La Coctelera

Las manos en los bolsillos

La díscola C

La labor del paciente copista ha sido fundamental en la historia de nuestra cultura. Y cuando digo nuestra no me refiero sólo a la de Occidente, sino a toda la cultura inherente a la raza humana. Hasta el desarrollo de la imprenta, la única forma de guardar (casi siempre celosamente) los textos escritos y preservarlos para la posteridad, fuese la que fuese, era copiarlos pacientemente, hoja a hoja y letra a letra, sobre la desgastada madera de un scriptorium.

Además, en el caso de nuestro “viejo mundo”, alrededor de la figura del copista se ha ido tejiendo toda una iconografía a menudo “romántica” (en el sentido más liviano de la palabra) que tuvo su sublimación en la maravillosa biblioteca que ideara Umberto Eco en su ya mítica El nombre de la rosa, y que pusiera imágenes y sonidos el gran Jean-Jacques Annaud (hasta el punto de, como decía el cascarrabias de José María Díez Borque, uno de mis profes de literatura de la facultad, ya no poder imaginarte a otro Guillermo de Baskerville que no fuera Sean Connery, ni otro Adso que el adolescente Christian Slater). Lo cierto es que la mayoría de las copias que se realizaban en la época, sino su totalidad, eran obras de amanuenses religiosos encerrados en frías y húmedas salas en las que empleaban miles y miles de horas en copiar, símbolo a símbolo, los grandes códices que pasaban por su scriptorium.

Y digo símbolo a símbolo porque, a pesar de lo que pueda parecer, no todos los monjes sabían leer y escribir. Esas virtudes suponían un status social que no todos los hombres (y, por tanto, los monjes) tenían. No olvidemos que, en muchísimos casos, el estamento clerical era la única vía de salvación para escapar de la hambruna imperante en el medievo europeo. Los “monjes de coro”, dedicados a la “liturgia de horas” (es decir, al rezo de las horas, las famosas laudes, vísperas y completas) o al estudio, no tenían nada que ver con los “hermanos legos”, monjes de más baja condición social que se ocupaban principalmente de las labores manuales. Pero lo mismo que los monjes de coro tenían, por obligación, que trabajar, los legos tenían también que orar, y dedicarse a labores, en algunos casos, más “cultas”. En cualquier caso, no todos los monjes de las bibliotecas sabían, pues, leer y escribir, ya que su labor de copistas era simplemente imitar (con la supervisión de un erudito, evidentemente) los signos que en muchas ocasiones no entendían, lo cual era fundamental a la hora de copiar libros prohibidos que hablaran, por ejemplo, de medicinas o ciencias rayanas lo sacrílego.

Bueno, todo este rollo viene al caso para hablar de esos tipos que pasaban su vida con la espalda encorvada y al calor de las velas copiando y copiando páginas que los eruditos y estudiosos bebían con deleite. Fueron los responsables de que se trasmitiera de generación en generación el acervo cultural de pasadas épocas. Y dada la importancia que los códices tenían antes del advenimiento de la imprenta, puede uno hacerse a la idea de hasta qué punto eran importantes por los famosos palimpseptos, obras reaprovechadas (recicladas, diríamos hoy) y que han servido para rescatar auténticos tesoros. No quiero ni imaginarme lo que supuso, por ejemplo, la pérdida de un repositorio tan importante y enorme como la gran Biblioteca de Alejandría, un auténtico drama mundial que tuvo lugar en el 49 a.C.

Este año se conmemora el aniversario de uno de los más famosos (al menos para la cultura hispana) manuscritos de todos los tiempos: el Cantar de Mío Cid. Este bellísimo poema épico de 3.735 versos anisosilábicos (es decir, variables en cuanto al número de sílabas) divididos en dos hemistiquios por una cesura es el único cantar de gesta medieval conservado casi completo de su género en la literatura española. De hecho, sólo se ha perdido una hoja del original y otras dos del interior del códice.

Y distingo el “códice” del “original” porque sólo se conserva una copia (de dos que se hicieran) realizada en el siglo XIV sobre la famosa copia que realizara el enigmático personaje que firmó el códice que acababa de terminar con el nombre de Per Abbat. Y eso es todo lo que sabemos de él. Todo. Lo demás es parte de miles de elucubraciones que no han hecho nada más que marear la perdiz. No se sabe quién realizó el original que se estaba copiando, pero por los hechos que se narran, los aspectos formales y muchos datos temporales se ha podido fechar en el 1207 (aunque las pesquisas, por características paleográficas y lingüísticas, llegan hasta 1235), es decir, aproximadamente un siglo después de la muerte real de Rodrigo Díaz de Vivar.

Pero tampoco se sabe nada del copista, pues el nombre de Per Abbat era muy corriente en la época. Se ha dicho de él que era realmente un abad que vivió a principios del siglo XIII en Fresno de Caracena. El estudioso Colin Smith ha dicho (y ha intentado demostrar con multitud de datos) que realmente era un abogado de la época, experto en asuntos jurídicos (de los que está profusamente salpicado el Cantar). Incluso se ha hablado de que el tal Per Abbat era el único autor del poema, y se ha llegado a hablar de dos autores, o de una simple y llana tradición oral juglaresca.

Pero el motivo de este post, y el motivo de acaloradas discusiones entre los expertos, incluido don Ramón Menéndez Pidal, es una famosa “C” que podría o no hallarse dentro de la fecha con la que fue firmado el manuscrito. En el explicit (o colofón propio de los copistas) se lee:

Quien escrivio este libro de Dios paraiso, amen
Per Abbat le escrivio en el mes de mayo en era de mil e. CC XLV año.

Una vez restados los treinta y ocho años de adaptación del calendario gregoriano nos queda la fecha de 1207. Sin embargo, Menéndez Pidal quiso ver una “C” más en la fecha, lo que daría una datación posterior en cien años, 1307, lo que cambiaría por completo la concepción que se tiene de la obra. Esta teoría está hoy completamente desestimada, pues según esa fecha no podrían encajarse muchas de las afirmaciones acerca del autor (que aún siguen y seguirán discutiéndose), pero sobre todo no tendría sentido su datación por la gran cantidad de aspectos formales y temporales que pueden encajarse historiográficamente en las fechas en las que se supone que se redactó, a comienzos del siglo XIII (y que coincide en fechas también en la redacción de otra de las grandes obras de la época, el Libro de Aleixandre). Para demostrar estas teorías, estudiosos como Alberto Montaner han tirado de las más insospechadas técnicas de estudio, incluidos los rayos infrarrojos. No se ha podido observar ni el más mínimo rastro de tinta, aunque sí es cierto, como podéis ver en la imagen (qué no hubiese dado yo en mi época de estudiante para tener la suerte que tenéis vosotros), que hay un espacio entre las “c” y la “x”.

Lo más probable es que el copista dudara y dejara un espacio algo mayor por si acaso (algo que ya había hecho en otros lugares del poema), o que intentara evitar unas imperfecciones del pergamino. También pudo ser que hiciera dos minúsculas incisiones con el cultellum, el cuchillito utilizado para raspar y que servía para practicar correcciones, pues éstas sí se han observado al microscopio; sin embargo, son incisiones rectas, no una raspadura de borrado como defendía Pidal, algo que dejaría la textura del pergamino rugosa.

Sea una “C” borrada por un error del copista, sea por lo que fuera, el manuscrito ha dado vueltas y más vueltas hasta llegar a nosotros, para que podamos leer las maravillas que encierra. Como algunos de sus más famosos versos:

E entrando a Burgos ouieron la siniestra.
Meçio Myo Çid los ombros e engrameo la tiesta:
Albricia Albar Ffanez ca echados somos de tierra.
Myo Çid Ruy Diaz por Burgos entraua.
En su conpanna LX pendones leuaua: exien lo ver mugieres e uarones.
Burgeses e burgesas por las finiestras son puestos.
Plorando de los oios, tanto auyen el dolor.
De las sus bocas todos dizian una razon:
¡Dios, que buen vassalo si ouiesse buen sennor!

¡Ya Campeador, en buen hora çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoche d’el entro su carta,
Con gran recaudo & fuertemientre sellada.
No vos osariemos abrir ni coger por nada;
Si no, perderiemos los haberes y las casas
Y demas los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal vos no ganades nada,
Mas el Criador vos vala con todas sus vertudes santas.

No sé a vosotros, pero a mí me fascina pensar en ese simple gesto de un hombre que se agacha, con la postura propia de los copistas, sobre un pergamino, el cual, al aplicar lentamente la nimia superficie del plumín, iba convirtiéndole en uno de los textos más famosos de la historia de la literatura universal. Y no puedo parar de pensar en lo que pensaría si unos tipos, ocho siglos más tarde (aproximadamente, ya me entendéis), se iban a tirar de los pelos por saber qué diantres estaba haciendo el dichoso copista después de escribir esa famosa segunda "C", si respetó un espacio, por si acaso; si escribió y se equivocó, y de alguna manera no ha llegado hasta nosotros la tinta; o si los raspó para evitar una impureza del pliego.

Sí, imagino que sonreiría, echaría la vista un momento por encima del texto, se agacharía de nuevo y continuaría con ese simple y tenue gesto de esparcir la tinta por la superficie rugosa del papel, con el sonido que a buen seguro producía la pluma al deslizarse por el pergamino. Y daría gracias a su dios al finalizar, ajeno a tantos revuelos modernos.

1 comentario

  1. K

    Yo juraría que estornudó. Me explico.

    El pobre copista estaba nervioso porque se había retrasado considerablemente con la fecha de entrega, en parte por una malas fiebres que contrajo en otoño cuando, no haciendo caso de su ya avanzada edad, se fue a dar un baño al río que pasaba junto a la ventada de su monástica celda, tal y como hacía en sus años de juventud; y en parte por un desliz amoroso que había estado manteniendo con la hija del panadero, una lozana joven a la que había conocido cuando de niña acompañaba a su padre, todos los días, poco antes de vísperas, a llevar el pan a los laboriosos monjes y que, con el pasar del tiempo, se había ido convirtiendo en una mujer de belleza sin par en la comarca. El caso es que por unos motivos y por otros, el copista no llegaba a tiempo de entregar su trabajo y, sintiendo la presión de los ojos del prior en el cogote, cometió el desliz, inoportuno, de soltar un acuoso estornudo sobre el pergamino, ¡justo en el momento en el que se disponía a terminarlo!

    Ante la visión de la mucosa secreción en tan valioso lugar, el pobre hombre se puso nervioso y trató de retirarla con lo primero que tenía a mano... y quiso la Fortuna o alguna otra juguetona deidad, que no encontrase otra cosa que su viejo cultellum.

    Es lo que tienen los grandes misterios, que cuando se desvelan se quedan de lo más nimios.

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