La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Salvemos El Bocho

Una buena parte de mis recuerdos más recientes (si entendemos por recientes el último decenio, así que es probable que no sean tan recientes, pero ya me entendéis) tienen como protagonista un plato de callos. Pero no de unos callos cualquiera, sino de los-mejores-callos-del-Orbe. Y no sólo lo digo yo, lo dicen todos los que los han probado, que no son ejército, pero son, somos, unos verdaderos devotos.

Pero esta historia no va de callos. Ni siquiera va sólo de gastronomía. Esta historia tiene que ver con el pulso vital de una ciudad, con las historias que encierran sus calles y con los cadáveres que la jodida especulación va dejando por el camino. Son ya tantas las cosas y tantos los rincones que han ido desapareciendo de aquel Madrid que ya no tengo ni lágrimas para llorarlos.

Hace ya tiempo que dejé de intentar recordar la cantidad de veces que vi a Luisa dirigirse a nuestra mesa, con ese providencial ademán a medio camino entre la mesonera más ortodoxa que haya podido existir y un ángel cuyo cometido fuera el de salvar a todas las ovejas descarriadas del barrio del terrible dilema que supone salvar la comida del resacoso sábado, y convertirla en una experiencia de retrotracción a la mesa materna; o a aquella sensación de comer sólo como tu abuela ha podido ser capaz de darte de comer. O de ser recibido por Juanjo con ese modo tan peculiarmente paciente de ver la vida (eso sí que es un hombre tranquilo, y ríete tú de John Wayne). O de los inenarrables (por buenos y por malos) chistes y chascarrillos de José Luis, tan castizo como el que más, ahora que ya ha recuperado el impulso vital después de que un susto le hiciera dejar por completo el tabaco (y sospecho que la bebida). O la sonrisa de Loli asomando por el ventanuco, o la de María, la más joven de la terna, siempre atenta a si te falta pan, o más vino, y a la que siempre le hacía la misma broma de que “estaba todo malísimo”. Pero, sobre todo, nadie se sacará nunca de la misma manera la libreta del mandil, apoyará las manos en la mesa de cuadros, comentará con sorna alguna de las vicisitudes cotidianas de mi amigo JJ y nos cantará el menú, que siempre, siempre es “buenísimo”, como lo ha hecho Luisa. Nadie, os lo aseguro.

El Bocho es un trozo del norte en el centro de Madrid. O habría que decir que era. En estas dos noticias (una y otra) tendréis cumplida y completa información de la tragedia. Porque es una tragedia para algunos, como han sido las desapariciones de tantos otros rincones de Madrid. Ya estoy harto de hablar de ello, porque me siento cada vez más un superviviente de una época y de un Madrid que ya hace tiempo que dejó de existir.

Porque el Bocho es (¿era?) uno de esos lugares que guardas con cariño, a menudo con celoso cariño, por temor a que se convierta en algo demasiado conocido, con la soberbia y estúpida intención de creer que, en tu modestia, vas a ser capaz de dar algo más de fama a un lugar que ya de por sí encierra una solídisima tradición entre los tabernáculos que pueblan esta bendita ciudad. Ya me llamó la atención (y más tarde descubrí que no debería haber sido así) que mis taberneras favoritas aparecieran entrevistadas en un reportaje en memoria de Ernest Lluch, insigne catalán que estuvo mucho tiempo residiendo en Madrid por su labor ministerial y que fuera asesinado en su Barcelona natal en el 2000. Pues sí, el bueno de Lluch frecuentaba El Bocho, como lo frecuentaron en su momento muchos nombre propios de la izquierda, como Enrique Barón, Josep Burrell, Javier Solana o, más recientemente, Cándido Méndez. Pero también faranduleros, los más insignes de ellos Moncho Alpuente y Javier Krahe, a los que he visto en multitud de ocasiones en las famosas mesas de cuadros. Y sé que han pasado por allí Jorge Sanz, Ariadna Gil, Jaime Chavarri, Andrés Calamaro o David Trueba. Gente toda que ha degustado la buena mesa, el trato amable, la invitación a vivir, a darle a la pausa a los problemas. Gente que hemos querido acercarnos a este templo de la tranquilidad siempre que hemos podido, y del que hemos salido con una sensación de satisfacción no sólo en el estómago, sino en el alma.

Yo me quedaré con todo eso, con sus callos, sus chipirones, su caldito en invierno para entrar en calor, su merluza rebozada, su purrusalda, su menestra, su fabada y tantas otras delicias. Y su crema catalana, premio inalcanzable al que nunca llegábamos por ser ya demasiado tarde para comer siquiera a deshoras.

Vaya pues este panegírico para uno de mis lugares preferidos que corre verdadero peligro de desaparecer.

Podremos verlo caer, pero nunca jamás, como en tantas ocasiones, podrá desaparecer de nuestra memoria.

P.D.: El título de este post quiere ser una llamada de auxilio, pero sé que va a ser completamente inútil. No nos vamos a atar a su puerta, ni encadenarnos a su barra, pero el día que la picota entre en este histórico solar, muchos no soportaremos las idas y venidas de la máquina que lo derrumbe. Eso sí, allí estaremos, de todos modos, para consignarlo y que no caiga en el olvido. Claro, que si creéis que se puede hacer algo de verdad por salvar El Bocho, contad con mi firma la primera. Eso es un hecho.

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