Sevilla, por llanto y por nervio (don Antonio, in memoriam)

Quise escribir un largo panegírico, y quise incluso subir algunas de sus palabras extraídas directamente del sonido de la radio, porque eso es y será a la postre lo que me llevaré de él ahora que se ha marchado, pero sé que resulta absurdo hablar de alguien que no es muy conocido (salvo para algunos de su círculo de Sevilla, o sus oyentes y lectores) a alguien a quien ni le va ni le viene su historia, pero la vida está hecha de esos pequeños o grandes recuerdos que, en este caso, salieron de los menudos altavoces de un transistor. Y la vida y obra de este personaje merece la pena saberse, podéis creerme.
Ha muerto, hace relativamente poco tiempo, don José Antonio Garmendia Gil, químico, dibujante, escritor, articulista, crítico gastronómico, humorista, paseante y contertulio (con perdón) de unas cuantas radios (e insigne pregonero, todo hay que decirlo). Lo más parecido a un humanista de nuestro tiempo, pero eso sí, sazonado con mucha gracia y choteo, o a mejor decir, con un mucho saber reírse de sí mismo y de los demás. Se nos fue con una edad obscenamente breve para todo el ingenio que atesoraba: setenta y cinco años; pero de una cosa, a pesar de que no tuve la suerte de conocerle jamás en persona, estoy completamente seguro: se fue paladeando con regusto todos y cada uno de los minutos que estuvo en este mundo.
Garmendia aunaba dos facetas que hacen a los grandes aún más grandes: brillantez y socarronería. Y ser socarrón no es una cualidad baladí si sabes hacer buen uso de ello. Fue un tipo que paseaba su enjuta figura por las calles de su Sevilla ataviado con vestiduras sobrias y generalmente negras, varios colgantes y una luenga y blanca barba que le daba un aspecto de moderno ermitaño; y que solía huir de los aduladores fáciles y de cualquier otra figura más o menos humana que, sobre todo, se empeñaba en ocupar un lugar demasiado próximo en cualquiera de los tabernáculos (como siempre los llamaba) que frecuentaba (y creedme que frecuentaba muchos, como queda demostrado en su magnífico De tapas por Sevilla, que aún puede encontrarse en las buenas librerías). A modo de ejemplo, quede su definición de turista, "un ser vestido de niño que empuja mucho”; o el modo en que espetó a un listillo que se metió con su aspecto, diciéndole “¿dónde vas, Papa Noel?”, a lo que Garmendia respondió “a buscar al maricón de tu padre, que se ha disfrazado de estrella de oriente”; o la hermosa manera que tenía de llamar a la gran mesa redonda que tenía en su casa, "la camilla sixtina".

Garmendia nació, vivió y murió en Sevilla. Vino a este mundo en 1932 en una familia de ascendencia vasca, y se licenció en la ciudad del Guadalquivir, y allí trabajó primero como empleado en un negocio de maderas finas, y luego como dibujante. Y entre medias fue campeón de España de los 4X100 (de veras). Fue premio Platero de Plata con su Diccionario de Cipriano, escribió algunas obras de notable éxito local, como su Poemas de pulpa y cascabel, La fauna ibérica o El locamerón. Fue también asiduo colaborador de La codorniz, y guionista de más de un programa para la televisión andaluza. Y enamorado de la buena mesa, presente en El gastromerón andaluz o su Cocina andaluza en ripios. Yo también me quedo (y tengo en mis manos) con su Florilegio de chorradas, un compendio de crucigramas surrealistas, recetas imposibles, acertijos absurdos (pero del Absurdo con mayúscula), curiosidades, adivinanzas hilarantes, refranes impertinentes, maravillosos aforismos y hasta partes meteorológicos imposibles u horóscopos irreverentes; todo ello presentado con una hoja para cada día del año, como los antiguos almanaques “de taco”.
Sería tan arduo destacar tantas palabras cosquilleantes y tantas anécdotas imposibles que tendréis que conformaros con algunos apuntes a vuela pluma. Sean:
Garmendia gustaba de contar (al menos en la radio) historias jugosas, la mayoría de las cuales son demasiado largas para contarlas aquí, pero me quedaré con una que el contaba con deleite, casi casi con fricción. Narraba que una vez, siendo el conde de Romanones presidente del Gobierno, recibió una carta del alcalde de una pequeña localidad que suplicaba, después de haber sufrido un terrible temporal el pueblo y perdida la cosecha, intercediera para que tocara el primer premio de la lotería de ese año en el pueblo y así paliar la terrible situación. Molesto el prócer por la pérdida de tiempo, echó la carta al cesto de papeles inútiles y ni siquiera contestó. Pero hete aquí que, por una de esas casualidades, el segundo premio del sorteo de ese año cayó precisamente en esa localidad, y el conde, tan socarrón como lo era Garmendia, recordó la carta, rebuscó en sus papeles, escribió el nombre del atribulado alcalde en el sobre y escribio un escueto “Querido amigo: no he podido hacer más”.
Quizá como poeta Garmendia no subirá al Olimpo de los grandes, de los Panero, Rosales, González, Hierro, Goytisolo o Alberti de la época (ni falta que le hace), pero como gran artista del ripio (sí, lo sé, son ripios, pero en este hombre se perdona) debería tratarse como uno de ellos. De hecho, envolvía sus escritos de choteo y cachondeo puro y duro, pero en muchos casos no producían nada más que admiración. De sus versos “serios” podemos citar este premonitorio soneto:
Nací en Sevilla; mi apellido es vasco.
Vasca mi sangre, vasca mi figura.
Temo a la gente, la cordial me apura.
La palmada en la espalda me da asco.La hembra me enerva; le doy bien al frasco.
Soy tímido a la vez que caradura.
De cuanto di, jamás pasé factura.
Cuando me pica la ilusión me arrasco.Creo en Dios. Uso barba, como Cristo.
Como Judas también, como el demonio.
Me gusta el mundo y me horroriza el mundo.Soy uno más. Me canso, luego existo.
Adoro a mi mujer, me llamo Antonio,
y me muero segundo tras segundo.
Y de sus “cachondos” citaré algunos fragmentos (siempre recitados en la radio con música clásica de fondo, tarareada jocósamente por “el Antoñito” ):
[…] El tapeo es un paseo,
es una peripateia,
via crucis de estaciones
más o menos suculentas.
[…]
El tapeador es errante,
es mudable cual veleta,
sediento, más no sedente,
tiene sed, mas no se sienta.
[…]
El buen tapeador no come,
el buen tapeador tapea,
jamás confunde el tapeo
con el almuerzo o la cena.
[…] Después de unos veinte días
que al “técnico” se ha avisado,
aparece el ingeniero,
que suele ser un muchacho
con aretito en la oreja
y llave inglesa en la mano.
[…]
y pasada media hora,
diagnostica el catedrático;
-Lo que yo me suponía
se ha jodido el termostato.
Hay que cambiarle dos piezas
por otras dos de recambio:
frigoturbo y culebrina.
¿Las trae usted? –No las traigo.
Y lo malo es que en Sevilla
no las hay en el mercado.
Habrá que pedirlas fuera.
-¿Fuera? ¿Adonde? –A Baracaldo.
También solía tirar de clásicos y pasárselos, con todos los respetos (bueno, o no), por donde ya sabemos para crear carcajeantes imágenes. Veamos algunas de mis preferidas.
La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?
Los eruptos se escapan de su boca de fresa.
Cuando el Imperio romano
de pronto se derrumbó
en todo el orbe cristiano
se escuchó un ruido lejano
“Plun, cataplún, trocotró”.
Volverán las oscuras golondrinas
de tu balcón a los nidos a colgar
y otra vez, con el ala en los cristales
volando llamarán,
pero más cursi que Gustavo Adolfo
ese nunca lo habrá.
Cuando nos invade el tedio
y el tedio empieza a crecerse,
no existe ningún remedio,
hay que joderse.
Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son.
Las ilusiones perdidas
hojas son, ¡ay! Desprendidas
del árbol del corazón.
Las gambas por mí pedidas
han sido ya consumidas,
¡camarero, otra ración!
Cádiz, salada claridad,
Granada, agua oculta que llora,
romana y mora Córdoba callada,
Málaga, cantaora,
Almería, dorada,
plateada Jaén,
Huelva, la orilla
de las tres carabelas,
y Moriles,
y Montilla,
y Santurce, y Benavente,
y así, sucesivamente.
Mira si será canalla
que da las malas noticias
y las buenas se las calla.
(Antonio Núñez, “Chocolate”).
Y por último (para no cansar a quien pueda cansarse) vayan algunos de sus aforismos, dignos del gran (pero irregular) Gómez de la Serna:
•Morirse es una falta de educación que todo el mundo comete una vez en la vida.
•Octava obra de misericordia: Dar un tortazo al que lo ha de menester.
•El buey muge. El burro rebuzna. El caballo relincha. El perro ladra. El lobo aúlla. El cuervo grazna. El hombre opina.
•El mundo será soportable mientras no se invente la rosa que crece con pilas.
•Por más que estudie y aprenda un sabio, no dejará de ser un mono culto.
•Un hombre dormilón es un hombre con vocación de muerte.
•Lo primero que en la vida hacen todos los hombres es bulto.
•Un señor que reconoce que da limosnas es un señor que reconoce que no hace justicia.
•En las películas de buenos y malos ganan siempre los imbéciles.
•Ese señor que se eleva del suelo para rematar un córner, no deja de ser un místico.
•Hay dos clases de personas: las honradas y los otros cuatro mil quinientos millones.
•Roba, que algo queda.
•A falta de paz buenas son bombas.
•Casi todo el mundo piensa mal porque piensa de oído.
•No se es más libre por dominar más libertades ajenas.
•Nadie es más cachondeable que un políglota, que los hay. Un políglota es un señor que dice las mismas gilipolleces en cinco idiomas.
•En la última semana de agosto, las juergas de los rodríguez son juergas a contra reloj.
•Para muchos, divertirse es aburrirse gritando.
•La Naturaleza es tan sabia que ha programado el tamaño medio de los hombres a la medida de sus ataúdes.
•En los recitales de cantante descamisado no es cierto que la música amanse a las fieras, sino que afiera a las masas.
•Hay quien trabaja para dignificarse, y hay quien trabaja con tal de significarse.
•La vida es el espacio de tiempo entre el nacimiento de un hombre y la muerte de un imbécil.
•Cuando todos los mongólicos residentes en una ciudad que yo conozco se vayan a Mongolia, la ciudad se va a quedar medio vacía.
•Es frecuente observar que mientras más fea es una cosa, más bella es la palabra que la define. ¿Qué vocablo hay que suene mejor que “calumnia”?
•Yo seguiré siendo dueño del universo mientras no venga nadie que me demuestre, con las escrituras en la mano, que el universo es suyo.
•Hay que ver la fuerza que tienen las verdades que no se han dicho cuando se le cuenta cómo se han dicho a un amigo del señor a quien había que habérselas dicho.
•Mi padre me aconsejó que tomara ejemplo de las hormigas y efectivamente he llegado a convertirme en un insecto repugnante.
•A un reo en capilla le preguntó el guardián qué hora era, y el reo le contestó: Mi muerte menos cuarto.
•Si con el dinero que hoy tengo tuviera la juventud y el físico de hace cuarenta años, seguiría sin comerme una rosca.
•El único momento verdadermente importante de todo ser humano es aquél en que abre las valvas de su madre para meterse en el mundo.
•Hay días que no me importaría morirme, pero mi banco no me deja.
Y estas dos muestras de su labor como dibujante:


Vaya estas líneas como sentido homenaje a alguien que no conocí, pero que siento muy mío. A pesar de las distancias culturales, a pesar de la edad, el origen y el “sector social”, a pesar de los pesares amo a ese hombre, un tipo magnífico que, por ejemplo, a la vuelta de Nueva York, donde fue invitado no sin pesar, dijo tras ser inquirido por el viaje:
-¿Qué te ha gustado más de Nueva York, Antonio?
-¿Que qué me ha gustado más de Nueva York? Venirme pa’ Sevilla.
Como dijo un periodista, “con Garmendia, se murió definitivamente el último recuerdo de la Feria del Prado. Se ha muerto toda una Sevilla popular de las tabernas y los fogones, de la que era supremo mantenedor. ¿Quién le hará ahora un romance al pavía, a la sangre encebollada o a las espinacas con garbanzos? ¿Quién le enseñará ahora a España entera, y además en verso, cómo es el verdadero bacalati con tomati? Las tabernas de Sevilla han perdido su cantor y los mostradores de caoba y tiza, su príncipe de las letras.”.
Descanse en paz… con un frasco al lado. ¡Salud!
P.D.: Carlos Herrera, compañero (o jefe, según se mire) de fatigas radiofónicas, tan amigo de enlatar los mejores sonidos de su programa para poder ser disfrutados en formato cd en la posteridad, debería hacer justicia y publicar esos grandes momentos de radio que Garmendia nos brindó. Desde aquí lanzo el guante, por si lo quiere recoger...

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