horror de un ejército desalmado. Y que ese fracaso inevitable es aún más doloroso cuando entre tus manos pasa la cabeza de un muchacho, de un niño de doce años al que la genética le pasa tan mala factura que le coloca un tumor maligno en pleno centro del cerebro, un mal al que ni un ejército de bienintencionados sobresalientes neurocirujanos puede enfrentarse. Si no se le opera el enfermo muere a los pocos días (da igual cuántos; con esa corta vida vivida un minuto es una eternidad maldita), pero si se le opera hay una horripilante y altísima posibilidad de que se muera en tus manos, en la propia mesa de operaciones, rubricando lo inevitable, certificando lo insalvable, hiriendo en tu orgullo y tu buena intención lo que tus manos ensangrentadas son incapaces de evitar, a pesar de que seas uno de los pocos en la Tierra que puede ser capaz de evitarlo.
La vida es cruel, e injusta. Quisiera narrar un final feliz, con todo lo que abomino los finales felices made in Hollywood. Pero no ha sido así, amigos míos. El muchacho ha muerto. Asumo el desgarro de la familia, comprendo la desazón del equipo que lo intentó, pero hoy más que nunca abrazo en la distancia a esas manos milagrosas que sólo pudieron certificar una muerte, porque son ellas las protagonistas de esta historia.
Un pequeño ejército de sanos y salvos aguardan en tu puerta para besar esas manos que dan vida. Y esa vida que se fue, esa vida perdida injustamente, cuando la vida comienza a ser vida de verdad, se transforma también en manos que sostienen las tuyas cuando el pulso otrora firme falla al abotonar una chaqueta, o al enlazar los cordones de unos zapatos. Ese temblor que debe quedar no puede compararse a ningún temblor, pero esa gratitud que todos extendemos en una plegaria debe confortar al inconsolable, el milagrero anónimo que día a día salva anónimas vidas en su pulso atroz con la muerte.
¿Qué dios puede justificar la muerte a los doce años? Un grupo de Basildon lo expresó mejor que yo en este estribillo:
I dont want to start any blasphemous rumours
But I think that gods got a sick sense of humor
And when I die I expect to find him laughing.



1 comentario
¿Qué dios puede justificar la muerte a los doce años? El mismo en cuyo nombre se mata y se muere, el de los dictadores bajo palio y los kamikazes salmodiantes; el que en una noche de resaca arrasa la humanidad con un diluvio o de una rabieta infantil se cepilla dos ciudades, estatua de sal inclusive. Un dios al que somos tan parecidos o que se nos parece tanto, que o somos nosotros mismos o nuestras sombras.
Salud
26 abr 2007 | 09:10 AM
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