Sylvian en Madrid
Sólo juntar estos dos nombres propios me parece increíble. En fin...

Sé que es difícil de explicar sin resultar pueril. Puede parecer mentira que a estas alturas, con los años que uno cumple, se pueda sentir tal emoción por algo tan banal como la música, porque al fin y al cabo nada puede cambiar en tu vida la música que escuchas. Pero muchos enarcareis la ceja cuando leáis esto. Y tenéis toda la razón. Sí, lo que acabo de escribir es una patraña. No hay NADA en este mundo que pueda estremecerte como la música, ni nada que pueda igualarse a lo que sientes cuando comprendes, asumes y te implicas de tal modo con un creador. Así puede ocurrir con lo que supone para mí haber conocido la música de David Sylvian, como ya habréis podido comprobar si sois habituales de este rincón. Así que sé que cualquier cosa que pueda decir de él va a resultar en nada imparcial, desprovista de la suficiente equidad y demasiada influida por las innumerables horas de emoción que me ha proporcionado a lo largo de mi vida. Avisados, pues quedáis. Pero una cosa es cierta: sé que todos los que asistimos al único concierto que ha dado en su carrera en Madrid vivimos algo único. Pero es que para mí ha supuesto algo más, poner una de esas banderitas con las que marcamos los mapas, para recordar un lugar concreto y muy especial. En el mapa de mi vida queda ya grabada una fecha, la del 24 de octubre de 2007. Pero, una vez que ya ha pasado, y con la perspectiva que va dando la distancia, soy consciente de que la intensidad con lo que lo he vivido sube enteros según va pasando el tiempo. Aquello que marca tu existencia va haciendo mayor el surco en tu memoria a medida que pasan los días. Así es, y así será, como diría san Nacho Vegas, para toda la puta vida.
Bueno, algún día haré una recopilación de los preámbulos de mis posts, con los que puedo hacer un libro. Como ya os dije en su momento, me fui de vacaciones con el notición de que Sylvian tocaba en Madrid por primera vez en su carrera, así que he guardado la entrada como oro en paño durante todo este tiempo con una perfecta mezcla entre expectación y necesidad de no pensar en ello, para no ponerme de los nervios. Y así he aguantado hasta hace poco, pero... el martes por la noche me vi de repente hecho un mar de nervios, y no sabía muy bien por qué, hasta que eché mano del calendario, y me di cuenta de que ya estaba perdido.
Como no quiero extenderme demasiado (uno de los males intrínsecos de este blog, lo sé), voy a extractar y hacer dos crónicas paralelas: la "seria", intentando simplemente narrar lo que se vio y escuchó en el Albéniz esa noche; y otra la emotiva, la que concierne a los sentimientos, porque simplemente no podía ser de otro modo.
Con los antecedentes de cancelaciones que teníamos nos temíamos lo peor. Yo estaba buscando como un loco en internet información sobre el estado de salud de David, dado que había cancelado nada menos que tres conciertos de la gira (Moscú, Lisboa y -y eso sí que lo siento- Donosti). Así que cuando vi la cantidad de gente que estaba en la puerta me temí lo peor. Pero no, el concierto se iba a realizar y la gente estaba como yo, expectante. Por cierto: una de las primeras cosas que me llamó la atención, tanto en la puerta como en el concierto, fue lo talludita que era la gente. Es algo normal, teniendo en cuenta que Sylvian lleva casi treinta años haciendo música. El aforo estaba completo, como era de esperar, y la gente estuvo en todo el momento entregada; eso sí, sin demasiados aspavientos. Por un momento me pareció que no estábamos en Madrid; o es que el público de Madrid se estaba europeizando... Definitivamente, debía ser la edad de los asistentes, seguro. ¿No?

El concierto empezó relativamente puntual. A pesar de lo que he leído por ahí, David parecía algo cansado en el escenario, y creo que de hecho no estaba completamente curado de sus males. Realmente si lo que le ha pasado es que, simplemente, estaba agotado, parecía que aún no estaba completamente restablecido. En cualquier caso, Steve Jansen a la batería, Keith Lowe al contrabajo y Takuma Watanabe al piano y teclados (echamos de menos al "quinto elemento de la gira", pero qué le vamos a hacer) atacaron "It's a wonderfull world" sobre las 8.40, y David comenzó a cantar un poco más tarde del inicio normal del corte primero de su último elepé. Siguieron entonces una hora y media (incluido el bis) de temas que abarcaron, para satisfacción de muchos, toda su carrera, incluido un "Ghost" espléndido. Bueno, exactamente no tocó temas de toda su carrera porque hubo un período que, deliberadamente, obvió: toda su etapa con Ingrid Chaves. Ni una sola canción de Dead bees in a cake, y hombre, son todas demasiado luminosas para la etapa que atraviesa, pero un "Midnight sun" no hubiera sido nada malo de escuchar. Sin embargo, le agradeceré eternamente haber tocado "Brilliant trees", "Gone to earth" o "The boy with the gun" de su primera época. Curiosamente, de su aventura con Robert Fripp sólo tocó un single, "Jean the birdman", y la emocionante "Every colour you are", pero aún nos queda el recuerdo a algunos de su inolvidable gira del 93. Pero fue su época tras la ruptura con Chaves la protagonista, como no podía ser menos. De Blemish, ese disco indescriptible, a medio camino entre la angustia y la esperanza retorcidas con sonidos más allá de la electrónica, tocó al menos dos de ellas, una espléndida e irreconocible "A fire in the forest" para terminar el concierto, y una inusitada versión (a la que algunos pedimos más watios) de "Transit", inusitada más que nada porque es un tema extra del disco, grabado a media con Fennesz. También fue una agradable sorpresa un "World citizen" que curiosamente puso de moda la película Babel, una de sus últimas colaboraciones con su compañero de fatigas (que no de estrellato; el japonés es bastante más ambicioso) desde hace años Ryuichi Sakamoto, quizá lo único que pudieran conocer los neófitos de la noche, además de un "Zero landmine" más digno que el propio original. Otra sorpresa fue la versión de "Sugarfuel"de Readymade, que me costó reconocer pero me gustó muchísimo.

La banda era tan solvente que era capaz de pasar de lo onírico a lo contundente sin solución de continuidad. Realmente se supone que las canciones que venían a presentar eran las del nuevo grupo, Nine Horses, pero realmente tocaron pocas de su repertorio, la que abrió el concierto, "It's a wonderfull world", el que dio título al álbum, "Snow borne sorrow" y "The librarian", que cerró el concierto en el bis. Echamos de menos algunos excelentes nuevos temas, como "Money for all", "Serotonin", "The day the earth stole heaven" y sobre todo las apabullantes "Atom and cell" y "The banality of evil", porque son magníficas y porque son las más nuevas, pero es evidente que el repertorio no lo elegíamos los fans, y algunos renegamos, incluso en este caso tan especial, que se tengan que escuchar las canciones de siempre una y otra vez. Pero gracias al cielo no es el caso de David, que siempre ha hecho lo que le ha venido en gana en el escenario. Así que, en resumen, debo decir que en el aspecto musical el concierto fue impecable, la selección de temas más que correcta y la sucesión de ellos sugerente, a pesar de los que se echaron de menos.
Vayamos a lo emotivo. Es difícil describir lo que puede sentirse en un concierto así. La manera en la que lo afronté fue la que fue, y creo que me atenazó la ansiedad. Hasta que no le vimos aparecer en el escenario viví en una especie de nebulosa, tal era el deseo de que eso se produjera. Por eso quizá se acentuó la sensación de cansancio que creí ver en su rostro y en sus ademanes. El caso es que todo el concierto temí porque el esfuerzo supusiera una merma en su timbre de voz porque quería que "no quedase mal" (fijaos la chorrada, parecía ser yo el que estaba allí arriba). Con David me ocurre lo que nos pasa con mucha de la gente famosa que no conocemos, o que conocemos a través de lo que hacen, de lo que crean. El más grande artista del mundo, elegid el que queráis, puede ser una mala persona, o un gilipollas, o un milindres, o un estúpido. Por eso esperas que aquellos realmente "especiales" no te fallen. Pero, claro, siempre esperas más. Siempre. Por eso el sonido, probablemente por la acústica del viejo teatro, no fue todo lo bueno que me esperaba. Y eso no es problema de los músicos, que sé (y se vio) que son excelentes. Quizá el sonido estaba demasiado apelmazado, y no me sentí todo lo cómodo que me esperaba. Pero era consciente, demasiado consciente, creo, de que era una ocasión tan especial que probablemente me exigí a mí mismo algo que se alejaba el ser un mero espectador de un espectáculo. Pedí emoción, y estaba dispuesto a ver sólo buena ejecución, y eso puede ser, es, incompatible. En resumidas cuentas, fue un concierto magnífico por sus propia esencia, por la fuerza de la música y por la voz de un Sylvian al que, cuando era ésta la única protagonista en los momentos de casi silencio, seguía siendo capaz de atesorar un timbre y una expresión vocal única en la historia de la música. Así es como pienso.
No hice ninguna foto porque no estaba yo para jugarme la reprimenda de los bedeles que cuidaban de que nadie lo hiciera, y porque hay unas espléndidas fotos de la gira en su web, así que las he aprovechado para utilizarlas en este post. Sí incluyo ahora un par de fotos del ambiente del postconcierto. Más que nada para que quede constancia de que estuvimos ahí.


Y cierro. Sé que tengo pendientes dos posts más sobre la carrera de Sylvian que tengo que terminar. Sé también que el esfuerzo de escribir todo esto lo hago más por mí mismo que por mis lectores, que deben perdonarme por algo que seguro que ni les va ni les viene, pero deben también comprender que fue algo muy importante para éste que escribe, y necesita escribirlo para terminar de grabarlo en su memoria. Y eso no lo va a cambiar el escaso interés de mis lectores. Ya lo siento. Así es la vida.
Seguimos camino. Escuchándole una vez más.
Gracias, David.

1 comentario
>se pueda sentir tal emoción por algo tan banal como la música
...
>Sí, lo que acabo de escribir es una patraña.
estás perdonado :)
15 nov 2007 | 10:08 AM
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