La Coctelera

Las manos en los bolsillos

La vida de esos otros

Hay puentes largos que ofrecen tanto descanso que a veces es contraproducente. Al menos el descanso y la vida floja sirven para disfrutar de la casa y de la tranquilidad de una ciudad distinta. Y por qué no, sirven para poder acercarse de nuevo a esa sala de cine favorita en la que dejarse llevar por una historia, más aún cuando esa historia está bien contada, e incluso resulta conmovedora.

El sábado fuimos a ver La vida de los otros. Demasiadas buenas palabras habíamos escuchado de ella, por lo que me senté en la butaca con cierta cautela, pues no sería la primera vez que una película me defrauda cuando tanto me la han "vendido". Pero a medida que trascurría el tiempo, sobre todo a raíz de la "conversión" de su protagonista, me dejé llevar por una bella historia de traiciones veladas, desmanes estatales y arte arrinconado. Sus protagonistas, inmersos en una asfixiante realidad de ida y vuelta, son funambulistas que se balancean en la cuerda floja de un estado castrante y enajenado que ve en el más nimio rincón vestigios de un pecado llamado occidentalismo. La sensación de que esa era la vieja historia de las películas de guerra europeas se desvaneció cuando pensé que en el momento en que se narraban los hechos principales yo tenía (ya) quince años. Esa realidad existía hace muy poco tiempo, y es muy probable que se parezca demasiado a la que existe hoy día en lugares tan dispares como Cuba o China.

Por eso asombra esa descripción del hombre gris, cual personaje de Momo, o funcionario de 1984, que no se sabe muy bien si por pura envidia, por repentina visión de la luz o por reflexión interna se atreve a hacer lo inconcebible. Y es precisamente el hecho de que esa terrible madeja se anude en el gremio del arte, donde se pueden vislumbrar los torpes movimientos de los adocenados, el sempiterno peligro de los que nadan a contra corriente, así como la irrisoria ilusión de los que se creen el mundo en el que prosperan, pero que se desmorona en un par de malos movimientos cuando la partida se pone un poco más fea; lo que hace de la cinta una magnífica descripción de lo que supone la opresión. Porque no es necesario el asesinato vil y el confinamiento sistemático (aunque quede claro que es evidente su existencia), sino que la presión por "lo mucho que ha hecho el Estado" por sus ciudadanos es mucho más asfixiante de lo que pudo verse en la amable Good bye Lenin, que comparte época y, en cierto modo, trama.

Las miradas de Ulrich Mühe desde su sórdida atalaya de vigilancia de sótano, transfigurado desde el frío y eficaz voyeur estatal hasta el sensible hombre que observa cómo se desencadena una tragedia que a fuerza de querer evitarla va a suponer su ruina son apabullantes. Y todo ello enmarcado en un paisaje urbano triste y desalentador donde parece que hasta los más corruptos hagan sus fechorías con desidia, conscientes de que están del mismo modo atrapados en una telaraña que alimentan ellos mismos, y que sólo puede romperse desde fuera (como de hecho ocurrió pasado el tiempo). Martina Gedeck, muy lejos de su Deliciosa Martha, y Sebastian Koch completan el trío de protagonistas de una de las más hermosas, tristes y, me reafirmo, conmovedoras historias reales que he tenido el gusto de contemplar en los últimos tiempos. No la dejéis pasar (como casi nos ocurre a nosotros).

La realidad en mi barrio me hizo pensar ayer de nuevo en lo que puede pasar por la cabeza de los dogos que obedecen a la voz de su amo. La Alemania Democrática de los años setenta tenía ejecutores parecidos a los que la madrugada de ayer aparecieron en la esquina de mi calle ataviados con uniformes apocalípticos y armados con porras extensibles deseando echar mano a algunos de los que les retaban en singular combate (escudos, porras, pelotas de goma y demás armas siempre serán más que lo que utilizan los otros, creedme). Detesto a los provocadores gratuitos que saben como pocos reventar las fiestas, pero la saña y el desquiciamiento de algunos guardianes del orden, así como la altanería de los que visten determinados uniformes, me resultan abominables. Lo que pasa por la cabeza de esos individuos parapetados en sus escudos se me parece demasiado a lo que veo en el otro bando de descerebrados. Quizá si metieran en un corral a los unos y los otros podríamos celebrar en paz nuestras fiestas, pero a los acomodados próceres que velan por sus intereses y contestan a los desmanes con sonrisas les viene muy bien aprovechar a los desquiciados para justificar lo injustificable y soltar sus perros de presa uniformados y actuar como los más vándalos, como pude comprobar desde la ventana de mi casa. Unos chicos, cansados supongo de cargas, volcaron dos contenedores en el suelo. Los policías, al ver que ya se retiraban, pero con deseos de acabar con algo de diversión su particular fiesta, no se dignaron a bajarse del vehículo para retirar la peculiar barricada, sino que la acometieron como si fuera un tanque lo que llevaban. Evidentemente, los desperdicios y la rotura de los enseres desparramados en la calzada no eran de su incumbencia. Y estoy seguro de que los jaleos del interior fueron unánimes y estruendosos, aunque no llegaran hasta mi ventana.

Quizá sólo me quede suspirar porque tengo suerte de vivir en el mundo en el que vivo. Es bueno saber que por esta crítica no voy a dar con mis huesos en la cárcel, aunque me parezca extraño que a las alturas en las que estamos pueda todavía ser presa de un malentendido y llevarme un porrazo (nunca mejor dicho) por estar en el sitio equivocado. Eso será el progreso, eso se llamará esperanza. ¿No?

2 comentarios

  1. Tercha

    Tengo una amiga alemana izquierdosa desde hace ya diecisiete años (joder como pasa el tiempo). "La vida de los otros" me alucinó, después de tantas películas que ponen últimamente en el cine, la gran mayoría que consiguen sólo entretenerte (y eso si tienes suerte). Es además sorprendente que este sea el primer largometraje de un director que es además treintañero.
    Pues volviendo a mi amiga, ella va muy poco al cine. Así que le mandé un mail recomendándole que la viera. Curiosamente ya la había visto.
    Para mi la peli era bastante redonda. A ella le gustó, pero como alemana que conoce bien cómo eran las cosas en esas fechas, me comentó que, bueno, había determinados ingredientes algo peliculeros. Por ejemplo el hecho de que este oficial de la Stasi se dedicara personalmente a espiar a los sospechosos, cuando había otras personas de más bajo rango para ello. O bien que no era tan sencillo el encontrar los archivos de la gente espiada una vez caido el muro.
    Sin embargo, a pesar de estos detalles utilizados para hacer el guión más interesante, la película me resulta muy humana, nos sitúa en esa realidad aún actual del espionaje de personas por parte de los gobiernos, y transmite la crueldad de los interrogatorios (sin una pizca de sangre) y el horror de las traiciones frente a las amenazas.
    Y Polidori, me alegro de que te gustara aún a pesar de que te la pusieran tan bien, porque a menudo si le dan mucho bombo a una peli suele decepcionar.
    Un saludo.

  2. Querida Tercha, es un placer encontrarte por aquí.
    Nada que objetar a lo que dice tu amiga. Bueno, salvo un apunte. Creo que desde el principio el personaje principal, a pesar de su evidente alto rango, decide espiar al famoso escritor personalmente (bueno, y con ayuda de ese curioso personaje que le acompaña en la vigilia nocturna) porque le mola el asunto, o le da especial morbo. Luego ya se mete hasta el corvejón en el tema y ya no puede parar. Y en el caso de los archivos de la gente espiada, supongo que si eso fuera verdad sería un caso muy famoso y, por tanto, me imagino que sería fácil acceder a él. Vamos, digo yo.
    Muchas gracias por pasarte por aquí. Un beso.

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